Un Viaje Desagradable. Autor: Néstor Quadri

Se encontraba sentado esa tarde junto a la ventanilla del tren mirando el   paisaje, que se desplegaba en el ocaso ante sus ojos, con una hermosa puesta de sol. Luego, al llegar la oscuridad, comenzó a ser salpicada por los brillantes puntos plateados de las estrellas que titilaban en el cielo.

Era un hombre joven y de físico fornido que se desempeñaba como enfermero en la dependencia municipal de emergencias sanitarias en la ciudad donde vivía, en una tarea compleja de permanente compromiso y responsabilidad. Este viaje era una asignatura que tenía pendiente desde hacía mucho tiempo, pero siempre lo había postergado por las asistencias urgentes que se le requerían continuamente.

Pero en los últimos tiempos había tenido algunos problemas con su sistema nervioso, por lo que el médico le había recetado unas gotas tranquilizantes y que se tomara varios días de licencia en su trabajo para recuperarse adecuadamente. El enfermero era reacio a ingerir esos remedios que le embotaban el cerebro, pero le entusiasmó sobremanera el diagnóstico de tomar un período de descanso en sus tareas.

Por tal motivo, luego de coordinar todo con gran cuidado de modo de no afectar las tareas que desarrollaba, había programado ese viaje de vacaciones teniendo en cuenta el más mínimo detalle, con objeto de poder descansar placenteramente entre las montañas.

Mientras el tren recorría los kilómetros con la voracidad de un león hambriento persiguiendo una presa invisible, se encontraba cómodamente ubicado, dado que había pocos pasajeros en el vagón y el asiento de su acompañante no había sido ocupado. Nunca pensó, ni por asomo, que luego se le tornaría tan desagradable ese viaje en tren.

En un momento dado, cuando le sobrevino el sueño, alzó el pestillo del asiento y haciendo presión con la espalda, el respaldo se inclinó silenciosamente hacia atrás, y se entregó al descanso. No sabía por cuánto tiempo estuvo durmiendo, pero al volver a abrir los ojos en la madrugada en la oscuridad del vagón, la ventanilla estaba iluminada por la tenue luz de la luna llena, donde se veían a lo lejos y entre las sombras, unas hermosas montañas con sus picos nevados.

Creía que esa luminosidad lo había despertado, pero de inmediato descubrió que era consecuencia de la voz baja y monótona de un hombre sentado en el asiento de atrás, que hablaba prácticamente sin parar. Debía estar hablando con su mujer, que evidentemente no le contestaba y se mantenía en silencio.

El enfermero trató de percibir lo que le decía y comprendió que le reprochaba que no le prestara ninguna atención, que se la pasaba charlando con sus amigas, que no hacía las tareas de la casa y que vivía rodeado de suciedad. Le pareció ridículo que ante esas permanentes acusaciones, la pobre mujer se mantuviera callada y no esbozara ninguna respuesta para defenderse.

Dedujo que el hombre que hablaba estaba ubicado justo detrás de él y su sumisa mujer estaría sentada en el asiento que daba al pasillo. Como realmente le molestaba ese monótono susurro y quería volver a dormir, se limitó a emitir un corto chistido para que se callara.

– ¿Escuchaste ese chistido?-, dijo el hombre enojado. Como la mujer tampoco contestó, supuso que posiblemente, ella también estaría agradecida de aquel pedido de silencio. Sin embargo, el hombre no prestó ninguna atención a su reclamo y siguió con su molesta verborragia. Entonces, tosió varias veces, como forma de aclararle que estaba despierto, que escuchaba todo y que su paciencia ya se estaba acercando al límite.

– ¿Oíste?… ahora tose el desgraciado -, dijo el hombre alzando bastante el volumen de la voz. Escuchó el ruido en algunos asientos del fondo del vagón donde, sin dudas, algunos pasajeros se habrían despertado.

Y entonces, se hartó. En una reacción espontánea se impulsó con el respaldo hacia adelante, y luego se dio vuelta y se irguió rápidamente en su asiento, para recriminarles. Pero la frase de protesta que iba a decirles se le quedó atragantada en la boca, cuando constató que solamente estaba sentado un hombre viejo y el asiento que daba al pasillo, donde debería estar su mujer, estaba desocupado.

Mientras el estupor lo invadía, miró hacia todos lados, pero realmente no había nadie. Sólo se trataba de un viejo, que lo observaba inocentemente con sus ojos de sorpresa y que seguramente estaba desequilibrado mentalmente. Entonces, se le fueron las ansias de protestar y sin decir absolutamente nada, volvió tranquilamente a sentarse en su posición normal en el asiento.

Evidentemente ese viejo estaba en un estado tal de locura, que lo hacía desvariar. Luego, como había vuelto el silencio, pensó que ese pobre desdichado seguramente debía haberse apaciguado ante su repentina reacción. Finalmente pudo relajarse, echó nuevamente el asiento hacia atrás y luego de unos instantes, sus párpados se cerraron y nuevamente volvió a sumergirse en el sueño.

Al poco tiempo, el enfermero sintió que comenzaba a faltarle el aire. Entonces se despertó sobresaltado, sintiendo desde atrás la presión de dos manos frías que con sus dedos lo estaban estrangulando. Invadido por la angustia, luchó con todas sus fuerzas para separar esas manos de su cuello. Finalmente, gracias a su gran capacidad de resistencia y contextura física, logró zafarse y volvió nuevamente a absorber el aire a bocanadas y con desesperación.

Mientras tanto, el viejo que estaba parado en el asiento de atrás, lo miraba impasible, con su cara inocente de indulgencia y luego, silenciosamente se sentó en su asiento. Al cabo de unos instantes, el enfermero se fue reponiendo indignado y como tenía atorada la garganta emitió un enérgico carraspeo, como forma de despejarla, pero el sonido que produjo retumbó como una especie de chillido, que estremeció a todo el vagón.

Luego de un momento, alcanzó a ver que por el pasillo se acercaba con su cara de sueño el guarda del tren, mientras él estaba masajeándose el cuello, sintiendo la boca pastosa y la lengua le parecía que le pesaba una tonelada. Seguramente, los pasajeros del fondo del vagón al escuchar el grito, habrían ido a despertarlo para advertirle de la situación, sugiriendo que podía haberle dado un ataque.

– ¿Pasa algo, señor? ¿Se encuentra bien?-, le preguntó el guarda tratando de aparecer lo más amable posible cuando llegó a su asiento.

El enfermero quiso responderle que el viejo de atrás había tratado de ahorcarlo, pero por más que lo intentaba, las palabras no querían salir de su boca. Había quedado mudo y no podía hablar. Entonces el guarda se inclinó hacia él para cerciorarse entre esas sombras, que ese ser humano estaba vivo y respiraba.

– No se haga problemas, seguramente ha tenido una pesadilla y puede haberle dado un ataque de pánico. Trate de tranquilizarse tomando un poco de agua de esa botella que tiene junto a usted y por cualquier cosa que le suceda me quedaré en el vagón en un asiento cercano para ayudarlo -, le dijo el guarda en forma pausada y amistosa

En tanto, el enfermero con su garganta estrujada, seguía sin poder emitir respuesta alguna. Luego, mientras lentamente comenzó a calmar su angustia tomando sorbos de agua mineral de la botella, notó que prácticamente en el mismo momento de sentarse en el asiento, el guarda cayó vencido por el sueño.

En ese mismo instante, el viejo de atrás comenzó nuevamente con su perorata, pero ahora era como un susurro monocorde, que casi no se escuchaba. Parecía que su enojo con su mujer invisible no había disminuido y continuaba con sus continuos reproches.

Ese murmullo y su indignación por lo que le había hecho, le carcomían y alteraban sus enfermizos nervios. El enfermero sentía que su voluntad de no reaccionar estaba a punto de quebrarse. Hasta que cuando ya el delirio se hizo tormenta en su cerebro, tomó el frasco del tranquilizante y se levantó sigilosamente, sentándose al lado del viejo, donde debería estar su invisible mujer. Sorprendido en la oscuridad del tren el anciano abruptamente cesó el parloteo.

Entonces, rápidamente el enfermero lo tomó firmemente del cuello con sus dos manos. El viejo intentó defenderse con sus débiles fuerzas pero todo fue inútil. Con su técnica profesional se dedicó a comprimir las arterias caróticas que irrigan al cerebro de sangre, lo que rápidamente provocó que el viejo quedara semiinconsciente y que se aflojara, cesando su resistencia.

Inmediatamente dejó de apretar su cuello y le introdujo en la boca varias gotas del tranquilizante que le habían recetado. Todo ocurrió silenciosamente y prácticamente en pocos unos minutos. Sabía por experiencia que luego que se restableciera del apretón en el cuello, la cantidad de gotas que le había suministrado lo mantendrían durmiendo tranquilamente durante el resto del viaje.

Luego de verificar que la respiración y el pulso del viejo eran prácticamente normales, lo acomodó prolijamente el cuerpo en el asiento de modo que pareciera que estuviese durmiendo dulcemente y volvió silenciosamente a su asiento con el rostro fatigado. Por fin, había restituido la normalidad y había terminado con esa tortura.

Poco a poco, al enfermero se le fueron apaciguando sus nervios, pero ya no pudo conciliar el sueño. Después de un buen rato de permanecer despierto y expectante en su asiento, observó que el guarda se despertó y se retiró apurado, ya en la claridad del amanecer.

Allí comprendió que el tren había llegado a destino, porque estaban ingresando en la estación terminal. Antes que el tren se detuviera, tomó su equipaje y corrió hacia la puerta decidido a ser el primero en bajarse, por cualquier eventualidad que pudiera ocurrir con el viejo cuando llegara a despertarse.

Sin embargo, cuando el enfermero se retiraba caminando rápidamente por el andén, quedó paralizado de terror, al sentir el alarido estridente de una mujer que provenía del vagón, que hizo prácticamente temblar a toda la estación. Inmediatamente, un pensamiento nefasto cruzó por su mente.

-¿”Había matado al viejo”?- se preguntaba compungido. Si bien el subconsciente le decía que debería volver para ver que le había ocurrido al viejo y eventualmente tratar de hacer algo para reanimarlo, la prudencia le indicaba que de ninguna manera convenía aparecer por allí. Finalmente decidió quedarse esperando en un bar de la estación, para ver lo que había pasado. Luego de un rato vio al guarda del tren que venía al bar tomar un refrigerio, quien al reconocerlo, se paró y lo saludó con cortesía.

– ¿Escuché un grito de una mujer en la estación, ha ocurrido algún accidente? -, le preguntó inmediatamente.

– No hubo ningún accidente. El grito fue proferido por una vieja mujer que estaba muy alterada, porque al descubrir a su anciano marido inconciente sentado en el vagón, creía que estaba muerto, pero no ha pasado nada porque inmediatamente lo han reanimado – le contestó sonriente el guarda.

Al escucharlo respiró aliviado, mientas el alma volvía al cuerpo del enfermero y entonces, retribuyéndole la sonrisa se despidió muy cordialmente. Luego mientras se dirigía a la parada de taxis para que lo llevaran al hotel que tenía contratado para realizar su tan ansiado descanso placentero entre las montañas, no podía dejar de sonreír. Pensaba que era muy posible que el grito de la mujer invisible cuando creyó ver que el viejo había muerto, no haya sido de espanto, sino más bien de alegría.

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