Guillermito. Autor: Carlos Enrique Blanco

La ruta

Se refregó los ojos otra vez.

Aquella recta…

Enfocó la vista en un punto lejano. No vió nada. Había pasado más de media hora desde que se cruzaran con el último vehículo del otro lado.

Nada.

Arbustos. Arbustos. Más arbustos. Después…arbustos y matas de pasto reseco, tierra fundida en mar fundida en cielo fundida en rojo fundidad en negro.

Nada.

Volvió a refregarse los ojos.

– ¿Querés?.

No escuchó.

– ¿Querés? – repitió el 2º chofer ofreciéndole un mate. El lo miró sorprendido. Tardó unos segundos en darse cuenta

1) qué le estaban diciendo
2) que no estaba mirando el camino.

– Che – lo retó el otro chofer.

Miró para adelante. Las luces bajas. La ruta vacía. Los vehículos con los que no se cruzaban.

Aquella recta…

– ¿Y?.

El 2º chofer todavía sostenía el mate.

– Ah, si…dame.

Lo tomó de dos sorbos.

– ¡Quema! – exclamó.

El otro chofer sonrió.

– Te dije que estaba caliente.

Volvió los ojos a la ruta, a la tira blanca, a la banquina inexistente, al río que no se veía, a la noche que lo inundaba.

El 2º chofer se tomó otro mate.

– ¿Dónde está Raúl?.

Su compañero dió un sorbo largo al mate antes de contestar.

– La comida.

Lo miró extrañado. Unos momentos después se dió cuenta que

A – era más tarde de lo que pensaba
B – otra vez había sacado los ojos de la ruta
C – tenía apetito

– ¿Ya son las 8? – preguntó confundido.
– Ajá.

La música lo aburría.

– ¿No podemos escuchar otra cosa?.

El otro le alcanzó un mate.

– Ultimo, quiero comer, tengo hambre.
– Tengo bizcochitos.
– No, no – negó moviendo la cabeza. – Quiero comida de verdad.

El 2º chofer lo estudió.

– ¿Otra comida?. ¿La música no te gusta?. No se…¿querés que llame a alguna de las pasajeras para que venga y te de unas caricias mientras manejás también?.

Se dió vuelta para mirarlo mientras se metía un dedo en una de las orejas. Entonces se dió cuenta

I – quería comer agnolotis
II – no estaba prestando atención a la ruta
III – quería las caricias
III B – quería las caricias y de ser posible, que fuese la rubia del asiento 37.

Luces a lo lejos. Dos manchas amarillentas, pálidas, pequeñas, ínfimas, que se acercaban lentamente, se agrandaban muy de a poco…

Desaparecieron.

– Ay, no – se lamentó.

El vehículo había doblado en alguno de los tantos caminos de tierra y ripio que cruzaban la ruta. El otro chofer golpeaba el panel con los dedos, al ritmo de la música.

– ¿Y?.
– ¿Y qué?.
– ¿La comida, la música, las caricias?.

El 2º chofer sonrió. Pero vió que el otro no. Cerró la boca y se quedó mirando a su compañero y se dió cuenta que

1º – no miraba la ruta
2º – no miraba la ruta
3º – ¡mirá la ruta!.

El micro estaba cruzando peligrosamente de carril, pero el chofer seguía sin volver la vista al camino.

– Acá fue lo de Guillermito, ¿sabías? – dijo con un tono casi sin vida.
– Por Dios hombre…mirá el camino – rogó el segundo chofer mientras apoyaba el termo y el mate en el piso.

Durante unos segundos, el conductor volvió los ojos a la ruta. Pero no estaba realmente mirando. Veía más allá.

Sonrió.

– Guillermito… – murmuró con melancolía.

El micro seguía abriéndose hacia la izquierda, lentamente. Los pasajeros, concentrados en sus cenas (pan, tostaditas, un flan de huevo para el postre, dos fetas de queso, una de jamon cocido, un pedazo de carne fría con queso derretido, lechuga, una feta de tomate y más carne caliente con papas y arvejas) no se habían dado cuenta.

– ¿Te acordás de Guillermito? – preguntó, apoyado sobre el volante al darse vuelta, había girado levemente hacia la derecha.

– Si, me acuerdo. ¿Cómo no me voy a acordar? – dijo el segundo con vos temblorosa.
– Era tan…tan buen tipo.
– Si…si

Ahora el micro había enderezado su rumbo. Pero no le quedaba mucho camino a aquella recta.

– Fue acá.

Señaló a algún lugar en la oscuridad que se había apoderado de la tarde.

– ¿Acá? – preguntó el 2º chofer sin dejar de mirarlo.
– Ajá. Acá.

Volvió a señalar moviendo levemente el mentón. Se dió vuelta para mirarlo

– Acá – repitió.

El asistente seguía atendiendo a los pasajeros sin notar nada raro en los movimientos del micro.

– Dicen que fue al final de la recta, que se quedó dormido, que cuando se dió cuenta pegá un volantazo y fue peor porque el micro se dió vuelta en un segundo.
– Eso dicen – carraspeó el otro.
– Eso dicen. Pero yo no me lo creo. No, no, no – dijo haciendo gestos con las manos mientras soltaba el volante. Las ruedas derechas se acercaron peligrosamente al borde del pavimento.

– Guillermito – murmuró el chofer.

Llegó el asistente de a bordo.

– Mirá…tengo que…

Se quedó mirando al 2º chofer, que no le contestaba. Entonces vió la ruta y el bamboleo lento, suave, pronunciado, el ir y venir levemente a derecha e izquierda. No pudo decir nada más.

– Síndrome.

El asistente asintió con la cabeza, lentamente.

– Voy a poner otra película, ¿les parece?.
– ¿No tenés alguna de acción? – preguntó el chofer. – Tengo ganas de ver una de acción, bien así… – y dibujó una pistola con sus manos, soltando el volante ante la desesperación de los otros dos.

Nadie dijo nada hasta que agarró de vuelta el volante, metió un cambio y enderezó el micro.

– Si…si… – balbuceó – …creo que tengo una de…acción…

El chofer no despegó los ojos de la ruta.

– Qué bueno – deslizó el que manejaba. – Ya me toca la hora de descanso, ¿no?. ¿Cuál tenés?

Los otros no respondieron.

– ¿¡Eh?! – le reclamó a su compañero.
– Si…eh…¿qué?.
– Digo, ya me toca la hora de descanso. Voy a comer y a mirar una película antes de acostarme, ¿cuál tenés?.

Silencio. El asistente de a bordo lo miraba sin contestarle.

– Che, ¿qué les pasa?.

El segundo la ruta.

– ¿Me pueden contestar?.

Ahora el chofer tenía la vista pegada al camino, a aquella tira asfáltica interminable.

– No, nada, es que recién…

El 2º chofer le hizo una señal con la mano para que se callara.

– Nada. Voy a ver cómo se llama la película que tengo para poner y te cuento.
– Bárbaro, bárbaro – contestó el conductor.

Un par de minutos más tarde el 2º chofer se dió cuenta

– que no entendía nada.

– ¿Te acordás de Guillermito? – preguntó de vuelta el que estaba manejando con el mismo tono casi sin vida de unos momentos antes.
– Si…si – respondió el segundo chofer.
– Por acá se la dió…fue por acá…Seguro… fue por acá….

Se quedo en silencio unos instantes. De pronto, pareció despabilarse. Miró al 2º chofer y dijo:

– Dale te toca.

El segundo se acercó al volante. El otro se paró e hicieron el cambio.

– Guillermito – dijo con un dejo de melancolía.

Sacudió la cabeza un par de veces. Suspiró. Palmeó a su compañero un par de veces.

– Bueno…Ahora te toca a vos… Vamos a ver que dan en la tele y que nos tiene preparado el chef – bromeó.

Sonrió y se fue a buscar un asiento libre en la parte de abajo del micro. Una buena película de acción y un poco de comida caliente era lo que le hacía falta para relajarse un poco antes del próximo turno.

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