La Joven trotamundos. Autor: Amaurotana

Aquella vez, la animosa Joven trotamundos, cometió plagio…
Navegó largas horas sobre olas virtuales
Y en alguna ocasión, sintió sus parpados desfallecer
Pero no se dio por vencida, continuó con la odisea
Arribó a un lugar insólito
Vehemente y sombrío
Y dejó su navío, a espaldas del sol
Allí, en ese desierto de estupefacción
Tomó sin consentimiento alguno, una reliquia
Hecha, solo Dios sabe por qué níveas manos
Y acto continuo, zarpó, llevándola con sigo
Le dio un nombre, un apellido
Y un excelso hogar sobre la sutilidad de una hoja de papel.
Aprovechando que su superyó
Se hallaba sumido en el dulce don del sueño
Salió velozmente de casa
Y carente de juicio, obsequió a La Afable Señora
La reliquia que tan voraces contratiempos le había procurado.
La incauta deidad sonrió
Y Agradeció el presente, ignorante de las inicuas acciones de la joven.
El tiempo sucedió vertiginosamente
Y pronto, el omnipresente Superyó, Juzgo severamente a la joven
Haciéndole saber cuan injustificable era su proceder
La Joven trotamundos, acató la bien fundamentada exhortación,
Sin alegar nada. Y un día cualquiera, mientras contemplaba con mirada ausente
El grácil valsar de aquel mar azul
El alado viento la tomó de la mano,
Y ambos, sin consentimiento del Superyó
Sobrevolaron las miradas
Los techos altos de las grisáceas casas
La excelsa cúspide del fulgor celeste
Y en alguna ocasión, sintió sus parpados desfallecer…
Pero no se dio por vencida, continuó con esa odisea irreal
Arribó, en un lugar insólito
Sobre el ancho ponto azul
Y allí pasó la tarde, junto a su amigo, el viento
Cuando el tajante tic-toc
Escondido en la mochila de un humilde pescador
Anuncio las seis de la tarde
La Joven trotamundos, pidió a su amigo
Llevarla de nuevo a casa,
Y este, benévolo, accedió,
Ambos descendieron nuevamente,
Pasando por la regia cúspide del fulgor celeste
Y seguidamente, por los techos altos de las grisáceas casas
Hasta llegar a la parda arena, donde flaqueaban las olas.

Al llegar a casa, la joven aventurera, no halló al Superyó
Él se había ido,
Junto al alado viento
Cuando la Joven partió
Y ambos no se habían percatado de su presencia
Superyó, era ahora su sombra,
Era el áureo firmamento
Que amparaba a la chica
Era su égida…
Magnánima e infatigable
Subrepticia en el fondo de su alma
Y bajo la silueta de la imponente Nix
Ambos zarparon al benévolo mundo
De la Señora deidad
Todos los ilustres le hacían llegar sus presentes
El científico, una nueva planta multicolor
El poeta, sus mejores versos
El pintor, las maravillas de su alado lienzo
El médico, el abogado, el señor de la tienda,
El profesor de la universidad, mi amigo el trapecista
El ingeniero de sistemas, el DJ de aquel bar
El cirujano esteticista, la madre naturaleza
El viento Zonda, la rosada aurora
La imponente Nix… y de hecho
Todos ellos con cosas muy valiosas…
La Joven trotamundos
Se acercó a la afable Señora
Y ante todos
Contó aquella intrépida historia.
Trajo consigo un insánico relato
Escrito en tercera persona
Y a pesar de su poca habilidad en la redacción
Comenzó:
“Aquella vez, la animosa Joven trotamundos, cometió plagio…
Navegó largas horas sobre olas virtuales
Y en alguna ocasión, sintió sus parpados desfallecer…
Pero no se dio por vencida, continuó con la odiseal…”.
Y todo fue como la excelsa deidad, lo supuso…
¡Era así!, tan claro como el agua del anchuroso ponto azul,
Esta vez, la Joven trotamundos, traía consigo, la verdad.
BELLÍSIMO. ESCRÍBELO EN PROSA

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