Las momias tutelares de los Andes. Autor: Miquer Alberto Rivera Santiváñez

Varios amigos nos reunimos en Concepción, provincia cercana de Huancayo; para tomar el autobús que nos llevaría de visita a las “procesiones de momias” en Comas. El trayecto iniciado en la mañana duró largas horas sobre las cuestas y pendiente andinas, hasta que llegamos al paradero “la Curva” en el inicio de la noche. Acto seguido fue conseguir hotel y guardar las mochilas, para ir a la iglesia y encontrarnos con nuestro guía Eleuterio. Efectivamente tal cual acordamos, le vimos arrodillado rezando en su lugar favorito ¡frente a una momia! Es impresionante ver en el templo junto a los santos católicos esos cuerpos momificados de personajes incaicos. Estas imágenes provocan durante la noche un aspecto verdaderamente horroroso. Pero, por cuestión práctica de asegurar la participación comunitaria, los sacerdotes de turno han soportado en sus iglesias a personajes de ultratumba.

Para mi grupo, fue importante asistir a la prédica, porque así nos enteramos de oraciones que pedías lluvias para la siembra.

―”Significa que los campesinos harán pasear sus momias dentro de dos        noches, cerca del rio” ―murmuró Eleuterio en el oído de Jonás, un amigo argentino.

Así, advertidos de una interesante procesión nocturna esperamos ansiosos su momento. Después de la merienda del sábado nos mezclamos entre la multitud, acompañando a quienes iluminados por antorchas y velas llevaban sus momias tute lares hacia las orillas del rio. Era una procesión con los jefes de barrios delante y cargadores seleccionados entre los solteros del pueblo rememorando épocas cuando floreció la organización del incanato.

― ¡Pachamama, Pachamama, mándanos buenas cosechas! ―decían los   ruegos.

― ¡Apu del aguacero, riega los campos! ―otros coreaban.

El conjunto de seres reviviendo una  vez más la espectral costumbre del culto a la tierra semejante al equinoccio de junio. Mientras los tambores hacían lo suyo efectuando  lúgubre ritmo, a unos cuantos metros de la orilla del rio desfilaban mujeres y hombres, siempre manteniendo correcta su formación hasta tener próximos los cantos de gallos, hora en que los cuerpos huesudos de sus momias debían descansar en lugares celosamente protegidos, y a salvo de los foráneos.

Siguiendo la comparsa, mientras refrescaban la caminata con chicha de jora, pude conocer a un personaje que ofreció los cohetes festivos y sus camiones para llevar las reliquias funerarias hasta lugares de resguardo en la madrugada.

―Espero que me acompañen hasta la casa de Cochas ―ofreció el caporal llamado Pascual a Eleuterio.

El tiempo fue acercando el sol, pero logramos dormir un poco. Esa mañana desayunamos al estilo de Comas con abundante carnero, pan serrano, miel y queso fresco. Media hora después, uno de los buses de Pascual nos llevó con pasajeros hasta Cochas, recorriendo seis horas de pista sin asfaltar rumbo a la ceja de selva. Y apoyando la invitación, sus ayudantes brindaron con esmerado recibimiento y listos los alimentos, con chicharrones de trucha, las más finas papas que se cultivan para casos extraordinarios, y otros manjares. Aquella noche, después de la cena, don Pascual nos habló sobre algo.

―Ahora iré a orar, pero deben guardar los secretos que observan ―aclaró.

Y salimos por una puerta que lleva al monte, llevando un par de machetes por haber serpientes en el camino. Pronto notamos la claridad lunar proyectando sombras tétricas por todas partes.

Al rato ingresamos a un caserón de muros bien hechos, porque noté que su anchura de piedra sólida sobrepasaba lo acostumbrado. Unos rugidos nos alertaron sobre la existencia de fieras en su interior, por eso Pascual pidió esperar, hasta enjaularlos. Estando libre un corredor, llegamos a un cuarto cerrado con candado y cadena, Pascual no tardó en alumbrar el sitio con una lámpara, y lo que vimos nos impresionó hasta los tuétanos, porque ahí teníamos ¡un enorme ídolo de piedra de aproximadamente dos metros de alto asegurado por  sus pies a una base de sólido granito! Tal monumento debía pesar algunas toneladas, teniendo en cuenta que su base tallada parecía salir del propio cerro. Para mí lo resaltante fue haber notado en la parte correspondiente al pecho del ídolo, una especie de escritura de signos que recuerdan aquellos tokapus incaicos, mezclados con otros del lenguaje binario contemporáneo.

―Esto es parte del legado de mis grandes abuelos ―expresó Pascual lleno  de orgullo, agregando,  ―algo que no pudieron hallar los españoles, y tengan en cuenta que guardo muy bien algunas placas de oro de su vestido.

―”Con razón sus modernos buses trabajan el Lima” ―murmuró Eleuterio.

―Hay algo más, pero ahora deben descansar bien, que mañana será de largo  trajín ―aconsejó don Pascual.

Antes de salir el sol, el anfitrión había retornado de cacería; y preparó el desayuno y fiambres para la marcha.

―Llenen sus cantimploras porque no hay tiendas por esa zona, solamente los ríos ―don Pascual previno.

Sin poder llevar caballos, salimos a la quebrada, siguiendo sendas abruptas, llenas de tarántulas, escorpiones y culebras. No hace falta explicar de sus espinas, pero nuestros modernos botines sufrieron entre las piedras resbaladizas, deseando llegar a la cima del cono centrado entre dos ríos. Este cerro tenía la peculiaridad de presentar en su base una caverna del cual vimos brotar agua limpia pero que se mezclaba inmediatamente con otro.

Estando en la cima, los visitantes creímos habernos esforzado por gusto porque no percibimos a simple vista gran cosa, solamente un enorme montón de piedras rodeado de juncos y cactos,

―Ahora, ¡saquen sus guantes y a trabajar! ―ordenó don Pascual, empezando él mismo a sacar las piedras a unos metros del costado.

Después de una hora de pesado esfuerzo, gritó Eleuterio.

― ¡Ya se mira una “huanca” (piedra grande)!

En efecto, una gran piedra tallada de dos metros de largo por uno de ancho cubría una entrada secreta. De inmediato conseguimos maderos para palanquear ese problema, pero moverla no fue nada fácil. Sin embargo logramos sacarla y hacer notoria una especie de tragaluz de algo profundo, con unos cuarenta centímetros de diámetro y un conducto tubular perforado en durísima roca.

―Está oscuro su interior ―reclamó Leandro, amigo del barrio.

Jonás regresó con una lámpara de baterías y lo  preparó para ver su interior atándola en una cuerda. Y esto sí nos llenó de asombro, por  descubrir después de muchos años lo que  guardaron los incas. Y vimos los esqueléticos cuerpos de guerreros sentados sobre unas bancas con espaldar de piedra, vestidos con ropa ceremonial, y con sus macanas a los costados listos para entrar en combate.

―Son los vigilantes de la montaña ―explicó don Pascual, agregando después ―mis abuelos me contaron que también escucharon de sus progenitores, que una vez terrible  inundación fue causante del ahogo de muchos agricultores que habitaron en sus orillas. Años más tarde cuando gobernaron los incas, se pudo desembalsar lo acumulado, descubriendo que aquella laguna situada en aquel horizonte se comunica con este cerro. Arduo trabajo significó para los técnicos incaicos dominar el peligro del lago que mandaba exceso de agua por un acueducto subterráneo hasta este punto; mas sus ingenieros enviados del Cusco trabajaron el interior de la montaña y, después pusieron guardianes para prohibir que se trate de alterar tan importante obra hidráulica.

― ¡Mientras los guardianes sigan cuidando, no habrá peligro! ―aconsejó Eleuterio.

― ¿Puede haber algún tesoro? ―preguntó Leandro.

―Es muy posible, porque fueron muchos los que habiendo recibido ayuda, con los años retribuyeron ofrendas ―respondió don Pascual.

―Pero, no es posible ingresar por la cima, haría falta volar una mitad del cerro ―comentó Leandro.

―Ni  por la base, bajo la pena de inundar nuevamente las poblaciones   ―recomendé.

 

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