Crónicas de una nueva vida: La mudanza. Autor: Tamara Elizabeth Gomez-Lindenmayer

Milán Kundera escribió hace tiempo un ensayo sobre el arte de escribir una novela. Pero no hay tal arte. La vida es un libro en sí misma, así que sólo hay que sentarse y disponerse a ordenar los capítulos. Así de fácil.

Mientras llegaban nuestras cosas desde Guatemala, un primo de Víctor nos había cedido, amable y generosamente, su casa en lo que él se encontraba fuera de la ciudad. Así que, mientras yo recomponía los pedacitos de mi alma, convulsa por la tristeza y Benjamín se rebelaba al nuevo ritmo donde tiene dos pares de ojos encima de él constantemente, la amabilidad del primo nos daba un respiro en lo que nos mudábamos definitivamente.

Sin embargo, tanta amabilidad se me había convertido poco a poco en una tragedia. Mi resistencia a la tecnología me convierte en un ser inútil para la sobrevivencia en la época en la que vivo. Soy capaz de usar una olla de presión para hervir un huevo, antes de tener que usar un instrumento diseñado para tal efecto. Ni hablar de cómo se debe usar una estufa eléctrica. O un control remoto de una televisión que tiene mas funciones que un teclado de computadora, o una lavadora que tiene tantas posibilidades que mejor…lavar a mano. O un radio que es tan difícil de usar como manejar una nave espacial.

La lista es interminable. Agotadora. Enfrentada a tanta tecnificación, seguramente mas de una cosa terminaría dañándose y no seríamos capaces de repararla o desaparecerla del mapa antes que el primo regresara. Mientras tanto, parecíamos tres gitanos: un trapo en un lugar, un trapo en el otro. Lo poco que habíamos cargado en nuestras maletas lo habíamos llevado de a poquitos a nuestra morada final como un intento de tranquilizar el espíritu en lo que llegaba nuestra mudanza, la cual llevaba…20 días de retraso.

Desesperada por las mil posibilidades que tienes para arruinar un aparato en un santiamén, deseaba huir de esa casa cuanto antes. Aunque el momento crucial se había determinado cuando, una mañana, Benjamín me había llamado, gritando angustiado porque su caballito de plástico se estaba ahogando en el inodoro. Era el momento de desaparecer de ese lugar antes que sucediera lo peor. Así que empezamos a presionar a la oficina de mudanzas en Guatemala para saber la causa de tamaña demora. Algunas llamadas y correos se produjeron que causaron mas zozobra que consuelo. Pocas explicaciones, ningún teléfono de una persona responsable en Dinamarca. Hasta que por fin el ansiado argumento….La razón del retraso era..el terremoto de Chile!

Dudé de mis sentidos y, sobre todo, de mis conocimientos geográficos. Desde mi ignorancia en temas de navegación, imaginé la ruta más directa desde Guatemala a Dinamarca para luego un traslado en tren hasta Alemania. En ninguna parte de esa ruta entraba Chile en juego, así que empecé a temer que todavía nos quedarían mas días transitando en el limbo.

En esta historia se cuela ahora un nuevo personal. Se llama Alexandra. Ella también vivía en Guatemala y ha decidido regresar a Alemania. Aunque ha partido antes que nosotros, su mudanza la ha mandado con la misma empresa y ha salido en el mismo barco que la nuestra. También desespera por sus cosas y Alemania es solo una parada transitoria. Solo espera su mudanza para seguir el rumbo hacia caminos aún más remotos.

Finalmente, 27 días después de lo esperado, llega el momento tan ansiado. Nos informan que llegarán nuestras cosas un día cualquiera a las nueve de la mañana a la casa donde viviríamos definitivamente. Yo estoy despierta desde las seis. Como una persona sedienta de agua, quiero volver a tocar mis libros, mis discos, mi guitarra, mis recuerdos de otros viajes. Todo aquello que habla de mí y que pensé se había perdido.

Cuando el conductor abre el container, frente a nuestros ojos lo primero que aparece son cosas desconocidas pero extrañamente reconocibles. Una mesa rectangular de madera, un cofre gris, otro más allá de madera… De repente, tuve la certeza que estábamos recibiendo las cosas de Alexandra y parte de las nuestras. Por lo menos las cosas de ella estaban en manos amigas, pero…. ¿y las nuestras?

Después de superar la sorpresa, me preguntaba cómo el terremoto de Chile había logrado convertir en un revoltijo todas nuestras pertenencias y hecho desaparecer las cuatro cajas que nos faltaban. Llamadas de emergencia. Alexandra nerviosa y enojada. Yo, histérica. Victor cansado. Benjamín maravillado por el tiradero y desconcertado por las incongruencias de su nueva vida; los adultos hacen más desorden que él, en menos tiempo, y nadie les reclama nada.

Mientras tanto, como dos amantes que se reencuentran después de mucho tiempo, yo he tocado todas mis cajas que han llegado para comprobar que no me faltaba nada personal – como si a alguien hubiera podido interesarle mis discos o mi guitarra de mil años-.

Abrí con ansia cada paquete provocando aún mas desorden. Todo el ritmo del lugar se había trastocado con el ruido y el caos. Los fantasmas que viven en la casa desde hace varias generaciones se nos cruzan en las escaleras, perturbados por el escándalo. A Victor no le incomodan porque son todos los espíritus cariñosos de su familia. Benjamín y yo no los entendemos porque solo hablan en alemán, así que intentamos ignorarlos en lo que se tranquilizan. De todas maneras, hay muchos lugares para esconderse. La casa es pequeña y alargada hacia arriba, como un castillito de duendes: con muchas escaleras, con tres pisos, con paredes inclinadas, hornos de leña para calentar el hogar y con un ático en la punta de la casa donde se puede esconder todo lo que desea ser escondido y que seguramente, hasta el día de hoy, era el refugio de todos esos espíritus que hoy rondan por los pasillos, intranquilos por nuestra presencia.

Seguramente les tomará un tiempo acostumbrarse a esta caribeña que se dispone a colgar en las paredes postales de mujeres africanas desnudas y pinturas de Guayasamín o a escuchar discos de Silvio y Juan Luis Guerra a todo volumen. Esa mescolanza era lo que hacía falta en estas paredes. Aunque sea con el corazón todavía repartido en otro lugar, a partir de ahora me preparo un poco mas para la nueva vida.

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