Trabajo. Autor: Francisco Bautista Gutiérrez

A través de la ventanilla, puedo observar como la gente pasa por el andén de la estación buscando el número de vagón para hacerlo coincidir con el que se refleja en el billete del tren, como me sucede a mí que permanezco desde hace varios minutos sentada en el lugar que me corresponde, impaciente por abandonar la estación y alejarme en busca del futuro, o al menos de reflexionar y pensar en mi vida, teniendo en cuenta que este es el único lugar en el que puedo hacerlo sin ser molestada, si acaso en un momento determinado por el hombre vestido de oscuro que me va a pedir el papel que muevo de una a otra mano con impaciencia manifiesta.
Le dejo a un lado para poder sacar de la cartera los folios impecables encabezados con una fotografía en la que muestro una amplia sonrisa, y es una pena que no pueda reflejar todo mi cuerpo, alta, delgada y bien proporcionada, lo mismo que mi rostro y el largo pelo que descansa sobre mis hombros, sin que se asemejen en nada a la chiquilla que consiguió poner la primera línea del currículum, la de unos estudios superiores conseguidos a fuerza de estudiar y de la ayuda de todos los que se acostaron conmigo, pocas excepciones en un lugar en el que todos pugnábamos por algo, yo por mi parte por ser la más caliente de todas.
Tampoco fui de las estrechas en la universidad, con más experiencia, algo de alcohol y las palabras amables de los estudiantes era suficiente para terminar en la cama con el que sabía proponérmelo.
Las puertas del tren acaban cerrándose con el sonido característico que las identifica por lo que ya no puedo aunque quisiera abandonarle y correr a refugiarme en los brazos de mi marido.
Con mis cerca de cuarenta años y una decena de ellos compartiendo mi vida con el hombre que me llevó al altar, que se enamoró de la chica desenfadada que estudiaba el mismo máster que él, el que queda reflejado en el currículum que ahora tengo en mis manos y con el que conseguí mi primer puesto de trabajo, con ayuda ciertamente de mi boca, condición imprescindible del encargado de la empresa para poder acceder a un puesto temporal.
Comienza el tren a dejar atrás las viviendas cada vez más rápidamente, como mi mirada que salta a la siguiente línea aunque no llegue a leerla al ocupar el pensamiento la imagen de mi marido, cierto que correcto y servicial en su trato, quizás en exceso por lo que nuestra relación a falta de iniciativas y de aventura acabó convirtiéndose en fría y apática, un matrimonio agotado que necesita más, independencia, sexo, aventura, como la que tuve que vivir cuándo conseguí el segundo de los trabajos reflejado en la hoja, el que me hace temblar, como sucede con los árboles que dejamos atrás, como lo que viví con la mujer que me contrató, las horas robadas al trabajo, a mi marido y ella al suyo, escondidas en la cálida habitación de un apartamento que tenía alquilado.
El año que se refleja en este trabajo y que compartí con ella me descubrió más que nada que como mujer no puedo llegar a tener limitaciones, ni recomendadas y menos aún impuestas por nadie. Cierro los ojos y recuerdo aquellos momentos vividos con la intensidad de dos personas que descubrieron un mundo distinto, paralelo pero totalmente diferentes con una pasión y entrega diferente a todo lo vivido hasta entonces, hasta que un fallo en las escasas relaciones con su marido la hizo ser madre.
Cierto que no puedo quejarme, tengo dinero, una buena posición social y ninguna necesidad de alejarme de mi hogar para buscar un nuevo trabajo como el que surgió después, el más largo hasta que acabé cansada, un trabajo que compartí con el desnudo cuerpo de un jefe grasiento y dominante que me empujaba sin contemplaciones para acabar con él tras de mí, sin preocuparse de mis sensaciones que por otra parte estaba al rojo vivo con solo imaginármelo poseyendo mi cuerpo sin piedad, sin ninguna palabra amable, solo deseando satisfacer sus instintos lo más rápidamente posible, para no ser interrumpido por ningún cliente.
Observo que el tren se ha detenido en una estación intermedia y la gente baja presurosa del mismo para rápidamente volver a ponerse en movimiento dejando pasar con rapidez los postes de la luz y alguna que otra vivienda desperdigada en medio del campo.
-¿Puedo sentarme?…-escucho al campesino que me dirige una amplia sonrisa mirando mi currículum que ha agotado mi experiencia profesional, al que deseo incrementar con una nueva línea aunque sea lejos de casa y con la probabilidad de perder al hombre que me da todo lo que deseo, que me inspira tranquilidad y serenidad.
-¿Va a buscar trabajo?
-Si.
-Es difícil aunque es muy guapa y le costará menos.
Guardamos silencio, miro sus encallecidas manos y cojo el bolígrafo para escribir al final del papel una nueva frase, luego me levanto y le invito a acompañarme al baño para romper el papel que se lleva los restos, con la última frase en que queda garabateado con manos temblorosas que mi último trabajo antes de volver a casa es la de Ayudante de Campesino….

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