Mi acompañante. Autor: Giovanna Vexaida Orozco Vela

A la Señora Rina

El Campo Santo de Macerata, es inmenso y sobrecogedor, pensé que mi acompañante solamente iría, como mi padre en Lima, a rezar, cambiar las flores del macetero y listo. Sin embargo, mi acompañante, empezó a saludar a la gente de la Florería, que se ubica en la entrada del Campo Santo, a pasar la voz y darle una limosna al hombre kosovo que en una guerra no lejana, quedara lisiado.
El hombre kosovo, sonríe tristemente, alza la mano, diciendo que es un “pezzo che non ci vediamo” (“un gran pedazo de tiempo que no nos vemos”), le pregunta por la familia y mi acompañante le repregunta por los hijos. El hombre kosovo, comienza a lamentarse, me observa con detención y asegura que la “crisis italiana”, no le da la oportunidad que él requiere, ademàs trabaja desde hace nueve años allí y bueno para bien o para mal ya tiene clientes.

El hombre kosovo, es un ex soldado, “que se vio obligado a mendigar”, solamente: viernes, sábado y domingo en Macerata, porque los otros días va a un cimitero distinto. El hombre kosovo es grande, de ojos tiernos y sonrisa escondida. Mi amiga le pregunta, cuántos hijos tiene, entonces,  el hombre kosovo, responde lamentosamente, “cinco”, mi amiga soprendida, le dice: “Pero si te deje con solamente dos, no hagas más el amor”, sonreímos y vamos a la tumba privada que el hermano de mi amiga ha construido.

La tumba privada de la familia “C” es bella, llena de marmol con decoraciones de piedra, allí yacen la parentela directa y consaguinea de mi acompañante, desde “la abuela número tres” hasta la “ Tía número cuatro”. Se ven las fotos de dos hermanas muertas, esto sucedió, dice mi acompañante, cuando eran pequeñitas.
Me siento tranquila, alegre, contenta, ¿Cómo puede existir vitalidad en un lugar donde la muerte tiene su escenario principal?, tal vez ,me siento superior porque estoy viva, me siento injuriosa, pero a la vez libre.
Observo fijamente, le digo a mi acompañante, si necesita de mí, puedo limpiar el espacio, recoger las flores, no sé, que ella me indique, me responde que no, quería ver a los parientes y saber como estaba su tumba, total falta poco, eso arguye.

Dejamos la tumba privada de la familia, comenzamos a emprender con paso apresurado otros laberintos de muerte, ella desea ver a los ex amigos, a la madre del marido, al tío del marido y obviamente al marido.
A diferencia de los cementerios públicos de Lima, en el Cimitero de Macerata, las flores, los árboles, toda la vegetación, producen un aire de tranquilidad. Los insectos, en todas sus variedades, en vez de vivir hacinados en los lugares polvorosos de las tumbas o dispersos por la soledad como en Lima,  empozan sus patitas pelosas sobre las flores, el pasto y dan un sentido menos caótico al Cimitero, ya que apenas me doy cuenta de su presencia .En tanto las golondrinas y las palomas vuelan, yo sigo con mi imaginación el aire impetuoso de una mañana poco salvaje y a la vez fecunda.

Caminamos rapidamente y comienzo a ver las fotos de los muertos: Bebes, jovenes, adultos, ancianos, seguimos los caminos, que son como laberintos en un jardín bien cuidado, llegamos a las catabumbas, mejor dicho, nichos y nichos, sobrepuestos unos en otros, ambientes rectángulares con escaleras por los costados y ascensores, para quien no quiera caminar o se siente muy cansado.

Después tumbas enterradas debajo del suelo, es decir, subterráneas, no se ve la forma, ni el tamaño del cajón mortuario, simplemente unas lápidas, las fotos y las flores, un epitafio me gusta,“Chi mi conobbe mi amò, chi mi amò mi piange” (Quièn me conoce me amó, quièn me amó llora)

Mi acompañante, conoce las secciones “a memoria”, quiere ir donde el marido, cuando él murió yo tenía cuatro años, busca las secciones, parece un campo de soldados de guerra, todos ordenados, nadie se queja y simplemente son el recuerdo de una época.

Llegamos al lugar, es decir, a la tumba del marido de mi acompañante, lo besa silenciosamente y yo, a diferencia de Lima, me siento bien, no porque el ex esposo de mi amiga está muerto, màs bien, porque la muerte es un ritual de respeto.

Mi acompañante, que es mayorcita, dentro de poco cumple noventa años, me dice “vieni”, ha sido ilustrativa en mi educación Maceratese, camina velozmente, recordando que dentro de poco llegarà a ese lugarcito y lo que simplemente le queda, en su caso es: conversar, chismear, comer, comprender a sus hijos y querer la vida con impotencia y terquedad, porque no se quiere ir, aunque tenga que irse.

 

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