La catarsis del viaje. Autor: Jose Antonio Aparicio Tercero

Hoy me he levantado temprano para alquilar una bicicleta. Con ella he recorrido un tramo de la carretera que hay entre Baños y Puyo. Leí que se trata de una ruta de descenso y que en muy pocos kilómetros se pasa de un paisaje montañoso a otro de selva tropical, que el principal atractivo son las cascadas que uno va encontrando al lado del camino.

Al poco tiempo de ponerme en marcha he llegado a una a la que llaman “el velo de la novia” y ahí he sentido la primera gran emoción de este día. Después de pensarlo un instante, he decidido volar hasta la parte superior de la cascada en una de esas enormes tirolinas a las que aquí llaman Canopy. Se trata de unos cables de acero que cruzan de un extremo a otro del valle y a los que te cuelgan por medio de un arnés y unas poleas para poder lanzarte desde la parte más alta. Aunque con un poco de reticencia, he subido a la torreta acompañado de una mujer mayor y una niña que eran las que se encargaban de la operación. En unos instantes me han colocado el arnés y entre las dos me han colgado boca abajo como si fuera un paquete. No había ningún otro turista a la hora a la que he llegado y aunque iba pletórico de emoción a la vista del panorama que se extendía ante mis ojos, la situación se me ha hecho un tanto extraña y no he podido evitar sentir un poco de congoja. Cuando me he querido dar cuenta ya me habían lanzado literalmente al vacío y volaba a unos trescientos metros del suelo acercándome deprisa hacía la enorme cascada que cada vez veía más espectacular y más cerca. Como no soy de rezos y tampoco podía hacer nada, he decidido disfrutar del paisaje y de la sensación que estaba viviendo en ese momento. He calculado que habría medio kilómetro o más de recorrido entre el punto desde el que me han lanzado hasta el que llegaba temblando. Al otro lado me estaba esperando una persona para ayudarme a frenar. Cuando he podido relajarme, ya una vez descolgado del cable, me he dado cuenta del estruendo que producía la cascada. Poco a poco mi cuerpo ha ido reaccionando ante la intensidad del momento y entonces me he acercado a un punto desde donde podía contemplar más de cerca el espectáculo. Después de dar un bonito paseo entre selva, he regresado en la tarabita, que es una cabina que cuelga de otro cable y que funciona ya con electricidad.

Más relajado y con una sonrisa de emoción en la cara, he vuelto a coger la bicicleta y he continuado hasta la siguiente cascada a la que llaman El Pailón del Diablo, una vez en ella he podido sentir toda la fuerza de la Naturaleza en su estado más puro. En medio ya de un paisaje de selva tropical, uno de los ríos que vienen de las montañas lanza sus aguas desde un precipicio de unos ciento cincuenta metros hasta el río Pastaza, que luego continuará su curso hacía el Amazonas. Hay puentecitos colgantes y pasarelas que llevan directamente hasta el interior de la cascada. Uno sale empapado y se siente insignificante ante la fuerza y la energía de ese lugar. Después de explorar todos los recodos, he regresado de nuevo a la entrada y he decidido quedarme  a comer en la terraza de un restaurante de los que hay por allí. Mientras contemplaba esa vegetación exuberante, todavía escuchando el rugido de la cascada, ha venido a saludarme con curiosidad la niña indígena que jugaba a mi lado. Mientras me hablaba, he podido ver en sus ojos y en su sonrisa la felicidad absoluta y en ese momento me he sentido contagiado de ella.  He pensado que aunque carezca de todos esos objetos que ahora necesitan casi todos los niños en los países más ricos, ella tiene otras cosas quizás más satisfactorias. Y también en que quizás ese era un buen sitio donde nacer.

Un poco más tarde he continuado hasta Machay. Creí que ya nada podría sorprenderme ese día, pero no ha sido así. El espectáculo ha vuelto a ser de la más absoluta magnitud. Aunque no había nadie, he bajado deprisa como queriendo aprovechar al máximo el tiempo, como si me entrara un ansia por captar ese momento toda su plenitud. Ha salido el sol durante unos segundos dejando caer sus rayos directamente sobre las aguas de la cascada  que se dividían en millones de partículas al chocar con las rocas formando un bonito arco iris en medio de una profusa y exótica vegetación. Ya no me quedaba carga en la batería de la cámara de fotos, he recurrido entonces al celular, ahora también a la escritura, pero ante todo a esa sustancia que hay detrás de mi retina para transformar en máxima emoción lo que más tarde será recuerdo y experiencia vivida.

Al anochecer, tras descansar un rato en el Hostal El Edén, he ido a bañarme a unas aguas termales que hay cerca de allí. Se trata de varias piscinas que se llenan por medio de corrientes subterráneas del agua que fluye desde las profundidades de la tierra calentadas por el volcán Tungurahua. Estaba metido en la de agua templada, ya totalmente relajado y con la mirada perdida en el cielo nocturno, cuando me he dado cuenta de que desde hace unos días, ya no me obsesionan mis problemas, entonces me he preguntado si de pronto ha mejorado el mundo o ha sido mi percepción sobre él.

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