Safari. Autor: Jairo Manuel Sánchez Hoyos

Listo, todo está listo y debidamente ordenado para mañana. Será un viaje de cacería en la enigmática y atrayente república de Kenia. Mi compadre Robert Print se hará acompañar de su segunda esposa, doña Estebana Mayorga, súper aficionada a la caza, precisamente fue en una de esas en donde se conocieron. Ella es de Bilbao. Él es de Carolina del Norte. Yo soy de México y me llamo Jaime Durango. Serán unas 7 horas de vuelo desde Madrid. Haremos escala en Mombassa, no será escala de relax sino de transbordo. Ya amaneció, desde el hotel veo una aurora sensacional, contemplo la gran plaza de Colón, a un lado se deleitan mis ojos con la Puerta del Sol.
Siento el suave tacto de las babuchas, es Estebana que me trae tinto, mientras ella disfruta un jugo de naranja. Desde aquí oigo a Robert duchándose con voluntad. La miro de nuevo, su traje de dormir es muy transparente, en este momento está frente a la radio escuchando el reporte del tiempo. La contemplo como un monumento a la belleza. Yo la respeto, ella me estima, esta es la línea que no podemos cruzar, pero no puedo esconder que es muy hermosa, tiene un cuerpo de diosa, un trato dulce, esmerado, ojos de fuego, piel de nube de verano. En este momento se desató el moño, su luenga cabellera se riega por toda su media espalda; hasta alcanzo a percibir el olor de su pelo, tan negro como una caverna.
Llegamos a Kenia bajo una llovizna parecida a las lágrimas de Santa Claus en diciembre tropical. Nos recogió Papiro, un negro de cera y de hierro quemado. Le dimos a Estebana el puesto de la cabina, al lado de él, quien cruzó con ella varias palabras en swahili, lengua que ni Robert ni yo manejamos. Me pareció ver que ella se sonrojó, mas no di importancia alguna, porque lo que me preocupaba era el Land Rover, del que creí no caminaría más de un kilómetro, pero supo engañarme con su piel vieja y su corazón de muchacho, por eso a las 7:15 pm ya estábamos cenando en Garissa, sobre el río Tana, nuestro sitio escogido.
Todos teníamos fiebre de irnos al monte, noté que la más entusiasta era ella. Este entusiasmo lo sentí como un reto, por eso me prometí sacar lo mejor de mí en procura de obtener un buen trofeo. Una vez listas las armas, partimos cuando el reloj de las aves marcaba las 9: am. Llegamos al monte Merú, punto señalado por Papiro, quien se quedó en el carro en espera de nuestro retorno. Demarcamos las rutas, Robert por el este, Estebana en el centro y yo por el oeste, separados entre sí, unos cuarenta metros.
Me siento relajado, sospecho que voy a ser el primero en derribar un antílope, o tal vez un impala. El permiso estaba para cualquiera de éstos, incluyendo venados, corzo, gacela o ñu. Camino con mucho sigilo, dispuesto a no fallar. En un abrir y cerrar de ojos veo un celaje en sentido contrario, miro detenidamente por entre los matorrales. Tanta alegría para descubrir que se trataba de Estebana. Retomo mis pasos, camino con ansias de toparme una buena pieza, pero vuelvo a pensar en ella, me intriga saber por qué iba rumbo al sitio donde habíamos dejado el carro. Lo único que deseo es que no encuentre su pieza primero que yo. ¡Alerta! Algo se mueve. Es un impala. ¡Dos! ¡Son dos! Caminan rapidito, menean su cola como si entretuvieran a un bebé. La manada debe estar más adelante, van en busca de ella. Sólo deseo que se detengan por unos segundos. Le tiraré al macho. Acabo de ver una porción de espacio cubierto de pasto tierno, ahí está mi oportunidad. Preciso, ahí se detuvieron. Apunto, tomo aire, lo retengo. Ya todo está listo, no hay salvación. Pero cuan equivocado estoy, mi ilusión se fue al viejo pantano, pues la detonación en otro punto la hizo desaparecer. Frustrado salgo a ver qué había matado Estebana. ¡Oh, sorpresa más increíble! Veo a Papiro con un machete en la mano y los sesos regados sobre la seca yerba. Estebana está a punto de venirse en colapso, su mirada es suplicante, me dice todo con sus lindos ajos negros, como negro es el panorama que se me viene encima. La pobre tiene la camisa un poco abierta y el cañón del revólver en la sien, un enorme negro le aferra contra su pecho. Tres negros más están de pie distanciados los unos a los otros. El más bajo se dirige hacia mí. Quise correr, ¿pero de que valía? Mis piernas nunca serían más veloces que las balas.
-Somos gente de paz, ¿qué es lo que quieren? Hablé duro para que escuchara Robert que debía estar llegando. Como no tuve la certeza de que me hubiera oído, continué hablando duro, si él escapaba podía pedir ayuda y socorrernos.
–Nuestros papeles están en regla, tenemos los permisos, ¿qué es lo que quieren?
El que apuntaba a Estebada dijo algo en swahili, sospeché que era un regaño, por eso me estuve quieto. Enseguida oigo ruido detrás de mí. Miro, eran dos negros que traían a Robert. El jefe, un tal Yamboi, nos habló inglés. Ahora comprendí que estábamos en un lío muy serio, nos tenía un grupo de rebeldes, cuyos padres militaron en la guerrilla del Mau Mau de Kenia, ya extinguida, pero éstos buscaban ayudar a financiar el Movimiento de Liberación de Sudán, por eso secuestraban turistas para pedir gruesas sumas de dinero como rescate.
-Si se manejan bien, volvió a decir Yamboi, no los encadenamos, ni los maltratamos. Si no hay obediencia, entonces aparece la muerte. Atención los ingleses, procuren no hacerme enojar, porque los mato, no me agradan por los años que tuvieron subyugando a nuestro pueblo. Ya saben, quiero absoluto silencio, nada de diálogos. ¡Andando!
Habló frío y calculador, este individuo era peligroso, no cabía la menor duda. Noté que todos hablaban el inglés. Uno de ellos dijo al compañero que era una lástima perder un “paquete”, pero si tocaba, tocaba, no importaba que se les fueran los $10.000 dólares. Esto significaba que cada uno de nosotros valía diez grandes.

Nos arriaron como bestias. Dos de ellos se quedaron para enterrar a Papiro. Llegamos a la orilla del rio Tanna. Cuando pasamos al otro lado, seis negros más cuidaban a otro grupo de secuestrados. Ahora éramos 19 secuestrados y 12 forajidos. Caminamos hacia el oeste, en fila india, en completo silencio. Uno de ellos iba adelante estudiando la ruta. Una dama nos miró yo la miré, hicimos contacto visual. En mitad del miedo y el afán, mi deseo fue el de volver a mirar aquel lindo rostro, aunque ya había regresado a su mundo de indiferencia. Estebana me miró feo. La entendí completamente, esto era ridículo, ¿cómo era posible que yo me pusiera en este plan, a sabiendas de que nuestras vidas estaban en juego? Pero las batallas que desata el amor son más bélicas que la de los cañones y fusiles. Entramos a las tierras de Embú. Aquí pasamos la noche en una plantación de té abandonada. Al otro día tomamos rumbo hacia el norte. A lo lejos se veía la cumbre del monte Kenia. Más allá del medio día Yamboi y Darfur, segundo al mando, discutían la ruta. Yamboi quería atravesar por el centro de una aldea que figuraba sola porque todos se habían ido a ver la lucha de toros, diversión arraigada por estos lados en la que las familias crían el mejor toro para enfrentarlo al de la aldea vecina. Darfur decía que esto era muy osado, los podían ver. Yamboi habló de unos camiones esperando en Sudán del Sur. Luego habló de la frontera con Etiopía. La conversación la combinaban con swahili, de todas manera tuve bien claro que atravesaríamos Uganda, hasta Sudán del Sur, en donde nos recogerían en camiones y pasaríamos a través de la frontera con Etiopía.
Yamboi terminó imponiendo su autoridad, así que seguimos derecho. Eran las tres de la tarde cuando estábamos atravesando dicha aldea. Dos ancianos que vigilaban fueron muertos a machetazos. El pequeño lugar fue saqueado completamente. Una señora de Londres entró en desespero, Darfur la reprendió sin subir la voz, pero con frenético ademán. Ella se refugió en brazos del marido, quien le suplicaba que se tranquilizara por el bien de los dos. La pobre entró en pánico. De un sopapo cayó al suelo. El marido se abalanzó para cubrirla porque Yamboi se proponía cortarle el cuello con el filoso machete. El cuchillo se encajó en la espalda del desgraciado marido. La mujer se salió de debajo del cuerpo agonizante y lo volteó para bañarle el rostro con sus lágrimas y sus alaridos, los que se cortaron en el acto cuando la cabeza quedó colgando del mero pellejo. Otro inglés, pecoso, embiste a Yamboi, dándole un topetazo en el bajo vientre, dejándolo grogui. El pecoso se apodera del machete sangrante y lo descarga sobre el pecho del otro rebelde que se le vino encima. Darfur corrió a vengar al amigo, mas, en el instante hice yo un movimiento disimulado, pero certero, logrando que trastrabillara, yendo a parar frente al pecoso, quien sin pensarlo dos veces le abrió la cabeza como si se tratara de una sandía. Mientras tanto, Yamboi volvió en sí. Quise correr a patearle la cabeza, pero Estebana me pisó el pie. Esto salvó mi vida porque detrás de mí venía otro de los rebeldes, machete en alto. El tiro retumbó en la selva, el cuerpo del pecoso vibró, pero antes de caer, logra descargar el machete en el hombro derecho del negro que había pasado junto a mí. El pecoso ya no se levantaría más.
Los rebeldes recogieron los objetos de sus amigos caídos y nos arriaron veloz. De los 31 ahora apenas éramos 26. En hora y media ya habíamos caminado tres leguas. Aquí murió el negro que venía herido. Darfur fue reemplazado por un individuo llamado Barotsé, con porte de atleta, debió ser un gran fondista, quien para estrenar el mando ordenó encadenarnos. Dentro de los secuestrados habíamos quedado 6 hombres y 10 mujeres. Nos dividieron en dos grupos, al azar, de ocho personas cada uno. Dentro del grupo mío quedó la morenita que antes me había puesto el corazón en flor. Caminamos hasta las 7:00 pm. Me acosté pensando en ella, apenas la tenía a un cuerpo de por medio. No me dolía nada porque la mirada que me regaló, mientras éramos atados, me tenía anestesiado, me dijo tanto con sus ojos bañados de ocaso, que mañana tendría todo el día para saciarme con el amanecer de su lumbre. Pero para nosotros amaneció más temprano, pues a las 4:00 am fuimos arriados de manera brusca. Estebana entendió el diálogo en swahili que tuvo el guía con Yamboi, dijo que el tiro había alertado a los guardas del parque y éstos habían alertado al ejército, así que existía un cambio de plan, buscar refugio en las selvas del Congo hasta que el contacto se trasladara con los camiones a República Centro Africana, donde debían hacer contacto en cinco días, de ahí a Sudán.
Sólo hasta las 7: am vine ver la luz de sus lindos ojos, la bruma de la selva me negó el placer desde un rato antes. Nadie estaba seguro de salir con vida de esta jugada del destino, de todas maneras iba a morir mirando la hermosa rosa que adornaría mi panteón. Su mirada fue dulce de nuevo. Yo le sonreí. Ella apartó la cara casi apenada. Calculé unos 22 años, frente a los treinta míos. Era casi una niña, pero yo había empezado a quererla. Su uniforme de caza estaba raído en el hombro derecho, por ahí asomaba su piel morena como una sonrisa a la esperanza. Para abrevar en un pantano, en donde no cabíamos todos, nos fueron soltando de dos en dos, preocupados en no mandar marido y mujer. Eso sí, en completo silencio. Suerte la mía, me tocó con ella. Con escaso movimiento de mi boca le pregunté de dónde era. Resultó argentina, con padre africano, residenciada desde hacía un año en Murcia, hablaba inglés, español y portugués. Le dije que habláramos en español, para que no entendieran cuando le dijera que estaba supremamente enamorado. Se echó a reír, me dijo que era una locura enamorarse de los muertos.
– Cuando el amor nace, la muerte espera.
-Todo se aplaza, menos la muerte.
– Te digo que es la hora del amor.
-Esta vez el amor y la muerte se van juntos; cuando ellos se sientan perseguidos nos matan para escapar.
Guardé silencio, sabía que esto era cierto. Quise convencerla de lo contrario, pues sabía que su nombre, Leiza, significa consagrada a Dios, pero sentí a mi lado uno de los custodios. Me imaginé el gran golpe, pero no recibí ninguno. Obviamente no se quitó más de mi lado.
Cuando todos saciamos la sed, procedieron a encadenarnos otra vez, empezaron por mi grupo, cuando iban hacia el siguiente, sentí un fuerte tirón, algo estaba pasando. Resultó que el gordo Badir, de Iraq, cayó desmayado, Barotsé corrió a golpearlo. Leiza le gritó que no lo hiciera, se trataba de un paro, que la soltara para darle los primeros auxilios. Yamboi quedó dudoso, ella le dijo que no dejara perder ese dinero. Yamboi hizo señas a Barotsé, quien la desató. Ella empezó a presionarle el pecho, después a darle respiración boca a boca. Nada, el pobre Badir dejó de existir.

¡No hay tiempo que perder, ahí se quedará para las hienas! Gritó Yamboi. Yo protesté enérgicamente. Yamboi no demoró en responderme. Su respuesta casi me envía al cielo. Así atontado alcancé a oír su amenaza: ¡”Una palabra más y le harás compañía”! Me puse de pie. Sentí un hilillo caliente bajar de mi parietal derecho, era mi sangre, me quité un poco con la manga. Los ojitos de ella suplicaban mi silencio. ¿Qué vale más un héroe muerto o un enamorado vivo? Así que anestesié mi ira en esa suplicante mirada.
Aún atontado me di cuenta que algo pasaba, el proceso de encadenamiento se había parado, los veo inquietos. Esto obedecía a que el guía no se había reportado. Barotsé dijo algo en su lengua y salió como saeta. Yamboi se retiró a un extremo y colgó el pequeño bolso en la rama de un árbol. Estaba de espaldas, sacaba algo de los bolsillos y ordenaba entre sus manos. Los demás dialogaban en pequeños grupos. Con suma delicadeza me deslicé por entre el monte y me apoderé del bolso, lo escondí entre los alerones de las raices de un viejo árbol. Cuando busqué mi puesto estiré mi brazo apuntando hacia el árbol. Todos vieron mi maniobra y todos sabían que ahí estaban nuestros papeles. Yamboi terminó la operación y se vino a dialogar con uno de los grupos, en eso se acordó del bolso, se devolvió. Al no verlo se enojó feo. Cogió de la cabeza a Manuar, de Alemania, con el cuchillo en su yugular dijo: “Cuento tres para que aparezca”. Antes de decir uno, se enojó con los compañeros, quienes parecían ya no importarles nada. Dejó al alemán y fue hasta ellos. Ahí mismo aparece Barotsé, habló en swahili. Venía una columna de 22 soldados, seis guardas y quince particulares, todos armados, traen por delante al guía, esposado y sangrante. “Prepárense a combatir”, fue la respuesta de Yamboi. Esto pareció no causarles ninguna gracia a los demás. Sacó el machete y se dirigió al grupo más cercano, pero en menos de lo que late el corazón, ya nadie estaba por ahí. Los otros grupitos también se vieron desaparecer como ciervos en bandolera. En un movimiento increíble, Barotsé toma de la mano a Leiza y desaparece con ella a rastras. Mi corazón se volvió chiquito, me dolían sus gritos pronunciando mi nombre. Yo corría, pero veía que ella a cada momento más se alejaba. Sabía que Barotsé no podía dispararme porque daba las coordenadas de su muerte. Hubo un momento en que se detuvo para hacerla saltar una zanja, ella lo empujó primero, empezó a correr hacía mí, pero de nuevo fue alcanzada. Yo estaba cerca. Barotsé me esperó machete en ristre. Con la señal de muerte en su frente caminó a mi encuentro. Mi única defensa eran mis brazos. No vi más a Leiza, me alegré de que hubiera escapado. De repente, irrumpe de entre la maleza propinándole un fuerte golpe con un palo en forma de bate. Antes de que reaccionara le mandé un patadón con todas las fuerzas de mis 80 kilos, pero logró esquivarme. Intentó sacarse el fusil, fue el momento propicio para darle una patada en la canilla distrayendo su accionar, seguido le di otra entre los testículos. En este preciso momento llegó Robert y Estebana. Antes de que dijeran cualquier cosa logré darle otra patada en la cabeza. “Vámonos”, dije. Aguarda, respondió Robert. No, vámonos, vámonos. Él no hizo caso a mis palabras. Lo vi desatar las botas del subversivo, con las agujetas le ató de pies y manos.

Tomamos la ruta por donde habíamos venido, fue algo tonto, pero teníamos la ligera sospecha que los bandidos tratarían de llegar a Sudán en donde les brindarían refugio. A los dos días llegamos al punto donde habíamos dejado el Land Rover, Leiza se alarmó. “¡Es el Land Rover de mi padre!”, dijo asustada. Todos quedamos sorprendidos al conocer la noticia de que Papiro fuera su padre. A 20 pasos estaban unos cuantos restos humanos. Estebana se abrazó a Leiza. Ya no hubo manera de callar y le contamos la muerte de su padre. Los bandidos no lo enterraron. Leiza no hablaba una palabra. Con ternura recogió la tibia y la carabela, llorando lágrimas finas, transparentes, como el cristal de sus lindos ojos. Cotejó todo en el carro y nos marchamos. Estebana pidió conducir. La miré, también lloraba con ternura de adolescente.

Leiza nos cuenta que su querida madre, aficionada a la pintura y a los animales, había venido al África en dos oportunidades, en la última se acostó con el guía, como resultado había nacido ella. Del guía apenas le había dicho el nombre y de que era el más apuesto de los keniatas. Hacía veinte días que había venido a conocerlo a él y a su familia. Estaba atravesando el parque con su abuelo quien la llevaría a conocer a una tía, en la aldea vecina, cuando fueron secuestrados. Como su abuelo no era extranjero y sus 91 años a cuestas estorbaban la marcha, lo mataron un kilómetro más adelante.
Llegamos a la propiedad de Papiro, unas 67 hectáreas, todo estaba en su lugar, pero reinaba la soledad. El sol presente en su esplendor, contrastaba con los ánimos apagados de cada uno de nosotros. En una sencilla, pero solemne ceremonia, enterramos lo que quedó de Papiro, junto a un bosquecillo de acacias.
Al otro día, en el tren de la madrugada, Estebana y Robert partieron compungidos, mientras yo me quedé para siempre en África, al lado de mi chica adorada, regalo de la vida, una vida que yo no imaginaba.

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