El último tren a Nueva York. Autor: Juan Fernando Merino

“La espero el próximo sábado por la tarde. Antes no porque tengo que terminar un cuento para Esquire Magazine que va a la imprenta el lunes. Rectifico: los esperamos. Por supuesto que puede y debe venir con su `bienamado`, como tan graciosamente lo llama en sus cartas. Y por supuesto que aquí estará Laramy, mi esposo. A menos que se parta una pata. O se caiga al pozo séptico.

Hay un tren que sale de la estación Grand Central a las 12 y cuarto y llega a Winthrop a las tres y 51. De la estación a la casa son doce minutos en taxi o 50 a pie por el sendero del arroyo. Es una ruta bastante segura; en esta época del año no hay muchos zorros ni mapaches y los cazadores suelen ser muy cautos con los caminantes de la especie humana.
Aquí tendremos galletas, queso y vino. Y pan de centeno y mermelada. Cerezas si me despierto temprano. Cualquier otra cosa que acostumbren ingerir los sábados tendrán que traerla de Nueva York, pues Laramy no cocina ni un repollo y yo no tengo tiempo.
Un favor: necesito la edición de Saint BarnabyPress de la novela Confesiones de un idólatra impenitente de Mirabelle. ¿1974? ¿1976? Pero sólo si es la traducción de Phillipe Jones–Delausney. Tal vez en la librería Gotham. Tendrá que buscarla, pues los dependientes son unos ineptos. No importa lo que cueste, por debajo de 55 dólares. Digamos 60.
Traiga los dos relatos suyos que mencionó en la penúltima carta. Pero copia de los originales, no las versiones publicadas, pues yo sólo puedo leer con un bolígrafo en la mano.
Hay trenes de regreso a la ciudad a las seis y poco de la tarde, siete y media y a las ocho 42 de la noche. Imposible pernoctar. Lo lamento. El techo del cuarto de huéspedes cayó encima de los últimos visitantes. Él no sobrevivió y ella perdió ambas piernas. Una tragedia terribñe. Espantosa… Es una broma, desde luego. Las razones son otras, como comprenderá cuando esté aquí. O no comprenderá. Uno nunca sabe.
No es necesario que responda a esta carta. A menos que sea alérgica al pelo de gato, porque tenemos once. O su ‘bienamado’. Perros no hay. Ni otras bestias domésticas”.
Y abajo su firma ininteligible.

*

Antonya Holbert leyó dos, tres, cinco veces la carta manuscrita de su admiradísima Lena Marie Lippitz, el más brillante escritor estadounidense vivo —sin distingo de sexo, género literario o generación—. Al menos desde su personal y modesta opinión de joven aspirante a narradora, con tres cuentos publicados y otros tantos que no habían corrido la misma suerte, aunque no perdía la esperanza y los seguía enviando a revistas y concursos literarios por doquier… Muy pronto podrían ser cuatro los consagrados en letra impresa, pues la subdirectora del Clearwave Magazine había encontrado méritos en su relato más reciente, recalcando que tanto el punto de vista narrativo como el…
¡Migajas! Nada más que migajas, se interrumpió Antonya a sí misma, aplicando el freno a su tren de pensamiento exaltado. O descarrilado. Porque así fuesen tres, cinco o veinte sus escritos en letra impresa, no pasarían de ser pavesas al viento puestos en la balanza contra el impresionante Opus literario de Lena Marie Lippitz: siete novelas en el mercado, más una gran novela aproximadamente autobiográfica que se negaba a publicar en vida; tres colecciones de relatos, varios de ellos con galardones nacionales; dos tomos de poesía escogida (¿o eran ya tres?); y un asombroso volumen de… crónicas de viaje, por llamarlas de algún modo, reunidas bajo el título Recorridos por Centroamérica con un guía inútil y otras prosas sueltas.
Por supuesto que Antonya había leído todas las obras de la autora que podían encontrarse en las librerías y bibliotecas de Manhattan. Era lo menos que podía hacer para acercarse al universo creativo de una de las figuras en el pináculo de su panteón personal de héroes literarios.
Y resulta que ahora, en escasos cinco días, poco más de cien horas, la iba a conocer personalmente, a escucharla de viva voz, estrechar la mano con que escribía y compartir con ella la mesa, el pan y el vino, invitada a Austerville, una casona rural en la región de los Montes Catskill (donde estaba ambientada su novela anterior en la cual residía la autora con su esposo, Laramy Monroe, ex profesor de Geografía en las universidades de Princeton y Harvard, jubilado doce años atrás.
Todo por un simple azar, una dádiva del destino, reconsideraba Antonya. Gracias también a su insistencia, su determinación de escribirle puntualmente una vez a la semana desde aquella tarde, cinco meses atrás, cuando consiguió su dirección postal por intermedio de un traductor literario que impartía clases de filosofía en el mismo instituto en que enseñaba biología Thomas Ehrderling.
A la veintena de cartas enviadas por Antonya, algunas de ellas densas, prolijas, con comentarios elogiosos sobre las obras de Lippitz e introspecciones alrededor de sus propios escritos, la destinataria sólo había respondido en cuatro ocasiones, si bien en ningún momento la había disuadido de que siguiera escribiéndole, y en una de las cuatro misivas, por la razón que fuera, se había explayado varias páginas evocando novelas dilectas que había leído y sopesando cáusticamente sus más recientes (y decepcionantes) lecturas… De igual a igual, de creador a creador, de escritora a ídem, anotó ese día Antonya en su libreta, tratando así de infundirse ánimos para terminar un relato que se le había quedado atollado en las primeras páginas.
*

Cuando Antonya acabó de leer la carta de Lena Marie Lippitz, su impulso inmediato fue correr hacia el teléfono para aceptar la invitación de inmediato y negar cualquier tipo de alergia gatuna, floral o campestre. Solo que no tenía su número y sabía que sería muy complicado conseguirlo. O mejor dicho, imposible. Recordó que había leído meses atrás en un artículo de un periódico neoyorquino, tal vez el Daily News, que la escritora sólo revelaba su teléfono a dos o tres amistades, otros tantos colegas escritores, a su traductor al español, la traductora al alemán, y pare de contar. Y por supuesto a su agente literario… El de turno, pues por más contratos y dinero que hubiese de por medio, Lena Marie Lippitz se cansaba de ellos y ellas con la misma facilidad con que ellas y ellos se exasperaban con sus excentricidades y manías… Pero esa era otra historia. Una historia que hasta la fecha Lippitz sólo había abordado, de pasada, en un relato de electrizante carga erótica, “Porcentajes, descuentos y traiciones”, publicado por la revista New Yorker en un especial de cuentos del verano.
Acto seguido pensó subir al dormitorio a compartir las buenas nuevas con su… eso era, con su “bienamado”, como se burlaba Lippitz en aquella carta. Pero es que a sus 29 años, Antonya Holbert era incapaz de llamar boyfriend, novio u otra sandez por el estilo a Thomas. Máxime cuando él rondaba la cuarentena.
Se detuvo. Recordó que el dormitorio estaba vacío: Thomas impartía clases a primera hora todos los martes de otoño…
Aunque pensándolo bien, se dijo Antonya, él no habría valorado cabalmente lo que acababa de ocurrir. No por falta de sensibilidad o de capacidades, desde luego, sino simplemente porque sus intereses profesionales y personales se situaban muy, muy lejos de la literatura contemporánea. Y más aún de una autora tan compleja y tan irreverente como Lena Marie Lippitz.
Pero aún quedaba un lapso durante el cual preparar a Thomas para la visita, para instarlo a leer, por lo menos, una de las colecciones de poemas de la anfitriona, un par de sus cuentos más antologados, fragmentos selectos (y subrayados por Antonya) de alguna de sus novelas. O los Viajes por Centroamérica con un guía etcétera.
Algo leería Thomas, si ella le insistía. Para ser justos con él, nunca se cerraba del todo a ninguno de los proyectos de su amada, ni siquiera a su idea de tomar un curso de paracaidismo el verano anterior. Y de todos modos, aunque leyera poco y aportara poco a la parte literaria o etimológica de la visita, él sería el encargado de los detalles prácticos del viaje: trenes, taxis, propinas, horarios y provisiones. A final de cuentas, Thomas iba a estar a la altura, se tranquilizó Antonya, mientras empezaba a prepararse para su turno de la mañana en la agencia de publicidad Williams and Ridge, donde trabajaba como supervisora de la producción de anuncios.

*

Habían perdido el tren de las doce y cuarto. De modo que allí estaban Thomas y Antonya en frente de la desolada estación de Winthrop, a la espera de que uno de los tres vehículos que prestaban servicio de taxi en el pueblo hiciera su aparición para recogerlos y transportarlos a la casa de las afueras que habitaban Lena Marie Lippitz y su consorte.
Llegaban a Winthrop con un par de horas de retraso. Dos horas y doce minutos para ser precisos. El tren que debían tomar lo perdieron por escasos tres minutos. Alcanzaron a ver cuando se alejaba de la estación, tal como ocurría en las películas francesas de entreguerras, mientras en la fértil imaginación de Antonya ella y Thomas salían corriendo detrás y en el último segundo posible se trepaban de un brinco… Si tan sólo la vida fuera una película y Nueva York un París somnoliento en tonos ocres y cámara lenta; si ella no llevara puestos unos tacones –moderados, pero tacones al fin–; y si no fuera tan incómodo para Thomas correr detrás de un tren llevando en brazos la caja plana de cartón que contenía el voluminoso bistec a la pimienta verde que había comprado aquella mañana en un supermercado de Soho.
A Thomas se le había ocurrido lo del bistec la noche anterior mientras tomaban la última copa en un restaurante de Chelsea. Era su aporte a la velada literaria que tanto anticipaba su querida Antonya. En parte un gesto de buena voluntad hacia los anfitriones y en parte de reconciliación con las Bellas Letras y sus practicantes. ¡De respeto debido!
¡Malhaya la hora que se le ocurrió!
Pero ya no había vuelta atrás. El caso es que habían perdido el tren por culpa de él.
El caso es que habían perdido el tren por culpa de ella.
En la versión A porque aquella mañana, después de comprar la carne, Thomas se había encontrado con dos colegas de la facultad, se había entretenido tomando una cerveza con ellos y había vuelto al apartamento cuarenta minutos más tarde de lo acordado. ¡25 solamente! ¡Por lo menos 45! ¡Máximo media hora! ¡Lo que sea, pero tarde!
En la versión B porque cuando ambos ya estaban listos después de sendas tardanzas y cuando ya Thomas la esperaba junto al ascensor con los maletines de mano, una botella de whisky para los anfitriones y el bistec para los cuatro, a Antonya se le había ocurrido regresar al dormitorio a cambiarse de bufanda y probarse otro sombrero.

*

–¿Me advertiste que qué? –preguntaba ahora Thomas hoscamente mientras se sentaba sobre las desvaídas escalinatas que conducían de la estación de Winthrop a la calle principal del pueblo.
–Que volvieras al apartamento hora y media antes de la salida del tren para poder preparar todo con calma.
–Pero vamos a ver, ¿cuál de los dos tuvo la idea de un desfile de modas a última hora?
–Por favor, Thomas; ¡no empieces!
–De acuerdo, de acuerdo… ¡Pero a quién se le puede ocurrir buscar un sombrero más colorido para que no lo vea una anciana ciega!
–¿Ciega? ¡Ciega!
–¿Acaso Lina o Lena, o como se llame, no se quedó ciega? Según los poemas que me hiciste leer.
–¡Thomas! Primero que todo yo no te obligué. ¡Ni te he obligado jamás a leer nada! Ni siquiera mis escritos… Simplemente quería que tuvieras una pequeña noción, al menos una mínima idea, sobre la obra de una gran escritora de nuestros tiempos que vas a tener el gran honor de conocer. Y desde luego que no es una anciana. Tiene 66 años y está en la plenitud de sus facultades. ¡Ni anciana ni ciega! Aquello de la visión negada o de los ojos en blanco no es más que una metáfora que utiliza en varios de sus poemas recientes. Un recurso literario bastante amplio, general; algo así como una metáfora colectiva de la condición humana. O de la situación actual del continente…
–Ah, ya veo; gracias por iluminarme –dijo él con la sonrisa irónica que tanto desagradaba a Antonya.
–Lo que pasa, Thomas, es que la poesía no se puede leer mecánica, literalmente. La literatura en general no se puede leer literalmente.
–¿Ah, no? ¿Entonces cómo, Antonya? ¿Químicamente? ¿Aerodinámicamente?
–Thomas, por favor, no te pongas así… No quería ofenderte… Es sólo que estoy muy nerviosa. Tú no te imaginas lo que este encuentro significa para mí, esta oportunidad de conocer en persona a uno de mis autores favoritos.
–Sí, sí me imagino, sí me imagino, Antonya… Mira, ese automóvil negro debe ser nuestro taxi… Espera, espera… Que no vaya a seguir de largo ¡Taxiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!
*

–¿Qué es lo que huele tan mal? –preguntó Lena Marie Lippitz, sentada en la sala con un libro en su regazo en cuanto su marido abrió la puerta a los recién llegados.
Thomas y Antonya depositaron en el suelo lo que traían en las manos, del lado de la escalera de acceso, no de la moqueta.
–Muchísimas gracias por la invitación a su casa, señora Lippitz –enunció Antonya–. Es un honor para mí y para Thomas…
–Llámeme Lena, simplemente. Y a él le pueden decir Larry, para abreviar. Pero que alguien me diga, ¡por favor!, que alguien me diga qué es ese olor tan espantoso…
–Una carne estupenda que compré en… –empezaba a decir Thomas, pero el profesor Laramy lo interrumpió, levantando una mano que parecía interponerse entre ellos y la escritora, quien continuaba sentada inmóvil, sin mostrar la menor intención de levantarse para recibir a sus huéspedes.
–Lena, corazón, calma por favor. ¿Y por qué no dejas que repose un rato tu copa de vino? Son apenas las seis de la tarde. Y estos buenos muchachos deben estar cansados del viaje.
–¡Que descansen!
–Lena… Lena… ¿Qué te dije anoche? ¿Qué me prometiste esta mañana? El hecho es que ya están aquí y además son dos jóvenes muy guapos. Altos, bronceados, de cuerpos bien contorneados. Hacen una pareja bellísima. Ya verás. Pero ven aquí, cariño, ven aquí para que lo juzgues con tus propios ojos… Con tus propias manos.
–Esto no me gusta nada, Antonya. Me parece que deberíamos irnos de aquí ya mismo–masculló Thomas.
–Por favor, Thomas, cálmate ¡Te lo ruego! Compórtate.
–¿Pero qué cosa han traído estos dos de la ciudad? ¿Qué es ese olor tan insoportable?
El profesor Laramy Monroe acercó su bigote poblado y gris a la oreja, pómulo y ceja de Antonya Holbert para decirle algo en susurros. Luego conversó en voz muy baja con Thomas Ehrderling y un instante después volvió a hablar en dirección de la sala.
–Es carne, Lena, cariño. Nada más que un filete de res, por lo visto muy costoso, que este par de muchachos trajeron de Nueva York con la mejor voluntad. Para preparar aquí en la parrilla. Y ya que han viajado toda la tarde y que han tratado de ser tan amables, yo creo que deberías hacer una excepción. Aunque sea una vez, Lena por favor. Un par de bocados de carne no te van a matar.
–Naaaaaahhhhhhhhhh –rezongó la escritora, arrojando al suelo la novela que reposaba en su regazo–. Retiren esa cosa de mi vista, de mi olfato… ¡De mi casa! Que la dejen en la carretera, la tiren por el pozo séptico. O que la manden de vuelta en el taxi. Lo que sea, pero esa inmundicia tiene que salir de aquí ahora mismo.
–Pero Lena, cariño, ¿por qué no les advertiste antes que en esta casa nunca…?
–¡Jamás me pasó por la cabeza que hacía falta, Laramy! Te juro que en todas las cartas ella sonaba como una persona sensible, respetuosa de todos los seres vivos. Una vez me escribió sobre las fuentes del hinduismo, otra vez un elogio del gran maestro yoga Sivananda. Entonces ¿cómo me iba a imaginar que eran carnívoros? ¿Cómo habría podido pensar que iba a pasar esto?
–Lena, Lena, deberías saberlo mejor. Acuérdate de lo que pasó con los Fleming. ¡Acuérdate que escena se armó!
–Antonya, esto no puede seguir. Nos vamos de aquí ahora mismo –dijo Thomas, esta vez alzando progresivamente la voz para que también lo escucharan los anfitriones.
–No, no, no, ni hablar –protestó el profesor Laramy bajando la voz para que no llegara hasta la sala–. Yo me encargo de todo. Lena tiene a veces reacciones bruscas que a mí mismo me dejan asombrado. Pero por lo general se le pasan después de un rato. Todavía es posible que se arreglen las cosas.
–Tal vez sea mejor que regresemos otro día… –empezó a decir Antonya.
–Sí, claro; con una cena vegetariana y agua aromática para todos –añadió Thomas, dejando que el sarcasmo se apoderara de su voz.
–Que no, que no; ya dije que ni hablar del tema –replicó el profesor–. Tú ve a tirar la carne a aquel contenedor (a Thomas). Y tú (a Antonya) siéntate conmigo en aquel sofá y no hables palabra hasta que yo te lo diga.
–¿Ya se deshicieron del trozo de vaca?! –vociferó Lena Marie Lippitz poniéndose en pie y encaminándose hacia el sofá en el que estaban sentados hombro con hombro su invitada y su marido.

*

Cuando estuvieron todos de regreso en el interior de la casa, en un salón amplio y en semipenumbra situado entre la cocina y la biblioteca, el profesor Laramy Monroe y Antonya en mitad del sofá, Lena Lippitz en una silla mecedora y Thomas sobre un incómodo taburete que había acercado de la cocina para no tener que remover los periódicos, libros, revistas y juguetes de hule para los gatos que cubrían las sillas y sillones, el profesor pidió que todos guardaran silencio un par de minutos.
–Es preciso que Lena repose un poco y que las pastillas de valeriana empiecen a obrar efecto –les dijo en voz muy baja–. En este momento es mucho mejor el silencio, que nos vayamos conociendo sin hablar, que experimentemos la presencia del otro, de los otros. La paz.
Dos veces trataron de romper el silencio los visitantes; la primera vez Thomas en un intento fallido por elogiar las flores silvestres puestas de cualquier manera dentro de un jarrón; la segunda Antonya, medio minuto después, mientras ojeaba una novela de Peter Handke que se encontraba entreabierta sobre una de las mesillas auxiliares.
–¿Pero qué acabo de decir, Antonya preciosa? –la reprendió afectuosamente el profesor Laramy, colocando su mano áspera y callosa sobre el antebrazo de la joven.
*

De repente Lena Marie Lippitz descargó en el suelo la gata persa cuyo lomo había estado acariciando hasta aquel instante, se incorporó y habló, dirigiendo su mirada hacia un sitio intermedio entre su esposo y la biblioteca:
–Laramy, cariño, ¿por qué no nos pones un poco de música? Escuchemos otra vez a María Callas. El mismo disco de anoche. Y sírvele a los muchachos una copa de vino…
–Sí, cariño, desde luego; antes de que te lo tomes todo tú –respondió él con una de esas risas sin entusiasmo que suelen denotar una broma privada repetida por enésima vez.
Y así, sin otro punto de transición, se reanudó la velada y se restableció la conversación como si no hubiera pasado nada.
Nadie mencionó la carne arrojada a la basura… Hablaron de libros, de viajes, de publicaciones, de agentes literarios (o sea, habló Lena casi todo el tiempo), pero no de alimentos y mucho menos de carne. Antonya tampoco mencionó lo mucho que le incomodaban los muchos gatos que se paseaban por entre los muebles, las plantas, los libros y revistas, incluso por entre las galletas y quesos que reposaban en una mesa lateral. Thomas Ehrderling no mencionó lo mucho que le incomodaba que la escritora se hubiera acercado tanto al espacio que él ocupaba que podía sentir su aliento rozándole la nuca. Y no le quedaba nada fácil apartarse porque ella lo tenía asido de un brazo. Supuestamente para mantener el equilibrio. Nadie se acordó de los dos cuentos que Antonya iba a leer esa noche. Y Lena Marie Lippitz en ningún momento se acordó de darle las gracias por las Confesiones de un idólatra impenitente, que Antonya por fin había encontrado después de buscar en seis librerías.

*

Fue hacia el final de la tercera botella de vino –hasta ese momento repartido de manera más o menos equitativa entre los cuatro– que Antonya tuvo una revelación contundente, como un fogonazo, que habría de perseguirla el resto de la vida. O al menos el resto de la visita y del viaje en tren a Nueva York vistas las cosas desde una perspectiva menos etílica. A saber, la enorme disparidad, más aún, el abismo insondable, que existe entre el simple talento creativo –por más abundante y generoso que sea– y el verdadero don de la genialidad.
Qué descorazonador resulta entonces asomarse a mirar desde el precipicio del talento a secas y constatar que se está a una distancia insalvable del genio creativo, pensaba Antonya mirando en dirección de la genial –y en aquel momento tambaleante– Lena Marie Lippitz… La incomparable, la incandescente escritora que en ese preciso instante recorría la sala de estar del brazo de Thomas, encantada con las historias banales que él contaba mientras que a Antonya apenas le había dirigido la palabra en toda la velada.
Así de caprichoso es el don de la genialidad concedido por dioses caprichosos, se dijo Antonya, tomando otro sorbo de su copa de vino. A veces un don tan arbitrario que va a recaer en individuos que lo maltratan, que lo malgastan, que en ocasiones simple y llanamente no lo merecen. Por la manera deplorable en que tratan a sus congéneres. O a sí mismos. Por la manera insensata en que malbaratan aquel tesoro. ¿O sí lo merecen? ¿O precisamente por eso lo merecen?
¡Basta! Aquello no lo iba a resolver Antonya en ese momento tan poco propicio, pero no podía menos que lamentar la injusticia tremenda: una vida entera dedicada a cultivar el talento propio y de repente se entra en contacto y en contraste con un creador dotado del don de la genialidad y entonces se comprende que todo esfuerzo es vano. Que nada de lo que uno haga en el terreno artístico, por meritorio que sea, le llega a los tobillos a lo que es capaz de crear un espíritu genial con un esfuerzo mínimo: un trazo pictórico al azar (inimitable, irrepetible), los acordes iniciales de una composición (que podría pasar a la historia si le diera la gana), un párrafo cualquiera, redactado de prisa, tan denso y fulgurante que se transforma en muchísimo más que la suma de sus palabras…
En ese momento Antonya se vio obligada a interrumpir sus disquisiciones pues habló la voz de la genialidad, encarnada en su muy eximia y muy borracha representante, Lena Marie Lippitz:
–Cariño, volvemos en seguida –le dijo a su esposo con un tono que pretendía ser juguetón, divertido, y sólo sonaba beodo–. Thomas me va a acompañar al estudio para que le enseñe la colección de cerámicas mayas.
–Ten cuidado de no quebrar nada, cariño –le respondió el profesor con una sonrisa solapada, de camino hacia el sofá para sentarse de nuevo al lado de la joven visitante–. ¿Y por qué no aprovechas para mostrarle también las figurillas aztecas mientras yo hablo con Antonya? Esta noche nos queda a los cuatro mucho por compartir, muchísimo. No hay la menor prisa. Hace siete minutos y medio salió el último tren a Nueva York.

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