Viajando a la velocidad del sonido. Autor: Rafael Vilches Gómez

No es la primera vez que me ocurre. Hay ocasiones en las que un sonido desata en mi mente un mecanismo extraño que, hurgando en mi memoria emocional, consigue sacar a la superficie un sinfín de recuerdos vividos que andaban perdidos u olvidados. Esa capacidad de evocación, en mí, suele ir muy asociada a recuerdos de viajes que se fueron introduciendo y acomodando en mi desordenada mochila mental, hasta que un sonido, el sonido preciso y adecuado, los despierta y me los trae vivamente a la memoria.

Cuando viajamos acostumbramos a recibir muchísima información que absorbemos a través de los sentidos, unos sentidos que se muestran más receptivos que como lo hacen en nuestro entorno habitual, en donde la rutina acaba anestesiando y embotando nuestra capacidad de percepción y reconocimiento de estímulos. El sentido de la vista es el que tiene un mayor protagonismo, encargándose del trabajo duro y nutriendo nuestra mente con infinidad de nuevas imágenes, muchas de las cuales vienen acompañadas de sonidos y de olores. Hay ocasiones, sin embargo, en las que hacemos el camino inverso y es entonces cuando, evocando un sonido, recordamos todas las imágenes asociadas.

Recuerdo mis años de Instituto en los que oí hablar por vez primera de los famosos perros de Pavlov. A través de un curioso experimento, el científico le daba comida a un perro cada vez que sonaba una campanilla. Transcurrido un tiempo, el perro terminó asociando el sonido de la campanilla con la comida, llegando incluso a salivar cada vez que oía ese sonido tan familiar, aunque no hubiese comida de por medio. Se había establecido una relación entre el estímulo (la campanilla) y la respuesta (la salivación y segregación de jugos gástricos). Del mismo modo, el ser humano también tiene instaladas en su mente numerosas asociaciones estímulo-respuesta similar a la establecida por Pavlov. En mi caso, ese estímulo, también llamado ancla o disparador, puede provenir del entorno y dispara una respuesta o sensación, consciente o inconsciente, que logra transportarme a determinados lugares.

Aunque la magdalena de Marcel Proust, de igual manera, ya nos habló de sensaciones parecidas, en esta ocasión pretendo que sean los sonidos (y una prosa mucho más vulgar) los que nos hablen de esa capacidad de evocación. Sonidos que con facilidad y eficacia han logrado trasladarme a otros lugares y me han hecho rememorar experiencias viajeras.

Hay ocasiones en las que el sonido, aparentemente, carece de un significado especial y es mi imaginación la que va revistiendo y dando significado a lo que mis oídos perciben. ¿Habéis paseado por algún pequeño puerto en donde las barcas, mecidas por las olas, chocan suavemente entre sí y contra los pilones de madera que sostienen el embarcadero? Es un sonido sordo, sin estridencias, desacompasado. Cuando lo escucho me traslado sin que pueda ni quiera evitarlo a Venecia…

Estamos desayunando, sentados en un pequeño embarcadero del Hotel Mónaco, a orillas del Gran Canal. El Hotel, con sobrado acierto, ha sabido encontrar el lugar perfecto para servir el desayuno a sus huéspedes. A escasos metros, flota en un pequeño muelle un nutrido número de góndolas que esperan con un vaivén mortecino a que la mañana vaya avanzando antes de ser abordadas por cientos de turistas. Y en esa espera, solo se oye el continuo entrechocar de las góndolas, tac…tac,tac…tac… mecidas por las olas que levantan a su paso los Vaporettos y las lanchas encargadas de descargar los aprovisionamientos a primera hora de la mañana. En la orilla de enfrente se aposenta sobre mil pilares Santa Maria della Salute, belleza barroca que por sí misma merecería un duro y descalzo peregrinar hasta Venecia. Mientras tanto, un humeante café, acompañado de ricos panecillos y sabrosos croissants, acompañan el momento. Y junto al murmullo del agua, ese sugestivo sonido que no cesa….tac…tac,tac….tac… que seguirá acompañándome convirtiéndose en un poderoso anclaje que me ayudará a evocar aquellas intensas y gratas sensaciones.

Hay otros muchos sonidos, igualmente evocadores, con la misma capacidad para trasladarme a otras latitudes de feliz recuerdo. En esta otra ocasión no se trata de un vulgar sonido sino de un canto, es una llamada a la oración, es la voz del almuecín. Cuando escucho la vibrante y fascinante voz del almuecín llamando a la oración, convertida en accidental banda sonora de un reportaje de televisión sobre algún país musulmán, inequívocamente acabo viajando y trasladándome a Marrakech…

Cómodamente sentados en una bella terraza, tras un intenso día de trasiego por la hermosísima medina de Marrakech, mi familia y yo tomamos un reconfortante y último té antes de acostarnos. Estamos alojados en el bello Riad Djebel regentado por dos hospitalarios franceses y ubicado en el corazón de la medina. Tras sus austeros muros se encierra una residencia centenaria, auténtica joya de la arquitectura popular. En su terraza, entre plantas aromáticas y ornamentales, hemos disfrutado de una reparadora cena y alargamos nuestra vigilia sin querer poner fin a esa agradable velada ni darle la espalda a esa cálida noche de verano. Los gritos y el juego de los chiquillos que corretean por las calles adyacentes se elevan por los tejados de las casas y, sin poder evitarlo, retrocedo cuarenta años y me veo a mí mismo, durante las calurosas noches de verano, corriendo y jugando por las calles de mi pueblo mientras mis padres “frescan” indolentes en la calle junto a nuestros vecinos. En ese preciso momento, comienza a escucharse el hipnótico canto del almuecín que se destaca en medio de los demás sonidos de la ciudad. Son más de una las mezquitas que nos rodean, y varias son las voces que preñan con su canto el cielo de la medina de Marrakech. El sonido del canto nos abstrae y nos aleja de cualquier otro pensamiento. Cuando concluye todo, salimos de nuestro ensimismamiento siendo conscientes de que ha quedado establecida una conexión imborrable entre ese canto y esa noche de verano en Marrakech.

Son otros muchos los sonidos evocadores que guardo almacenados…. el batir de las olas y el canto ruidoso, chillón y estridente de las gaviotas, que me acercan a los acantilados dorados del Algarve portugués; el tañer de campanas acompañándome en mis matinales paseos por la ciudad de Sevilla…

Disparadores emocionales con capacidad de recrear bellos momentos y hacerme revisitar en mi memoria lugares inolvidables.

 

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