Fantasmas. Autor: María del Carmen Macedo Odilón

Nunca me encariño a alguien que sé, no volveré a ver.

Así ha sido desde siempre, el saber que estoy rodeada de extraños, desconocidos, sujetos ajenos a mi vida. Personas que día a día tienen vidas diferentes de lo que concibo como existencia, me hace pensar que dentro de esta esfera llamada Tierra no estoy sino rodeada de sombras, fantasmas, imágenes, espejismos, vidas que para mí no son más que incertidumbre.

─Mi amor se fue en un camión… –dijo una vez mi amigo Luis cuando éramos adolescentes, a la salida de la escuela secundaria junto con el resto de la pandilla, por decirlo así, caminábamos juntos un trayecto en común lejos de las aulas de estudios, rumbo a nuestros hogares.

Nunca lo vi de ese modo, que uno de esos fantasmas desconocidos pudiera sacudirme con solo su presencia o tal vez con su aroma, en las mañanas, camino a la escuela trascurría entre la gente trece kilómetros de distancia hasta mi secundaria, abordaba dos distintos medios de transporte y caminaba cerca de media hora, difícil creer que en ese trayecto que andaba diariamente nunca hubiese mi mirada recorrido un rostro que me hubiera gustado conocer.

Para mí el amor nacía del diálogo y la convivencia, de otro modo solo podría haberlo llamado curiosidad, atracción y un leve gusto cuando mucho.

─¿Estás sola, cómo te llamas? –fue la voz de un adulto a bordo de un automóvil, merodeando a la salida de clases en mi primaria. Tendría yo en aquel entonces siete años y como era habitual, esperaba sentada en el zaguán a que mi madre viniera por mí, solía llegar quince minutos tarde por lo que era común verme sola, insignificante y abandonada al borde del anochecer, esperando ver un rostro familiar y no uno de esos peligros en potencia (podía imaginar el viaje a lado de unos de esos secuestradores, recorriendo parajes solitarios lejos de mi casa, convirtiendo el camino en pesadilla, no como el retorno a mi hogar, aventura de quince minutos que me hacía dar de saltos por las calles que conocía desde que tenía memoria y que cruzaba siempre de la mano de alguien que me quería)─ no te asustes, no te voy a hacer nada –pero era tarde, caminé rápido buscando el cobijo de una mujer que vendía dulces y quien era además de mí, la única persona que estaba en la calle. El automóvil partió y segundos después llegó mamá.

Amigos o enemigos, futuros amantes o delincuentes, las únicas categorías en las que podía encasillar a la humanidad, sin saber que del otro lado de mi mirada no faltaría quien pensara lo mismo de mí.

La caridad me llevó a interesantes conjeturas de mi carácter, el sitio: un albergue de animales domésticos: tareas a realizar: bañar perros, lavar transportadoras, pasear a los más grandes y convivir entre rescatistas, apenas estaba empezando en esos asuntos cuando me vi tallando el techo de una perrera, una chica se acercó a mí y me ayudó con el extremo contrario, intercambiábamos frases simples como darle vuelta al techo, usar más agua, cambiar de cepillo y no más, pero lográbamos coordinarnos bien. Después, sin siquiera establecerlo estábamos bañando en la calle a un gran perro, cada quien un flanco y después otro animal más. Nos reímos, trabajamos en conjunto y hubo afinidad en nuestro tono de voz y maneras de actuar, pero no sucedió más, la verdad no me atreví a preguntar su nombre y ella tampoco se interesó en el mío.

La volví a ver un par de veces pero no supe que era ella, porque me había olvidado de su rostro, mi falta de interés en intimar con gente me llevó a olvidar algo tan simple como pensar en su cara y voz, fue hasta que ella me saludó que caí en cuenta que la había tratado antes pero eso no cambió en absoluto mi forma de pensar.

─Si cierro los ojos y no salgo de casa ¿existe el mundo que decimos conocer?, ¿de verdad África es real?, ¿por qué no creer que es invención mía, que tú y lo demás que me muestran mis ojos no es solo creación de mi imaginación? –dije mi constante pensar a mi novio años después, cuando algunas barreras con los extraños fueron derribadas por la necesidad de ser una criatura social, como es natural en el ser humano, pero ¿cómo no creer que la existencia misma es una pincelada de nuestra propia locura?

Una vez tras despertar a lado de un hombre me dije: ¿quién eres tú?, y la respuesta fue: soy el mismo que ha dormido contigo noche a noche. Claro, pero por un momento incluso dudé si sabía cuál era mi propio nombre. Si uno nunca acaba de conocerse, ¿cómo saber quién habita una piel ajena, con qué se estremece y por qué llora?, incluso una vida rutinaria es poco para saber tanto de una persona, a diferencia de lo simple que es aprender el alfabeto.

─Mi amor se fue en un camión… –me dije recordando a Luis hace más de doce años de aquella frase y pensando en Fernanda, la pobre alma en pena que se enamoró en una aldea invernal: un recinto artificial que se inauguró en la capital, en un país donde no hay nieve está de más decir que fue la sensación de propios y extraños, niños haciendo filas para descender en un tobogán de hielo, y lo más impactante: una pista de patinaje. Fernanda estuvo con un grupo de cinco amigas, aprendiendo a caer con gracia y solo por segundos a patinar, lo que más les gustaba era hacer algo diferente entre amigas, de pronto vio a un muchacho que estaba acompañado de otro joven, un poco más grande, intercambiaban miradas cada vez que pasaban al lado del otro, algunas risas de las amigas de Fernanda hicieron que el chico se apartara cohibido con su conocido, y se cambiaran los patines de hielo por su calzado habitual para irse. Pero la preparatoriana, deslumbrada por una presencia que le abrigó el corazón tomó una arriesgada decisión, se acercó a un par de metros de los hombres y ahí, el acompañante, quizá sabiendo lo que sucedería se excusó yendo a comprar un chocolate caliente y desde lejos contemplaría una vaga escena de romance.

Fernanda se sentó junto a él y también empezaba a soltarse los patines, lo miró y sonrió tímidamente, él le correspondió y sin contenerse dejó salir un estornudo.

─Salud.

─Gracias –lo vio cerrándose el cierre de la chamarra, pero dejaba parte de su cuello descubierto, por el acento de su habla, Fernanda supo que no era de la capital. Le dijo que ojalá no se fuera a resfriar y él respondió que esperaba que no porque estaban acabando las vacaciones de invierno y empezar la escuela acatarrado sería penoso, ella se acercó y se soltó la bufanda gris que llevaba.

─Te queda mejor a ti –calmó el temblor de su habla y notó sus pequeñas manos rodeando el cuello de un desconocido, un extraño que la alteraba más que el resto del mundo que sí le pertenecía.

─Gracias –le tomó las manos con sus guantes afelpados y la observó, él tenía novia pero eso, claramente no lo iba a decir porque en sus planes no esperaba coquetear con nadie en vacaciones.

Se soltaron, intercambiaron un par de palabras y tras dejarle sus guantes, el muchacho se marchó.

─¿Vas a venir mañana?

─Creo que sí –le gritó agitando su mano descubierta, dijo algunas palabras a su acompañante, que lo alcanzaba con una bebida cálida. Los dos se fueron sin voltear.

Fernanda acudió al día siguiente con sus amigas a localizarlo, y después buscó a solas por un par de días más hasta que cayó en cuenta de que no lo iba a volver a ver, fue un golpe terrible para su sentir porque consideraba que él había hecho del viaje del amor, cruzando carreteras y ciudades para conocerla, a quien gustosamente se habría convertido en la madre de sus hijos y ella, aún pensaba en la mañana cuando despertó, cómo convirtió una salida cotidiana en lo que sería su anécdota favorita, recreaba cada paso que dio al salir de su hogar para conocerlo, como si hubiera cruzado el desierto para llegar a su oasis.

─Ni siquiera le pregunté su nombre ─dijo en un reportaje para la nota rosa de los medio capitalinos, con la reseña de las actividades en esa villa navideña improvisada, y aunque la entrevistaron y ella lo describió a los medios y pidió que se comunicara con ella, incluso enseñando los guantes que él le había dado no obtuvo respuesta.

Tu amor desapareció en con el fin del invierno, al menos eso hubiera querido decirle a manera de solidaridad femenina, pero no podría hacer más porque ambas éramos muy diferentes, puesto que si recuerdo cómo conocí a mi novio, la respuesta fue muy sencilla, descendí de un transporte para ir a la facultad de Filosofía y Letras y él bajó tras de mí.

─No iba a dejar que te me escaparas –mencionó mientras recuperaba el aliento por haber saltado de un camión en movimiento─ ¿qué tal si no te volvía a ver?, ¿cómo hubiera sido mi travesía para volver a verte?.

Y de eso hace casi ocho años…

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  1. Argenis Rodríguez Salinas

    Me recordó a los “fantasmas” de nuestras vidas, como decía una canción: “Donde nadie sabe de mí y yo soy parte de todos”, la vida en sociedad donde le individuo se percibe desde afuera como insignificante y sin embargo su rica vida interior es la que lo distingue y a la vez lo aleja del mundo común, donde algunos tiene la suerte de encontrar aliados a pesar de las enemistades.

  2. LUISA

    me gusta este relato define agradablemente qué el destino está con uno mismo.
    siempre vuelve si es qué alguna vez se marcha de nosotros y si es tan estupendo y felíz y te deseo qué te vengan más de ocho años de felicidad para los dos.

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