La libretita. Autor: Gustavo Ivanoff

El abuelo prepara su equipo de pesca, el nieto, mira. “Observa y aprende”, dice el anciano, y tras una pausa anuncia: “Este año, he de incorporar un elemento, que considero importante para dejar como legado a futuras generaciones, o sea, tu, tus hijos y tus nietos”.

Le muestra una agenda, y explica: “En ésta libretita anotaré los acontecimientos importantes de cada jornada de pesca, y hoy, primer día de la temporada, la inauguraré”.

Lo que el pequeño ignora, es que la agenda fue elegida entre muchas; que debía reunir varios requisitos, tamaño adecuado al bolsillo del chaleco de pesca, una hoja para cada día, y que se encuentren destacadas las horas, y que la pie tenga espacio para el comentario ó reflexión de la jornada, poner una de esas frases que de solo leerlas lo retrotraigan a “ese día”.

El abuelo le explica que la jornada de pesca, según el Reglamento de Pesca, lo determina la luz diurna, así que deberá agregar algunos renglones, ya que la agenda tiene detallado desde las 8 hasta las 20 hs.
¿Puedo ver la libretita? – pregunta el nieto sin disimular su curiosidad.

¡No ahora!, aún no contiene mis memorias, ésta tarde, cuando retorne de pescar te la daré, así podrás leer ¡quién es tu abuelo!

El pescador llama a sus compañeros de aventuras. Hoy nadie puede, así que emprende el viaje solo. La ceremonia de vestirse, hace años que requiere de un banquito que siempre lleva en el baúl del auto, junto a un botiquín que bien puede causar envidia a un novato farmacéutico.

Reflexiona: “Cada año están más lejos los cordones de las botas de vadeo”

Su equipo es muy completo, y nada olvida porque, fue, me-ti-cu-lo-sa-men-te ordenado antes de salir, “No necesito anotar en la libretita lo que necesito”, piensa orgulloso.

Antes de terminar con la vestimenta de pescador, hay que orinar, con el equipo puesto es muy difícil.
Y un año más gana el río, adentrándose lentamente para no espantar a las truchas más próximas. Alta temperatura, mangas cortas, no da para pañuelo al cuello. El sol radiante tempranamente le recuerda que debe usar protector solar. Saca su libreta y anota: Sacar turno con la Dermatóloga (¿Qué factor éste año?). Camina el rio que a principio de temporada es muy caudaloso. Se agita fácilmente, saca la libreta y anota: Sacar turno con el Cardiólogo (ergometría). No hay pique, como no pasa nada en ese lugar piensa que debe ir hasta el próximo pozón. Y la mañana transcurre sin capturas, pero con varias paradas para orinar. Saca la libreta y anota: sacar turno con el Urólogo (Próstata atenta contra el pescador).

La hora del almuerzo lo encuentra destapando el recipiente plástico con los restos de la comida de anoche, los que riega con una cervecita bien helada.

La mejor digestión es la que se hace sentado en un sillón observando los detalles que la naturaleza brinda. Agudiza su vista pero no logra identificar que es aquello que se mueve en la ladera de la montaña. Por mayor que sea su esfuerzo, no logra ver claramente, “Necesito anteojos para ver de lejos”, se le escucha decir en voz alta. Es momento de preparar nuevamente el equipo. Hay que pescar delicadamente, eso requiere, moscas más pequeñas y líder más delgado. Le cuesta hacer los nudos en un nylon tan fino, y a la hora de pasarlo por el ojo de tan diminuto anzuelo, los intentos son en vano. Saca la libreta y anota: Sacar turno en el Oftalmólogo (anteojos de lejos y de cerca). Abandona la idea de mosca pequeñas y enhebra las que puede.

El pozón que está allá en aquella curva lejana siempre le ha dado satisfacciones, ¿porqué no intentarlo ahora? Al llegar se percata que está alambrado. “La próxima vez traigo un alicate”, piensa una vez más, pero la primera en ésta temporada. “¿Debo anotarlo en mi libreta?”, se pregunta mentalmente y al instante exclama: “¡Nooo!”. Busca una tranquera para saltar, ya que es más firme que los alambres y evita así lo de púa que rompen los waders. El tirón en la entrepierna, se suma al dolor del tobillo al caer, camina con dificultad, pisa una piedra floja y el dolor se hace insoportable. Sentado sobre un tronco, saca la libreta y anota: Sacar turno con el Traumatólogo (posible esguince de tobillo, desgarro entrepierna y el ciático me acusa).

El calor es agobiante, bebe la fresca y cristalina agua del rio.

Ha venido a pescar y las truchas no pueden esperar.

“¿Me habrá caído mal la mayonesa?”, piensa al tiempo que acaricia su abultado abdomen. A la acidez se le suma una serie de retorcijones que le obliga a una parada sanitaria. Ya repuesto, saca la libreta y anota: sacar turno con el Gastroenterólogo (acidez y colitis).

Trata de reponerse bajo la sombra de un frondoso sauce. Por su cabeza atraviesa un buen pensamiento:“Suerte que no es época de gatas quemadoras ni de abejas chaquetas amarillas, y que no está pesado y húmedo y no hay hormigas coloradas”. Sabe que en su botiquín cuenta con lo necesario para las quemaduras, aunque mirando alrededor, ¡qué lejos está el auto! ¡A pescar hombre!

Es muy difícil, pero muy difícil disfrutar de la Pesca con Mosca en el estado calamitoso en que se encuentra. Dolorido en todo el cuerpo y lo que es peor, en su alma. Sale del agua caminando con dificultad y con miedo a sufrir una nueva caída. Viene a su memoria un cuento de pescadores donde reza la frase: “El Placer de la Pesca con Mosca y la….”. Saca su libreta y anota: sacar turno con el Psicólogo (averiguar alguno que sea pescador).

Un tiro suena a corta distancia, al girar ve un poblador que desde la tranquera le apunta y le hace señas para que se acerque.

Camina muy lentamente con extrema dificultad. Si bien el arma ha dejado de apuntarle, el hombre le mete miedo.

Acá es una propiedad privada y Ud. entró sin permiso, ahora me tiene que pagar por entrar a pescar.

¿Por pescar? ¡las películas!, ¿pagar? No da, ¡ábrame la tranquera que ya me voy!

El auto, dejado al sol, es un horno, una goma en llanta ¿pinchada ó desinflada a propósito? Retorna a su casa, exhausto y sin olor a escamas. El nieto le recibe eufórico.

Abuelo, abuelito, ¿ahora me dejas ver la libretita? – le pide extendiendo la manito.

“¿Pero que se cree este mocoso insolente?”, piensa, y al instante, con una sonrisa, saca la libretita, tacha el turno del Psicólogo, y se la entrega después de ofrece el mejor de los abrazos que un abuelo puede dar, aunque le duela el ciático, sienta el reclamo que el desgarro le hace, tenga una acidez galopante, y esas puntadas en el vientre que le dan una enorme ganas de ir al baño…

Anuncios

Un Comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s