Último. Autor: Carlos Enrique Blanco

El pez náufrago.
Macedonio Fernandez

Lo peor del desierto no es la falta de agua. No son el viento lacerante, ni el sol abrasador. Tampoco la arena que se cuela por cada poro de la piel. Lo peor es la ausencia absoluta de horizonte.

Hace años que no vuelvo a esta ciudad. No se cuántos. Esos carteles cubiertos de óxido, alguna vez fueron verdes. Tienen los nombres borrados, los números desaparecidos; apenas se ve la forma de algo que alguna vez fueron letras. Distingo “kms” y nada más. No se dónde estoy exactamente aunque imagino que será en lo que alguna fue Sarandí. Reconozco partes de la estructura del puente del tren. Unos vagones cuelgan de él.

No hay más columnas de humo; no se oye el sonido que producen los incendios cuando devoran ciudades enteras. Sólo quedan viento, polvo, arena. Tampoco se siente el olor de los cadáveres que sentí justo antes de poder abandonar aquel lugar.

Recorrí tantas ciudades. Tantas. No recuerdo cuántas. Perdí la cuenta después de las 100. Estuve en Rosario, en Corrientes y en Posadas; en Goya, Bella Vista y en Paraná; en Porto Alegre, donde asistí al suicido masivo de más de 4000 personas. Llegué a Río de Janeiro, vacía, reseca, fétida, descolorida, gris. En Bahía me quedé a vivir durante lo que creo fueron 4 meses o tal vez más, en una casa que no tenía ni una rajadura, con electricidad, comida, agua potable, sin visitantes indeseables. Crucé por Guyana y Surinam, lugares que nunca habían aparecido en las noticias. Anduve por Caracas, destruída y repleta de ellos muriendo en las calles. Entré en Colombia y llegué cerca de Cartagena, la primera de las ciudades que vería entera y completamente envuelta en llamas. Podía verse la colosal columna de fuego y humo a decenas de kilómetros de distancia. No pude ni acercarme. Tuve que rodearla: el calor era insoportable. De noche, el reflejo de las llamas despedía el brillo de un pequeño sol. Al principio pensé que aquel olor (hierros, maderas, automóviles, animales, cuerpos, piedras quemándose) quedaría grabado en mi memoria para siempre. Pero no fue así.

Pasé por Centroamérica, llegué a Mexico y luego a Estados Unidos: en Houston encontré dos cohetes preparados para despegar que nunca emprendieron vuelo. Verlos volar en pedazos, encenderse como bengalas gigantescas, fue todo un espectáculo. Washington y Filadelfia eran sólo cenizas, lo mismo Nueva York y todas las ciudades a su alrededor. Esos fueron días difíciles. Recién al cruzar a Toronto pude descansar. Fui a Europa. La recorrí por semanas y meses que se me hicieron interminables. El mismo espectáculo; las mismas visiones. Pegué la vuelta, como si tuviera dónde volver. El mundo era mío. Todo mío. Estaba harto. Siempre había sido mi sueño recorrerlo, viajar, conocer. Pero nunca había estado dentro de mis planes, hacerlo de aquella manera

A medida que pasaba el tiempo, el peligro de encontrarme con ellos era cada vez más y más remoto. Estaban desapareciendo, inexorablemente; se volvían más lentos. Cazarlos me producía cada vez menos excitación, excitación que fue tornándose hastío. Hasta que simplemente, desaparecieron y se volvieron olvido.

Los fuegos fueron apagándose, los caminos cubriéndose de polvo, las comidas volviéndose cada vez más rancias, las plantas desapareciendo, los huesos, pulverizándose en el viento.

Al principio, con todo a mi disposición (todo, absolutamente todo lo que se había salvado, a mi disposición) podía tomar lo que quisiera de donde quisiera, jugué a ser fotógrafo. Pensaba “bueno, por ahí un día, quien sabe, alguien pregunte qué pasó acá”. También llevaba un diario detallado de mis viajes, pero me duró poco. Cuando los meses transcurrieron y fui dándome cuenta que no había nadie más, además de los ellos, perdí cualquier entusiasmo que me quedara en el cuerpo. El horizonte se repetía una y otra vez, ciudad tras ciudad, país tras país, kilómetro tras kilómetro,.

Despues de unos años, la electricidad comenzó a fallar, debía cambiar de auto cada vez más seguido, y los generadores eran más difíciles de encontrar. Los barcos ya no funcionaban, los aviones no despegaban, los trenes no se movían.

Ahora, avanzaba hacia la ciudad, la capital, guiado más por mi intuición que por seguir algún tipo de camino. Me preguntaba cómo lograría cruzar el Riachuelo si los puentes ya no estaban. No hubo problema: los puentes ya no estaban, pero el Riachuelo tampoco. Seco. El lecho, un pedazo de tierra resquebrajado, cubierto de restos de cascos de barcos y pilas enormes de esqueletos de autos, colectivos, camiones, vehículos. Dejé la camioneta (¿cuántas había usado y abandonado? ¿Cuántos autos y camiones? Pensar que cuando todo estaba bien, apenas tenía un ciclomotor) y crucé a pie. Caminé cerca de 2 horas entre escombros y árboles calcinados. Recordaba mis tardes yendo en el 98 a encontrarme con Cecilia, el tránsito, la locura, el ruido insoportable de los motores, las bocinas, los gritos, las voces. El contraste de aquel ritmo frenético y descontrolado de la ciudad con este silencio podría haberme abrumado. Pero no sucedió. Ya no sucedía más. Nada sucedía más.

¿Alguna vez vieron explotar una estación de servicio con sus tanques repletos de combustible? Yo vi decenas de ellas volar por los aires. Era yo quien las explotaba. Comencé por diversión. Luego descubrí que aquel espectáculo atraía ellos. Las explosiones eran carnada. Pero como todo, después de un tiempo hasta los ellos empezaron a escasear, así como la emoción de cazarlos.

Una vez, no recuerdo cuándo, ni donde, hice explotar un aeropuerto, enorme, internacional, cubierto por docenas y docenas de aviones. ¿Habrá sido el de Miami? ¿Ezeiza? ¿Tenerife? ¿Nueva Delhi? Quien sabe. Fue extraño, porque a diferencia de otros aeropuertos, todavía estaba en pie y repleto de aviones en buen estado. Me tomó casi 8 horas preparar todo. Cuando encendí la mecha, por así decirlo (no encendí ninguna mecha: inicié el primer fuego desde un kilómetro de distancia con un control remoto) presencié fuegos artificiales de escala monumental. Luego, esperé 2 días, o tal vez más, pero no apareció ningún ello. Ni uno solo. Una explosión de aquella magnitud habría atraído centenares en los primeros días, y me hubiera entretenido durante semanas practicando tiro, viéndoles estallar las cabezas a través de la mira telescópica. Pero ya no más. Imagino que se habrán extinguido.

Antes, al principio fantaseaba en encontrarme con otros sobrevivientes. Más pronto que tarde descubrí, que era el único, que estaba solo, que era el último.

Cuando se dio a conocer la Verdad, mi padre puso una pistola en su boca y disparó. El muy cobarde nos dejó sin siquiera avisarnos. Mi madre terminó sus días rezando en una iglesia junto a su grupo de amigas religiosas. Por supuesto su Dios no llegó para salvarla. Mi hermano fue el más digno: cargo un auto con bidones y bidones de nafta, armó una bomba casera y se estrelló contra la caravana de uno de los 3 que habían dado inicio a todo. “No voy a dejar que ese hijo de puta encima vea el Apocalipsis desde primera fila, ¿no?” me dijo por teléfono y se cargó a toda la caravana donde iba “ese hijo de puta”, una caravana que lo protegía vaya a saber de qué, porque igual iba a tocarnos a todos. O al menos eso creía yo.

Un domingo de primavera, cuando dos éramos niños, mi padre nos llevó a pescar con unos amigos suyos que eran fanáticos de la pesca. Yo no entendía cómo podía atraerles tanto eso de andar sacando pescados del río y no comerlos, de llenar riñoneras con huevo duro para comer sin dejar de pescar, de no tomar agua, de no parar siquiera para orinar.

Nos dieron una caña, nos explicaron cómo teníamos que hacer para tirar la línea y nos dijeron “vayan por allá y no molesten”. Tiramos la línea y tuvimos suerte: enseguida enganchamos un pescado. Ayudé a mi hermano a traerlo de vuelta. Se retorcía frenéticamente.

– Agarralo – me dijo.
– Agarralo vos – le contesté.

El me apuntó con la caña y empezó a reírse.

– ¡Dale tonto!. Agarralo.

Yo me aparté de un salto.

– ¡Sacalo de acá! – le grité.

El pescado no dejaba de moverse en el anzuelo. Después de unos segundos dejó de sacudirse tanto. Me acerqué un poco y me quedé mirando como buscaba desesperado el aire con sus branquias.

– Se está muriendo – le dije a mi hermano.

Mi hermano se acercó y se puso a estudiarlo.

– Uy… – dijo – ¿Qué hacemos?.
– Que se yo – le dije.

Miramos hacia donde estaban mi viejo y sus amigos pescadores.

– ¿Lo tiramos al agua de vuelta?.
– Y dale – le dije.

Lo desenganchamos del anzuelo. Todavía se le movían las branquias. Lo dejamos en el agua. Después de unos segundos empezó a moverse. Pero en vez de irse, se quedó flotando ahí, en la orilla. De pronto, saltó del agua y quedó acostado en la arena, las branquias inflándose y desinflándose de nuevo. Mi hermano lo agarró y volvió a meterlo en el agua. Pero el pescado volvió a acercarse a la orilla y a tirarse en la arena otra vez. Volvimos a meterlo en el agua. Y de nuevo, el pescado se lanzó de cabeza contra la playita. Intentamos de nuevo y pasó lo mismo. Cuando mi hermano lo agarró para volver a tirarlo al agua le dije que lo dejara ahí.

– Capaz es lo que siempre quiso hacer y nunca se animó, ¿no?.

Mi hermano me miró.

– Vos estás reloco – me dijo y se rió.
– Si. Pero no le cuentes a aquellos – le dije.

Hablamos de aquel pescado antes que nos despidiéramos con aquella llamada, previo a su ataque a la caravana. – Lástima por el pescado, ¿no? – me dijo y nos dijimos adiós.

Llegué al Obelisco, aunque claro, ya no hay Obelisco. Creo que estaba acá, donde estoy parado ahora. Pateo los escombros del piso y encuentro un pedazo de una placa de bronce. – Si – digo para mi.
– Seguro que era acá -.

Entonces escucho un ruido, un sonido que hacía años que no escuchaba. Un gemido, un grito afónico.

– No puede ser…

Empiezo a caminar hacia el ruido. Tardo un rato en ubicarlo. Entonces, aparece arrastrándose. Le apunto con mi rifle.

– ¿Cómo puede ser?.

Me acerco con cuidado, sin dejar de apuntarle, pero cuando lo miro bien, me doy cuenta que no corro peligro. Se arrastra lastimosamente. Sigue gimiendo. Su rostro no tiene piel, le falta una mano. Las marcas de mordidas me dicen que probablemente se la haya comido él mismo. No tiene el labio inferior y uno de sus ojos es tan solo un hueco. Tiene el cuerpo cubierto por dos o tres jirones de tela y apenas si puede moverse.

Cuando llega donde estoy, se detiene. No ataca. Ya no tiene fuerzas ni para intentarlo. Me quedo mirándolo. Se mueve hacia mi, me alejo un paso y vuelvo a apuntarle. Levanta la mano que le queda y pronto se derrumba. Baja la cabeza. Ya no gime. Cuando levanta de nuevo su horrible cara, veo algo en su ojo, algo que no había visto jamás en ninguno de ellos.

Bajo el rifle. Se arrastra hasta que llega adonde estoy. Esta vez no me muevo. Toma el caño del rifle e intenta llevarlo hacia su cabeza, pero no tiene fuerza. Lo empujo con el pie y cae sin ofrecer un mínimo de resistencia. Lo escucho gemir y su gemido parece el llanto de un niño. Se arrastra trabajosamente hasta donde estoy de nuevo e intenta agarrar el caño del rifle otra vez. Vuelvo a empujarlo y cae. Se levanta y se arrastra hacia mi. Pero esta vez no agarra el caño del rifle: me mira y señala su frente con el muñon que le queda en el otro brazo.

– ¿Cómo puede ser? – le pregunto. Sólo vuelve a señalar su frente.

Apoyo mi rifle entre sus ojos y deja de gemir.

– Vos sí que tenés suerte – le digo. – Yo ni esto – agrego y aprieto el gatillo. Cae hacia atrás. Apenas si unas gotas de algo parecido a la sangre le brotan de la cabeza. Ahora todo es silencio de nuevo. Lo miro y me quedo pensando en mi padre, en sus amigos de pesca y en aquel pescado en la playa. Es raro, pero ya no puedo recordar nada más y en ese momento me doy cuenta de cuán poco me importa.

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