En el Mundo de los Sueños. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

Hacía unos pocos días que estaba en las Antípodas… y aún no me había acostumbrado al cambio de horario, a las comidas, a tener que mirar a la izquierda al atravesar la calle… aunque sí de forma rápida y automática me adapté a aquel invierno cálido, pero que me permitía sentir fresco y ponerme manga larga y mi gruesa parka negra… e huir del verano pegajoso, aunque no muy caluroso, de mi tierra, allí lejos, encima de donde me encontraba…
Fueron mis primeros días en Australia: explorar y pasear; subir a una altísima torre y contemplar la ciudad iluminada y bella, el agua del mar negra; navegar por la Bahía de Sidney; tomar un ferry y llegarme hasta la playa de Manly y poder ver, a través del frío viento de aquel día, las altas olas cómo se elevaban hacia el cielo y eran un espectáculo que gustaba a tod@s l@s que estábamos allí, mientras pensaba en las fotos antiguas que había visto en el centro cultural de la playa: las casetas y los bañistas, en blanco y negro, enfundados en aquellos largos trajes de baño…
Días más tarde dejamos la ciudad y emprendimos vuelo al interior de la isla-continente, hacia aquella tierra roja y deshabitada del Outback misterioso y poético, lleno de animales venenosos, de inexplicables pinturas en oscuras cuevas y leyendas ancestrales, casi tan antiguas como la Tierra misma… de donde sobresalía una extraña roca que dominaba el Tiempo de los Sueños y cuya magia roja y cautivadora llegaba hasta nuestros días, allí solitaria, imponente en medio del verde de las plantas y la tierra rojiza, casi de fuego…
Uluru es de aquellos lugares de la tierra que quieres ver de cerca, que sueñas con ver una día, aunque nunca sabes si podrás realizar aquel sueño viajero… Pero a mí se me cumplió… Lo descubres, borroso, tras los cristales, en la lejanía de la arena lunar y rojiza, colocado allí como una especie de flan rocoso y sagrado de los Anangu, y la silueta de aquel monolito te cautiva y te inquieta al mismo tiempo; te alegra estar allí, acercándote a él, sin creer aún que estás llegando a uno de los lugares más emblemáticos y antiguos de nuestro planeta, ese lugar sagrado que te envuelve en una paz telúrica y enigmática… Y ya estás allí, frente a él… Es por la tarde y la luz aún es brillante en el desierto, aunque más tenue que hace un par de horas… Y yo estoy allí, ante aquella hermosa mole, aunque sin subir a ella, para no perturbar a los espíritus aborígenes, pero pudiendo pasear por su base, caminar despacio pisando la tierra rojiza que se mete en mis zapatos, tiñe de rojo mis calcetines e inunda mi espíritu descreído de una paz interior cálida y terrosa, íntima…
Y por el camino vamos viendo árboles y rincones sagrados en agujeros excavados en la roca; atravesamos pequeños desfiladeros, gargantas sagradas recogiendo el agua que ha caído del cielo durante siglos y siglos; nos sentamos en un banco de maciza madera; vemos troncos huecos abandonados en la arena; contemplamos las pinturas en las cuevas donde, como pizarras de nuestras escuelas, los Anangu enseñaban las historias de sus ancestros… y aún distinguimos en las paredes el rojo y el amarillo, teñidos de ocre… Vemos otras cuevas donde se reunían los mayores para las ceremonias alrededor del fuego, con sus boomerangs y didjeridus… Aún se pueden oír sus relatos y canciones en una lengua inexistente sobre la creación del mundo y la llegada de sus antepasados a aquellas tierras…
La grandiosa masa arenisca, con sus habitantes atrapados en sus entrañas, va cambiando de tonalidades a medida que van pasando las horas del día… y ver esos cambios de luz es una de las cosas más extraordinarias que una pueda contemplar, una maravilla para la vista y el espíritu…
Sale la luna, redonda y pequeñita, tras la gran roca… y el monolito anaranjado rojizo empieza a encenderse de un rojo más intenso con las sombras de la noche, que va cayendo. El violeta, el rosáceo, el azul y el rojo de la roca se mezclan, tiñéndolo todo, el monte bajo se va volviendo verde oscuro…
Suena en la noche del desierto la profunda y monótona música de un didjeridu, mientras algunos cuerpos de Hombres Serpientes van saliendo del interior de Ayers Rock y vienen a mi encuentro para danzar a la luz de la luna un milenario baile alrededor de una hoguera, lejos del veneno de sus ancestros… unidos ahora por el deseado entendimiento de paz y armonía en una nueva era…

Uluru (Australia)

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