Tocando el cielo en Bagan. Autor: Oscar Presilla Kröbel

Aparco mi bicicleta bajo la sombra de un árbol, un banyan. Observo la planicie y me veo rodeado de pagodas hasta donde la vista alcanza. Me quito la camiseta llena de sudor y me tumbo, una ligera brisa mece la hierba y me hace cosquillas. No pienso en nada y me fundo en el paisaje.

Han debido pasar unas cuantas horas y hasta me he quedado dormido. No hay nadie, tan sólo un montón de mariposas revoloteando encima, aprovechan la sombra igual que yo. A lo lejos oigo el rumor del río Irrawaddy, ancho y tranquilo aquí, en Bagan, la corriente bajando rápida pero calmada, cientos de kilómetros más abajo se dividirá en innumerables ramales formando su famoso delta hasta desembocar en el golfo de Bengala.

Sigo tumbado, los mosquitos ya ni me pican, llevo tanto tiempo en este continente que mi piel y mi metabolismo se han debido volver asiáticos. Más allá se oye el traqueteo de algún carro tirado por búfalos, las risas y los juegos de algunos niños, los mantras budistas entonados por los monjes de algún monasterio cercano.

En el cielo veo un avión, estará a unos diez mil metros, ¿dónde irá?, levanto la mano y toco el cielo, la desplazo un poco y toco el sol. Se ha movido bastante durante el rato que llevo aquí tumbado, perdón, no se ha movido, está en el mismo lugar, somos nosotros los que nos movemos, es la que tierra la que gira, y tomo conciencia de ello.

Sí, han debido pasar unas cuantas horas, ni he mirado el reloj. Tampoco he tocado la mochila, aparte de la cámara, un cuaderno de notas y un libro, llevo unos plátanos, una manzana, algo de agua y unos dulces caseros de tamarindo para chuparse los dedos. No he comido, ni siquiera he bebido agua, tampoco he sacado fotos ni tomado notas, sigo absorto en esta mágica sensación, sin pensar en nada, fundido en lo que me rodea. Toco el cielo otra vez.

Aparece un hombre a caballo, se apea y se tumba a mi lado. Sonríe y me ofrece un cheroot, uno de esos cigarros que los birmanos fuman sin cesar. Lo acepto y fumamos juntos, tumbados, sin hablar, mirando al cielo. No nos entendemos, el viejo no habla inglés y yo tan sólo sé cuatro palabras en birmano. Pero nuestro ojos hablan, y nuestras miradas. Asentimos, reímos, y seguimos fumando y mirando al cielo. Ahora nos entendemos perfectamente.

Pasa otro rato, quizás una hora o dos, el hombre se levanta y por señas me dice que siga más tiempo allí tumbado, me señala el sol, las pagodas y la luz reflejada en ellas, y me hace entender que dentro de un momento aquel paisaje se convertirá en algo todavía más bello. Le hago caso y espero, tiene razón, se va galopando y me quedo allí tumbado. Y vuelvo a tocar el cielo.

Y mi ser parece que levita, o es mi alma quien se sale de su traje, ya ni siquiera noto las cosquillas que me hace la hierba. Mi cuerpo, la sangre de mis venas y los poros de mi piel se estremecen, estoy en pleno éxtasis vital. Y vuelvo a tocar el cielo, o a volar, ya ni siquiera lo sé. Tampoco sé si lo que he fumado era tan sólo un inocente cheroot.

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  1. V(B)iajero Insatisfecho

    Muy interesante y relajante relato. Salido muy de tus adentros, amigo, o a mi me lo parece. Todo lo que te leo me gusta, pero eres tan perezoso con tus escritos, tus ‘posts’, tus entradas que….
    Un abrazo, campeón.

  2. Pingback: Fallo X Concurso de Relatos de Viaje Moleskin 2015 | Concurso de Relatos de Viaje

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