Madrid. Autor: Carmen Elena Villacorta Zuluaga

María y Marcos están recién casados en Madrid. María y yo, compañeras de colegio en Bogotá, coincidimos después en México, en donde formábamos parte de la gran familia colombiana en el D.F. Este año esa familia sufrió importantes modificaciones porque Manuela, hermana de María, se mudó a Lima, Carmen Elena a Córdoba y María a Madrid. De las tres, la de María fue la más intempestiva y la más épica de las mudanzas. Se enamoró de Marcos en sus vacaciones decembrinas en Barcelona, volvió a México con un hermoso y resplandeciente anillo de compromiso, con diamante incluido, y 3 meses más tarde estaba protagonizando su primera ceremonia de boda, en el Desierto de los Leones, al sur del D.F. En esa ocasión, el look era el de dos rockstars casándose en Las Vegas. La boda en España, la oficial, fue más clásica. María vestida de blanco, el cabello recogido, el maquillaje delicado. Preciosa. Con razón, cuando en la tarde del lunes salimos los tres a pasear, Marcos la llamó “la más guapa de la Gran Vía”. Muy enamorados y cómplices lucían los recién casados que me brindaron su hospitalidad en el No 8 de la calle Canal del Bósforo del barrio Canillejas.

Si ya en Bilbao me había sentido de vuelta al mundo latino, en Madrid ni se diga. En el metro, en las calles, caminando entre la gente y rodeada de muchos edificios altos, dispares, de ladrillos rojos, me sentí a veces como en Buenos Aires, a veces como en Bogotá, a veces como en el D.F., y un aire de familia lo impregnó todo. En Euzkera me habían advertido que el calor del verano madrileño no se podía creer, pero no pensé que se trataría de una onda paralizante que me impediría moverme durante todo el primer día. Pasé tumbada en el sofá de la sala, aprovechando para avanzar en mis crónicas, pero ¡qué calor! Sólo cuando pasaron las 6 de la tarde pudimos salir a dar una vuelta. Del metro Torres Arias, donde estábamos, al centro, hay cerca de 1 hora. La ciudad, toda el área metropolitana, tiene 7 millones de habitantes, siendo la tercera más poblada de la Unión Europea, después de Berlín y Londres. La Gran Vía es una avenida repleta de almacenes, hoteles, restaurantes y gente, muchísima gente. Y con ese verano, y con esa tendencia de las españolas a vestirse bien, ¡hombre! que las tías van con shortcitos diminutos enseñando el culo, en plan ‘que somos las más guapas de Europa’, joder. Y sí, muchas guapas.

Junto al parque del Oeste, en donde además de muchos árboles hay una estatua de Sor Juana Inés de la Cruz, se encuentra el Templo de Debod: un santuario egipcio dedicado a la diosa Isis y al dios Amón, construido en una aldea a orillas del Nilo, hacia mediados del siglo III a. C. Siguen sin quedarme claras las razones por las que una obra de tal importancia histórica en Egipto está ahí, en el centro de Madrid, pero lo cierto es que el gobierno egipcio lo donó a España en 1968 y ahora es un lindo atractivo de la ciudad. A su alrededor, agua, más árboles, muchos jóvenes sentados sobre el césped, y frente al templo una bella vista del atardecer en tonos naranja que nos serenó el espíritu. Caminamos por la calle Ferraz hacia la plaza de España en donde sendas esculturas de Sancho Panza y El Quijote rinden homenaje a Cervantes. La arquitectura del casco histórico madrileño data del siglo XVII, de estilo clasicista, sobresalen ciertos bellos edificios en los que no reparé demasiado por ser de noche y estar mi espíritu turístico bastante mermado a esas alturas del viaje. Después de la obligada parada en una enorme tienda de souvenirs, terminamos cenando en una típica fonda madrileña. La comida exquisita: rabas, papas, morcilla. Afuera, las calles plagadas de vendedores ambulantes, sobre todo negros, cuyas mantas tendidas en el suelo tienen un mecanismo que en un 2 por 3 las convierte en bolsos al venir la policía.

En la Puerta del Sol un grupo de adolescentes hacía piruetas con sus patines. Hábiles, atléticos y protagónicos, captaban la atención de los transeúntes mientras se deslizaban bailando entre pequeños conos ordenados en fila sobre el suelo. Buen espectáculo, pero hubiera preferido presenciar algo de las concentraciones de la spanish revolution. En la observación superficial que hice no logré ver crisis, ni económica ni política. Predominaba más bien un ambiente vacacional de relajamiento y disfrute. Los restaurantes llenos, las calles llenas, los parques llenos, la gente paseando tranquila. Pero María ha conversado con su suegro, un sindicalista de toda la vida para quien es evidente que de lo que se ha tratado últimamente es de acabar con las conquistas de los trabajadores, obtenidas a través de arduas luchas a lo largo del siglo XX. Ella cuestiona el complejo de culpa que asegura tienen los españoles por ser “buena vida”. Según parece, se sienten menos trabajadores que los alemanes y atribuyen a eso la causa de la crisis económica. María opina que a la buena vida no se debe renunciar. Al contrario, hay que reivindicar el derecho al ocio, al goce, a trabajar para vivir y no vivir para trabajar. Al siguiente día, mientras caminábamos por la Puerta de Alcalá —en la que me tomó la clásica foto— y por el parque El Retiro, me hizo su análisis de la agenda mediática: los medios españoles se dividen entre los pro monarquía y los anti monarquía, pero todos hablan sistemáticamente de eso. Qué extraño que la institución monárquica se sostenga. Una evidencia más del peso de la tradición.

El Retiro es de hecho un antiguo lugar de recreo de la Corte, hoy en día parque de 118 hectáreas. Al entrar nos atacó una gitana que empezó a leerme las manos y quiso cobrarme 10 euros por cada una. Gracias a María nos la sacamos de encima por unas monedas. Nos amenazó con mala suerte y María la regañó, porque con la magia no se juega. El parque da como para quedarse allí el día entero. En el lago, barquitos de pedalear con gente adentro. El sol picaba en pleno medio día, pero podíamos refugiarnos de él entre los árboles. Dimos con una antigua casa blanca que albergaba una exposición de arte contemporáneo. Instalaciones sobre todo metálicas, mucho metal, vidrios rotos, muchos vidrios rotos, fotos, un pequeño cuartito de paredes de papel blanco. Con María me dieron más ganas de descubrir el significado de esa forma artística que en general me resulta críptica, extraña. María, cineasta y curadora, está familiarizada con esos lenguajes vanguardistas. A la salida nos regalaron entradas para el Reina Sofía. Decidimos comer e ir. Pero antes dimos con lo mejor del día: el Palacio de Cristal. Ubicado a la orilla de un laguito adentro del parque, el Palacio es una casa construida enteramente de vidrio. Algo realmente sorprendente, como de cuento de hadas. También allí había instalaciones, pero, arrobada con la belleza del lugar, me dediqué a imaginar las cosas maravillosas que seguramente pasaron en ese lugar y las historias de amor que se tejieron en las innumerables fiestas que sin duda allí se celebraron.

Caminando por la calle Alfonso XII, una avenida con camellón, llegamos a Atocha, el espléndido edificio de la estación de trenes de Madrid. Se trata de una obra de finales del siglo XIX que actualmente se encuentra en remodelación. Aún así, se aprecia la hermosura de una estructura alargada de color rosa. Muy cerca, el museo Reina Sofía. Pero el día martes está cerrado. Continuamos caminado hasta llegar al emblemático Lavapiés, barrio tradicionalmente judío y actualmente habitado por jóvenes e inmigrantes. Tiene un parecido al centro de Bilbao. María me dijo que le recordaba a la candelaria en Bogotá. Edificios antiguos de mediana estatura, pero descuidados, hacen que las rentas sean baratas. Se trata de la mayor concentración de casas ocupas de Madrid. El aspecto bohemio, como de grandeza venida a menos, los restaurantes de comidas de diferentes partes del mundo, las tiendas de ropa y artesanía, las pequeñas librerías, los grafitis en los que nos tomamos fotos, los colores, los personajes, la onda alternativa en general, lo hicieron mi lugar favorito de Madrid. Aunque María me contó episodios desagradables que revelan un Lavapiés más peligroso que antes, probablemente tomado por mafias. Después de tomar algo en una mesa sobre un andén —lo que parece ser el pasatiempo favorito de todo europeo— subimos al metro para ir a Las Ventas, la plaza de toros. Señora plaza. La del D.F. (muy cerca de la cual viví durante 4 años) la supera en tamaño, pero ésta es una obra arquitectónica notable de ladrillo rojo, arcos, imponente fachada. Allí fue a buscarnos Marcos para llevarnos en la camioneta a donde Clarita, la madre de María y Manuela. Tuve la suerte de coincidir en Madrid con ella.

Clara Inés es una mujer dulce, sabia, interesante y hermosa con la que tengo un feeling especial. Me moría porque me leyera las cartas, así que después de hacer visita y conocer a su hermano, el “tío Juancho”, brillante ingeniero que vive desde hace 14 años en Madrid con sus 2 hijas y no para de hacerlo reír a uno con sus chistes y dichos colombianos, María y Marcos se fueron y yo me dispuse a escuchar lo que el oráculo de Clarita tenía para decirme en esa ocasión. Todas excelentes noticias, nada de qué preocuparse en el futuro. Como la lectura se hizo larga, me quedé a dormir allí, en el departamento de Juancho, en donde los dos hermanos Guerrero me alimentaron, cuidaron y contaron anécdotas de la numerosa familia materna de Manu y María. Una delicia. De allí partí hacia el Reina Sofía. Lo más impactante fue lo que vi de último: el Guernica, la obra más visitada del museo. Picasso en general fue lo que más me gustó. Había visto una exposición temporal de dibujos suyos en el MARTE (el Museo de Arte de El Salvador) y ahora allí estaban. Pero lo que más llamó mi atención fue la sala dedicada a obras alusivas a la guerra civil. Recordé el Leopold en Viena, en donde no se hace ninguna alusión al horror del holocausto. En cambio, aquí varios pintores de la historia violenta de España tienen cabida y el principal de ellos es Picasso. Maestro de maestros. Había también mucha obra de Dalí y varias pantallas exhibiendo películas de Buñuel. Imágenes surrealistas. Recordé una entrevista larga en la que Buñuel reivindica el derecho a la imaginación. En la imaginación todo. En la realidad, los frenos impuestos por la cultura. En su momento fue una idea decisiva para mí. Pero hoy en día el surrealismo no me dice mucho. Después del paso obligado por la tienda del museo en búsqueda de mi imán del Guernica, volví a Lavapiés a comer un kebab en un sitio turco. Lindas telas recubrían las paredes. En el televisor, artistas turcos cantaban híbridos pop-música tradicional. Rico y barato.

Sobre el Paseo del Prado queda el Museo del Prado, al que no entré. En esa misma avenida están la fuente de Neptuno y la famosa fuente de La Cibeles. La primera noche, María y yo recordamos con ternura la pequeña Cibeles de la colonia Roma en el D.F. Esa avenida se convierte luego en el Paseo de Recoletos, que caminé hasta la Biblioteca Nacional, por recomendación de Clarita. (¿El exclusivo barrio de La Recoleta en Buenos Aires tendrá algo que ver con esto?). Luego, ¡a casa!, porque en la noche nos esperaba un espectáculo flamenco: el modo idóneo de despedirme de Madrid. María había hecho reservaciones en el tradicional “tablao Villa-Rosa”, un restaurante con acabados de madera y murales internos de mosaico. Lindísimo. La paella óptima y el espectáculo, ni hablar. Tuve todo el tiempo presente a La Comino, la hermosa bailaora argentina radicada en México con quien aprendí a apreciar el flamenco. Esa fuerza, esa pasión, esa entrega. Los artistas de la noche eran 3 bailaores, un guitarrista y un cantaor. Faltaba la caja, pero lo compensaba el hecho de ser todos jóvenes haciendo gala de su juventud, sabiendo ser el centro de atracción y el alma de la fiesta. Me quedé enganchada con una de las dos bailaoras: piel trigueña, tersa, cuerpo esbelto, vestido café claro con lunares blancos, todo ceñido a su silueta delgada, excepto los revuelos de la falda, y esa forma de bailar. Guawww. Serpenteaba. Nunca antes vi una bailaora serpentear así, involucrar de esa manera el tronco, contorsionarse armónica, sensualmente, al ritmo de las palmas y los adoloridos cantos gitanos. Lo que sobresale en el flamenco suelen ser los pies, el zapateo, las manos, los brazos y sus movimientos circulares, las dramáticas expresiones del rostro. Ella tenía todo eso y además su serpenteo, su sensualidad. Maravillosa. Lamento flamenco en luna llena. Morirse de amor y que se acabe el mundo de una buena vez, ¡y olé!

Al salir de allí fuimos al barrio de las letras a leer fragmentos de poemas incrustados en el piso. Supongo que se trata del modo en que los madrileños dan reconocimiento a sus escritores. Ya la primera noche Marcos nos había llevado a un bar con versos escritos en las paredes. Y ahora, de despedida, caminábamos entre letras cuando encontramos un grafiti memorable, al que la cámara de María registró: “son tan pobres, que no tienen más que dinero”. El centro de la ciudad está lleno de bares a los que grupos de amigos entraban. Me resultó curioso que cada bar contara con chicas y chicos que para atraer clientela van por las calles ofreciendo tragos gratis. Era agradable andar por allí a la media noche sin temor. Volvimos al departamento en un bus nocturno, Marcos sentado en una silla para bebés. Nos despedimos, porque al día siguiente no nos veríamos más. Mi avión a París salía a primeras horas de la tarde.

Por la mañana, mientras terminaba de empacar mis cosas, tomar el desayuno que María me ofrecía y guardar la lonchera que me preparó, me sentí nerviosa. Viajaba con Ryanair y todo mundo me había hablado mal de esa aerolínea. Me podían salir con cualquier cosa. En el trayecto hacia el bus que me llevaría al aeropuerto pasamos por la zona comercial de Canillejas, el barrio en el que Marcos ha vivido siempre. El carnicero, el verdulero, el tendero lo conocen. María me explicó su interesante tesis sobre la importancia del toro en la idiosincrasia española. Sí había llamado mi atención el hecho de que el toro fuera un símbolo y que siluetas de toro se encontraran por doquier en la ciudad. Según María, lo que eso significa es un respeto enorme por el animal. La pregunta que ella se hace es ¿por qué criminalizar las corridas de toros y no el rastro? ¿No es acaso más cruel matarlo para comer que enfrentarlo de tu a tu en la plaza? En eso me quedé pensando después de abrazarla y subir al bus. En el aeropuerto me encontré con la noticia de que mi boleto de Ryanair no incluía la documentación de ningún equipaje y que si quería llevarlo debía pagar la módica cantidad de 100 euros. ¡¡¡¡¡CIEN!!!!! Ni modo. Llegué con 100 euros menos a París, pero con mi equipaje completo. Al fin que el dinero viene y va, como alguna vez me dijo sabiamente la Colocha Huete. Además, la generosidad de mis anfitriones lo compensa todo y el viaje continúa…

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Un Comentario

  1. gipabumo

    viajeras del corazón… la familia se arma y se rearma en cada rincón donde nos encontramos, bello relato

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