Preguntas y respuestas en un tren indio. Autor: Oscar Presilla Kröbel

Una de las pequeñas incomodidades de un país como la India son los exhaustivos interrogatorios a los que te ves sometido prácticamente a diario por completos desconocidos. Aparte del listado de las típicas preguntas sobre tu procedencia, tu edad, tu estado civil, tu trabajo, la duración de tu viaje o si es la primera vez que visitas el país, el tema suele derivar en cuestiones algo delicadas que se adentran en el terreno personal y en tu intimidad. La diferencia cultural hace que preguntas que a nosotros nos chocan bastante a ellos les parezca algo de lo más normal.

La mayoría de las veces suelen ser chavales jóvenes o familias que te paran en plena calle sin otro ánimo que satisfacer su curiosidad sobre cómo vivimos esos locos blancos que venimos desde tan lejos con una mochila a la espalda. Normalmente lo hacen de una forma inocente, hasta infantil, sin ninguna maldad ni segundas intenciones, y a veces hasta resulta divertido ver el gesto de sorpresa en sus rostros cuando les dices que en Europa no somos hinduistas o que en nuestras ciudades no andan las vacas por la calle. Además, siempre te puedes escabullir fácilmente, o en un momento dado contestar lo que te dé la gana ante cualquier cuestión un poco incómoda. Una de las ventajas de viajar por el mundo es que vives en el anonimato, dejas atrás tu vida real y nadie es capaz de imaginar quién eres o a qué te dedicas.

Pero aparte de estos inocentes cuestionarios a veces te puedes encontrar con el típico listillo o avispado que siempre intenta entrarte con una doble intención, la de hacerse una idea de tu situación económica y ya de paso ver si te puede sacar algo o engatusar de alguna forma. A estos últimos los distingues a kilómetros y lo mejor es mandarles al carajo a las primeras de cambio o contarles la primera trola que te pase por la cabeza. Lo malo es cuando los tienes de vecinos en el transporte público, no tienes escapatoria y no te queda otro remedio que aguantarles.

Un caso curioso me ocurrió en el estado de Kerala, viajando en un tren diurno entre Kannur y Ernakulam. Iba en segunda clase, había bastante sitio libre, pero cuando vi subir a aquel pesado en una parada supe desde el primer momento que se iba a sentar junto a mí. Efectivamente así fue, y en cuanto abrió la boca me di cuenta al instante que se trataba de uno de esos listillos. Señalando al resto de pasajeros, gente humilde, campesinos en su mayoría, comenzó su charla.

– Mira esta gente, la mayoría de mis compatriotas son unos paletos sin educación. Yo hablo inglés y tengo dinero. Estos zapatos me costaron tanto, los pantalones tanto y esta chaqueta no sé cuánto, la compré en Bangalore.

Estábamos a unos treinta y cinco grados y el tío vestía una americana de pana azul eléctrico, podéis imaginar las pintas que llevaba.

– Sí, la verdad es que vistes muy bien, te pareces a Georgie Dann -, le dije.

– ¿Georgie Dann?

– Sí, Georgie Dann es un famoso cantante europeo, un tío muy elegante.

– Ah, qué bien, luego echaré un vistazo en Google -, contestó con un cierto aire entre soberbio y moderno.

Cada vez que hablaba me daba golpecitos en la pierna o en el brazo, yo ya empezaba a estar un poco harto y estuve a punto de soltarle aquello que decían Faemino y Cansado en un sketch: “se puede hablar sin tocaaaaaar…”. De repente me preguntó cuánto costaba mi reloj y yo le respondí que no me acordaba, error, si no sabes el precio de algo que para ellos es un artículo de lujo es que tienes mucho dinero. Continuó con su cantinela preguntando el precio de mis gafas de sol, de mi cámara de fotos, cómo me ganaba la vida, etc. Ante mis escuetas respuestas dedujo que como no trabajaba y llevaba tanto tiempo viajando debía ser millonario y acabó por preguntarme descarada y literalmente cuánto dinero tenía en mi cuenta bancaria. Esa fue la gota que colmó el vaso y decidí acabar con aquella conversación de besugos radicalmente.

– Oye, me estás empezando a incomodar, en mi cultura no se habla de esas cosas ¿sabes?, y menos con un desconocido, no es de buena educación.

– Pero ahora estás en la India, y como soy un desconocido me lo puedes decir, ¿qué más da?

– Pues no te pienso contestar, y como no cambies de tema se acabó la charla.

Otro error, le di pie a que me siguiera dando el coñazo. Entonces me preguntó si estaba casado y automáticamente respondí que no. Argggg, error monumental, hace años aprendí que en Asia es mejor decir que estás casado, con hijos y lo que haga falta, a no ser que tengas confianza con tu interlocutor. En estos países, seguir soltero a partir de cierta edad resulta sospechoso y en ocasiones puede dar lugar a malas interpretaciones. Simplemente es algo que no les cabe en la cabeza.

Así que Georgie Dann tomó carrerilla pasando del matrimonio al sexo y preguntándome con los ojos abiertos como platos si al menos me acostaba con chicas, con cuántas chicas de media en un mes, si eran siempre diferentes, si algunas repetían, si cómo se iba a casar una joven después de haber tenido relaciones con otros hombres, si era verdad que en Europa te podías ir a la cama con una mujer que apenas conocías, etc., etc., etc.

En mitad del ataque y sin responder a ninguna de sus cuestiones me di cuenta que no me serviría de mucho replegar mi defensa, así que me inventé una buena historia para lanzarle un contragolpe mortal, se iba a enterar aquel tipejo. Esta vez fui yo quien sujetó su brazo y le dije con un tono de confianza…

– Mira amigo, voy a ser sincero contigo y te voy a contar la verdad, he pasado veinticinco años en la cárcel, salí el año pasado y comencé a viajar para coger aire, ordenar mis ideas y decidir qué iba a hacer con mi vida. No he tenido tiempo de buscar esposa y comprenderás que no es fácil encontrar una mujer que quiera casarse con un tipo como yo.

– Ven… ven… veinticinco años… ¿qué hiciste?-, balbuceó soltándose de mi brazo al instante.

– Bueno, un poco de todo, contrabando, tráfico de drogas, robos a mano armada… pero la mayor condena me cayó por asesinato.

– Ase… ase… ¿asesinato?

– Sí, en un viaje en tren por mi país me cargué a un tío que no paraba de molestarme.

Nunca sabré si cazó la indirecta o se creyó de cabo a rabo todo lo que le dije, yo creo que más bien fue lo segundo porque el caso es que no volvió a abrir la boca en todo el trayecto y se le veía especialmente nervioso, como si estuviera sentado enfrente de Anibal Lechter. Cada vez que me movía el tío se sobresaltaba,  y cuando nuestras miradas se cruzaban no tardaba ni una décima de segundo en desviar la vista hacia otro lado.

Y debo reconocer que me sentí especialmente bien en mi papel de El Vaquilla, por fin pude seguir disfrutando del paisaje a través de la ventanilla sin que me molestara. Le había vencido al difícil juego de las preguntas y las respuestas.

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