El sauce y el Cadillac. Autor: Víctor García Bustos

—Es una buena manera de alejar la rutina caótica de vuestras vidas y de dejar a un lado todo lo que no seáis el uno y el otro.

Son las siete de la tarde, y a Max Peterson, bróker del viejo Wall Street, no le apetece demasiado seguir escuchando a esa mujer de pelo áspero, descuidado, gris, y ojos saltones; aunque se calla. No le conviene agitar unas aguas que ya son turbulentas. El gusto moderno de las nuevas psicoterapias, esas vanguardias que ahora llaman terapia de pareja a la terapia matrimonial, se difumina en la precariedad de esa consulta. Están en una habitación mal iluminada, los sillones parecen haber sido testigos y víctimas de unos amores rotos que pueden olerse y cortarse en el aire. Max se aburre tanto que la superficialidad banal que arrastra sus pensamientos ni siquiera deja lugar a la culpa de la infidelidad. No es médico, y la medicina le repele desde que la tomó con su pene infantil y fimótico muchos años antes, pero piensa que la psicóloga tiene que tener algo del tiroides. Lo ha oído en alguna parte. Y esas gafas tan pasadas de moda no le favorecen en absoluto. Las lentes, ansiando imitar el cristal abisal de una bola mágica, le agrandan los ojos de una forma sobrenatural que le resulta a la par ridícula y siniestra.

—Tenéis que encontraros a vosotros mismos.

Oye, pero no escucha. Por primera vez en su vida le asalta la curiosidad galénica, se pregunta si acaso el tiroides afecta a la visión, y adentrándose en el silencio de su razonamiento, ignora que están esperando una respuesta suya.

—Max, ¿Max? —Ashley aparta un caracol rubio de su frente con un gesto emocionalmente exhausto y le mira con el ceño fruncido.

—Sí, tenemos que encontrarnos.

Tampoco se siente culpable cuando encarna el manido papel de cotorra, y repite, sin el mísero detalle de pensar, las últimas palabras que le salen por el oído opuesto al que han entrado. Nunca fue su idea acudir a ayuda profesional. Ayuda profesional, terapia… él no necesita eso, no está enfermo, a no ser que el absurdo afán de bata blanca de monopolizar cada recoveco de la condición humana dentro de la funesta categoría de enfermedad haya decidido que ser adúltero, célebre, o adinerado, o demasiado seductor, o demasiado guapo, o cualquiera que sea el atributo de los que él mismo se dota, requiera tratamiento. Por Dios, ni siquiera están casados, piensa. Si la naturaleza hubiera pretendido que el ser humano tuviera una eternidad monógama no le habría concedido un celo continuo. Pero bueno, Ashley ha podido perdonarle. Estar allí soportando la palabrería barata de una psicóloga astígmata que tiene que buscar en el amor ajeno la emoción que es incapaz de encontrar en su vida es lo mínimo que puede hacer por ella. Y está orgulloso. Al fin y al cabo, nunca había querido que su relación con Ashley Moore, la joven y soberbia editora de moda lujosa, quedase en una noche de pasión superficial, aunque no tiene reparo en reconocer que si hay alguien que lo sea, es él.

—Tenemos que encontrarnos a nosotros mismos —vuelve a repetir, mirándola de nuevo a los ojos, azules pero descorazonados, y así, sin saberlo siquiera, acepta la idea de pasar con ella un fin de semana en un mundo completamente ajeno a su experiencia cosmopolita y urbana: las montañas.

Ashley, evitando hallar la pura indiferencia de siempre en la mirada abstraída y ensimismada de Max para no montar una escena, observa el minutero del reloj de pared de la consulta y resopla con desgana. Se ha pasado la hora. Son las siete y cinco. Los perpetuos segundos de silencio sólo quedan rotos por el compás vibrante y mecánico de su maquinaria, y se da cuenta de que es el mismo modelo que dirige la vida desde una pared del café de William Street, donde se conocieron, aunque más deslucido. Fugazmente, cierra los párpados para refugiarse en el recuerdo.

—Disculpe, señorita, ¿tiene hora?

La pregunta fue más por cortesía que por duda. Ashley siempre ha sido amante del orden y la organización, maniática del detalle, incondicional de la perfección, y lleva un caro reloj en la muñeca izquierda. También aquel día. Incluso en los minutos del café estaba tan ocupada que no pretendía derrochar una sola mirada hacia la persona que le preguntaba, pero cuando bajó sus ojos y giró la mano para darle una respuesta efímera quedó cegada por los zapatos que la esperaban. Si alguien sabía de moda era ella. Si alguien sabía de moda de lujo era ella, y lo que tenía en frente de sus ojos era una exclusiva obra maestra escondida tras el tosco concepto de calzado que habría sido inaccesible a los estrechos bolsillos del vulgo. Empezó a trepar con su mirada por el impecable y pulcro traje hasta que vio, por primera vez, la cara de Max. Él seguía de pie, sujeto a los cimientos de su confianza, engominado hasta las cejas, luciendo una sonrisita tenuemente femenina; pícara y traviesa, de las que dedican las jovencitas a sus enamorados como estrategia para hacerse desear después de una burla de las que a algunos hombres frustran y a otros no. Aun así, genuinamente viril. Sabía que estaba flirteando con ella y su vanidad de mujer difícil no le permitió dar una respuesta simple a una pregunta simple.

—Son las nueve y treinta y dos, pero si usted fuera un poco más responsable o un poco más avispado, se habría dado cuenta de que hay un reloj en la pared, y no tendría que andar molestando a gente ocupada. ¿Ve? Allí. Y media.

Max, encandilado por la sonrisa que había logrado escapar de las fauces de la bestia rubia, ignorando la reprimenda fingida, sacó su reloj de bolsillo y se lo enseñó.

—Las nueve y treinta y dos tengo yo también. Empezamos teniendo algo en común. Yo soy Max.

Pocas son las cosas que Max y Ashley tienen en común, o, al menos, pocas las que pueden compartir. Son gente de ciudad, y los dos encuentran en el ajetreo mundano y ansioso de Manhattan su nicho cómodo y perfecto, el lugar ideal para colmar sus deseos de poder y de protagonismo, donde demostrar que son triunfadores, ricos y guapos; que son mejores. Porque si hay algo que a Max le guste más que los coches, las mujeres y el dinero, es él mismo. Porque si hay algo que a Ashley le guste más que las compras, las joyas o los vestidos caros, es ella misma. En eso se parecen. Ya han logrado el éxito en la vida pero aun no son felices. Y no saben por qué. Quizá por eso están en la consulta de la psicóloga de ojos saltones y deciden aventurarse hacia un fin de semana rural, por poco atractivo que les resulte el campo.

Ashley lo planifica todo con más rigor que el que requiere un vuelo con un avión de pasajeros. Nada puede salir mal. Llegan a la casa, organizan el equipaje y visitan el pueblo. No se paran a hablar con la gente, apenas entre ellos, no salen de los caminos, tampoco entran a esos locales castizos que aportan la honda esencia de la tierra si no están en la guía de actividades, y los programados paseos por la plaza central, la vinería, el antiguo ayuntamiento, el teatro, la iglesia o la granja se convierten en una sucesión vacía de actividades en la que importa más el número de lugares marcados en la libreta que la experiencia viva de sentirse parte de un lugar desconocido. Comen en una taberna popular y preparan una ruta por las aldeas de los alrededores, pueblecitos escondidos entre páramos y montañas, cada uno con su propia magia. El coche de Max, un Cadillac Eldorado del 1959 de intenso color amarillo, destaca sobre las carreteras estrechas, pedregosas, que rasgan el paisaje agreste y hermoso.  Van despacio, por seguridad, pero no abandonan nunca el universo vegetal que, como una barba densa y verde, tapiza los antojos sinuosos del terreno. Las colinas parecen las curvas hermosas de una mujer desnuda que busca, vergonzosa, cubrirse con una sábana de fresnos, pinos y helechos. Si la pareja fuera libre, si de verdad estuviera viva, bajaría la ventanilla del coche para dejar que el perfume de la naturaleza les llenara el alma, pero el sol se va poniendo, los pájaros del bosque dejan de volar para encontrar cómodo refugio en su lecho de hojas, y Max y Ashley no saben cómo volver al pueblo. Pronto, el oro tostado del crepúsculo desaparece del horizonte para dar paso a una noche que no conocen ni comprenden. No hay más luz que la de los faros del Cadillac y quizá, por primera vez en sus vidas, encuentran el silencio. El aliento y la fuerza del monte siguen estando allí, acompañándoles con un descanso ficticio que no pueden compartir, pero encerrados en esa jaula amarilla, la oscuridad y el mutismo de una noche sin luna les parece lo más cercano a la nada, lo más cercano a la muerte. Y les aterra. Han intentado exprimir los últimos instantes de luz pero ni su sentido de la orientación o la geografía les ha ayudado a encontrar el camino de vuelta. Se encuentran solos, perdidos, desamparados, y sólo son capaces de ver lo que descifra la iluminación artificial un puñado de metros delante de ellos. Ashley, engreída pero asustadiza, no ha demostrado veta alguna de preocupación aunque, en el sosiego que les permite el ruido del motor, se adivina su respiración cada vez más acelerada. Max apaga el coche.

—A ver, cariño, vamos a pensar. Hay gasolina de sobra. Haz memoria de lo que te haya llamado la atención desde que hemos salido de la última aldea, la de la colina. Tenemos que buscar referencias.

Tras una lluvia de ideas poco productiva, siguen la marcha. Todo les parece pura monotonía, todo les parece igual hasta que ven un árbol distinto que la rompe con una extraña pero fuerte personalidad. No es un fresno, ni un pino, ni uno de tantos abetos. Sobre la orilla derecha del camino se alza imponente un sauce llorón. Debe ser el único en cientos de millas salvajes a la redonda y, marginado, incomprendido y repudiado contra la senda por los demás, representa la definición gráfica de la soledad. Max disminuye la velocidad durante unos segundos, lo observan, y acelera de nuevo para subir el siguiente cerro. Los segundos se convierten en minutos, recorren los meandros terrosos entre laderas, y Ashley rompe en lágrimas cuando vuelve a ver la tristeza sollozante de ese árbol extraviado a su derecha. Para desgracia de un coche que no está preparado para eso, aumenta la velocidad, vuelve a girar a la derecha, vuelve a subir, sigue subiendo, pasa otro promontorio, gira a la izquierda, coge un camino diferente, y Ashley derrama lágrimas en silencio. Y continúa, dejando una estela de polvo que se pierde rápidamente en la oscuridad, y los faros vuelven a iluminar las ramas caídas del sauce.

—¡Joder!

Un grito desgarrador nace de lo más profundo de Max. No le importa el coche. Hunde el pie en el pedal, el coche derrapa, la muchacha se asusta aún más, le grita, una vez, dos, pero él no responde, y no suelta el acelerador, y ella le pega, y le dice que pare, le llora, y da un frenazo brusco justo antes de salirse del camino. En frente de ellos se alza, grandioso aunque con una aflicción burlona, el sauce. Es entonces Max el que se abraza a ella. Se acurruca en su regazo como un niño tras una pesadilla, y cuando vuelve a levantar la cabeza, quién sabe cuánto tiempo más tarde, la camisa de Ashley está empapada. Vuelve a ser el de antes.

—Lo siento, Ash. Lo siento mucho. Igual deberíamos esperar a que amanezca. Tú descansa, yo voy a seguir un poco, a ver si tenemos suerte.

La muchacha rubia tarda en dormirse el tiempo que necesitan sus párpados en cubrir sus ojos. Y un poco más tarde, aparecen en la distancia dos faros recorriendo el mismo camino.

—Ash, Ash, despierta. Viene alguien. Vamos a preguntarle y que nos saque de aquí.

La recta recorre un páramo brumoso en el que la humedad es capaz de entrar en el coche. No es demasiado larga, tampoco él conduce demasiado despacio, pero las dos luces permanecen inmutables en la lejanía. El tramo se hace interminable hasta que, por fin, empiezan a acercarse. Son cada vez más grandes. El ébano de la noche y la niebla no le permiten ver demasiado bien, pero una sonrisa reconfortante nace de su interior cuando aprecia que el dueño del coche parece tener muy buen gusto automovilístico. Hay alguien con él. Más posibilidades de volver a casa. Frena ligeramente y le da las largas. Se le hiela el corazón mientras termina de apretar el botón. Es un fabuloso Cadillac del 59. La carrocería brillante está teñida de un amarillo extravagante. No para. La pareja del interior, un conductor atractivo y engominado y una chica bella y rubia ni siquiera les miran. Parecen muñecos de cera. Sus ojos, vacíos, sin luz, están perdidos en el horizonte. Se cruzan, y los dos coches siguen su camino. Max escucha a la psicóloga en su cabeza.

—Tenéis que encontraros a vosotros mismos.

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