Un barco enloquecido. Autor: Diego Germán Niño Robles

Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido

Joaquín Sabina.

 El regreso a Tunja fue alucinante..

Fui a un concierto del que salí en la madrugada. Esperaba encontrar una noche helada, como la que conocí en la época en la que trabajé en el Preicfes. Sin embargo esa noche la brisa no alcanzaba a mover las hojas de los árboles.

Caminé hacia la esquina en la que había una chaza de pinchos.

Al llegar vi a un señor de cabello blanco acompañado de un hombre de cuarenta años. El hombre alto era el vocalista de la Orquesta Aragón y su acompañante era uno de los violinistas.

—Nunca había visto bailar a alguien como usted, —le dije al hombre mayor.

—Gracias caballero…

—En la Isla, a sus ochenta años, es el mejor profesor de baile, — señaló su acompañante.

En ese momento recordé a este hombre bailando y cantando como si fuera un muchacho de veinte. Simultáneamente, en la otra orilla del escenario, como si estuvieran en dos extremos de un río caudaloso, Alfredo de la Fe se ahogaba por la acumulación de kilos y años.

—Maestro, ¿cree que podría enseñarme a bailar?, —pregunté.

Dio el último trago a su bebida y dijo “Sígueme”, mientras movía pies y brazos.

Intenté seguirlo, pero renuncié al tercer intento.

Abrumado se rascó la coronilla.

—A ver, intenta este, —dijo cambiando los movimientos.

Lo seguí con bastante dificultad.

Volvió a rascarse la coronilla.

—Nos cuesta bailar a quienes nacimos lejos del mar.

—En ese caso deberías ir a la Isla para que una mulata te contagie el sabor.

—¿Una? Maestro, yo creo que necesita dos mulatas y como cuatro meses en la Isla, —acotó nuevamente el violinista.

—Con una mulata y un mes es suficiente, —ajustó la cuenta el profesor.

—Dos mulatas no estarían mal; finalmente soy muy torpe, —concluí.

Reímos a carcajadas.

—Debemos partir, —dijo el maestro después que el pitazo del bus encrespó la noche.

—Te esperamos en la Isla con dos mulatas, —afirmó el violinista después de darme la mano.

Emprendí el camino con las manos hundidas en los bolsillos. A mitad de la cuadra estaba Cintia y Jota, una pareja que conocí en la fila.

—¿Cómo te pareció el concierto?, —preguntó Cintia.

—Era todo lo que esperaba… y muchísimo más…

—Te vimos bailando con el señor alto.

—Dirás: “te vimos haciendo el ridículo con el señor alto”, —corregí.

Cintia sonrío al tiempo que Jota me dio una palmada en la espalda mientras decía:

—Vamos a La Torralba. ¿Nos acompañas?

Estuve tentado a aceptar la invitación, pero pensé que haría mal tercio.

—No, gracias. Debo buscar hotel.

—¿Qué pasó con tu amiga?, —preguntó Cintia.

—Se fue antes que terminara el concierto… la hija no quería dormirse…

En ese momento arribó el recuerdo de Carolina como un buque que navega sobre aguas pantanosas.

—¿Seguro que no nos quieres acompañar?

—Hombre, gracias; en serio me preocupa el hotel… Tunja no es una ciudad para amanecer en las calles.

Estreché la mano de Jota al tiempo que Cintia me miraba como si presintiera que era mejor insistir.

Minutos después estaba en Bruder. La mesera me entregó la carta y dio dos pasos hacia atrás. Estuve tentado a pedir un Margarita con el que inicio mis peores borracheras. Pero usted sabe como soy de orgulloso: decidí que Carolina no merecía ni una gota de alcohol.

Llamé a la mesera.

—Un té helado

—¿Un té?

—Sí, de durazno.

Puso cara de sorpresa. Quise explicar la razón de mi decisión, pero preferí sostener la mirada para que comprendiera que no era una broma.

Sí, tu ausencia es una catástrofe. / Hago parte de los vencidos, / de los olvidados.

En ese instante emergieron los versos de Carlos Castillo Quintero para ajustar cuentas con la noche.

Bebí el té de un sorbo. Levanté el vaso para que la mesera trajera otro.

—Te esperamos en la Isla con dos mulatas, —repetía una voz y un acento filtrados por la memoria. Me imaginaba abrazado a las dos mujeres, caminando por un valle de luz.

Termine el té y salí a buscar hotel.

Una hora después había recorrido el centro sin encontrar cupo. Pensé en ese momento que no me quedaba otra opción que caminar hasta que amaneciera.

Sin embargo, apareció un taxi cuando iba frente al Parque Pinzón.

—Hermano, ¿conoce algún hotel?, —pregunté por la ventanilla del copiloto.

—¿Fue a los del centro?

—Sí

—Entonces vayamos al que queda después de Los Muiscas.

Cruzamos la ciudad a más de ciento treinta kilómetros por hora, con el recuerdo de Carolina corriendo a la misma velocidad.

Asómate amor mío / que el cielo ha encendido un fandango / en su comba lejana / Y no hace frío

Raúl Gómez Jattin declamaba con voz espesa en la penumbra de mi memoria.

Generalmente la poesía me sacude, me da dos bofetadas y me abandona a mi suerte. Sin embargo esa noche decidió dejarme frente al mensaje de texto que le había enviado a Carolina cuando llegué a Tunja:

Esta noche nos cobijará el mismo cielo.

No hubo respuesta. Nunca la hay. Carolina acostumbra cerrar la mayoría de puertas, cuidándose de dejar abierto el portón en la que ella y Tunja se transforman en literatura.

En ese lugar tampoco hubo cupo.

—Más adelante hay otro hotel.

—¿Queda lejos?

—A media hora a pie, — indicó al ver que el taxista se había ido con el mismo afán con el que llegó.

Dos kilómetros adelante, vi un burdel que navegaba en la lluvia sin otro objetivo que el de arribar a la otra orilla del amanecer con un cargamento de borrachos y mujeres semidesnudas.

No sabía si continuar el camino o entrar por la puerta de la que emergían hombres tambaleantes.

Me incliné por la segunda opción.

Subí por las escaleras en la que había toda suerte de hombres dormidos o hablando a gritos. En la punta, uno de ellos forcejeaba con una mujer en ropa interior.

—¡Vamos!, —insistía sin atender la negativa de la mujer.

Segundos después el portero lo bajaba a empujones, mientras el hombre gritaba el nombre de la mujer.

A la derecha del local, había un grupo de borrachos durmiendo en sillas, en el centro dos parejas que oscilaban al ritmo de la música y a la izquierda la barra.

Caminé hasta ella con la certeza que saldría minutos después. En la última silla estaba una muchacha con una actitud que desentonaba con la algarabía del lugar.

—¿Qué te trae a este lugar?, —preguntó con acento de tierra cálida.

—Vengo a celebrar mi cumpleaños.

—¿Solo?

—Solo

—¿A qué te dedicás?

—Soy melancólico.

Sonrió sin ganas.

—Tranquilo: no tenés que enamorarme. Acá sólo necesitás plata para acostarte conmigo, — dijo con una aflicción que no se tomaba el trabajo de disimular. —¿Cómo te llamás?

—Diego, —respondí mientras miraba los corazones tallados en la barra. —Y tú, ¿cómo te llamas?

—Daniela Ríos… ¡Qué grosera soy!… ¡Feliz Cumpleaños!

Me abrazó en el instante en el que la voz de Steven Taylor invadió el local.

Come here baby 

Saltó de la silla para bailar sensualmente.

—Vení.

—Mi presencia sólo estorbaría tu belleza.

—Eso le dirás a todas.

Su tristeza había quedado atrás, como si hubiese sido un mugresito que se posó en su falda. Era inevitable compararla con las jovencitas de esa edad que he conocido en los últimos años. Todas alumnas. Todas felices y locas. Todas irreverentes a pesar de haber crecido en los de una ciudad varada en el siglo diecisiete.

—Escribiré un cuento para ti.

—Ve… ¿y es que vos también escribes?

—A ratos…

A las cuatro de la mañana, al borde del sueño me dijo:

—Muy rica la charla, muy ricos los Smirnoff, pero no estoy para hablar con los clientes, sino para acostarme con ellos. Concretemos o tengo que buscar otro.

—¿Con cuántos hombres te has acostado hoy?

—Con ninguno; por eso me está afanando el patrón.

—¿Cuánto dijiste que cobras?

—Cuarenta por el rato.

—¿Cuánto tiempo es el rato?

—Quince minutos.

—Sesenta por media hora.

—A nadie le hago rebaja, pero tú me caíste bien porque eres decente.

—¿Decente?… me parece que venir a un burdel a las dos de la mañana no habla bien de mi decencia.

—No me has tocado como hacen los otros.

Miré alrededor y sólo había hombres que tocaban a las mujeres con algo más que deseo. Parecía que desearan subyugarlas con sus toqueteos salaces, con sus apretones violentos.

—¿Al fin qué?

—Sesenta mil por media hora.

—Vamos.

—¿Qué debo hacer?

—Ven que yo me encargo, —dijo llevándome de la mano a un rincón del local.

En la esquina derecha había un escritorio, y detrás de él, una mujer de veintitantos años con cara de cólico.

—Arreglé media hora por sesenta, —informó Daniela.

—¿Tan poquito?… Usted verá si quiere regalar su trabajo, —respondió la mujer con agresividad. —La plata, —dijo mirándome a los ojos.

Entregué los billetes y a cambio me dio dos preservativos y un rollito papel higiénico.

Daniela me volvió a tomar de la mano y me llevó por el pasillo. Nos detuvimos en la mitad del callejón y entramos a un cuarto de uno cincuenta de ancho por dos metros de largo. En la esquina superior izquierda había una caneca atiborrada de preservativos y papel higiénico. En el margen derecho estaba la cama con una sábana vieja.

—Desvístete que media hora se pasa volando, —dijo Daniela.

—Me parece que fue mala idea

—Quítate la ropa.

Nos desvestimos rápidamente. Sus piernas eran largas, sus nalgas parecían perderse en la penumbra, sus brazos intentaban cubrir a sus senos del frío que penetraba por todas partes.

Nos acostamos boca arriba. Desde afuera llegaba el enredo de una pelea. Caían botellas al tiempo que las mujeres gritaban.

—¿Por qué está desanimado?, —preguntó Daniela señalando mi pene.

—Él también piensa que es mala idea.

—Déjame que lo convenza, —dijo mientras lo masturbaba. —Ves que sí quería, —afirmó minutos después.

—Eso parece.

Me puso el preservativo y se inclinó para hacerme sexo oral. Succionaba y movía la lengua, pero yo no sentía nada. Sólo pensaba en las circunstancias que nos condujeron hasta este lugar.

—No te desconcentrés, —decía cuando sentía que el pene perdía rigidez. Me veía obligado a hacer el inventario de imágenes excitantes para sostener una erección precaria.

—Deja así, —pedía agobiado por el esfuerzo.

—¿Quieres penetrarme?

—Sí

—Tú arriba que tengo seis botellas de Smirnoff en el estómago y el movimiento me dan ganas de vomitar.

Al acostarse, el cuello le quedó doblado. Se movió sutilmente mientras abría las piernas. Me acomodé entre ellas y tomé el pene para penetrarla. Cerró los ojos como si esperara un momento doloroso y después cruzó una expresión de asco por sus labios.

Contemplé su piel morada por estar expuesta ocho horas de frío, la arruga que se formó por la posición de su cabeza, los pezones más claros que he visto en mi vida, el vientre adornado por el tatuaje de su nombre entretejido con espinas y una rosa reemplazando la diéresis de la i, su pelvis depilada y mi pene flácido. Remonté el camino y me encontré con los ojos de Daniela.

—¿Por qué me mirás así?

—No puedo hacerlo.

—¿Estoy muy fea?

—Sabes que no es eso.

Me acosté boca arriba. Contemplé las manchas que el tiempo había dejado en el techo. Me quité el preservativo y lo lancé a la caneca. Daniela puso la cabeza sobre mi pecho y surcó el vientre con una caricia.

Afuera las peleas dieron paso a un rumor de voces. Segundos después Ana Gabriel cantaba: para que nuestro amor se hunda en esta adversidad

Daniela giró y acomodó su cabeza sobre mi brazo izquierdo. Giré quedando detrás de ella con el brazo derecho sobre su vientre. Acarició mi pierna con una ternura sincera.

Como es la vida: después de treinta y cuatro años de buscar el amor, vengo a encontrarlo al lado de una mujer con una soledad más profunda que la mía. Y no digo que lo encontré porque me haya enamorado instantáneamente de ella, lo que sería ridículo. Lo digo porque esa noche, cuando me aferré a su desnudez como si no existiera otra cosa en el mundo, entendí que el amor no es una búsqueda abstracta, sino la fuga de las desgracias más concretas y amargas. Es buscar una sonrisa en mitad del naufragio.

Antes que el sueño me llevara completamente, golpearon la puerta.

—¡Se enamoraron!,—gritó la mujer que nos atendió.

—Ya salimos, —respondió Daniela con la voz pastosa. —Dame una hoja y un lapicero, —me susurró al oído.

Le di el cuaderno. Escribió el número de su celular. Nos vestimos rápidamente y salimos a un local en el que tres mujeres rodeaban a un hombre que tenía la camisa abierta hasta la boca del estómago.

La dejé en la misma silla en el que la encontré horas atrás. Di media vuelta y caminé hacia las escaleras.

Abajo estaba un grupo de taxistas que bebían aguardiente entre la algarabía de un picop a todo volumen. Al otro lado de la carretera caminaban Charlie B y Carlos Castillo. Reían a carcajadas. Su alegría era tan contagiosa que estuve tentado a cruzar la avenida para acompañarlos.

Pero no lo hice. Preferí caminar sin rumbo, como si fuera un barco enloquecido.

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