India, 5 años después. Autor: Ana Salvá

Hay una cosa que nunca conté del viaje que hice a India hace cinco años. De los tres meses que estuve en el país, uno de ellos me quedé prácticamente en el mismo barrio y en la misma calle de Calcuta, en Sudder Street.

La amiga con la que viajaba por India no estaba muy bien de salud y nos pareció un buen lugar donde quedarnos a descansar. Mientras ella reposaba para continuar el viaje, me entretuve escribiendo las primeras crónicas para un periódico local de la forma que podía en un cibercafé de la misma calle; en el teclado no había acentos, ni eñes y pasaba los textos por un corrector antes de enviarlos al periódico, pero no tenía presupuesto para tener un portátil en condiciones. Y mucho menos podía comprarme una cámara. El dinero me llegaba para desplazarme en tren y comer en los puestos de la calle. Poco más.

Las semanas pasaron en ese barrio y tuve tiempo de hacerme una pequeña pandilla. Entre ellos estaba Charlie Brown, el trabajador del locutorio. Sunshine; el vendedor de ropa. Salim; el niño que servía el té en esa misma tienda. Kamal; el relaciones públicas del barrio. Y Sebastián, un amigo mexicano que prácticamente me presentó a todos ellos. Cuando no estaba en el locutorio estaba con la pandilla, día y noche.

Cuando la salud de mi amiga mejoró, continuamos el viaje hacia Nepal y me costó horrores despedirme de ellos. Era mi primer viaje largo y mi primera experiencia -o experimento- como reportera independiente. Tenía 22 años. Los lazos quizás fueron mucho más fuertes de lo que serían ahora que he viajado más y he pasado temporadas más largas fuera de casa. Eso hizo que mantuviera el contacto con algunos de ellos. Sobre todo, con Charlie, con quien coincidía en Skype a menudo y me iba contando las novedades de Sudder Street hasta que llegó el día que, como es natural, perdimos el hilo de nuestros vidas. Mientras él estaba en algún lugar de vacaciones esquiando, yo le contaba que estaba en Filipinas, y no había mucho que compartir por muy amigos que hubiéramos sido. Sin embargo, le prometí a mi amigo Charlie y a mí misma que un día volvería. Y lo hice estas Navidades. Regresar a Calcuta para mí era un reencuentro con amigos, pero también, con lo que creía haber sido yo misma años atrás.

Calcuta por desgracia estaba tal cual lo recordaba. La misma basura a ambos lados de la calle. El mismo olor a excrementos y orín. Los mismos conductores de ciclorickshaw, sucios y en su mayoría esqueléticos, pedaleando día y noche. Los mismos sueños que conocí años atrás. La misma miseria, con otros rostros.

Al llegar a la ciudad deseaba reencontrarme con mucha gente, y al mismo tiempo, cruzaba los dedos para no verlos; eso significaría que continuaban en el mismo sitio donde les conocí años atrás.

Afortunadamente, en mi pandilla india las cosas habían ido a mejor. Kamal se había ido a vivir a Madrid con una novia española; Sunchain había conseguido abrir una nueva tienda; Salim había dejado de servir té para trabajar como dependiente; Y Charlie, mi anfitrión, gracias a su inglés y su buen hacer, había conseguido ascender en la compañía. Lo pasamos en grande removiendo recuerdos y visitando los sitios que frecuentábamos hace cinco años, y otros muchos nuevos, aunque ninguno de nosotros éramos los mismos.

Mi vida también ha cambiado mucho desde entonces. Sin duda, yo lo he tenido más fácil gracias a la nacionalidad de mi pasaporte y una familia que me ha brindado otras muchas oportunidades, como una educación o el derecho a elegir mi futuro. Esta vez llevaba un portátil, una cámara y muchas experiencias más en la mochila. Sin embargo, mi recuerdo de este viaje es mucho más amargo. Demasiados sabores. Demasiada gente. Demasiada desigualdad. Y sobre todo, demasiada miseria, algo que en realidad ya conocía. Quizás tenga más información y menos paciencia.

Esta vez he regresado a Bangkok, la ciudad donde actualmente vivo, convencida de que es prácticamente el paraíso en comparación con las grandes ciudades indias que conozco. A pesar de que la libertad de expresión no es un derecho en Tailandia, donde estamos bajo una dictadura militar, aquí puedo vestir con tirantes, minifaldas y llevar el pelo suelto sin tener que esquivar malas miradas. Y podría citar otras muchas cosas: no hay excrementos humanos en las calles, el clima no cambia del calor al frío extremo a lo largo del año, hay aceras, y el tráfico, ahora, me da la sensación de que está relativamente ordenado.

Siempre he dicho que amo y odio India a partes iguales, y este viaje quizás ha inclinado la balanza de una forma más negativa. Espero equilibrar la balanza si decido regresar de nuevo. Será interesante saber qué será de nosotros en otros cinco años.

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