El definitivo viaje fantasmal de Pedro Espíritu. Autor: Miquer Alberto Rivera Santiváñez

Su faz de Pedro Espíritu retrataba el éxtasis y el extravío. En la facultad de psicología sabían que Pedro tenía un apego por lo espectral, pero fueron pocos los que oyeron sus intenciones escalofriantes. Lo sombrío en Pedro y su caminar solitario, despertaron mi curiosidad para observarle.

Poco a poco, a fuerza de perseverancia pude saber que le gustaba el esoterismo. Así en una tarde, cuando el horizonte se veía más sanguinolento, y él compartía conmigo su mesa en la hora de merienda, dijo:

_Solamente tomaré la sopa, el resto es tuyo.

Entonces me reveló su afición por los viajes. Señaló que durante años había gastado buen dinero por rutas impresionantes, inclusive del extranjero; pero su mayor ambición era una senda que podría helar la sangre.

_Estoy a punto de aclarar un misterio escatológico _afirmaba.

A partir del momento, por tener mi pensión frente a la suya, comencé a indagar con un prismático, cada movimiento suyo fuera de las aulas. Hasta que, durante una noche de Agosto, estando yo dormido junto a mis libros, desperté sobresaltado por sentir que Pedro cruzó la puerta cerrada de mi cuarto. Sin embargo, aquella oportunidad noté que solo fue su espectro. En la mañana siguiente, él mientras tomaba café, habló algo que me preocupó.

_ Me vigilas desde tu ventana.

_No entiendo _respondí buscando excusa.

_He visto mi cuerpo acostado _insistió.

Con tal afirmación recordé mi prismático. A pesar de mi turbación hice un esfuerzo por disimular y respondí.

_ ¿A qué te refieres?

_He visto por tus ojos _dijo Pedro, con anómalo mirar.

Una chocante sensación recorrió mis nervios.

_“Él pudo ensayar una deducción” _supuse mentalmente.

No había duda que Pedro escondía algo extraño, pero la pretendida confianza entre ambos a pesar de tener altibajos se mantuvo.

Cierta vez Pedro hizo una invitación:

_Viene un feriado largo, vayamos a sentir lo insondable de la montaña sagrada de Marcahuasi.

Al llegar la fecha, según programamos nos alistamos, y temprano esperamos la camioneta que nos llevaría por el villorrio de San Pedro de Casta en la serranía limeña, es decir en la provincia de Huarochirí.

_Allí empezará un experimento extraordinario, un viaje de otro tipo _señaló él.

_ ¿Qué clase de viaje? _quise saber.

_A su tiempo amigo, a su tiempo _contestó.

El vehículo que nos trasladó se quedó cerca de un poblado por donde se inicia el ascenso, y continuamos por una senda poco frecuentada. Estando ya en la cumbre, a una cuadra del lugar llamado “El Anfiteatro”, nos resguardamos de otros posibles visitantes en unas concavidades rocosas. Al llegar las cuatro de la tarde salimos a contemplar. Poco después el tétrico manto de la noche serrana empezó a cubrir el frio paisaje de piedra y nos alistamos para enfrentarla, yo en mi carpa y Pedro Espíritu escogió usar una bolsa de dormir.

_ ¿No te congelarás? _pregunté.

_Esto es para el experimento _respondió él.

Las horas transcurrieron a paso lento, sin presentar novedad. Era el “Día de Todos los Santos” y apartados del foco turístico aguardamos hasta el inicio del crepúsculo.

Al amanecer, Pedro me despertó con unas palmadas.

_ ¡Levántate flojo!, que debemos alistar el desayuno _dijo.

Ese día lo pasamos admirando los colosales monumentos pétreos cuyas creaciones ocurrieron en fechas que no figuran en la memoria colectiva. Cuando el sol abandonó el espacio real fantástico de Marcahuasi, nos ubicados al pie de una escultórica mole y, Pedro se acomodó en su bolsa frente de mi tienda.

_Serenidad y silencio, en caso de mirar algo raro no te asustes _recomendó Pedro.

La Luna producía lúgubres contrastes, silueteando un escenario que no me permitía conciliar el sueño, porque las formas talladas en los cerros, especialmente la gigantesca escultura denominada “Monumento a la Humanidad”,  que parece mirar con sus ojos sobrenaturales hacia muchos lados. En ese lapso, me di cuenta de un extraño fulgor por el horizonte, cuando vi salir del cobertor de Pedro una forma humana de consistencia traslúcida, ligeramente blanquecina y desnuda, que se dirigió al escalofriante paisaje escultórico denominado “El Laberinto”. En prevención de peligro, me acerqué silenciosamente al cuerpo de Pedro y ausculté sus funciones vitales, hallando un ligero descenso de temperatura; entonces armé su carpa. Mi reloj señaló las tres de la madrugada cuando contemplé que su fantasma regresó a Pedro. Al rato me acosté de nuevo.

Avanzada la mañana, Pedro hizo ruido.

_Despierta dormilón que vienen turistas _alertó.

Después de tomar refrigerio enrumbamos hacia Lima, entretanto él se mantuvo callado.

Días después le noté más ensimismado.

_ ¿Pedro, qué te sucede? _pregunté

_El experimento en Marcahuasi ha resultado _contestó.

Se acercaba el Año Nuevo y, por varias madrugadas sentí en la calle pasos femeninos aproximándose a la pensión de Pedro; pero al ver por mi ventana no hallé ningún signo.

Fue un seis de enero antes del canto del gallo, que logré mirar una mujer vestida de negro esperando junto a la puerta de Pedro. Al rato logré comprobar que se marchaba junto a la dama enlutada. Lo extraño fue que sus cuerpos no proyectaron sombras, ni siquiera cruzando debajo del alumbrado público, y flotaban. Preocupado me puse a revisar su cuarto con el prismático y no pude hallarle.

Ahora sé que Pedro experimentó su gran viaje sin retorno, en cuerpo y alma.

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