Fin de curso. Autor: Maria Luisa Agost Suárez

Todavía puedo sentir el cosquilleo en el estómago, la ilusión que me embargaba, cuando mis padres me confirmaron mi primer “GRAN VIAJE”. Tenía trece años, iba a ir cinco días a Mallorca, como premio por haber terminado el colegio con buenas calificaciones.

Nuestro profesor nos amenazó seriamente, para  que nos portásemos bien. No iba a tener ningún problema, ni ningún tipo de escrúpulo para enviarnos de vuelta a casa si había algún incidente serio.

Fuimos en barco. Llegamos cuando ya anochecía, al puerto de Valencia. Recuerdo sobre todo lo inmenso que era y su luminosidad.

No puedo dejar de nombrar las escaleras que no se acababan nunca y que crujían, la oscuridad del agua que brillaba en la noche y el susurro de las olas. Padezco de vértigo y no podía mirar hacia abajo. Al subir la escalinata que me pareció infinita procuraba no mirar hacia abajo porque me temblaban las piernas. Debía vencer mis miedos porque tenía demasiadas expectativas depositadas en este viaje. Había trabajado duramente para aprobar el curso porque siempre iba justa en las calificaciones y me costaba mucho concentrarme.

-Date prisa, que estás haciendo tapón ¿no te das cuenta de que vas muy lenta? A ver si espabilas, que no tenemos toda la noche- gritó el tutor muy enfadado.

Mi profesor como siempre tan simpático y relajado, ni siquiera de viaje se alegraba.

Continué la subida. No llegaba nunca y no dejé de mirar al cielo para vencer mi miedo a las alturas que me tenía completamente paralizada.

Nos asignaron butacones para descansar por la noche. Una amiga mía se mareó y nos recostamos en la sala que parecía un cine  para ver si se le pasaba.

-Me encuentro mal, tengo ganas de vomitar, y hace mucho frío.

Nadie nos advirtió que en el barco nos íbamos a congelar y que debíamos coger ropa de abrigo.

-Si quieres vamos al camarote, que tengo una rebeca

-¿Y eso que es?

-Una chaqueta ¿acaso no hablas español como yo?

Contestó un chico rubio, de ojos azules, vivarachos. Se llamaba José Luis, era muy bajito. Un metro cincuenta. Creo que no crecía de lo que sabía, como se dice vulgarmente. Apenas finalizada la frase apareció con una rebeca de color azul

-Es un poco grande, pero servirá ¿estás bien?

Me dí cuenta de su acento andaluz. Eran de Sevilla .A los dos minutos trajo a una docena de amigos a los butacones. Mi amiga se mareó de verdad, pero no le importó en absoluto y se le pasó enseguida porque estaba encantada. No todos los días conocíamos gente tan divertida.

Subimos a la cubierta del barco, llevamos chaquetas prestadas que nos dejaron. Nos pasamos toda la noche hablando, contando chistes andaluces, anécdotas estudiantiles, bailando con un radiocasete  y riendo sin parar. No recuerdo haberme divertido más en toda mi vida. Cuando veo imágenes de Andalucía recuerdo mi primer viaje de mayor y lo bien que lo pasé.

Vimos el amanecer en el barco, un espectáculo precioso, que todo el mundo debería disfrutar, por lo menos una vez en la vida. No se puede describir con palabras. Nuestros guardaespaldas del sur de España no se separaban de nuestro lado.

Fuimos a la playa del Arenal que es donde iban los estudiantes. No vi una excesiva diferencia con el paisaje mediterráneo. Quedé un poco decepcionada.

Con el hotel (de tres estrellas) nos tomaron un poco el pelo porque estaba semi-destrozado y apenas tenía perchas. Las puertas del armario no cerraban, la cama crujía, los somieres estaban rotos, la ducha sin cortinas, las puertas rotas pero como trasnochábamos, apenas reparamos en ello.

Alquilamos unas bicis para varias personas, no sabíamos manejarlas y nos caíamos al suelo. Teníamos trece años y éramos de goma-espuma  como los jugadores de la selección española

Fuimos a visitar la catedral, las cuevas subterráneas, las fábricas de vidrio donde nos enseñaron como realizaban su trabajo, pero lo que más nos gustó fue que nos prometieron que, al finalizar el viaje, iríamos a la discoteca del hotel

La discoteca era pequeña, con una bola brillante que daba vueltas e iba enfocando cada zona del barco. Me sentí como en otra dimensión. Cuando veo la película de Fiebre de sábado noche me acuerdo de aquella noche.

Estaba llena de gente de nuestra edad, pero lo más maravilloso de todo que no nos esperábamos, es que allí estaban nuestros amigos los andaluces, aquellos que no paraban de reír y de los que lamentablemente nos tuvimos que separar a la llegada a la isla porque cada uno llevábamos nuestra marcha.

En aquellos tiempos se bailaba suelto, y luego ponían canciones lentas románticas. Si íbamos con amigas hacíamos apuestas

-El primero que te pida bailar, le dices que sí, aunque será un cardo ¿de acuerdo?

Siempre tocaba apechugar, con algún feote que además solía ser un poco pulpo porque no se comía una rosca, y aprovechaba la coyuntura.

Esta vez  los dioses fueron favorables, y me pidió bailar el chico más guapo de toda la discoteca.

  • Me llamo Rafa y tú
  • -Yo Mónica, contesté mientras apoyaba mi cabeza sobre su pecho para que no viese que me ponía roja como un tomate, y empezaba a temblarme la voz
  • -Eres muy bonita, la más guapa de tus amigas ¿lo sabes?
  • Le dediqué la mejor de mis sonrisas porque no supe que decir. Yo era tímida y del montón. Tenía todos los complejos del mundo. Era imposible que estuviera sucediéndome eso a mí.

Estuve toda la noche bailando con Rafa, paseando con él. Nos despedimos con un beso.  Sabíamos que no íbamos a vernos nunca más.

Todavía me extraña que se fijara en mí el chico más guapo de la discoteca. Yo llevaba una camisa de color blanco con rayas verdes y unos pantalones verdes oliva “wrangler” El pelo castaño largo que me llegaba hasta la cintura. Todo muy hippie. La cara estaba salpicada por miles de pecas. Mis amigas iban mucho más arregladas. Rafa era muy guapo y dijeron que había tenido muchísima suerte.

Todavía me acuerdo de aquella despedida, de su pelo negro como el azabache, de sus ojos verdes, de sus pestañas espesas e innumerables. Era una niña y estaba convirtiéndome en una mujer. Era la primera vez que alguien me veía así.

A la vuelta cogimos el avión. Se sentó a mi lado un niño que estaba acostumbrado a viajar, le iba a esperar su padre a Valencia y me iba indicando lo que iba a suceder en cada momento. El auxiliar de vuelo empezó a indicar lo que había que hacer en caso de peligro. Mi pequeño acompañante me hizo una confidencia.

-Si nos la pegamos, lo más seguro es que no lo podamos contar, o sea que no hagas ni caso.

Era un chico muy listo.

Pedimos un zumo de naranja y nos trajeron algo de prensa. Nos divertía jugar a que éramos mayores.

Nuestro profesor como siempre tan catastrofista comentó

-Os voy a repartir bolsas por si las moscas, porque cuando comencemos a elevarnos es posible que vomitéis la primera papilla que os dieron cuando erais  pequeños

Sentí un pequeño cosquilleo en el estómago, pero lo que más me llamó la atención fue ver cómo las casas se iban empequeñeciendo, cómo se podía ver la forma de la isla. Eso  confirmaba que los mapas estaban en lo cierto. Visualizar las nubes de cerca. Me pareció maravilloso

Pasó una media hora en un suspiro.

-Abróchense los cinturones, que vamos a aterrizar- avisaron por megafonía.

Sentí que el estómago se me desprendía hacia abajo, un fuerte pitido unido a dolor de oídos y cerré los ojos para no dejarme llevar por el pánico y montar el número

Nada más llegar al aeropuerto, compré unas enormes ensaimadas de Mallorca, rellenas de cabello de ángel para la familia. Cuando llegamos a casa las probamos porque apenas habíamos comido ni dormido, en este primer viaje de fin de curso.

-¿Qué tal el viaje?

-Bien.

-Cuenta algo más mujer que has estado cinco días

-Mamá, estoy agotada, déjame en paz.

-Hija, que rara eres. Con ese carácter, nunca encontrarás novio.

Dormí diez horas seguidas y procuré no coincidir mucho con mis padres  para no dar explicaciones.

Aun puedo sentir el dulce sabor de la ensaimada,  que se derretía en la boca. Al igual que las sensaciones vividas durante el viaje, han perdurado durante toda mi vida.

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