Probado que los pájaros son grandes admiradores de los milagros. Autor: Yaiza Lorena Díaz Pérez

Hacía un día de esos intensamente azules, el mar y el cielo se confundían en una línea (?) inconsistente y difusa, plagada de átomos salados, de trozos de aire roto y de minicrestas de olas tan brillantes como el sol que las pintaba. Todo este espectáculo silencioso era apreciable (sólo para ojos sensibles) desde la ventana de mi habitación del hotel, así que decidí abrirla de par en par para que la luz y toda Argentina, me inundaran como un tsunami bondadoso.

Cuando estamos de vacaciones todo cobra un ritmo nuevo, las horas no discurren como el resto del año y ser intruso en un país extranjero acentúa esa fascinación por todo lo que nos rodea. A mi (como buena turista fácilmente impresionable) me encanta “perder” el tiempo en observaciones aparentemente inútiles, provoco encuentros teniendo los ojos (y el alma) bien abiertos, no le digo “no” a nada y me dejo llevar, como una cometa al viento, por esos hallazgos que tildo de “guiños del destino” y  que luego llenan álbumes de fotos, diarios de viajes y, sobre todo, rincones de la memoria.

Por cosas así, me vi aquella mañana mirando (como una ciega que acaba de recuperar la vista)  por aquella ventana estrecha, bebiéndome los aromas salados de la brisa, saboreando los verdes infinitos de la arboleda, tragándome los gritos de los niños en la calle,… Y, probado que los pájaros son grandes admiradores de los milagros, pasó que aquel diminuto colibrí entró como un rayo verde en la habitación y lo decoró todo con los reflejos de su delicado plumaje, con el sonido delicioso de su cuerpecito menudo aleteando enloquecido de contento hasta que posó sus microscópicas patitas en el bode del espejo, se colgó boca abajo como un experimentado trapecista ruso y observó enamorado su reflejo con una curiosidad ilimitada, recorrió gran pare del borde buscando pasar al otro lado del cristal plateado, buscando encontrarse con el “otro” colibrí.

Sentí una ternura infinita y cierta lástima ante su inocencia, mientas él en su empeño comenzó a revolotear ante el espejo,  tratando de encontrar un hueco, una puerta, una grieta,…  empujando con su frágil cabecita contra la superficie y aleteando ilusionado. Y entonces,  plopp !!!… apareció del otro lado (Ohhh… créeme, lo vi con mis ojos abiertos como platos, y la boca también, dicho sea de paso),… asistí maravillada a aquello inexplicable que acababa de suceder, los pajaritos gemelos, ya juntos,  me miraron petulantes y se alejaron volando rumbo al cielo enmarcado en la ventana que el espejo reflejaba.

Desde entonces, aparte de amar profundamente a los colibríes, creo en los milagros…  y no dejo de insistir cuando realmente tengo la fe puesta en que algo ocurra.

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Un Comentario

  1. Elvira

    La perfecta viajera: atenta a esos detalles aparentemente banales pero que son los que enriquecen nuestra experiencia viajera.
    Y lo mejor de todo es que estas pequeñas maravillas no están programadas en ninguna guía de viajes. Simplemente ocurren. Exactamente como los milagros.

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