Duelo en el corazón de África. Autor: Juan Fernando Merino

–Papá, ¿nos podemos ir ya? Vámonos ya por favor, papá.

–Espera un momento, Gerald, no seas impaciente… ¿No ves que estoy esperando a mi amiga?… ¡Pero podrías quedarte quieto un momento! ¡Por favor!

–¡Papá, vámonos de aquí! ¡Papá, por favor!

Algún día se preguntará Gerald Higgins qué piezas del rompecabezas del cosmos se habrían conjugado para hacer posible una situación tan absurda, tan desesperada: un niño de doce años alto y muy tímido (él) sentado junto a un hombre completamente ebrio (su padre, el próspero industrial canadiense Robert Higgins) en el rincón de la cocina estrecha y ardiente de un restaurante modesto en las afueras de un pueblo africano. El padre fuma y mira hacia el suelo mientras espera a una mujer africana que ha conocido aquella noche.

–Papá, prometo no volver a quejarme de Malawi ni de nada, te lo prometo, pero por favor vámonos ya. ¿Nos podemos ir?

–Gerald, ya basta. Siéntate que estás molestando al cocinero y se va a enojar…

–Papá…

– Algún día lo entenderás, hijo.

***

Habían transcurrido dos meses y medio desde la muerte de Sarah, la madre de Gerald, cuando el padre decidió que los dos necesitaban tomar unas vacaciones largas. Aunque todavía faltaban tres semanas para el final del año escolar. De todas formas Gerald no lo iba a aprobar. Robert quería viajar lejos, lo más lejos posible, poner entre ellos y el sitio de la tragedia toda la tierra, y todo el agua posibles. Continuar su devastador duelo en el más remoto lugar posible. ¿Por qué no en el corazón de África?

Inicialmente Higgins pensó en un hotel de gran categoría junto a las cataratas Victoria, del lado de Zambia, un destino que salía mucho en National Geographic y otros canales de televisión, pero el empleado de la agencia de viajes lo convenció de comprar un paquete completo de catorce días en Malawi, con alojamiento en hoteles de muy buena calidad en cuatro pueblos de la ribera del lago, excursiones en lancha y en barco, y visitas guiadas a las islas Chizumulu y Likoma, los pueblos notables de la zona y los más célebres sitios artesanales del país.

***

Al principio la novedad es tan grande que por momentos Gerald consigue mitigar el dolor. Le fascina todo lo que ve, todo lo que escucha, todo lo que huele en las calles, mercados y barcos. Por su parte, el padre parece disfrutar de las excursiones diarias y pasa buena parte del tiempo entretenido conversando con otros integrantes del tour –en particular ha hecho amistad con una pareja sueca– o negociando con los artesanos locales por el solo placer de negociar usando las palabras de chichewa que aprendió antes del viaje. Al final siempre termina pagándoles lo que pedían al principio. O más.

Son las noches las difíciles. Es la primera vez que comparten habitación y son muchas las ocasiones en que Gerald se despierta en medio de la noche y alcanza a escuchar que su padre solloza, muy quedamente, tratando de apagar el llanto contra la almohada.

***

Ocurrió la mañana del decimosegundo día, el penúltimo del tour. La tarde anterior el padre se había enfadado con un comentario del guía del grupo –un rubio joven y fornido del Oeste de Canadá– que le pareció racista y totalmente insensible. Robert era un hombre de considerable fortuna, pero afable con todo el mundo sin importar raza, religión u oficio y políticamente se consideraba bastante liberal. El guía se ofendió con la réplica de Robert y se habría presentado una discusión de no haber intervenido otros integrantes del tour, en especial la pareja sueca.

Se encontraban alojados en el hotel Njaja de Nkhata Bay, y aquella mañana el padre lo había despertado muy temprano y le había pedido que se alistara pronto para desayunar antes que el resto del grupo y salir a hacer un recorrido por cuenta propia. En lugar de la visita programada a un pueblo de artesanos, se alejarían del lago para recorrer a pie las aldeas de la zona, deteniéndose a comer donde quisieran, a comprar artesanías donde les apeteciera, a orinar donde les diera la maldita gana. ¡Al diablo los tours organizados! Gerald se había echado a reír con las palabras del padre, encantado con la perspectiva de aquella aventura.

***

Cuando ya caía la noche, se detuvieron en el único restaurante de un pueblo cuyo nombre habían leído al cruzar el límite municipal pero habían olvidado en seguida.

El padre, fatigado y hambreado después de la extensa caminata, había pedido varios platos para compartir con el hijo y para él una botella de vino. Gerald se sentía halagado: su padre le habló de igual a igual sobre la aventura del día, le preguntó sus impresiones de la jornada y luego conversó como con un amigo íntimo acerca de los viajes que había hecho de joven, antes de conocer a su madre.
Sucedió de repente. Iban por la mitad de la cena y dos terceras partes de la botella de Robert, cuando este se quedó mirando fijamente a la joven camarera y dijo en un murmullo que Gerald alcanzó a escuchar: “Esa es Sarah”.

–¿Cómo, papá?

–Nada, hijo. Que esa mujer me recuerda muchísimo a tu madre.

–¡Cómo, papá! Si es una muchacha y es flaca. Y es negra.

–Pero son los mismos movimientos, la misma elegancia natural. ¡Es el mismo espíritu! ¿Tú sabes que cuando tu madre estaba en la universidad también fue camarera?

***

Aprovechando que de un momento a otro el restaurante se había quedado sin otros clientes, Robert le pidió a la camarera que se sentara a su mesa y compartiera el vino. Gerald trataba de no escuchar, pero se daba perfecta cuenta de que Mubatsi la camarera estaba muy complacida con la atención que le prestaba el viajero. Era un pueblo apartado del lago al que seguramente no llegaban muchos viajeros blancos. Pronto estaban charlando como viejos conocidos. Gerald tampoco hubiera querido escuchar pero escuchó cuando ella le dijo a Robert que al salir del trabajo quería invitarlos a su casa, que la casa quedaba muy cerca, que así podrían realmente darse cuenta de cómo vivía una familia de Malawi, que afortunadamente Dios había sido generoso con ella y que en su casa podía ofrecerles habitaciones individuales para pasar la noche. El padre asintió sin pensarlo y se sirvió otra copa de vino.

***

Ya no faltaba mucho, en media hora se cerraba el local, les estaba explicando Mubatsi, cuando de improviso se interrumpió para decir muy agitada:

–¡Uy, uy, uy, allá viene Chiwinga bajando por la colina!
Ahorrando el mayor número posible de palabras, Mubatsi le explicó a Robert que Chiwinga era un ex novio pesado que cuando se tomaba unos tragos de más venía a buscarla, que lo podría despachar fácilmente, pero que si los veía a ellos podría sospechar algo y no se marcharía del restaurante hasta que se fueran. En la cocina había una banca donde se podían sentar a esperarla y Lorenzo el cocinero mozambiqueño era muy amable, muy comprensivo.

***

Pasan los segundos y los minutos, Robert fuma un cigarrillo tras otro, el sitio empieza a sentirse como un horno y no aparece Mubatsi. Cada vez son más penetrantes los olores que vienen de los fogones: el del chambo —el pescado que más abunda en el lago—, las gachas de nsima y el nyama ngombe, un estofado de ternera de sabor agridulce que sirven en casi todos los hoteles y que Gerald detesta. El padre se levanta varias veces, camina hasta la puerta y en seguida regresa a sentarse. Hasta que se pone en pie impetuosamente y se acerca al cocinero a tratar de explicarle en cualquier combinación de idiomas que necesita una cerveza. Lorenzo entiende al instante, le hace señas de que él cervezas no tiene, pero del bolsillo del delantal saca una botella con un líquido transparente y se la pasa.

Robert le da un sorbo largo, introduce un billete de quién sabe cuántos kwachas en el delantal del cocinero y con pasos inseguros regresa al lado de Gerald. Se sienta, inclina la cabeza, se cubre el rostro con ambas manos. Gerald ya ha desistido de seguir reclamando; se limita a mirar a su padre con una mezcla de preocupación, de tristeza, quizás de futura comprensión.

***

Media hora después se entreabre sigilosamente la puerta, entra la joven camarera y se acerca a la pareja de padre e hijo, el padre a punto de quedarse fundido.

–Robert, Robert… –lo despierta, hablando en susurros–. Chiwinga está borracho y se está poniendo difícil. Se podría poner muy violento. Mejor que me lo lleve a dar un paseo mientras se va calmando. Lo siento. De verdad lo siento muchísimo. Ha sido usted muy amable. Si quiere, vuelva otra noche.

Robert se pone en pie, arroja al suelo su cajetilla de cigarrillos y la botella del cocinero y se dirige hacia la puerta a pasos largos y torpes.

–Papá, por favor no salgas… ¡Papá!

–¡Robert, cuidado! ¡Ven acá! ¡Chiwinga tiene una pistola!

Pero ya Robert Higgings, presidente de la Empresa de Repuestos Aeronáuticos Rainbow Wholesale Incorporated, ha entrado al comedor del restaurante Baobab en la aldea de Msosa y se dirige desarmado al encuentro de su rival.

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