El hombre lobo de Neustadt. Autor: Miquer Alberto Rivera Santiváñez

La primera vez que vi un hombre lobo fue a mi regreso de España, en Neustadt del Palatinado. Luego de retornar de Madrid, debí esperar en un parque hasta la medianoche al amigo que llegaría con su auto. En aquella oportunidad me senté largo rato en una de sus bancas, mas buscando comodidad me recosté sobre la yerba, hasta el momento que pude ver la figura de un hombre lobo que apareció tras un aullido en una esquina donde la luz pública resaltó su silueta. En ese momento la visión no me produjo ningún sobresalto porque demoré demasiado en creer su real existencia. No hice demasiado caso, e inclusive traté de asustarle, por eso después de aullar se acercó lentamente por entre los árboles. Tuve suerte de  poder alejarme y, por cosa providencial subir de inmediato al auto esperado. Mientras viajaba, un llamativo reflejo que pude notar en su pecho me pidió recordar sus detalles, resultando difícil por lo alejado del sujeto.

El suceso que anticipa este relato había quedado relegado de los recuerdos, hasta un sábado que olvidé llevar velas en su debido tiempo al cementerio, por estar ocupado en la pintura. Por eso, aunque ya se acercaba la noche alisté mi bicicleta para trasladar los cirios hasta las tumbas de mis viejos benefactores.

Teniendo en cuenta que su camposanto de Sankt Martin se ubica en el extremo del pueblo y cercano a la ciudad de Maikammer, salí deseoso de aprovechar la ocasión y visitar Edenkoben. Era tiempo de otoño, cuando la reseca hojarasca tapizaba el piso con tonos parduscos y la luna jugó escondite sobre los árboles. Me sentía contento de avanzar notoriamente mi obra.

Tras media hora de pedaleos, llegué hasta los conocidos faroles que aún tenían sobras de cirios. No demoré demasiado en poner los nuevos y brindar oraciones a los difuntos; por ese motivo y notando que no era muy tarde, me dirigí con los trozos de velas usadas hasta la residencia postrera de alguien que no conocí pero fue amigo de mis padrinos. Me puse a limpiar el espacio sabiendo que ningún otro le visitaba, luego coloqué pedazos de velas en sus maltratados faroles. Al cabo de la tarea pretendí salir por donde había entrado, pero un lastimero aullido con tono confuso de alma en pena resonó por esa puerta, cortando de tajo mi decisión de usarla; por eso elegí salir por otra parte, un portón contiguo al velatorio. Ya me acercaba al pasadizo elegido,  debiendo cruzar junto a una gran cruz de piedra que anuncia la calle; y otra vez sonó el aullido salvaje, casi a mi espalda. Esta vez traté de alejarme velozmente tomando el camino de los vinicultores.
Después haber visitado conocidos de Klosterstrasse en Edenkoben y compartido alegremente chocolate y torta, me dirigí a casa, siguiendo la senda de los viñedos. Aún no llegaba la medianoche y faltaba medio trayecto, cuando de pronto, por la parte delantera, allí donde se puede ver una capilla y comienza también la vía principal de Sankt Martin, otra vez se  dejó escuchar los aullidos. Habiéndose  adelantado en mi camino la fiera, pretendí evadir su encuentro tomando  la senda de Kropsburg, que tiene su antiguo castillo unido al caminito para peatones y bicicletas, desde cuyo recorrido se puede ver cada detalle del pintoresco camino llamado Kukuxweg, que va en paralelo unos metros más abajo, formando ruta intermedia con Einlaubstrasse.

Y en verdad seguir a esa hora por el tramo elegido resultó muy esforzado por ser una cuesta empinada llena de árboles, para luego tener que descender hasta la unión con Einlaubstrasse cerca de un bunker.

          Y mi apurado viaje en pleno bosque no tuvo impedimentos, sin embargo casi en el punto de unión cercano al bunker, allí donde resultaba más oscuro el tramo lleno de matorrales y pinos frondosos,  nuevamente surgió el aullido. Y aunque sentí el peligro, ese lapso fue decisivo para dejar de una vez por todas la duda respecto a su existencia del monstruo; y desmontando a unos diez metros, cogí un madero y me aproximé a él por un atajo. Sin embargo ese ambiente de plenilunio no era para la tranquilidad, y mi ser hizo notar el temor con el sudor frío que recorrió toda la piel. Fue la única vez que pude ver de cerca la silueta del engendro infernal, ¡ese hombre lobo de Neustadt!, el hombre lobo en cuyo pecho relucía una enorme cruz de oro y cadena. Y pude oír el esfuerzo de su hocico inspeccionando el aire ¡buscándome!  La verdad es que tanta impresión me tuvo inmóvil, a unos pasos de la bestia, rogando el auxilio supremo. Puedo asegurar que desde lo alto llegó ayuda, porque ruidos de campesinos y sus caballos rompieron el hechizo más demoniaco.

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