La cascada. Autor: Lucía Alcázar Lara

Manolo  salió de la ciudad en su coche, conduciendo a gran velocidad, velocidad que redujo cuando inesperadamente una niebla espesa se interpuso en su camino. Decidió parar y, antes de que le diera  tiempo a salir del vehiculo, su coche fue embestido por otro vehiculo. El brutal choque le dejó inconsciente. Cuando recobró el conocimiento se encontró tumbado en una cama. Unos ojos juveniles de color azul se toparon con los suyos. Paradójicamente esos ojos  eran de una anciana, cuyo cabello corto era blanco como la nieve.

-¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?- Manolo intentó levantarse de la cama, pero la cabeza le daba vueltas y volvió a tumbarse.

-No se levante. Debe reposar.

-¿Pero dónde estoy?

-Todo está bien. Ha hecho un largo viaje.

Manolo escuchó está frase enigmática para él, pues no recordaba nada y después se desmayó.

La anciana arropó al joven, apagó la lámpara y salió de la habitación.

-¿Cómo está?

-Se despertó unos instantes.

-¿Habló?

-Preguntó lo lógico.

-Es perfecto.

-Sí. Es joven, como lo fuimos nosotros.

La anciana besó la frente del hombre, que era tan viejo como ella. Pero también sus ojos tenían un brillo de juventud increíble.

En esos momentos la puerta de la casa se abrió y entró una joven, cuyos ojos azules eran tan similares a los de la anciana, que no podía ser más que su hija.

-¿Qué tal? ¿Se despertó?

– Sí- respondió la anciana.

La joven se sentó con sus padres alrededor de la mesa camilla.

-El coche ha quedado inservible. La grúa ya se lo ha llevado.

-Bien, entonces podremos retenerle hasta que…-El anciano calló cuando escuchó abrirse la puerta del salón y entró Manolo.

-No debes levantarte. Aún podrías tener una recaída- dijo la anciana.

-Estoy bien. Aunque me duele mucho la cabeza.

-Hemos llamado al médico, pero no sabemos si podrá llegar con esta niebla tan espesa- dijo la joven.

-Sí, ahora recuerdo…la niebla…Yo paré y…No recuerdo nada más.

-Un coche chocó contra su coche. El otro conductor murió. Tú tuviste suerte- explico el anciano. Mi hija lo sacó del coche y lo trajo a casa. No quiso arriesgarse a esperar allí, pues la niebla era demasiado espesa.

Manolo miró a la joven y se asombró de su belleza. También los dos ancianos tenían, a pesar de ser muy viejos, unos rostros bellos.

-¿Dónde estoy?

-Nuestro pueblo está en las montañas. Se llama Fuente- dijo el anciano.

-¿Cuántas personas viven en este pueblo?

-Sólo nosotros- contestó la joven-. Mi padre, mi madre y yo.

Manolo abrió los ojos con asombro. “¿Sus padres? Pero si eran muy viejos.” Iba a decir algo, cuando la joven le interrumpió.

-No digas nada. Sé lo que piensas.- La joven miró a su padre y luego a su madre.

Los dos asintieron a la vez y la joven se sentó junto al joven y tras carraspear, continuó hablando.

El joven escuchó con atención el relato de la joven. Era un relato increíble, fantástico. Cuando la joven terminó, Manolo no supo que decir ni hacer. El silencio se adueñó de la coqueta habitación, como si estuviera flotando sobre los muebles sencillos, la alfombra, los visillos blancos, que adornaban la ventana, desde la cual se divisaba un pequeño jardín, engalanado de flores y arbustos. Sólo cuando Manolo habló, el silencio se escapó por la chimenea.

-Bueno, no es que no les crea, pero comprenderán que es difícil creerse esa historia.

El anciano sacó de su bolsillo su documento de identidad y se lo dio a Manolo.

Éste lo miró con detenimiento, como si estuviera observando un diamante en bruto.

-Según este documento, tú tienes 123 años y su esposa también.- Manolo le devolvió el documento a su dueño y volvió a su asiento.

-Joven, eres la primera persona a la que revelamos este secreto- dijo el anciano-, y si lo hemos hecho es porque la niebla te ha traído hasta nosotros. Esa misma niebla fue la que también a nosotros nos condujo a este lugar mágico, hace la friolera de cien años. Y mi hija necesita un acompañante que tenga la misma edad que ella para acercarse hasta la cascada y poder así beber su agua. Si lo hace, podrá ser inmortal como nosotros. Por supuesto tú también puedes beber si lo deseas. Después la decisión de quedarte con nosotros es tuya. Podrás irte si quieres.

“La inmortalidad, ni más ni menos. Esta gente esta loca o esto es un sueño,” pensó Manolo. … “No podía creerlo, era imposible”. Se mesó los cabellos rubios y rizados. Se tocó la cara pálida y alargada de facciones perfectas. Se frotó los ojos almendrados. Se tapó la cara con las manos (ya no sentía mareos ni dolor de cabeza). Se acercó a la ventana y contempló el bello paisaje de las montañas. Después se giró, volvió a sentarse en el sofá, miró a la joven  y a los ancianos y dijo:

-Bien. Estoy confundido, pero no pierdo nada por ir a esa cascada milagrosa.

La joven y sus padres sonrieron agradecidos.

-Entonces, puesto que ya parece repuesto, mañana por la mañana irá con mi hija a la cascada.

Tras esta proclamación, la rutina se instaló en la casa.La anciana se levantó y fue a preparar la cena. El anciano salió a buscar algo de leña para encender la chimenea.

La joven propuso al joven salir al jardín. Nada más abrir la puerta de la casa se les acercó un mastin, moviendo la cola y, dando vueltas alrededor de la pareja, lanzó varios ladridos alegres y fuertes.

El jardín rodeaba la pequeña casa de piedra con tejado de pizarra. El césped ocupaba la superficie con arriates y parterres llenos de plantas con flores de distintos colores. Se notaba cuidado por manos llenas de sensibilidad.

-Mi madre y yo nos ocupamos del jardín y también de la huerta, que está detrás de la casa. En aquel lado tenemos una granja con gallinas y patos. De los animales se ocupa mi padre. Fuera, en los prados, tenemos vacas y ovejas.

Manolo se dejó llevar por el jardín, contemplando todo con atención. No era amante de las plantas, pero aquel jardín tenía mucho encanto y le gustó. Sin embargo, no se interesó por el nombre de las plantas y flores, porque una pregunta le carcomía el pensamiento.

-Lo que no entiendo es por qué no has ido a buscar a un joven a la ciudad.

-Sí lo he hecho, pero no funciona así.

¿Y por qué crees que funcionará conmigo?

-Por el hecho de que la niebla se interpusiera en tú camino, igual que les pasó a mis padres.

-Deduzco que tampoco funciona si vas acompañada por tus padres.

-Deduces bien.

-¿Qué harás luego, te quedaras aquí?

-Sí, esto es maravilloso. No conozco un sitio mejor para vivir.

Manolo se dijo a sí mismo que efectivamente era un lugar bello. La casa estaba situada  en un valle rodeado de montañas. Cerca estaba el pueblo, que aunque no vivía nadie, mantenía las casas en perfecto estado.

-¿No te has sentido nunca sola?

-Verás, el hecho de que viva aquí, no quiere decir que no pueda bajar a la ciudad. De hecho he estudiado allí. Es la gente la que no puede venir a este pueblo, sólo si es por mediación mía o de mis padres o de la niebla. No intentes que te explique, es así. No lo sabemos. Pero ahora estás tú. La niebla… ya sabes, te ha traído hasta nosotros.

-Claro. Es extraño.

-¿Pero tus padres cómo supieron lo de la inmortalidad?

-Cuando mis padres encontraron este pueblo había gente.

-¿Y qué pasó con esa gente?

-Se fueron marchando en busca de nuevas vidas, ya que sus vidas eran inmortales, querían conocer todo el mundo.

-¿Y tus padres por qué no se han ido?

-Les pasa lo que a mí, adoran este lugar. Además nos sentimos obligados a quedarnos, para seguir difundiendo el secreto del agua a personas que como tú  han sido traídos por el destino. Volvamos a casa, mi madre nos está llamando para cenar.

Tras la cena, todos se retiraron a dormir. Manolo estaba agotado y se durmió enseguida. No se dio cuenta de que la puerta de su habitación se abría, y la joven estuvo un rato mirándolo atentamente desde el umbral.

La mañana amaneció soleada y cálida. Era un típico día primaveral. Manolo y la joven habían desayunado temprano y habían partido poco después. Los padres de la joven los despidieron en la puerta de la verja que rodeaba la casa.

El camino era de tierra y comenzaba tras la subida de la calle principal, que partía el pueblo en dos. Rodeados por la exuberancia del campo en esa estación del año, la primavera, con flores blancas, moradas y rojas.

Manolo se sentía cargado de energía. La joven a su lado caminaba a buen ritmo y de vez en cuando le señalaba una flor, o un arbusto y le decía el nombre.

El camino se ensanchaba en algunos tramos y en otros se estrechaba. Tras pasar unas piedras de granito de gran tamaño, el sendero se convirtió en pedregoso. Las montañas a un lado y al frente parecían proteger aquel lugar de los vientos fuertes, pero una ligera brisa aligeraría el calor, cuando el sol estuviera en posición vertical.

Sólo cuando alcanzaron un llano, divisaron el panorama que se extendía a sus pies, con el valle salpicado de vegetación variada: encinas, arbustos y algún pino. En el horizonte se veía difuminada la silueta de los edificios altos de la urbe. Manolo, que pensaba que la ciudad estaba mucho más lejos, mencionó el hecho de verla en la lejanía como un espejismo.

Después extendió la vista por el valle y comprendió porque la joven y sus padres preferían vivir en este entorno y no en la ciudad. Realmente la naturaleza era magnifica. El tiempo que llevaba allí se había olvidado por completo de su vida pasada, pero no sentía la necesidad de recordar nada. Nunca había dormido tan bien ni se había levantado con tan buen ánimo como aquí. Además, la compañía de la joven era muy agradable. Manolo consideraba que era inteligente y sensible y empezaba a sentir una cierta atracción sentimental hacia ella.No es que estuviera de repente enamorado, pero podría estarlo si se quedaba con ella unos días más. Tenía un magnetismo que le atraía considerablemente.

-¿Te gusta el paisaje?- preguntó la joven, mirándolo con interés.

-Es magnifico. Me alegró de que la niebla se interpusiera en mi camino. Ayer pensaba que todo era sueño o que vosotros estabais locos. Pero hoy, con este día, las flores, el sol, el cielo…Me siento nuevo, como si todo comenzara para mí de nuevo. Es como realizar un viaje siempre soñado, pero inaccesible en el tiempo.

-Vamos, sigamos o te convertirás en poeta- dijo la joven y soltó unas risas.

La pareja continuó el sendero, que ahora se agrandaba en un tramo y cuya vegetación cambiaba con unos pocos pinos.

-A unos metros hay un arroyo. Descansaremos y comeremos algo.

Descansaron a la sombra de un árbol de copa redonda. Manolo se lavó las manos en el pequeño arroyo. La joven hizo lo mismo.

Después de comer se tumbaron en la suave alfombra mullida de fina hierba. A los lados crecían las amapolas y las margaritas. Los pájaros trinaban y las hojas de los árboles se movían con la ligera brisa, produciendo un sonido relajante.

Manolo estiró su mano y tocó la mano de la joven. Los dedos se entrelazaron y los dos jóvenes se giraron, quedando uno enfrente del otro. El beso no tardó en llegar.

Cuando Margarita despertó, su madre estaba junto a ella.

-¿Cómo te encuentras?-dijo la madre-. Voy a llamar al médico.

-Mamá, ¿Qué ha pasado?, Me duele mucho la pierna derecha.

-Tuviste un accidente. Llevas dos días en coma. No te muevas. El médico vendrá enseguida.

-Mamá ¿Manolo está bien? Recuerdo que estaba a mi lado con la cara ensangrentada y me decía que no me preocupara, que pronto nos sacarían del coche. Después…Había una mujer. Tenía unos ojos azules intensos y llenos de profundidad…No puedo recordar más.

La madre acarició la mano de su hija y tardó en responder. Parecía estar buscando las palabras adecuadas, para decirle  a su hija que su marido no había podido superar las heridas y había fallecido al poco de llegar al hospital.

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