El chico de la guitarra. Autor: Amaurotana

“Al perderte yo a ti, tu y yo hemos perdido…”

Ernesto Cardenal – Epigramas

Era quizá, como si yo caminara sobre un asfixiante campo de flores e inhalara hasta el tope, llenando mis pulmones de B5, de sosiego y de alegría… era mi existencia tan vacía en ese tiempo, como aquella sensación abismal que me permitía los domingos de ayuno, cuándo todavía me daba el nefasto lujo de creer que no estaba hecha para amar a otro, con el mismo amor que me hacía vivir.
Hoy desearía volver a verle, y enterarme que siempre me quiso, como a un numen, al que no dejó decidir su destino; podría ocupar mi tiempo, esta noche, de un modo funcional desde la óptica social, o quitarme, quizá, los mefíticos lentes cual grilletes que me atan y atisbar altas luces en el infinito, creyéndoles estrellas. Yo tirada en el pasto… Pero no, no creí que sería para siempre. Ahora, luego de miles de sobrecogedoras noches bajo la influencia de la represión diurna, regreso aquí, al mismo sitio donde inicié…
Ese semestre, me motivó a asistir, el verle… el conservatorio, ese caserón viejo, estilo colonial, que a todos recibía al final de la bulliciosa calle 20, se convirtió en mi bunker, y el, en mi conjuro, contra la mala jornada. Se sentaba a mi lado, a veces, y cuando no, le buscaba con la mirada, y ya estaba junto a mí, taciturno como siempre; rompía el silencio hablándome de arpegios y yo, algo comentaba de filosofía, de aquel frágil e inexorable materialismo dialectico que me sostenía, de psicología llena asociaciones libres Freudianas, queriendo decirle que… otra cosa, que… si quería caminar, o tomar mi mano… temía más que no entendiera lo que eso significaba para mí, a que rehusara mi petición.
Le recuerdo de pie, junto al salón de los instrumentos rotos, cuando le dije que necesitaba unas clases extracurriculares, era muy bueno con la guitarra.
– Pero tú tocas muy bien
– No tanto como crees
– Te he oído
– No lo suficiente
Ojalá me hubiese escuchado cerquita, tan cerca que hubiésemos hecho música con presurosas pulsaciones y raudas respiraciones por minuto, melodías lentas con los ojos y las manos. A veces pienso que le quise tanto, que tanto le quiero… y pierdo la permeabilidad de las fosas, respiro por la boca e inclinando la nuca me deshago del grueso nudo que ahoga mi voz, que vacía mis pulmones y me aleja finalmente de mi inventado campo de flores.
La primera vez que lo vi, llevaba la guitarra consigo y yo a Acordes, la mía; ¡vaya, chico simple!
Caminamos esa mañana por la congestionada calle 20, loma abajo, llevando las guitarras y a un amigo, en total, íbamos seis, ellas y nosotros; hablábamos los dos, de cosas tan vanas, tan lejanas de lo que en realidad queríamos saber el uno del otro… pensábamos que eran el circunloquio perfecto para hallar verdades implícitas. Pronto dejamos a Oscar en el taller de Don Benicio Pérez, su tío, y nos dirigimos con mayor prisa hacía la plaza.
– Del día ¿qué es lo que más te gusta?
Pregunté después de seguir los cánones de los textos de semiología sobre el llamado “silencio conveniente”
– ¿del día? – Inquirió dándose un tiempo para pensar- … ¡es bonito!
Hubiera preferido que me dijera una frase de Mao Tse-Tung o de algún clásico de la literatura; que me sorprendiera, me pintara una estrella en una hoja amarilla, interrumpiera mostrándome una figura en el cielo o hasta me diera un beso… pero no, sólo respondió que el día era bonito y a pesar de ser mujer de gustos intrincados, acepté su argumento como niño que no sabe de errores; y él, solo calló, le hubiera querido hasta dormido, y siempre perdonaba su inopinada ausencia, perdonaría hasta… su olvido.
Llegamos a la plaza, seguimos hablando de lo que no nos interesaba en lo más mínimo y acto continuo nos despedimos; nuevamente se esfumó, al igual que el ciclo diurno-nocturno del farolero del planeta 367, dejándome gris, convertida en una transeúnte más, de la plaza Santander.
Ansiosa, daba la bienvenida a los sábados, y con estos, a él, allí en la banca, siempre con su guitarra al revés, tocando para mí con esa facilidad y entrega de vago bello.
Al verme, me hacía sentir especial, como si me estuviera esperando, para colorear las desgastadas paredes del caserón colonial.
[No tardó en enterarse que una vez terminadas las clases me iría a estudiar lejos, a donde no conocíamos y una tenue sombra se posó sobre sus manos, languideciendo sus acordes].
La sacra paciencia me acompañó los meses siguientes, esperando conocer su familia, sus aspiraciones, su música preferida… sus sentimientos hacía mí, hasta culminar el curso.
Lo busqué, sin saber dónde se hallaba, si en verdad había existido. Nadie recordaba su nombre o sus facciones y pronto partí de esa estepa de cielo claro que me creó tantas ilusiones.
Cada fin de año, volvía a preguntar por el chico que se llevó mi cejilla (excusa que usé para justificarme), siempre parecía ser la “avara abogada materialista”

“¡Ea! Deja a ese man en paz quien quiera que sea, tienes dinero para comprar los capos que se te antojen”

Pero yo quería a ese, al que sin darme un solo beso me robaba el volumen vital y alteraba mi ritmo circadiano, aún le pienso, como sobrecogedora noche que atalaya las cabezas.
Vaya, vago lindo, no te has dejado olvidar, jamás pensé que serías para siempre.

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