El Alimento de los dioses. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

Aquel era un viaje largamente ansiado, preparado con mucho tiempo y sufrido hasta el último instante, puesto que, poco antes de mi partida, no sabía si podría realizarlo, porque la ruta que tenía pensada se había anulado por falta de viajeros… y mi mundo de sueño viajero se vino abajo: tenía que unir dos itinerarios totalmente distintos, como en un encaje de bolillos, en un país maravilloso, pero difícil por la inseguridad en que unos desalmados lo han convertido, al que todo el mundo me desaconsejaba ir, empezando por mi familia, que me quiere bien, y no sabía cómo hacerlo si una parte del recorrido se desbarataba, total, que rápidamente cambié de planes, a la fuerza, y me uní a un grupo que hacía una ruta muy bonita por el gran país, aunque México, mi México lindo y querido, es precioso de norte a sur, de este a oeste, de los cabos de ensueño de la Baja California, al desierto del norte con sus correcaminos, quizá no tan tontos como aquél de nuestra infancia, con el que tanto nos reíamos; de los campos de agave azul en las zonas altas de Jalisco al Pacífico azul intenso en Puerto Vallarta; de los músicos callejeros en el barrio de Coyoacán en México D.F. al huracán que me pilla de lleno en los templos de Tulum, en época de lluvias, en el verde Caribe; de los libros custodiados en la que fue la primera biblioteca pública de América, la antigua Biblioteca Palafoxiana de Puebla, al Cañón del Sumidero, al que llegamos después de una noche de viaje en la que no dormí -como me acostumbra a pasar- y vi en la planta las primeras bolitas rojas de café de América, en aquel restaurancito de la ruta; de la hermosa San Cristóbal de las Casas y su Museo de la Medicina Maya, con su jardín perfumado de plantas medicinales hasta la espesa y esmeralda Selva Lacandona donde…
Como en un telón que se abre poco a poco caminamos expectantes por un sendero de tierra repleto de plantas exhuberantes, enormes árboles y flores incendiadas de rojo fuego… hasta que el telón me deja ver la primera imagen de la ciudad: una pirámide escalonada, tapizada de plantas en algunos de sus irregulares y altos escalones… y ya ahí una atmósfera de humedad selvática y extraña, de emoción inesperada y bendita te invade el cuerpo y el corazón y ya no se desprende de ti nunca jamás… Palenque y sus templos en medio de ese verdor, que compiten en color con la máscara de jade de su señor Pakal el Grande, cuya réplica hemos visto en el Museo del Jade de San Cristóbal de las Casas, se queda en tu retina, así como esa humedad que se pega a tu piel y te hace sentir que estás en el trópico, que estás más viva que nunca, aunque te estés muriendo de calor…
Camino unos pasos pero ya veo de lejos el Templo de las Inscripciones, en una pirámide escalonada, decorado con toldos azules, que lo protegen por las obras, interminables en todo yacimiento arqueológico, y que lo hacen vivo… Y el silencio que se escucha por toda la ciudad -aunque hay bastantes visitantes- aquí se hace más venerable, puesto que se trata del lugar donde se encontraba la cripta funeraria del rey maya, en lo más profundo de la pirámide… Y volteo el rostro porque un viento helado me ha hecho estremecer y me ha parecido distinguir sus ojos tras la máscara de jade, allí apoyado en el tronco de aquel amate milenario…
Nos dirigimos al Palacio, y desde allí contemplo una de las imágenes típicas del yacimiento y de las más bellas que he visto en mi vida: la silueta de una torre solitaria envuelta en la bruma húmeda de la selva… Contemplo extasiada los relieves del conjunto de edificios y me hacen fotos tras grandes columnas, esas fotos que tanto me gustan a mí… En una de esas fotos se puede ver al fondo el Observatorio, torre que forma parte del Palacio… y aún podemos ver restos de las preciosas pinturas que decoraban los muros… Subimos y bajamos escalones, entramos en cámaras oscuras, miramos a través de aberturas en los muros, nos asomamos a terrazas desde donde divisamos el paisaje que nos rodea…
Nos dirigimos hacia el Acueducto, y con el calor que tengo, quién pudiera bañarse en el agua fresca del río Otulum, nombre por el que la ciudad era conocida por el pueblo chol, los hombres creados del maíz… El maíz, vida y sustento de América, como siempre me dice una amiga mía mexicana…
En el conjunto de templos de las Cruces coincidí con mis amigos de viaje argentinos y subimos juntos al Templo de la Cruz Foliada, con una vista fantástica de los tres templos, éste, el Templo del Sol, muy bello, y el Templo de la Cruz, al que ascendió casi corriendo sólo mi amigo viajero, que parecía subirlos a ritmo futbolero, mientras su mujer y yo lo mirábamos desde abajo y sufríamos al pensar que podría caer rodando por aquellos altos escalones…
Sigo caminando por el recinto y me voy acercando a la Pirámide del Conde, cuyo nombre se debe al explorador J. F. Waldeck, quien parece ser que habitó aquel lugar mientras hacía bosquejos del yacimiento, queriendo emular a los antiguos reyes mayas al colocarse un título que no tenía…
Así es como recuerdo Palenque: la niebla que envuelve los templos en medio de una húmeda y verde selva tropical, un lugar en el que parece haberse detenido el tiempo… y yo con él… allí contemplando tanta belleza…
Y veo a mi alrededor a los habitantes mayas de aquella antigua ciudad, que han salido a recibirme y me ponen alrededor del cuello un amuleto de jade para que tenga suerte en la vida… Me toman de la mano y me llevan a una de sus casas de madera y palma y me ofrecen una humeante taza de cacao, moneda de cambio para ellos, alimento de los dioses y, por lo tanto, extraordinario que se lo sirvan a una simple turista como yo… perdida en los sueños de Palenque mientras…
Saboreo un chocolate con canela en una pequeña chocolatería de San Cristóbal de las Casas, repleta de familias en domingo, mientras mi amiga de viaje alemana –pero que vive en México- me dice que despierte de ese dulce sueño de cacao verde, amargo y delicioso…

Palenque, Chiapas (México)

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