La primera vez que oí hablar de Omán. Autor: Alicia Ortego

Enero 2015

La primera vez que oí hablar de Omán como destino turístico fue en Agosto de 2001, cuando estábamos en el aeropuerto de Teherán ante la puerta de embarque del vuelo a Shiraz.

La situación fue la siguiente: sentados en unas sillas, al poco se acercaron y ocuparon los asientos contiguos dos tipos vestidos con largas disashas blanquísimas. Enseguida se presentaron y nos preguntaron de dónde éramos. Después se presentaron ellos.

Eran omaníes, y en concreto el que más hablaba (inglés) se presentó como periodista.

Recuerdo que nos preguntó qué nos había llevado a Irán, si nos estaba gustando (preguntas constantes en cualquier viaje a Irán), y tras ello nos dijo que debíamos considerar la opción de visitar Omán porque tenía paisajes preciosos y fortalezas de adobe muy antiguas. Esa es la imagen que me quedó en la cabeza, sin representación visual alguna.

Sí es cierto –y después lo comentamos entre nosotros- que la propuesta me sonó excéntrica y la acogí con escepticismo, he de reconocerlo.

¿Omán? No sé, no me convence.

Respuesta o pensamiento fruto de la ignorancia más supina.

De esa conversación recuerdo con la mayor viveza otro fragmento.

Aquél verano Israel estaba lanzando una ofensiva contra Palestina especialmente cruel. De hecho una semana más tarde asistiríamos a una manifestación contra ello en la mismísima Isfahan, por supuesto convocada por el gobierno iraní.

El caso es que el omaní nos preguntó qué opinábamos de Israel y su política (por llamarlo de alguna forma) contra Palestina. Una pregunta que también nos harían incontables veces durante el viaje iraníes amables que querían entablar conversación con nosotros para practicar su inglés.

Respondimos que no estábamos de acuerdo en absoluto, que nos parecía una barbaridad, puesto que era verdad. La conversación prosiguió hasta que nos dijo, justo cuando llamaban a los pasajeros de nuestro vuelo para el embarque, que en un futuro próximo ocurriría algo muy importante en esa zona que daría la vuelta a la tortilla, y terminó con un remember my words (recordad mis palabras).

El 11 Septiembre de 2001, poco más de un mes después, como todos sabemos, se produjo el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York.

Aquél periodista omaní no hizo ninguna referencia a EEUU ni a que fuese a ocurrir “algo” allí y seguramente no se refería a aquel tremendo atentado, pero sinceramente yo no puedo evitar vincular aquél remember my words con ese hecho. Curiosamente, no lo vinculo a Omán ni muchísimo menos a sus habitantes, periodistas o no.

Nos despedimos amablemente y continuamos viaje rumbo a Shiraz -la ciudad de los poetas venerados en sus tumbas rodeadas de jardines de rosas y jazmín-, y la cercana Persépolis.

Omán quedó en la recámara de mi memoria insertado en una de esas anécdotas de viaje que por las razones que sean recordamos sobre otras.

Pasaron unos 10 años cuando cayó en mis manos un libro precioso: Los árabes del mar, escrito por Jordi Esteva. En él habla de su búsqueda de aquellos árabes y cultura que se apartan del tópico de las travesías por el desierto en caravanas de camellos.

Los árabes del mar fueron aquellos que durante siglos, en nuestra Edad Media, surcaron el mar desde la Península de Arabia hasta las costas de la cercana India, en una ruta mercantil equiparable y contemporánea a la Ruta de la Seda. Se comerciaba prácticamente con los mismos productos, pero por mar, para luego llevarlos a Persia o el lejano Estambul. Las especias fundamentales para conservar los alimentos en un mundo sin neveras, el incienso que aromatiza las ceremonias de la mayoría de religiones de Oriente y Occidente y que se produce allí, la seda, el algodón, maderas tropicales y muchísimas otras cosas.

Hasta la llegada de los portugueses con su carabelas, sólo los dhows surcaban las aguas del Índico empujados por los vientos del monzón que habían sido muy estudiados por los propios árabes hasta alcanzar la perfección de sus rutas, si bien los naufragios también existían. Igual que los piratas, que siguen estando en esos mares aunque con otras armas.

Con todo esto en la cabeza, los magníficos paisajes que describe Jordi en su libro y las costumbres de un emirato que aún conserva parte de la vida tradicional ya inexistente entre sus vecinos porque no abrió sus puertas hasta 1970, el deseo por descubrir ese país antes que otro comenzó a nacer y a alimentarse en mi interior.

Poco tiempo después una amiga me dijo que le encantaría hacer un viaje conmigo. Para poder coincidir ambas, los días de Semana Santa (un poco extendida) se postulaban como la mejor opción y cuando nos planteamos gran pregunta: ¿dónde vamos? De mis tripas salió la respuesta: Omán.

Ella aceptó sin pensarlo dos veces y compramos los billetes de avión con tres meses de antelación y a pesar de que ya no eran baratos.

Ahora estoy en ese punto en el que los sueños se alimentan a sí mismos con promesas que quizá sean tímidas, o quizá traicioneras, cada vez que recuerdo que tengo en el horizonte ése viaje deseado.

Nos esperan 10 días para descubrir un país que promete sorprendernos por su mezcla de tradición y modernidad, por el desierto (ay el desierto, cuánto me gusta) de Wahiba cuyas dunas dicen que son las más espectaculares de toda la Tierra, por costas vírgenes desde donde aún se divisan los dhows surcando el agua buscando pesca aunque ya no vayan a la India, y donde las tortugas verdes desovan desde tiempos inmemoriables. Costas en las que dicen que todavía es posible ver el plácton brillando en la superficie de las aguas cuando es de noche, y montañas en el interior que esconden pequeños vergeles en los wadies, los cursos de ríos que cuando se llenan de agua arrasan con todo lo que encuentran a su paso.

No conducimos y queremos probar el transporte público, pero para ser realistas con tan poco tiempo hay que contactar y contratar buena parte de la ruta con una agencia local. En este punto, una amiga nos ha puesto  en contacto con un escritor español que a su vez, muy amablemente, nos pasó el contacto de un amigo suyo omaní, y empezamos a urdir el plan con un sinfín de emails entre el señor Amur y yo.

Con su inglés defectuoso y el mío imperfecto, poco a poco hemos trazado en el mapa una ruta con la que nos sentimos cómodas e ilusionadas a partes iguales.

Sabemos que los hoteles son más caros que en otros países y a cambio las comidas y otras cosas son más baratas.

No sabemos si la gente habla inglés y por tanto si podremos comunicarnos con algo de soltura.

Sabemos que las disashas blancas nos rodearán, que no será fácil encontrar a las mujeres en las calles (quizá me equivoque en esto), que las gentes serán amables y hospitalarias puesto que es un rasgo de los países islámicos.

Sabemos que tenemos muchas ganas de descubrir esa esquinita del mundo, que recogeremos más cosecha de la prometida y que precisamente por tener tan pocas referencias será difícil que nos defraude.

Sabemos que viajar es aprender, es relativizar nuestra cotidianeidad, nuestra cultura, nuestras creencias en el más amplio sentido de la palabra. Sabemos que viajar permite entender que el mundo es mucho mejor de lo que nos lo pintan.

Creo que no hace falta más que… subirnos a ese avión y transportarnos a un mundo nuevo y diferente.

 

Abril 2015

He vuelto de Omán con la nostalgia que un viaje como este deja en mi espíritu. Un mundo nuevo, diferente, chocante, sorprendente, extraño, y que me impulsa a la reflexión. Mis expectativas se han visto cumplidas y superadas, no me cabe duda… pero es que además me he encontrado con experiencias y sensaciones que no supe hasta que las viví.

Llegamos un viernes a media mañana al hotel que habíamos reservado en Mutrah, la zona más bonita de la capital.

Viernes… el festivo principal de los países musulmanes -como nuestro domingo-, y en las horas centrales del día, en Omán significa encontrar las calles vacías y todo cerrado. El zoco es una sucesión de comercios con las puertas cerradas. Oscuro, pues no se abre al cielo sino que es una sucesión de calles a modo de túneles como los bazares persas, para protegerse del calor, estaba casi totalmente revestido de banderas y fotografías del Sultán Qaboos, el Jefe del Estado omaní.

¿Qué ocurría? ¿sería su cumpleaños? Un par de días después nos enteramos: volvía de una estancia de 3 meses en Alemania para tratarse un cáncer, y todo el mundo estaba contento y feliz…

Sí, porque el Sultán Qaboos es su héroe. Desde que tomó posesión del cargo tras el fallecimiento de su padre, en 1970, juró y prometió que su país se abriría al exterior y se modernizaría para hacer de éste un lugar próspero para su pueblo. Y lo ha cumplido. Sin grandes alharacas como sus vecinos de la Península Arábiga, sin excesos ni exhibicionismos, Omán ha progresado en educación, salud y modernidad. Para ello el Sultán pidió ayuda a su pueblo, y prometió escucharles. Quería un trabajo en equipo, y lo hizo. Durante todo su mandato, cada año, ha viajado durante 6 meses por todo el país parando en todas las ciudades y aldeas, para reunirse con los jefes locales y ver cuáles son sus problemas, necesidades, y los progresos de las obras y mejoras llevadas a cabo.

Lo ha conseguido, le quieren con locura y se nota en cuanto empiezan a hablar de él con expresión risueña y de cariño en sus caras. Desde el taxista que nos llevó del aeropuerto al hotel, en ese primer día en el que una sonrisa se aprecia tanto, hasta el tendero de la esquina.

Y eso que la modernidad ha traído consecuencias… su patrimonio histórico está en peligro en buena parte. Las antiguas casas de adobe en las que vivían los omaníes, preciosas, con puertas de madera labrada traídas de Mombasa, Zanzíbar o la India, fueron abandonadas y dejadas a merced de las lluvias y los vientos, mientras ellos construían viviendas más confortables en las tierras que el Sultán concede a cada ciudadano. Se derrumban inexorablemente y es dramático ver pueblos enteros que antaño fueron prósperos a juzgar por la altura y decoración de las casas, en esta situación.

Como decía, ese primer día caminamos mi amiga y yo por las calles de Mutrah solas. Enseguida empezaron a llamar a la oración y algunos hombres iban y venían a las mezquitas que nos rodeaban. Ninguna mujer. Siguieron pasando las horas y no veíamos mujeres, aunque había más hombres en las calles. Y esto fue una constante en todo el viaje…

Ellas aparecen con la caída del sol, bien cubiertas de negro, algunas con la cara visible y muchas mostrando únicamente los ojos y el puente de la nariz. Otras, ni siquiera eso, ya que andan con un velo negro, una muselina que no sé qué les permitirá ver aparte de sombras. Me parecen seres enjaulados, que además nos rehúyen a nosotras y no sé muy bien por qué. Ellas acceden a la educación e incluso trabajan, aunque no muchas. También conducen, algunas.

Las cosas siguen cambiando poco a poco en Omán y espero que para ellas también.

En el paseo marítimo de Mutrah nos asomamos al agua verde y turquesa y nos encontramos con un sinfín de peces tropicales que se ven perfectamente. Me parece increíble porque estamos en un puerto urbano y tan sólo unos metros más allá hay un gran buque.

Después, decidimos adentrarnos en las callejuelas de edificios antiguos, parte de lo que fue el antiguo puerto marítimo. Mi pecho se llena de nostalgia por un mundo que no conocí, y me maravillo al ver los balcones con sus celosías de madera, el adobe que tan de la tierra es, la estrechez de los callejones, los arcos árabes que dan paso a nuevas calles… conviviendo todo con un sofá antiguo y medio roto a la intemperie, un sastre que ha decidido seguir cosiendo a pesar de ser la hora de la siesta, los inmigrantes de la India, Pakistán y Bangladesh que también están descansando de su jornada y se hallan concentrados en sus teléfonos móviles, quizá comunicándose con su lejana familia, o sencillamente viendo vídeos y escuchando música de su tierra natal.

Terminamos  la jornada en el zoco recién abierto, y comprando algo para desayunar al día siguiente antes de salir de Mutrah. La animación reina en las tiendas. Las mujeres compran y compran, mientras los maridos se encargan de los niños -siempre se encargan ellos de los niños-.

El incienso flota en el ambiente junto con los perfumes que llevan todos,  ellos y ellas. Aromas que no se estorban y nos envuelven junto con el sonido de las expresiones en el árabe más suave que he oído nunca.

Estamos en Omán, nos parece increíble y a la vez sabemos que es cierto, y cuando uno cobra conciencia del simple hecho de saber que estás en un lugar remoto y soñado, que a su vez fue importante para una parte de la Historia ignorada por nuestro etnocentrismo, sólo queda ser feliz.

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