Namasté. Autor: Ambar Marina Gómez Castañeda

Apenas entró, hizo la maniobra brusca de cerrar su paraguas, hasta dejarlo encogido como un murciélago dormido. Todo a su alrededor quedó empapado, incluyéndome. Así que fui buscando la cara del culpable, lentamente, mientras con una mano limpiaba la lluvia que acababa de bañar el libro que estaba leyendo.

Él me miraba estupefacto, como si hubiera visto un fantasma. Estaba de pie. No elegía ningún asiento entre todos los puestos vacíos que quedaban en el tren. Finalmente, se acercó, inquieto, y se ubicó deliberadamente frente a mí. Se subió los lentes de montura negra con el dedo índice. Sus dientes asomaron bajo el bigote negro cuando me saludó:

—Hola.
—«¿Hola? ¿Hola? ¡Pero qué…! ¡Qué…! ¿Hola? ¿Escuché bien?»

Había caído al cielo una sarta de estrellas indecisas. Una Luna lobuna alumbraba desde arriba y se atrevía a espiar; a entrar por la ventana del vagón, mientras yo insistía en secar el libro, maltrecho por un extraño que ahora me saludaba como si fuese un amigo…

Era de noche… ¡Sí que era de noche! ¡Era la penumbra, la hora de las sombras!

—«Buenas noches» —Le respondí. Y esas palabras salieron de mi boca tan macizas como un ladrillo.

No dije nada más. Él tampoco hablaba; sólo me miraba, insistente, como quien mira un semáforo, esperando a ver en qué momento la luz cambia a verde.

En ese silencio cabían siglos y galaxias y estaciones. También cabía la mesa que nos separaba. Pero era un falso silencio, en una falsa calma, porque en el aire algo invisible se movía y hacía ruido; algo como una carga de electricidad o como un vapor explosivo. Y ambos sabíamos que en cualquier momento se manifestaría.

Yo lo miraba con el rabillo del ojo. Él hizo un ademán con la mano y, entonces, vi su exasperación.

Lo normal, supuse. A algunos los exaspera la luz roja del semáforo; a otros, una mirada insistente, un libro empapado… Estábamos a mano.

Yo concentraba la mirada en el libro; lo veía inflarse cada vez más a causa de toda el agua que había bebido. El libro se abultaba como un sapo amenazado. Y no era el sapo el único que se sentía amenazado: Al lado del sapo estaba el murciélago y al lado del murciélago estaba él, con sus ojos descarados.

Al rato, dejé de mirarlo de reojo para mirarlo de frente. Pareció alegrarse. Temblando de emoción decidió hablar con los ojos. Se le marcaron cientos de patas de gallina en la piel de la mirada, mientras la sonrisa se le extendió por toda la cara, como un terremoto, dejando pliegues y pliegues a su paso.

Al ver que yo no le correspondía, hizo otro ademán con la mano y me miró angustiado; con una mirada grave, aguda y esdrújula; así, en seguidilla.

Yo no entendí nada, así que se me agolparon todas las noches, el libro-sapo, el «hola», mis pies fríos y esa mirada que no podía sacarme de encima:

—¡Oiga! ¡Usted debe estar loco o equivocado! ¡Da igual! ¿Quién se cree que es? ¡Mire cómo me dejó el libro que leía! ¡Y ahora me clava los ojos de esa manera! ¿Acaso lo conozco?

La respuesta fue un par de cúmulos de patas de gallina y una sonora carcajada, que desencajó tanto el tren como mi mandíbula.

—¿Acaso lo conozco? —En lo que pude, le insistí.

Debió ver que la luz del semáforo parpadeaba un paso a riesgo en amarillo intermitente, porque arrastró sobre la mesa el murciélago empapado; lo deslizó de un lado a otro, jugando como un niño travieso.

Repitió su ademán con la mano. Luego, me miró largamente… Lo sentí respirar con profunda felicidad, casi divertido.

Cuando inclinó la cabeza ante mí, sus lentes de montura negra resbalaron un poco sobre la nariz. Se los subió de nuevo, con el dedo índice. Juntó las palmas de las manos y sus dientes asomaron, una vez más, bajo el bigote negro, cuando dijo:

—Namasté.

Luego lo vi acercarse a la puerta del vagón, murciélago en mano.

Más tarde lo vi bajarse en una estación.

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