La maleta. Autor: Manuel Arechavaleta Hernández

El avión se detiene por fin junto a la terminal y justo en ese momento resuenan cientos de cinturones desabrochándose al unísono. Se forma una algarabía, y no es para menos porque para todos nosotros acaba un confinamiento que ha durado siete horas eternas.

Mientras espero tontamente de pie a que nos dejen salir del avión –cediendo todo el espacio vital a varios desconocidos y esquivando bolsos de mano que amenazan con ir directamente del compartimento superior a mi cabeza–, recuerdo que está por llegar el que para mí es el peor momento de un viaje: el de recoger el equipaje. Y solo pensar en eso me genera desazón, no puedo evitarlo.

Por fin salimos del avión. Camino hacia la sala de recogida de equipajes con decisión, como si quisiera disimular la inquietud que me atormenta desde hace un rato. Llego a la cinta transportadora y para mi sorpresa está ya atiborrada de gente. No me lo explico, me he dado toda la prisa que he podido. Resignado me ubico en segunda fila y me dispongo a esperar pero presiento que con escaso margen de paciencia.

Algunos pasajeros que no facturaron equipaje pasan de largo con descaro, con una indiferencia insultante hacia los compañeros de viaje. Llegarán antes a casa y a sus hoteles pero en este momento no me dan ninguna envidia pues intuyo que sus viajes serán o habrán sido efímeros mientras que para mí empiezan unas largas y merecidas vacaciones.

En la cinta contigua suena la sirena y destella la luz roja. Es el preludio de lo que está por venir y pone a todos nuestros vecinos en guardia. Por el rabillo del ojo detecto mucho movimiento. Qué suerte tienen, también llegarán a casa o a su hotel antes que nosotros… es el injusto pensamiento que me viene a la cabeza, sin saber el tiempo que llevan esperando o si su viaje ha sido tan largo como el nuestro.

La espera es tensa. Doy un puntapié a un marbete caído en el suelo, paseo los ojos por los carteles publicitarios sin mirarlos –se ve que en publicidad estática está casi todo inventado porque ninguno ha conseguido captar mi atención– y miro a otros viajeros casi con indiscreción tratando de adivinar si van o vuelven. Así ocupo el tiempo.

Nuestros vecinos de la cinta de al lado se mueven con ritmo, como hormigas obedientes en una colonia. Hacen gala de un buen trabajo en equipo y van vaciando su cinta transportadora sin descanso.

De repente… suena música celestial. Sirena, luces y movimiento. ¡Es nuestra cinta!. Las lamas de goma avanzan y se deslizan unas sobre otras para alegría de todos los presentes. Es como un orgasmo colectivo que enseguida da paso al nerviosismo; ya no hay manos en los bolsillos, ya no hay miradas perdidas. Todos estamos en alerta y con los ojos inquisidores en la boca de salida de equipajes. Los de las primeras filas se apelotonan un poco más, los de atrás adelantamos instintivamente una pierna, un hombro, un brazo, lo que sea por estar más cerca, no vaya a ser que nuestro equipaje pase de largo.

Sale la primera maleta. ¡Lástima, no es la mía!… pienso para mí con sorna. Nunca he tenido esa suerte y no conozco a nadie al que le haya pasado. Sale la segunda maleta, luego otra, y otra, y otra… La boca del túnel va vomitando incansablemente toda clase de bultos. Por el lateral de la cinta avanza ya una fila de maletas, bolsos y mochilas de todas las formas, tamaños y colores y no se sabe de dónde surgen brazos por doquier que se abalanzan sobre ellas. La mía no ha salido, pero me tranquilizo pensando que por estadística aún no me toca.

Cada vez quedamos menos pasajeros alrededor del carrusel. Ahora sí empiezo a inquietarme. Hago un recuento rápido y deduzco que debemos ser una docena de personas. Pero el tobogán ascendente sigue escupiendo valijas, así que vuelvo a fijar mi mirada en él. Aún hay esperanza.

Me pregunto si es posible que alguien se haya llevado mi maleta por error… pero no creo… le he puesto un lazo amarillo limón bastante delatador. Por si acaso, echo un vistazo rápido a mi alrededor y escaneo todos los carritos que deambulan por la sala, pero sin suerte. Ahora la incertidumbre ha dado paso a la angustia. Lo que hay en esa maleta son mis únicas posesiones a este lado del mundo.

Ya solo quedamos cinco pasajeros, todos con cara de circunstancia. Será impresión mía pero la cinta parece ir más despacio. Hace rato que no sale equipaje. Intercambiamos miradas de complicidad, aunque no me consuelan, sé que es pura hipocresía: en cuanto salga una maleta su propietario la recogerá y se alejará apresuradamente sin mirar atrás, abandonando a los demás a su suerte. Salen nuevas maletas, pero ahora lo hacen más distanciadas como si una mano negra quisiera alargar la agonía… primero una, luego otra, otra y otra. Cuatro maletas para cuatro afortunados.

¡Dios mío, no puede ser!… me he quedado solo. La cinta continúa moviéndose pero a mí se me viene el mundo encima, sé que ese movimiento es moribundo. Así durante segundos que se hacen eternos. Y de repente… se para. Silencio absoluto. Siento que un calambre me recorre la médula espinal.

Todos mis temores se han hecho realidad. Adiós a mis perfectas vacaciones. Me invade una mezcla de indignación y pereza infinita. Pienso en lo que he de hacer ahora y me desaliento aún más. Primero tendré que armarme de paciencia y reclamar mi equipaje haciéndome entender en una lengua que no es la de mi madre. Luego tendré que llegar hasta el hotel y cumplir el tedioso trámite de registrarme. Y antes tendré que discutir el precio de la carrera con uno de los taxistas que imagino apostados en la puerta del aeropuerto esperando una presa cansada. El regateo puede ser un juego estimulante cuando uno está en plenitud de facultades, pero hoy pagaré lo que me pidan.

Ensimismado en estos pensamientos voy camino de la oficina de reclamaciones. De pronto mis ojos recalan en un objeto que me resulta familiar… la maleta marrón con el lazo amarillo limón… ¡ahí está mi maleta!… ¡en la cinta transportadora de al lado!… ¡la de mi vuelo!… ¡seré torpe!.

El pecho se me llena de aire. Estoy eufórico. De golpe todos mis problemas han desaparecido y siento que he recuperado mis vacaciones.

Que se preparen los taxistas… voy a por ellos.

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