Un viaje entre almas. Autor: Elisabeth Moreno Prieto

La rutina se repetía todas las mañanas. Desde la cama subía la persiana y miraba a través de la ventana, si el cielo estaba nublado sonreía, pero si lucía un poderoso sol, volvía a bajar la persiana y comenzaba así su fastidioso día. Para Alma, la vida carecía de sentido. Desde que era una niña recordaba sus días con lástima. Nunca fue feliz, siempre sola y reprimida en sus pensamientos no pudo vivir su vida, sino la impuesta por la sociedad. Estaba harta de acudir al trabajo, ver siempre las mismas caras y obedecer a su jefa que gritaba y ordenaba sin compasión. Cuando volvía a casa, Alma deseaba olvidar el día y comenzar uno distinto, pero ninguno era diferente al anterior. Incluso sus sueños eran monótonos y repetitivos, pero esto no le era tan desagradable. Alma tenía un sueño recurrente. En él aparecía una vieja casa, rodeada por una salvaje vegetación. En la entrada de la casa había un banco de madera blanca, perfecto para descansar en las tardes de verano a la sombra del techado. Alrededor de la casa no había más que campo verde y caminos que conducían hacia la profundidad del bosque. Solo en el momento que soñaba con ese paisaje era feliz, deseaba que llegase la noche para recordar la casa y sus vistas. Cuando despertaba, su felicidad se hundía en el pozo eterno de la miseria y volvía a la soledad que presidía sus días. Aunque Alma poseyera casa y familia, no sentía que ese fuera su hogar, de hecho ella tenía la firme idea de que el hogar no se encontraba necesariamente donde resida la familia, sino que estaba en algún lugar donde el corazón quisiera morir. Alma ansiaba encontrar ese lugar donde descansar plácidamente, donde el rencor, la maldad y el pesimismo desaparecieran de su mente. Pero inevitablemente la sombra del dolor seguía sus pasos y temía que su búsqueda fracasara por ese hecho. Tenía derecho a volver a equivocarse, a pedir perdón por sus errores cuantas veces hiciera falta y sobre todo, tenía derecho a volver a disfrutar y poder pensar que la vida podía ser otra cosa. Convencida por estos pensamientos no dudó en hacer la maleta y viajar hacia ese lugar. Alma desconocía cuál iba a ser su nuevo destino, simplemente se limitó a conducir hacia delante, sin pensar en nada. En el asiento del copiloto llevaba como acompañante un dibujo que ella misma había hecho en una de esas noches de insomnio. Era un dibujo de la casa que aparecía en su sueño, perfectamente detallada, con el banco y el techado que retrató al carboncillo.

Tras cuatro horas y media de viaje, decidió pararse en un bar de carretera, para preguntar dónde se encontraba exactamente, pues con los carteles no terminaba de aclararse. Entró en el bar-cafetería, pidió un té y preguntó a la camarera.

–          Estás a menos de cincuenta kilómetros para entrar en Euskadi –contestó la amable camarera, que no cesaba de sonreír. Era una sonrisa gastada, tanto que ya parecía no tener sentido.

Alma agradeció su información, pagó la cuenta mientras terminaba el té y salió del local mirando a su alrededor. Era impresionante como había cambiado el paisaje mientras se alejaba de su ciudad natal. Los secarrales y montes desérticos desaparecieron y éstos se convirtieron en amplios campos de un verdor impresionante. No quiso perder más el tiempo en aquel bar y volvió al coche. A medida que avanzaba el verde se iba haciendo más intenso. En lo alto de alguna montaña, Alma pudo ver grandes caseríos con vacas pastando por sus alrededores. Al fin encontró el mar en la ciudad de Getxo. Estacionó el coche y bajó sonriente de él. Aquel lugar era perfecto. La gente tenía una mirada diferente a la que ya conocía. Allá donde mirase encontraba un espacio verde ocupado por el silencio y la paz. Caminando llegó hasta un acantilado con un molino de piedra en lo alto. Aunque una pequeña niebla se levantaba del mar, el paisaje seguía siendo majestuoso. Los barcos, tímidos ante tanta belleza, navegaban por él despacio, dejando atrás una pequeña estela de espuma. A Alma todo esto le gustó de una forma especial. Jamás había viajado hasta el País Vasco, pero algo en su interior le decía que ya había estado allí, quizás en otra vida, quizás en sueños… No lo sabía exactamente, pero debía de averiguar por qué se sentía como en casa en un lugar tan desconocido como lo era Getxo en esos momentos para ella. El cielo empezó a oscurecer y Alma tenía que encontrar un lugar en el que poder hospedarse durante un tiempo indeterminado. En Loiu encontró un hotel modesto, cercano a Getxo. Tenían una habitación libre, en el ático. Era un hotel de paso para casi todos sus huéspedes, pues en el mismo Loiu se encontraba el aeropuerto y era en ese hotel donde los pasajeros hacían noche si lo necesitaban. Alma estaba allí por tema de vacaciones, quizás la única con ese pretexto. Acostumbrada a no dormir, aquella noche fue la más corta y relajante de su vida. Durmió más de siete horas seguidas, lo nunca visto en ella, y cuando despertó lo hizo de un fantástico buen humor. Ya no le importaba ni lo más mínimo que el cielo estuviera nublado o no, le daba igual, disfrutaría del día con lluvia o sin ella.

De nuevo se dirigió hacia la ciudad de Getxo. Aparte de tener unas casas preciosas con vistas al mar, también contaba con un puerto y un paseo marítimo que lo rodeaba. Anduvo por él largas horas, caminando despacio, respirando hondo y mirando hacia la infinidad del mar. Cuando se acercaba al puerto el olor a sal y ha pescado se hacía más fuerte. Alma pudo ver a unos pocos trabajadores arreglar sus barcos, limpiarlos y ponerlos a punto. Comprobó que muy pocos caminaban en grupo, la mayoría iban en solitario o en pareja. Cantidad de gente hacía deporte por aquellos paseos. Unos montaban en bici, otros iban sobre patines y los más valientes salían a correr aunque el tiempo aquel día no estuviese a su favor. El viento soplaba fuerte y hacía bastante frío para seguir caminando a orillas del mar, así que Alma optó por volver al acantilado. Allá arriba se escuchaba rugir al mar con fuerza. El viento era mucho más violento y Alma sentía que en algún momento echaría a volar. Se colocó al borde del precipicio, extendió sus brazos, cerró los ojos y se dejó manipular por el fuerte viento. Estaba completamente sola, le pudo ocurrir cualquier desgracia, pero aún no era su hora y lo sabía. Saboreó aquel momento de libertad plena, sin límites. Hacía muchísimo tiempo que no se sentía tan llena de paz. Su yo interior amortiguó los lamentos con el aire de Getxo, puede que enmudeciera para siempre, pero Alma tampoco quería eso. Sabía que era diferente al resto, que poseía en materia humana un grado superior y que probablemente, si trataba controlar sus pensamientos acabaría enloqueciendo. Alma podía ser una persona aparentemente normal, pero quien quisiera conocerla lo tendría verdaderamente complicado, pues ni ella misma sabía cuál podía ser su actitud en determinadas ocasiones. Podía actuar de una u otra manera independientemente de sus pensamientos. En ella convivían muchas Almas, todas diferentes entre ellas, pero nunca podrían coincidir dos, la una manipulaba a la otra hasta que ocupaba su puesto. Esa era una lucha interna que debía de combatir cada día, que le dejaba sin energías, totalmente agotada. Jamás pudo hablar de esto con alguien, temía que la tomasen por una loca esquizofrénica. La gente, se tomaba total libertad para dar diagnósticos sin conocer la profundidad del problema, lo malo es que esto también ocurría con bastante frecuencia en los mismos especialistas. Todo el mundo cuenta con varias personalidades, pero pocos son lo suficientemente osados o valientes para dar a conocer esas distintas facetas que nos caracterizan. Es mucho más fácil camuflarse en el calor del rebaño, en la confianza que te da el mal de muchos. Un problema es menos complicado de superar cuando se comparte con otros, en cambio si intentamos superarlo individualmente se convierte en un debate interno de reflexión, difícil de resolver, pero no imposible. Estos eran los pensamientos que Alma guardaba para sí.

Alma pasó la tarde junto al faro de Getxo. Aquella tarde había poco tráfico de barcos, la mar estuvo tranquila y pudo disfrutar de sus pensamientos. Pensó en su trabajo, en sus amistades y en su familia, y para su asombro, no echaba de menos a ninguno de ellos. Su trabajo no le llenaba, ni siquiera le gustaba lo que hacía, las amistades eran pocas y prescindibles para ella y su familia estaba bien sin su presencia, así que no existía ningún problema que la impidiera estar allí. Sumida en estos pensamientos, divisó a lo lejos una explanada en la que antes no se había fijado. En ella había un bulto y poco más. Llena de curiosidad se dirigió hacia ese lugar en coche. Tardó unos diez minutos en llegar, y cuando lo hizo entró por un camino de arena cercado por una madera gastada y oscura. Aparcó en la entrada de la finca, por miedo a que salieran los dueños. El bulto que Alma vio desde lejos resultó ser una casa de madera y ladrillo visto, con grandes ventanales. A medida que se iba acercando a la vivienda el corazón le latía más rápido y las piernas le temblaban levemente. La casa le resultaba demasiado familiar, como todo lo que la rodeaba. Recordó llevar consigo el trozo de papel que contenía el dibujo de su sueño. Lo puso ante sí y comparó el paisaje con el dibujo. Las casas eran muy semejantes, aparte de tener los mismos materiales de construcción compartían también algo muy especial para Alma. Bajo el techado que cubría el patio estaba el viejo banco de madera blanca que Alma pintó un día en ese papel. ¿Cómo podía ser posible? Alma se sentó en él y una lágrima cayó sobre el dibujo, haciendo que el carboncillo se corriera en esa parte. No daba crédito a lo que estaba contemplando, todo era tan igual, tan precioso y a la vez tan suyo sin serlo que quiso guardar ese momento en su memoria. Pero alguien interrumpió a Alma en sus pensamientos. La puerta de la casa se abrió y Alma se levantó de un salto del banco de madera. En el interior de la casa no pudo ver más que oscuridad hasta que un halo de luz salió en forma de persona. Le costó ver de quien se trataba, Alma estaba preocupada porque había entrado a una finca que no le pertenecía. Se alejó dos pasos hacia atrás, con temor a las reprimendas.

–          ¿Qué haces aquí? –dijo la voz misteriosa que salía de entre la oscuridad de la casa.

Alma no pudo contestar, pues esa voz le era muy familiar, tanto que llegó a pensar que era su propia voz. Entrecerraba los ojos para poder ver la cara de esa persona, pero no pudo, la luz que desprendía era tanta que le dañaba y tenía que apartar la mirada de su cuerpo. Al menos sabía que se trataba de una mujer joven.

–          Te he hecho una pregunta –se pronunció de nuevo la voz.

–          Lo siento, sé que no debería de estar aquí –contestó Alma con un hilito de voz.

–          Por supuesto que no deberías de estar aquí, aún es demasiado pronto.

Eso último no lo entendió y aún menos cuando pudo ver al fin la cara de la persona que se dirigía a ella. Era la cara de Alma, era el cuerpo y la voz de Alma, como bien comprobó al principio de la conversación. No daba crédito a esa imagen, buscó alguna explicación con la mirada a su alrededor, pero no encontró ninguna. Pestañeó fuerte para despertar de aquella pesadilla, pero lo único que consiguió fue que apareciera en el interior de la casa. Estaba todo muy oscuro y frío, la figura era lo único que despedía luz en aquel lugar, así que Alma siguió sus pasos para no perderse en la extraña casa.

–          Perdona que esté todo tan desordenado, simplemente no te esperaba todavía.

–          ¿Quién eres? –dijo Alma aún más asustada.

–          ¿Acaso no me ves? Soy tú.

–          Qué broma es esta, déjame irme por favor –Alma estaba a punto de echarse a llorar, pero la figura, con su misma cara, se puso frente a ella y sonrió.

–          No soy yo la que te ha traído hasta aquí, has sido tú quien has decidido venir. Pero volver no será tan fácil.

Siguieron caminando por el pasillo eterno. A los lados había imágenes antiguas que contenían la infancia de Alma. Se reconocía en cada fotografía y recordaba cada instante vivido. ¿Cómo llegaron hasta ahí? No lo sabía y tampoco se atrevía a preguntar. Se limitó a escuchar a la figura que decía:

–          ¿Lo recuerdas? Ahí sonreías mucho más que ahora, debe ser por la ignorancia. ¿No piensas que la felicidad se encuentra en la inocencia de la ignorancia? No, sé que no piensas así, aunque a veces te lo hayas planteado. No estés asustada, te recuerdo que si estás aquí es por voluntad propia y el salir o no de este lugar ya no depende de ti.

–          ¿A qué te refieres?

–          Lo entenderás cuando todo haya pasado, ahora solo observa y escucha.

Alma obedeció a la voz y caminó durante muchísimo tiempo. Notó que no se cansaba, movía las piernas con una rapidez asombrosa, pero el cansancio nunca llegaba. Llegaron hasta un espejo alto donde se podía ver de cuerpo entero. La voz le ordenó que se pusiera frente a él.

–          ¿Qué ves? –preguntó.

–          Nada –contestó Alma.

–          Exacto. Este es el espejo de la personalidad, de nuestro interior. No ves nada porque así te consideras. Es muy difícil agradar a todos, y tú lo has intentado siempre. Has querido ser tantas cosas a la vez que mira en lo que te has convertido. En nadie. No puedes tratar de convertirte cada día en una persona diferente a ti, porque con eso solo consigues que tu yo interior permanezca encerrado en una jaula de acero que tú misma te encargaste de fabricar para él. No pongas esa cara Alma, son errores que se cometen muy comúnmente, igual tú tienes la suerte de poder remendarlos. Quién sabe.

A unos cuatro metros había otro espejo, éste era mucho más grande y alto. Alma volvió a colocarse frente a él, esta vez sí se reflejaba su imagen, pero no solo eso, también aparecieron las caras de sus familiares y amigos que se alejaban de ella hasta convertirse en una bruma.

–          ¿Quién se aleja de quién Alma?

–          Ellos de mí.

–          Eso sería lo fácil, pero no. Eres tú quien te despegas, quien buscas tu propio espacio consiguiendo esto, que se alejen tanto que después cueste reconocerlos, terminan convirtiéndose en una espesa niebla Alma, ¿lo ves?

Alma asintió con la cabeza. Tenía ganas de llorar, pero el continuo movimiento se lo impedía.

De pronto sintió como una corriente de electricidad recorría su pecho. Notó un fuerte hormigueo en la punta de los dedos. La vista se le nublaba y la figura se alejaba de ella, sumiéndola en una profunda oscuridad. “Esta vez tuviste suerte” dijo sonriente la voz antes de marcharse para siempre. La oscuridad seguía invadiendo su ser. Le pesaban los ojos, los mantenía cerrados pues no podía hacer otra cosa. Escuchó un murmullo a su alrededor, no podía entender lo que decían pero sabía que se referían a ella. Hizo un esfuerzo por abrir los ojos y tras varios intentos lo consiguió. Lo primero que sintió fue un fuerte destello de luz, después fueron unas caras, desconocidas, que se acercaban y la auscultaban los ojos con pequeñas linternas. Sentía como unas manos toqueteaban el resto del cuerpo. Incomoda y harta por no comprender nada de lo que le estaba sucediendo preguntó:

–          ¿Dónde estoy?

–          Estas en el hospital Alma. Yo soy el doctor Simón, quien te atendió desde que entraste aquí.

Enfocó la vista hacia el doctor, que estaba acompañado por dos enfermeras. Simón pidió que les dejaran a solas, ya que todo estaba en orden.

–          ¿Recuerdas cómo llegaste hasta aquí? –preguntó Simón.

Alma negó con la cabeza.

–          Verás… llevas dos días en coma, no sabíamos que despertarías tan pronto. Te encontraron en la bañera desangrándote, con heridas de cuchilla en las muñecas.

Alma recordó entonces lo que había sucedido aquella mañana en la que lucía un espléndido sol. Comenzó a llorar en la cama del hospital, Simón quiso consolarla pero no pudo hacer nada.

–          Perdiste demasiada sangre, pero ya estás bien. Gracias a que te encontraron a tiempo estás viva.

Alma miró sus muñecas cubiertas por vendas. Comprobó que aquello había sucedido que intentó quitarse la vida. Le vino a la memoria lo último que sucedió en la casa de madera, con la extraña figura. ¿Sería ésta una nueva oportunidad para remediar las cosas? Estaba claro que el viaje no había sido en balde, que por alguna extraña razón Alma seguía viva para tomar un nuevo rumbo en su vida. Podía ir a Euskadi, esta vez de verdad, y visitar los sitios con los que había soñado, si eran reales o no. También podía quedarse con su familia y tratar de volver a acercarles a ella e impedir que la bruma les cubriese para siempre. ¿Contaría esta experiencia a alguien? Puede que no, era demasiado fuerte para que ser creíble. Alma pensó en dejarlo escrito, para no olvidar jamás que estaba disfrutando de una nueva oportunidad y recordar que un día viajó a su interior para comprender quien era ella en realidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s