Dame un beso que me sepa a café-café. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

para que se me acelere la piel, como en la canción que suena en la chiva cantarina y colorista que recorre el eje cafetero colombiano… pero hasta que no vaya a ese lugar -donde también se cultiva café arábigo y aromático, aunque éste de aquí tiene más cuerpo- pues te cuento…

El mismo verdor húmedo e intenso, la misma lluvia cada día, la misma bruma que todo lo cubre por momentos, la misma altitud, las mismas bolitas verdes y luego rojas en la mata, en una planta pequeña o en un arbusto más grande, el mismo olor a tierra mojada… como el aroma que desprende la piel de nuestra heroína, todo igual pero en otro continente…

Y nosotros iniciamos una minirruta del café, no muy lejos del techo de África, el Kilimanjaro, habiendo visitado antes Arusha, la población que sirve de base a los intrépidos que se atreven al ascenso hasta la montaña blanca o brillante, formada por tres volcanes y cuyos hielos se están deshaciendo por instantes hasta hacer derretir incluso el título de la película Las Nieves del Kilimanjaro, cuyo prota es uno de los actores favoritos de mi madre, Stewart Granger…

Teníamos un guía muy simpa y nos escoltaba nuestro perenne Rafael, o así decía él que lo llamásemos, claro, a causa de su impronunciable nombre de nacimiento, e iba con unos cuantos tragos de más, como siempre, pobre, no de aguardiente precisamente, ni de whisky, sino de ese brebaje de cerveza de aquí, que es amargo, te deja la panza hecha polvo, que sabe a mil demonios y que probamos al día siguiente en una casita de adobe en medio de la selva.

Aunque no es octubre, época de recolección allí, aquí es invierno… Y extraemos el fruto del cafeto, poquito a poco, con mano cuidadosa para que no se estropeen las delicadas cerezas del café, como aceitunas pequeñas, mojadas y relucientes por el rocío de la mañana y que coloco en la palma de mi mano con mis temblorosos dedos…

Después los llevamos a la despulpadora para separar la pulpa en una maquinita que parece de juguete, más tarde nos dirigimos ante las telas de secado, apoyadas en burdos palitroques, dispuestas allí en un campo, donde los granitos se van calentando con el sol, poco a poco; luego el guía batea los granos, se colocan en una vasija rota y a fuego lento se van tostando hasta que se colocan ya negros en una vasija de arcilla y, con una maza, dos de nuestros compas de viaje van batiendo, como al son de la canción La vieja molienda, hasta que el café se ha convertido en polvo negruzco de intenso aroma y marcado sabor…

Y yo quisiera llevarme a casa a esos niños que, sonriendo, asoman sus caritas por la ventana de la casita en cuyo porche tomamos ese café preparado de la forma más artesanal que he visto… Cómo querría llevarme a todos los niños y niñas que nos vamos encontrando, mientras damos un paseo de casi tres horas por los “jardines arbóreos”, los dominios de la etnia cuyo nombre lleva el mejor café del país, Chagga.

En tierras de los Chagga (Tanzania)

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