Itinerarios cruzados. Autor: Joaquín Valls Arnau

-¡Doctor Darwin, por favor baje enseguida a la 106!

Quien me despertaba de ese modo, tan excitada que en un primer momento ni siquiera reconocí su voz, no era otra que Alicia, la hija de los propietarios del hotel balneario, a quien llevaba dos años pidiéndole, sin éxito, que me tutease y a quien había intentado persuadir ocasionalmente, con idéntico resultado, para que aceptase cenar una noche conmigo a solas. Para lo primero nunca me había dado ninguna excusa; para lo segundo, su ineludible presencia en el establecimiento, debido a la escasez de personal.

Pero permítanme que me presente. Mi nombre es Darwin Rodríguez. Durante mi niñez, la familia y los amigos siembre se burlaron de que mis padres hubieran escogido para mí ese nombre de pila, tan inusual en la provincia de Tierra del Fuego. Lo que todos ellos ignoraban y en cambio yo sí sabía, es que mis amados progenitores, habiendo tenido noticia del viaje que Charles Darwin realizó por aquellos remotos parajes embarcado en el HMS Beagle, decidieron, como primogénito que era, que de mayor yo sería científico o doctor, o ambas cosas a un tiempo. Y en su ingenuidad pensaron que para alcanzar dicho objetivo, ponerme por nombre el apellido del sabio era por lo menos una buena manera de empezar.

Conseguí terminar los estudios de medicina en la capital, después de varios años estudiando y trabajando al mismo tiempo como recadero. Luego ejercí de médico rural en mi región natal, para orgullo de mis padres cada vez que alguien, refiriéndose a mí, les hablaba del “Doctor Darwin”. Por pura curiosidad, indagué en la vida de mi tocayo, y así fue como descubrí que en el año 1849, o sea cuando tenía cuarenta años y estaba hacia la mitad de su vida, descubrió casualmente las virtudes de la hidroterapia como medio para luchar contra una enfermedad crónica que padecía.

Con mi menguado salario apenas si ganaba para comida, tabaco de picadura y poco más. Entonces fue cuando un día leí en un periódico que en España necesitaban médicos. A la mañana siguiente ya estaba mandando mi currículo a diversos balnearios. Contra todo pronóstico, obtuve inmediata respuesta de uno de ellos. Se llamaba Aguascaldas, se hallaba en Sierra Nevada y por lo que me explicaban en la carta, en otro tiempo debía de haber gozado de bastante prestigio. Mi inicial alegría cedió paso a una cierta decepción al comprobar que requerían mis servicios -sustituyendo al anterior facultativo, que se iba a jubilar- para una jornada de tan sólo veinte horas semanales, concentradas en festivos y fines de semana. Pero la retribución casi doblaba la que venía percibiendo, con la notable ventaja de que me ofrecían también manutención y alojamiento gratuitos.

No me lo pensé dos veces. Un mes después, me despedí de mis padres y familia toda con la promesa de regresar a visitarles con regularidad y tomé un vuelo, que era el primero de mi vida, hasta Madrid. Tras enlazar desde allí con un tren y a continuación con un microbús destartalado, al cabo de diez horas casi continuadas de viaje llegué por fin a Aguascaldas. Extrañamente, el entorno me recordó de inmediato, aunque las semejanzas visibles fueran nulas, a la tierra de donde procedía. En aquel momento pensé que tal vez se tratara del olor que emanaba de alguna especie vegetal común a ambos lugares. No lo sabía entonces, y todavía ahora lo sigo ignorando. Lo que sí sé es que ese detalle nimio me reconfortó. Como también la cálida recepción que me dedicó unos minutos más tarde mi adorada Alicia, y que me hizo sentir, ya desde el primer momento, casi mejor incluso que en el austero hogar paterno, tan diferente a éste en el que abundaban el mobiliario y los cortinajes.

Fueron transcurriendo los meses y me iba adaptando razonablemente bien a mi nuevo trabajo. Éste resultaba bastante sencillo, puesto que la clientela estaba compuesta prácticamente en su totalidad por ancianos que agradecían cualquier atención que se les dispensara. Por otra parte, y ello es algo que jamás admitiría en público, los resultados de esta clase de tratamientos, caso de producirse, únicamente pueden apreciarse a largo plazo, y son raros los casos en que se han descrito efectos adversos. Mientras tanto, en mis ratos libres que eran muchos, me dedicaba a la lectura de libros de cualquier género que tomaba prestados en la nutrida biblioteca, y también a recorrer la región en un coche de segunda mano que me había comprado. A todo ello, mi estado de felicidad era casi completo por el mero hecho de tener la oportunidad de mantener contacto a diario con Alicia.

Tras este preámbulo, que he juzgado imprescindible, proseguiré con los hechos cuyo relato había iniciado, y que tuvieron lugar inopinadamente cuando llevaba ya veintidós meses en Aguascaldas. Nada más escuchar la voz de Alicia, mi ángel, que requería con urgencia mi presencia, salté de la cama, cogí el maletín y bajé corriendo las escaleras desde mi cuarto situado en la buhardilla del edificio. Al entrar en la habitación, asistí a una escena que podría calificarse de tragicómica. Tendido boca arriba sobre el amplio lecho, había un hombre mayor en pijama, inconsciente; y a su lado, arrodillada sobre la cama, una mujer también anciana repetía su nombre sin demasiada convicción, mientras le iba propinando cachetadas en ambas mejillas. Se encontraban allí asimismo, inmóviles y guardando cierta distancia, Alicia y Dorita, la vieja camarera, ambas todavía con sus vestidos de trabajo. Examiné al viejo de inmediato. Mis esfuerzos por reanimarlo fueron inútiles, así que sólo pude certificar su fallecimiento. Aunque por supuesto no comenté nada al respecto, era el primer muerto que veía y tocaba en mi vida, y debo confesar que me causó un mayor impacto del que hubiera podido imaginar.

Ello aparte, nunca olvidaré un detalle que llamó poderosamente mi atención. Fue el notable contraste entre la reacción de Alicia y de Dorita, que se echaron a llorar de inmediato, y la de quien supuse que era la esposa del muerto. Con gran serenidad la mujer comentó que, siendo ya tan tarde como era, mejor esperaría a la mañana siguiente a comunicar la fatal noticia a sus dos hijas y demás familia.

Alicia, todavía entre lágrimas, se ofreció a ayudar a la mujer a hacer todos los trámites. Entonces caí en la cuenta de que probablemente, a causa de la edad media de los huéspedes que acogía el balneario, no era la primera vez que se enfrentaba a semejante situación. Viendo que mi cometido había terminado, me retiré de nuevo a mi habitación, donde al poco rato ya había logrado volver a conciliar el sueño. Por la mañana ya no quedaba ni rastro de la mujer, ni tampoco del cadáver del marido. Luego sabría que por la noche había venido una ambulancia a llevárselo.

Los hechos que he referido sucedieron un sábado. Poco podía yo imaginar que tan sólo un día después y con tan poca clientela como había aquel fin de semana, tendría que atender otra emergencia.

El domingo, después de desayunar coincidí con Dorita en el inmenso comedor, mientras ella retiraba los últimos platos. Rompiendo con su habitual hermetismo, me contó que aunque en otro tiempo había llegado a detestarlo, ahora a menudo echaba de menos la algarabía que en aquella misma sala reinaba siempre durante las comidas, no sólo por las conversaciones en alta voz de los huéspedes, sino sobre todo por el ruido que producían los niños que andaban todo el rato correteando entre las mesas. Agregó compungida que en ocasiones todavía podía escuchar los ecos de aquellas voces cuando atravesaba la gran sala vacía. Luego regresó a sus quehaceres, no sin antes dedicarme una inusual sonrisa.

Salí al exterior y me senté a leer en mi lugar preferido, un viejo banco de madera situado junto al mayor de los dos estanques de truchas, a las que a veces veía saltar, quizás para capturar en el aire algún mosquito. A los pocos minutos observé que llegaba un coche negro de gama alta. Mientras el conductor esperaba al volante, su acompañante, un tipo robusto de aspecto eslavo, entró en la recepción, para volver a salir al cabo de unos instantes con el semblante sombrío.

Una vez se hubieron marchado, Alicia vino a mi encuentro y me dijo que se sentía inquieta, pues acababa de suceder algo muy extraño. Me contó que aquel hombre de mirada fría le había preguntado con acento extranjero por un tal Roberto Aldama. Ella, pese al miedo que súbitamente la invadió, en lugar de informarle que la persona por quien se interesaba ocupaba desde hacía dos días la única suite, le respondió, intentando resultar convincente, que allí no se alojaba ningún cliente con ese nombre. Cuando se quedó de nuevo sola, descolgó el teléfono y llamó de inmediato al huésped, un joven que le había caído bien a primera vista, para informarle de lo sucedido. Según Alicia, en un primer momento éste pareció aliviado, pero luego comenzó a cambiar el tono de voz, hasta volverse casi inaudible cuando le daba las gracias.

Una vez hube escuchado su relato le dije, mintiendo, que no veía motivos para que estuviese preocupada. Sin embargo, tras el almuerzo Alicia vino a avisarme de que Aldama no había bajado, pese a haber reservado pensión completa. Nos miramos durante unos segundos sin pronunciar palabra. Acto seguido le dije que cogiera la llave maestra por si nos hacía falta, y corrimos escaleras arriba. Al llegar a la suite, llamamos insistentemente a la puerta con los nudillos, pero nadie abrió. Sí lo consiguió la llave maestra.

Ya adentro, advertimos que la cama estaba deshecha, pero en ella no había nadie. Nos dirigimos con cierta prevención hacia el baño. Entonces asistimos a una escena horrible incluso para mí, a causa de mi todavía limitada experiencia. El hombre se encontraba desnudo dentro de la bañera, con los ojos cerrados, y el agua estaba completamente teñida de color rojo. Observamos que el infeliz presentaba un corte en cada muñeca y había perdido el conocimiento. Y en el suelo hallamos una cuchilla de afeitar, manchada de sangre.

Procedí a taponar a toda prisa las heridas con unas toallas. Después de una primera limpieza pude observar que éstas no eran muy profundas, y que todavía conservaba algo de pulso. Desde la propia habitación llamamos a Dorita, quien acudió como un rayo pese a su avanzada edad, y entre los tres lo depositamos sobre la cama. Pedí a Alicia y a Dorita que me trajeran el botiquín de primeros auxilios y mi maletín, y que luego me dejaran solo con él.

Mientras permanecía a su lado, tomándole regularmente el pulso y observando cómo un ligero rubor comenzaba a asomar a sus mejillas, regresaron a mí antiguos pensamientos sobre la bondad de salvar la vida a un suicida. Ése era un tema que tiempo atrás había llegado a obsesionarme, seguramente a raíz de lo que acaeció con un familiar cercano de quien todos pensaban y afirmaban que era un ser amargado y que, tras varios intentos fallidos, al cuarto por fin logró su propósito. A causa de mi juramento profesional, no dudaría a la hora de evitar que alguien que pretendiera quitarse la vida se saliera con la suya; pero a su vez mi actuación atentaría entonces contra la voluntad del suicida, quien podría intentarlo de nuevo al día siguiente si le viniera en gana. De ahí mis dudas.

Estaba sumido en tales cavilaciones cuando Aldama empezó a recuperar el sentido. Sin necesidad de que le preguntara, enseguida me contó, con voz apagada pero con todo lujo de detalles, una epopeya que había vivido durante los últimos días, maldiciendo a cada frase su nula pericia como jugador de bolsa, como nula había sido, según él, su suerte en la vida. Aquel desconocido se expresaba de tal modo que logró conmoverme, más aun cuando me contó que por las deudas que había contraído con determinados acreedores, gente de los bajos fondos, éstos terminarían con su vida más pronto que tarde, por lo que había resuelto anticiparse y llevarlo a término él mismo, del modo menos doloroso posible.

Antes ya he dejado notar que soy un hombre de carácter impulsivo. Así que, sin apenas meditarlo, le pregunté abiertamente si, caso de disponer de medios para huir del país, desistiría, al menos por un tiempo, de sus intenciones suicidas. Se quedó unos segundos reflexionando, para finalmente afirmar con la cabeza.

Fui enseguida a mi habitación, cogí el talonario y extendí un cheque a su nombre por un importe que juzgué suficiente para que pudiera comprar un billete de avión a Santiago de Chile. Deseo señalar, para que puedan juzgar el alcance de mi acción, que tal importe significaba algo más de la mitad de mis ahorros.

Al ver el talón que le mostraba, mi nuevo paciente, que aunque seguía postrado en la cama movía ya un poco brazos y piernas, se me quedó mirando como uno mira únicamente a un padre o a una madre, y me dio las gracias mientras le temblaban los labios y se le humedecían los ojos.

Marchó el lunes de buena mañana, en un taxi que pagó Alicia por adelantado. Antes de subirse, se abrazó primero a Alicia y después a mí. A través de la ventanilla entreabierta volví a recordarle que, una vez llegase a mi pueblo, no dejase de preguntar por mi padre, a quien yo habría llamado antes para ponerle al corriente, indicándole que él se ocuparía de proporcionarle algún empleo, probablemente en el campo, donde podría iniciar una nueva vida.

-¡Nada que ver con la bolsa o con los negocios, o con los matones, ya lo comprobará!, recuerdo que fueron las últimas palabras que le dirigí mientras él prometía escribirnos, cosa que desde entonces, ya convertido en modesto agricultor, ha venido haciendo puntualmente cada semana.

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