Príncipe azul. Autor: MCM

Historias Escuchadas en un viaje a La Habana, Cuba:

Eva pensaba que mirando fijamente el mar por largo tiempo sus ojos se volverían azules como los de su hermano Sergio, que pasaba horas estático dentro del mar con la esperanza de que los pececitos se acostumbraran a su presencia y se acercaran a él. A Diana en cambio lo que le gustaba era la arena, construir enormes fortalezas en donde ella era princesa.

Hoy es domingo y el mar esta tranquilo. Ya se han ido todos, salvo alguna parejita que se jura amor eterno frente al sol poniente. Se han ido todos por ese mismo mar que se prolonga frente a mis ojos. Ahora solo somos él y yo. En días como este, cuando esta tranquilo, es como si de alguna manera nos reconciliáramos, él allá y yo aquí, pero sin guerra, casi sin rencores. Otros días amanece enfurecido, como si quisiera demostrarme su poderío, y entonces a mi se me revuelven todos los recuerdos y cierro la ventana para no verlo, para no recordar que se los ha llevado a todos, que se han ido todos, para olvidar que parí tres hijos y ahora no tengo ninguno.

Sergio fue el primero. Su amigo Manuel que tiene familia en el norte lo animó a irse y junto a cinco chicos más organizaron el viaje. La balsa la consiguió uno que trabajaba en el puerto, estaba en muy mal estado pero entre todos la arreglaron. Trabajaron durante nueve noches sin descansar. A mí me consumía el miedo, el mar se ha comido a muchos compatriotas y no quería servirle a mi hijo en una balsa maltrecha, pero nunca dije nada porque siempre he respetado las decisiones de mis hijos y porque contra el anhelo de libertad no existe lucha posible.

Se echaron al mar un día lunes de mar tranquilo, como este domingo. No pudimos ir a despedirlos por no levantar sospechas pero Sergio, que dejaba tres viudas sin haberse casado jamás, nos prometió un reencuentro próximo y en tierra libre. Pasaron dieciocho días sin tener noticias de él. Mis dos hijas y yo rezábamos a la Caridad del Cobre y le brindábamos su ofrenda de ron a San Benito cada noche. Al final nuestras plegarias fueron escuchadas y supimos de Sergio y de los demás chicos. Estaban a salvo y lo peor había pasado. La balsa que se lo llevó no me lo ha vuelto a traer.

Desde esa época a Eva le entró el gusanillo del gran sueño del norte. Lo podía ver en su mirada inquieta y en su desasosiego constante. Eva es una chica ambiciosa con un talento excepcional para la música, ha invertido todos sus años estudiando en el conservatorio y siempre ha tenido grandes expectativas para su vida. Aquí se sentía castrada y yo la entiendo. Su oportunidad vino gracias a su talento. La escogieron para ser miembro de la Orquesta que nos representaría mundialmente en un famoso festival clásico. Esta vez no fue una balsa sino un gran buque del Estado. Zarparon del puerto mayor y la despedimos sabiendo que no volvería jamás. Eva tocó con la orquesta durante unos cuatro meses pero nunca volvió. Pidió asilo en tierra extranjera y se hizo miembro y nacional de una orquesta ajena y de un país extraño. Ha cumplido todos sus grandes sueños pero hoy en día de lo nuestro no le queda ni la nostalgia.

Aquel día en que Eva partió Diana me prometió que ella no se iría sin mí. Diana; mi chiquita, la princesa de los castillos de arena, siempre soñando con enamorarse y ser amada, siempre esperando un príncipe azul que la rescatara y se la llevara para siempre.

Tuve un presentimiento el día que salió de la casa para ir a su primer día de trabajo. Si hubiese podido retenerla a mi lado……¡pero necesitábamos tanto el dinero!. La vecina la vino a buscar y me tranquilizó contándome que servirían copas para los turistas, pero que no era un trabajo demasiado duro y que las propinas eran sustanciosas. Esa noche llegó muy tarde y sin ganas de hablar. Las siguientes noches fueron igual, su carácter fue cambiando, su mutismo se hizo rutina y de a poco la tierna princesa se fue volviendo cada vez más dura y hosca. Se alejaba de mí y yo era incapaz de alcanzarla.

Sé que la gente cree que callé por comodidad, porque gracias al trabajo de Diana vivíamos mejor de lo que lo habíamos hecho en mucho tiempo. No es cierto: callé por miedo. Miedo a saber la verdad, pavor de abrir los ojos y ver lo miserable que era nuestra vida, terror de descubrir que mi chiquita ya no era más princesa. Ahora sigo callando, pero ahora callo porque no me queda ya nadie con quien hablar.

Según los forenses el cuerpo flotaba a unos kilómetros de la playa y fue encontrado por un grupo de turistas que navegaba por la costa. No encontraron signos de violencia. Dicen que fue un suicidio.

Algunos piensan que pudo caer del mismo yate de turistas que avistó el cuerpo, otros que no fue un accidente. Unos niños afirman haberla visto entrar al mar a plena noche; dicen que, cual Alfonsina, se adentraba más y más; que estaba muy oscuro y que ya no la vieron salir.

Lo cierto es que Diana acabó con su vida y con la mía, que a mi chiquita se la robó el mar. Lo cierto, y lo triste, es que ella también cumplió su tan anhelado sueño y un príncipe infinitamente azul se la llevó para siempre.

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