Noche en la ciudad de piedra. Autor: Patricia Rojas

A la sombra alada del relieve de la diosa Victoria en piedra se escurrió el día dormitando, plácidamente. El calor sofocante y áspero de una tarde de finales de verano se apacigua. El aire se templa. Los pasos de los ruidosos turistas que han invadido durante toda la jornada las ruinas de Éfeso se alejan por la avenida empedrada, hasta perderse su eco en la lejanía. Por fin es la hora del crepúsculo. En la bóveda celeste empieza a tililar el brillo azul de las tempranas estrellas.

El gato atigrado entonces abre un ojo, luego otro. No hay prisa. Se atusa los bigotes y bosteza perezoso. Inicia la fase de elegantes estiramientos, a la par que se cerciora de que, efectivamente, ya se han marchado. Ante su estratégica esquina  han desfilado toda suerte de personas, idiomas, indumentarias, en fin, una procesión de personajes con afán incontenible de dejar constancia de que hoy estuvieron ahí. Todos excepto una niña de doradas trenzas, que con un gesto tierno al descubrir su escondite se acercó a acariciarle su suave pelaje. Quiso ser simpático pero, la verdad, le cogió en medio de la segunda siesta. No importa, visitantes fugaces que nunca volverán. Simples mortales cuya vida se diluirá como una gota de lluvia en el océano pasado mañana.

La oscuridad se ha adueñado de la ciudad desierta. El silencio recorre ahora sus solemnes calles esculpidas en guijarros. El gato atigrado entorna sus ojos, atento. Son sólo dos rayas verdes que fulguran en la tiniebla. Aún tarda un poco en alzarse la luna tras la montaña, esférica y hercúlea. Desde un arbusto cercano llega el ulular de un búho. Otro le responde, dando la señal. Y el espectáculo comienza una vez más.

El rumor del remoto mar se hace más nítido. La diosa Victoria comienza a relucir su lozanía. Las malas-hierbas que separan los adoquines del suelo retroceden posiciones, ahora más cerca de la tierra. Los trozos de mármol derramados por doquier sin orden ni concierto, parecen encontrar su sitio, juntándose de forma armónica hasta elevar una villa, y otra y otra… Sus pórticos se cierran y cuelgan flores de las ventanas, azules y amarillas. Los mosaicos de la entrada se recomponen pieza a pieza, formando peces, corazones, ninfas y aún dibujos más extraños. Brotan los parterres. Los estanques de tierra se cubren de agua fresca de la montaña. Hasta el bosque que la rodea se hace más joven, más huraño. Suenan trompetas que anuncian victorias. Sobre el empedrado recién alisado comienzan a desfilar los primeros cuadrigas, de aspecto imponente, con sus pesados corceles y las armaduras recién fundidas lanzando destellos de plata bajo la luz del hechizo lunar.

Se marchan los caballos y vuelve la calma relativa. Porque la ciudad ya no está muerta, ahora duerme y respira. El gato atigrado por fin se atreve a salir de su escondrijo y comienza a vagar sigilosamente. Se detiene ante un templo de columnas dóricas, albas y perfectas, que se prolongan hasta los primorosos capiteles, narrando ciento y una conquistas. Dentro se advierte el calor de una vela oscilante. Desde la privacidad de la escalinata el gato atigrado contempla los movimientos estudiados de la sacerdotisa, en su eterno ritual bajo los ojos de dioses de cuencas vacías, antes de proseguir su ruta.

Con la agilidad que le otorgan sus cuatro patas simétricas y la estabilidad gravitatoria de su cola, aterriza de un salto frente a la ventana de Helena. Con satisfacción advierte que el esclavo que vela en el jardín no se ha percatado. La joven hermosa anda taciturna peinando sus largos cabellos castaños. Sin embargo se alegra de verlo y le da su premio: un trozo de atún fresco. Caricias y susurros de un nombre nuevo, inventado. Porque, así pensándolo, antes tenía otro nombre, que ya no recuerda. Ahora sólo es un gato atigrado. La ceremonia de ronroneos y contoneos cariñosos toca a su fin cuando la madre reclama, desde la celda contigua.

El gato atigrado camina ahora a la taberna. El trozo de atún le ha abierto el apetito. En la parte trasera siempre hay sobras y borrachos. También competencia. Pero al gato atigrado no le preocupa. Por algo su casa es el mejor rincón de Éfeso. Con la tripa llena de raspas y cabezas se dirige al teatro. Hoy no hay función, aunque las risas y las notas disonantes aún parecen atrapadas en las ráfagas de aire suspendidas en el hemiciclo. En una grada solitaria un fuego de amores furtivos enciende la noche. El gato atigrado reconoce al vigilante, un joven moreno de Samos, pero no a la compañera de danza. Ahora tiene prisa y corre. Se entretuvo demasiado en la taberna.

Llega con el corazón  desbocado al final de la arteria principal de la gran urbe. Allí reluce con aura fantasmal la biblioteca de Celso. La obra sublime de esta polis al otro lado del Egeo, de esta provincia de Roma fuera de la gran bota y aún así tan imponente, tan magnífica. El gato atigrado penetra entre sus muros con inquietud y aplomo. Suerte que sus acolchadas sandalias silencian su andar por el mármol, desafiando a lo etéreo de los seres invisibles. Aquí huele a la muerte, que se despliega con su cortina de flores marchitas, densa y pesada. En la habitación principal yace el cónsul, con rostro ceniciento en su tumba de pergamino. El gato atigrado llora con lágrimas secas. A los pies le deja su ofrenda, un pajarillo que aún palpita.

La luz del alba empieza a teñir el horizonte de rosa pálido. El gato atigrado sabe que es hora de irse. Emprende el camino de vuelta sin mirar atrás, sobre unas losas que se tornan desgastadas y opacas según los rayos de sol van alumbrando su superficie. La Victoria espera, paciente, a su inquilino. Mientras, en algún lugar, el almuédano ya ha llamado a la oración. Un centenar de turistas se atavían con sus zapatillas más cómodas y su ropa más liviana. Suben con ilusión al autobús verde que esta mañana estival les llevará hasta los vestigios de Éfeso, aquella legendaria ciudad romana.

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