Remembranzas de mis viajes: Buscando trabajo en el Viejo Mundo. Autor: Tamara Elizabeth Gomez-Lindenmayer

Hoy tuve mi segunda experiencia trabajando en un mercado de vegetales BIO y a pesar que me siento como si me hubiera pasado encima un camión, debo considerarme afortunada.

En algunos países de Europa encontrar un trabajo, tanto para nacionales como población inmigrante, es el oscuro objeto del deseo que todo el mundo ansía y que en los últimos tiempos poca gente logra alcanzar. He escuchado tantas historias de gente desempleada que vive en España o Italia que he reconsiderado mi posición y ser un poco mas agradecida con las oportunidades que a una se le ofrecen por estas tierras. De todas maneras, algunos países parecen haber decidido empezar la era de la maximización del esfuerzo humano..a bajo precio..creánme..a muy bajo precio.

Así que cuando eres feliz de encontrar una posición debes estar preparada para ser una máquina humana que debe rendir al máximo. Es usual encontrar posiciones que en América Latina realizan tres personas, como mínimo, y en estos países las realiza solo una. La otra “gran invención” es la de trabajo a tiempo parcial. Eso provoca que lo que antes se podía realizar en un tiempo de ocho horas diarias, ahora debes hacerlo en menos tiempo y con el inconveniente que al formar parte de esa masa de gente que trabaja tiempo parcial, tienes pocos beneficios sociales y en la mayoría de los casos ninguno.

Los pagos son calculados por hora en base a 400 euros mensuales…y no mas. A partir de esa cantidad pasarías a pagar impuestos y ya eso es otra historia que ahora no voy a contar. Así que lo más frecuente es encontrar ofertas de trabajo en estaciones de gasolina donde también se venden alimentos..todo atendido por una sola persona. Claro, es otra mentalidad. Normalmente, una estación de servicio se maneja bajo el principio de la confianza. Así que no hay ningún energúmeno con una metralleta, impidiendo que te vayas sin pagar la gasolina. Simplemente, la clientela llega, introduce la gasolina que quiere en su auto y luego entra al negocio a pagar. Allí le espera el o la feliz mortal que ha tenido la suerte de encontrar este trabajo y que atiende el negocio. El o ella está, ante todo, al frente de la caja registradora, pero también debe salir del establecimiento cuando algún cliente tiene una inquietud o problema con la bomba de combustible o con su auto. Debe regresar rápidamente, cobrar alimentos o gasolina, según el caso. Debe vigilar que los mostradores se encuentran llenos de los productos que se ofertan en los estantes y, además, bien ordenados. Al final..debe limpiar el establecimiento, tanto afuera como adentro. Así que encuentras un montón de gente realmente autosuficiente, pero sumamente estresada que apenas tiene tiempo para decirte un “hola o adios”. Y sin embargo, a veces, hasta eso logran hacer.

Así que en esas condiciones yo buscaba un trabajo. Claro, con el agravante que mi alemán todavía no era el cien por ciento de lo que debería ser. Sin embargo, yo estaba confiada y mantenía un ambiente positivo.

Como todavía no tenía en mi haber ninguna experiencia negativa me sentía capaz de enfrentar al mundo y además salir triunfante. Empecé con la gran idea de dar clases de español. Lamentablemente, otros y otras antes que yo tuvieron la misma brillante idea, así que las pocas personas que deseaban clases de español en el pueblo ya estaban felices con lo que tenían. Manteniendo todavía la sonrisa me dije que mi primer paso era el de esforzarme a mejorar el nuevo idioma y logrando esto, un buen día me decidí como cualquier otra persona a revisar el periódico semanal del pueblo para buscar trabajo. Aunque es un pueblo pequeño tiene un flujo permanente de gente que va y viene pues tiene una posición espléndida frente al Lago de Constanza y en tiempos de calor y feriados está bastante concurrido. Así que se ofrecen plazas, para atender en restaurantes y pequeños hoteles, las cuales normalmente tienen horarios incompatibles con una madre abnegada que no cuenta con una abuela o una tía que le cuide a la cría mientras el marido trabaja o no hay Kindergarten. Así que poco a poco la sonrisa se me iba borrando de la cara y los ánimos también. Empecé a hablar con otras extranjeras que viven en el pueblo y todas ellas me hablaron de sus experiencias cuidando ancianos, o limpiando casas o escuelas, lo que normalmente, aunque no siempre, lo hacen mas las personas extranjeras que los locales.

Luego de haber comprobado por las historias de otras personas que no se me caería un pedazo de piel por hacer lo mismo entonces puse mi mirada en este tipo de posiciones. Mi primera “entrevista” de trabajo fue en una taberna del pueblo. Se necesitaba una ayudante de cocina..y bueno… Yo sé cocinar, pero no lo hago mucho y la verdad tampoco me gusta. Así que cuando el gigante, perdón, el dueño del establecimiento me dijo que debería encargarme de preparar las ensaladas y ser creativa, lavar los trastes y ser creativa, atender a los clientes y ser aún más creativa, realmente me sentí un poco preocupada y cobarde debido a mis limitaciones con el idioma alemán, y tuve que despedirme deseándole mucha suerte a quien lograra adecuarse a tanta creatividad.

Luego se me ocurrió visitar uno de los dos hogares de ancianos del pueblo. Nuevamente, también necesitaban una ayudante de cocina, pero yo testaruda soñaba con algo no demasiado difícil. Mientras esperaba en la salita, se me acercó un viejito que se apoyaba en un andador y que me dijo “ven a mi habitación, linda, vamos a beber café y acariciarnos”. Esto me quitó nuevamente la valentía, así que suspiré profundo y, para sorpresa de la encargada, me mostré aliviada cuando me dijo que la plaza ya estaba ocupada.

Mi tercera “entrevista” fue en la escuela de veleros del pueblo. La dueña, una señora muy simpática, me dijo que el trabajo consistía en limpiar los 22 veleros de la escuela. Aunque la mejor parte fue cuando me preguntó si yo sabía nadar. Tragué en seco, extrañada por la pregunta, que entendí, cuando limpié el primer velero. Para alcanzar los veleros, anclados en el muelle, debía pegar un salto que envidiaría cualquier maratonista. Lo que complicaba el asunto es que mi salto olímpico debía hacerlo con aspiradora, detergentes, escoba y demás implementos tomados de la mano. Sin embargo, a pesar de todos mis presentimientos no acabé mojada y hasta limpié muy bien el velero según su exigente juicio. Pero la posición, además de necesitar a un o una maratonista, necesitaba a alguien que no le diera sueño durante las noches pues el mayor trabajo era durante los fines de semana, en horas nocturnas, cuando los veleros regresaban al puerto.

Luego de mi proeza en la escuela de veleros me paralicé un momento, estudiando cuidadosamente cuál sería mi próximo paso. Mientras hacía todo el esfuerzo por mantener la sonrisa y encontrar “mi nirvana” me contactó una amiga para decirme que había un puesto libre en el mercado de los sábados en un pueblo cercano para vender vegetales y frutas BIO. Eso sonaba mucho más interesante que cualquier otra cosa que hasta ahora había perfilado en mi horizonte y por eso me atreví a experimentarlo. Por supuesto, entrar en contacto con personas que tienen una posición frente a lo que se produce y se consume sin utilizar químicos es realmente reconfortante en un mundo que cada vez te aplasta mas con la tecnología y la autodestrucción. Pero a mi no me tocaba la parte filosófica ni romántica del asunto. Mis temas iban a ser mucho más prácticos: como por ejemplo, levantarse a las tres y media de la mañana porque a las cuatro y media hay que montar – tienes además que montar!- el camión con los vegetales, frutas y ensaladas para transportarlos al pueblo donde se realizaba el mercado cada sábado. Luego, llegar a las cinco de la mañana y empezar a organizar el puesto. Ordenar los vegetales según los colores para que se vean atractivos, aprenderse los precios, los nombres de cosas totalmente desconocidas y todo en el último minuto. El caso es que cuando dieron las ocho de la mañana y llegó el primer cliente yo ya tenía los nervios rotos.

Cuando me tocó atender por primera vez a una persona, descubrí horrorizada que la caja registradora marcaba el total, pero..іno marcaba la cantidad a devolver! Así que entre contar con los dedos, entender lo que la persona deseaba, recordar el precio, el nombre del vegetal, responder a cualquier pregunta sobre el clima, cuando eran solo las nueve de la mañana yo quería llorar, pero sobre todo escapar. Así que le dije a la supervisora que iba al baño, aunque en realidad mi único deseo era no volver nunca mas. Sin embargo, se me había quedado la mochila en el lugar así que tuve que regresar sin remedio. Seguramente algo se me notó en la mirada que la supervisora me dijo “Vamos ahora a hacerlo mas lentamente. Sólo mira lo que hago”. Afortunadamente, con ese ángel en mi camino pude retomar mi centro e intentar hacerlo un poco más calmada. Aún así, el estrés nunca disminuyó porque la fila de los clientes buscando productos tratados de manera natural es increiblemente interminable y aunque éramos cuatro personas atendiendo el estante, nunca faltó trabajo.

El reto final, es desarmarlo todo y dejar limpia la plaza del pueblo a las dos de la tarde cada sábado cuando el mercado llega a su fin. Sigo diciendo que hay que buscarle al lado positivo a las cosas y aunque regreso a la casa hecha una zombie, mantengo lo que dije al principio…debo sentirme afortunada.

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