Economía sumergida. Autor: Paloma Hidalgo Díez

Sentado aún a la mesa frente al aromático café que ponía fin a un copioso almuerzo, Mauricio estaba esperando ese pistoletazo que libera las tensiones acumuladas a lo largo de once meses de exhaustivo trabajo. Cierto es que siendo franco y una vez descontadas las exiguas vacaciones de Navidad,  las de Semana Santa, del  Santo Patrón y algún día extra de esos que se firman tras convenios aventajados, quizás no fueran más de diez meses de trabajo, a secas. A punto de entrar en el ansiado mes de vacaciones, tenía ya casi todo preparado;  este año deseaba superarse. No sería tarea fácil ni mucho menos, porque las cotas alcanzadas en ese ya lejano mes de agosto pasado fueron memorables.

Mientras acababa sus preparativos e iba tachando de la lista de  asuntos pendientes todo lo que ya había abandonado esa condición, su mente volvió atrás en el tiempo recordando aquellos días en los que veía el mundo a la altura de un metro y pico, aquellos años en los que en el seiscientos familiar recorría la descomunal distancia de trescientos y pico kilómetros que le separaban del paraíso en el pueblo de sus abuelos, en la nada despreciable marca de cinco horas y media, y la sonrisa afloraba en su rostro.

Decidía no dejarse apabullar por los recuerdos, que ya se sabe, que ‘tiempo pasado es tiempo deseado’ y volvía a dedicarse con febril abnegación a tener a punto todo para el gran día.

Todavía tenía que pasar por casa de Jacinto a recoger la furgoneta, y conociéndole, seguro que le invitaba a un fino, aficionado como era el susodicho a los deleites alcohólicos. El convite  retrasaría la hora del comienzo de la carga, además aún tenía que ir al almacén a recoger el pedido. Y hasta sería prudente ir a un lavadero de coches para dejar niquelado el furgón, que el blanco es muy delicado y él no quería en modo alguno que la mugre, que seguramente derrocharía el vehículo, estropeara la imagen de hombre probo y  honrado que los demás debían recibir de él.

Además quería escuchar con atención el pronóstico del tiempo. Si había previsión de tormentas a última hora del día, el plan podría verse perjudicado o hasta definitivamente anulado.

Cuando entró a la cocina y no vio a su mujer allí, la llamó vociferando por el hueco de la escalera:

—Juani, Juaniii. La muy sufrida descendía  cargada con una caja  de cartón de proporciones ciclópeas. Al verla, se acercó solícito a ayudarla, ella se liberó del paquete y él fue a depositarlo junto a la puerta de entrada. Le preguntó si le apetecía otro café,  pero él prefirió tomarse una manzanilla, la noche se anunciaba corta y no quería desvelarse. Sentados alrededor de la mesa comentaron lo que harían si todo salía como esperaban y como de costumbre no estaban de acuerdo. Sonó el timbre y Sarita abrió, era ‘la Tata’— como cariñosamente llamaba a la abuela—  seguida por los refunfuños del abuelo.

En fin, ya sólo faltaba por aparecer el hijo mayor, Juancho, que seguro andaba con la novia.

Mauricio salió acelerado hacia  la casa de Jacinto y les previno:

— En un par de horas os quiero en la puerta.’ Que al que madruga Dios le ayuda’.

Cerró dando un portazo y desapareció.

Sarita esperaba con impaciencia que pasaran las dos horas, a partir de ese momento sus amigas empezarían a llegar para su anhelada fiesta de pijamas, lo llevaban planeando casi un mes y lo tenían todo a punto. Las palomitas, las chuches, los sacos de dormir, los compact discs, la laca de colores, los maquillajes… Quedarse con los abuelos era un poco fastidioso, ella hubiera preferido no tenerlos en casa, pero su padre sólo aceptó que vinieran sus amigas con esa condición, así que pensaba ir al video club a alquilarles algo que les mantuviera entretenidos.  Total si no era de su agrado, como solía suceder casi siempre, sus abuelos dormirían amablemente la película. Era difícil conseguir un poquito más de libertad.

Llegó el chaval, con su energía habitual repartió besos a sus abuelos y  cuando se dirigía a  su cuarto para cambiarse de ropa, su madre le interceptó a medio camino,  después de un breve reconocimiento ocular le pidió que hiciera algo para evitar que su padre viera los chupetones que lucía en el cuello, porque no quería pasarse todo el viaje escuchando eso de que ‘de casta le viene al galgo’, justo antes de que le contase por enésima vez sus técnicas  trasnochadas de conquista de chicas. Juancho se echó a reír, le dijo que no se preocupara; buscaría una solución acorde al problema y siguió hacia su habitación. Juani miró el reloj, no era tan tarde cómo creía, aún tenía tiempo de preparar el termo de café que se iban a llevar  antes de darse una ducha.

Mauricio ya se había tomado el fino con Jacinto y aguardaba paciente la ringlera en la gasolinera para repostar y darle el lavado,  encendió la radio y tras sucesivos cambios de emisora escuchó una predicción meteorológica. Fantástico, no haría falta echar los toldos, el tiempo seguiría estable en toda Andalucía y no se esperaba ningún chubasco. Después de un buen rato y con los pies empapados del lavadero, se dirigía al almacén de Paco dónde  recogería la mercancía. Confiaba en no haberse quedado corto. Pero cuando vio el rimero de cajas que apiladas le esperaban en la entrada, pensó que más bien había excedido su capacidad operacional largamente.

Pagó religiosamente a Paco su factura al tiempo que notaba cómo un sudor frío se apoderaba de él, era un ataque directo a su economía, a su sistema pecuniario. Y si,’ Deuda pagada, otra empezada’ no sería el último.

De vuelta en casa, empezó oficialmente la operación verano. Colocó la caja  que había dejado junto a la puerta dentro del furgón, que ya estaba bastante repleto. Preparó la bolsa de deporte que a modo de caja registradora, guardaba en su interior los paquetes de monedas que Juani había recogido del banco para el cambio (que el año anterior eso había sido su talón de Aquiles). Esta vez haría bueno eso de que’ hombre prevenido vale por dos’, Mauricio era un hombre muy apegado al refranero popular.

Ella metió en la nevera las latas frías del frigorífico junto con los bloques de hielo que acababa de sacar del congelador, colocó dentro los fiambres, los filetes empanados y los pimientos fritos; añadió la tartera de las croquetas y se quedó con ganas de llevarse también una empanada de bonito, pero ya no había más espacio. Viajando con el chico todo era poco, así que colocó dos bidones grandes de agua en la parte trasera.

Empezaron las despedidas, los besos, los pórtate bien y los conduce con cuidado. Justo antes de cerrar la puerta, Juani recordó que aún no había cogido las gorras ni el protector solar y  de paso recogió también su abanico. Ya en la furgoneta, Mauricio comentó a su mujer lo loco que estaba su hijo al ponerse aquel pañuelo anudado al cuello, vamos que sólo le faltaba el cachirulo para irse a bailar la jota.

— Que te lo digo yo,  esta juventud no tiene la cabeza bien puesta, añadió. La mirada cómplice entre madre e hijo pasó desapercibida a Mauricio. Juani introdujo una nueva variable en la conversación sabedora de que provocaría en su marido un mutismo nada despreciable en aquella situación, insinuó la posibilidad de realizar un viaje para conocer la  Basílica del Pilar y efectivamente, Mauricio se mantuvo calladito unos minutos. A él viajar por puro placer no le gustaba, los viajes de negocios eran otra cosa, pero lo del turismo…

Encendió la radio y buscó algo de música, las primeras notas de aquel tema de Serrat que tanto le gustaba, sonaban mientras aparecían las primeras informaciones luminosas sobre las retenciones en el gran panel que cruzaba la vía; además había un tramo en obras con estrechamiento de carril incluido, lo que hizo que su semblante lejos de crisparse, se relajara un poco.

Entre risas comentó con ellos la suerte que iban a tener con el atasco que con toda lógica se iba a preparar, se sentía feliz imaginando los pingües beneficios que iba a obtener ‘quien en agosto ara, su riqueza prepara’ ésta vez Juani admitió que el refrán no podía ser más oportuno.

El gran atasco estaba a un  paso de ascender a monumental,  por eso tocaba ir ojo avizor para encontrar una buena ubicación,  no serviría un emplazamiento en curva, tampoco justo antes ni justo después. Nada de cuesta arriba, la cuesta abajo podría ser valorable. Lo mejor sería una zona con buen arcén, que se viese desde lejos y alejada de cualquier otra posible distracción: ni gasolineras, ni restaurantes…Juancho levantó la voz y exclamó casi gritando:

—Ahí, a cien metros, mira papa. Dijo señalando hacia la derecha.

El lugar elegido cumplía los requisitos así que una vez alcanzado el punto, salió de la carretera y detuvo el vehículo en el arcén. La noche ya estaba encima, la luz del atardecer se escapaba a pasos agigantados y las primeras estrellas refulgían ya en medio del cielo. Salieron los tres y después de una sucesión de ejercicios de estiramiento, Mauricio abrió la puerta trasera de la furgoneta y sacó la mesa de camping. En lo que él la montó, su hijo había sacado ya las sillas y la mujer se afanaba en preparar los bocadillos que les servirían de cena. Tendrían que acostarse pronto, para poder estar descansados al comienzo del día, porque según auguraba la DGT, los embotellamientos empezarían a formarse muy pronto en aquella zona. Durante la noche Mauricio roncó a placer, la pobre Juani ya no sabía a qué santo rezar, necesitaba  un milagro. Juancho había estado con el móvil un buen rato, parecía inmune a los estremecedores ronquidos de su padre, pero es que el muy canalla tenía los cascos puestos, así que entre la aprehensión de dormir al sereno y el acompañamiento musical de su marido no consiguió amodorrarse ni un sólo minuto. A las cinco y media sonaba por fin el maldito despertador, menudo descanso pensó ella, mientras él estirándose opinaba que se habría quedado durmiendo otra horita.

Atusándose un poco la cara como los gatos y pasándose un peine por el insumiso remolino, Mauricio estaba listo después de un  cafelito que le supo a gloria a pesar de llevar toda la noche en el termo, para comenzar el despliegue  de la pancarta que Sarita había preparado. La chiquilla tenía buenas manos para eso de los trabajos manuales y con dos palos de fregona y una sábana vieja había hecho un primor de letrero en el que podía leerse claramente “Contra el aburrimiento”. Aunque no tenía el convencimiento de que  aquel mensaje fuera el más adecuado para alentar a los sufridos conductores a visitar su chiringuito, por probarlo no iba a perder mucho. Sacó a continuación algunas de las cajas de cartón y las colocó alrededor de la mesa. Incluso preparó una especie de tenderte con un plástico agujereado para evitar los efectos del sol. Todo listo, sólo quedaban los clientes.

La hilera de coches iba cada vez más despacio, hasta que se detuvo casi por completo. Los ocupantes de los vehículos que transitaban a su lado miraban con curiosidad aquel cartel y cuando el primero preguntó al respecto, surgió el negociante nato que llevaba dentro y destapó el tarro de sus esencias de engatusador más despiadado y comenzó a vender su mercancía con una verborrea nunca vista antes por su hijo, quien a su lado parecía un papamoscas con la boca abierta.

—Tenemos de todo, oiga, de todo. Pasatiempos para todas las edades, juguetes didácticos, perlas para hacer collares, el cubo de Rubrik oiga, pulseritas hechas a mano, pomperos, pipas, pilas, lapiceritos de colores de los que no manchan, llaveritos,  pelotitas anti estrés, sonajeros oiga…

Las voces que daba Mauricio atraían la curiosidad de los viajeros, y cuando alguno mostraba interés por algo concreto, Juancho se acercaba con el objeto deseado hasta la ventanilla del auto y sin que los clientes tuvieran que descender de él, realizaban la transacción. Los precios eran bajos, que si se cumplía aquello de  ‘Vende barato y venderás por cuatro’  terminarían con todas las existencias.

Después de tres horas de venta, ya habían acabado con los cacharros para hacer pompas de jabón, los lapiceros, las pelotitas anti estrés y las pilas. Juani, la mujer de Mauricio y a la sazón cajera, distribuía amablemente el cambio  al tiempo que deseaba buen viaje a sus compradores. Cuando las ventas aflojaban, la sufridora esposa y madre, obsequiaba a sus hombres con un traguito de agua del bidón, caliente, que las latas ya se las habían terminado por  un calor empezaba a ser agobiante.

La fortuna sonreía a la familia, estaban haciendo su agosto.

No contaban con la visita de la Guardia Civil. Y mucho menos con la multa por venta ambulante no autorizada, Mauricio recurriendo una vez más a su refranero concluyó que ‘Dos andares tiene el dinero, viene despacio y se va ligero’ y Juani, entre el estupor de verse multada por transgredir la ley y el temblor de piernas que apenas le permitía mantenerse en pie, recordó de sus tiempos mozos cuando estudiaba latín que ‘Quid pro quo’, a lo que Mauricio, contestó:’ In proverbiis veritas’. Para sorpresa de los estupefactos miembros de la Benemérita, que un tanto azarados rellenaban los datos de aquellos infractores tan peculiares.

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