Villa Sol. Autor: Giovanna Vexaida Orozco Vela

Cuando llegué a Lima, pensé que sería fácil aplicar lo aprendido en Italia. Limpiar y ser pagado a la perfección, lavar los platos y ser puntual, aplicar un líquido a las ventanas y ser elogiado por los resultados, traducir y convencerse de que tenemos talentos, en fin, prentendía evocar aquellos oficios para reproducir millones de oficios más y desde luego, reproducir mi ardiente profesión de abogado en la cancha, con los pares e impares y empezar a ganar plata, no porque sea solamente un buen trabajador, si no, porque me lo merezco, me gusta trabajar.

Sin embargo, todo fue al revés, durante el trayecto del aprendizaje sentí miedo de las nuevas y viejas posibilidades, y dudaba, como dudo ahora, en qué vía tomar. Si acaso Italia entre las ventanas, los nuevos panoramas,  los baños de porcelana, los balcones floridos y los ancianos y ancianas ; o si acaso Lima con su polvo, su arena, su cielo feo, sus calles , su variedad, su injusticia, sus perros muertos.

Todo era tentador: La imagen italiana, la abuelita con su nieto comiendo un helado en Corso Cavour y la imagen de mi abuelita en Lima, caminando por el Centro de Lima observando los pollos a la brasa detrás de la lunas. Todo resultaba tentador. Pero,  debía elegir.

Por eso un día, sin que nadie supiera mi dirección, ni mi horizonte, decidí hacer lo que quisiera. Un acto desenfrenado. Un acto que pone otra vez en tela de juicio mi profesión de abogado, pero esta vez, decidí.

Decidí qué quería para mí, entonces afronte la verguenza, la soledad y el reproche, para acercarme el mismo día que inicié mi trabajo,  donde la Jefa y decirle que me iba del trabajo, que no podía permanecer allí un minuto más, que me voy a Italia (eso era verdad), que adiós Lima, Arreviderci Lima, que aquí como abogada no puedo estar, y me fuí y no volví y mancillamiento por el qué dirán.

Ese día no me importo los dos mil soles del mes, ni la carga humana, ni la necesidad de trabajo. Sólo pensé en mi opción y decidí irme a los Pantanos de Villa, a visitar a un cliente filósofo para hablar de un caso estrictamente confidencial, una donación de bien inmueble, una ayuda a mi sentimentalismo irracional.

Terminada la conversación y saliendo de los Pantanos de Villa(Chorrillos –  Lima) no supe a dónde ir y empecé a trabajar mis ideas, mis sueños, mis locuras, porque ante todo, me repetía, mientras subía al autobús del Metropolitano, yo quiero ser un ser humano.

Comencé a tomar vías distintas, quería ir al sur, al norte, al centro, al oriente, al occidente de la capital limeña, quería ir al último hotel que fuí con un enamorado de hace cinco años, quería recordar aquél momento que nunca fuí feliz y caminaba y pensaba y de repente, y seguramente por mi terquedad hacia la vida, encontré un gatito maullando fuertemente, aislado por el hambre, por la miseria y el abandono.

Pretendí hacer caso omiso a su halarido de bestia oprimida, pero fue más grande mi necedad, fue más grande mi tristeza, fue más grande mi inconformismo, que pronuncié, no serás tú quién muera hoy.

Me lancé a coger el gatito y lo llevé a una bodega para comprar y darle leche, para buscar ayuda, para buscar protección. Entonces salió la vendedora, con un gato gordo, cachetón, misericordioso y odioso. El gato observaba destetado y mimado, a mi gatito recién encontrado y alzo las orejas, mostró los dientes, los celos enardecidos se plantaron en su cuerpo y pata y yo , sin querer, alcé por instito a Villa Sol (ese nombre escogí), lo lleve a mi pecho.

Después le compré su tarrito de leche, un mototaxista, el marido de la vendedora, me enseñó amamantarlo con una bolsa de arroz y llamé a F, lo llamé para que me ayudará a encontrarle un hogar.

Entonces Villasol se calmó, lloró y yo sin esperar a F, me lo llevé a casa, le asistemé en un cuarto con  la ayuda de las primas, de la vida entera y  argumentando a papá la dicha y la gloria, le di cobijo.

Crecía Villasol, cual sereno hijo mío. Desayunaba, almorazaba, cenaba y su pancita empezó a agigantarse, porque su apetito aumentaba.

Al cuarto día, mi prima K, le encontró un dueño. Un jovencito estudiante, de aspecto amable, servicial. Era feliz, nueva casa, nueva aventura, nuevas compañías.

Villa Sol fue llevado, colocado en los brazos de su nuevo propietario, se fue de casa, se fue llorando, y algo en mí se terminó.

A los dos días una cruda realidad aplomó en nuestros rostros ingenuos las malas noticias, Villa Sol moriría, bajo la pisada sin planificar de la madre de su propietario. Mi pariente lloró y yo dentro del corazón fabrique una luna súper resistente a los rayos del viento, del miedo y del dolor. Es así que me fui serenamente a caminar, a dubitar de la existencia del mundo e imaginé a Villa Sol, viajando feliz, conmigo a Italia, para que él como gato durmiera junto a mí (si acaso quisiera) cerca a una hoguera de fuego…de abundante amor.

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