Entre Nuevas Tierras y Esperanzas. Autor: Laura Garrido Barrera

Desde aquel punto de la bahía podía divisar la silueta de un navío que se acercaba hacia la playa entre las nubes de un atardecer sombrío. Su interior parecía estar mudo, sin movimiento alguno que evidenciara las vidas ajetreadas de sus marineros. El leve silbido de una canción, tenue y melodiosa, captó mi atención cuando estuvo más cerca. Un hombre apostado en la proa del barco silbaba haciendo tamborilear sus dedos sobre un farol que iluminaba su rostro confiriéndole un aspecto siniestro. Me oculté entre unos arbustos y permanecí muy quieta mientras el barco atracaba en la ensenada. El marinero deslizó las cuerdas amarradas a una barca de remos por la proa, se tiró de cabeza al mar y remó hasta la orilla antes de que yo pudiera valorar cuánto me costaría llegar a mi casa por el bosque sin ser vista.

Cuando se quitó sus ropas ajadas, observé entre las ramas un cuerpo varonil, rudo y fornido, con el calor del sol impregnado en su piel. Se bañó braceando de forma torpe. Después lavó sus pantalones de pata ancha, su blusa negra y se acercó a los arbustos donde yo permanecía inmóvil. Tendió la ropa silbando la tonadilla de una canción que me resultó familiar y se tumbó sobre la arena con los brazos en triángulo por detrás de su nuca, con las piernas muy abiertas dejando al descubierto sus partes más íntimas. Yo ni siquiera respiraba por miedo a ser descubierta, pero la noche nos abrigó rápidamente y estornudé tres veces cuando sentí los primeros escalofríos.

En ese momento, el marinero dio un respingo, se levantó y rodeó el arbusto. Me encontró encogida con la cabeza entre las piernas y sobrecogida por mi torpeza. Mi madre me lo había advertido: no te acerques nunca sola a la playa, no sea que bucaneros o piratas arriben en ella.

Mis forcejeos por liberarme fueron inútiles frente a un hombre de mayor corpulencia y aunque intenté soltarme de sus manos, pegarle patadas y escupirle cuantas veces pude, creo que me propinó un golpe en la cabeza y caí rendida a sus pies.

****

Desperté al día siguiente en un camarote minúsculo con el hedor de una atmósfera irrespirable. Todo estaba muy oscuro. Me dolía el lado izquierdo de la cabeza y sentía que mis piernas habían quedado paralizadas por el miedo. Intenté estirarlas, mi calcetín rozó un arrebujo de mantas que sobresalía junto a la pared. Instintivamente me ovillé y abracé mis rodillas temblando. El bulto giró varias veces sobre el mismo espacio, emitió un sonoro bostezo y tras un prolongado silencio elevó sus ronquidos hacia un techo que goteaba agua sobre mis pies.

El barco se mecía como cuando mi padre me llevaba a pescar al río en una balsa de troncos que él mismo construyó. Hacía tanto tiempo de aquel balanceo tranquilizador que había olvidado su rostro por completo. “Volverá pronto”, decía mi madre siempre que preguntaba por él, pero ya habían pasado once años desde que embarcó en un galeón que partió desde Sevilla hacia el Nuevo Mundo. Yo no entendía de mundos más allá del bosque y mi playa, y tampoco creía en las leyendas de marineros con patas de palo y corsarios que podían separarme la cabeza con el filo certero de su espada.

El bulto giró nuevamente y poco a poco empezó a incorporarse. Tuve tanto miedo que escondí la cabeza entre las piernas tocando el suelo en una contorsión casi imposible para mi frágil cuerpo. Sentí cómo se ponía de pie porque las mantas cayeron una a una sobre mis pies, y después bostezó con un rugido como si fuera un león herido. La oscuridad del camarote provocó que tropezara conmigo y cayera sobre un bidón que yo tenía a mi espalda.

—    ¡Por todos los escorpiones vivos! ¿con qué he tropezado? —maldijo enfadado.

Se agachó a mi lado, separó con delicadeza mis piernas y me agarró por la barbilla para que yo levantara la vista. Descubrí a un hombre de pómulos abultados con barba muy crecida, cejas espesas y unas pupilas dicharacheras que parecían bailar con su asombro.

—¿Quién eres?

—Rosalía Muñoz de Alfambique —contesté de retahíla.

—¿Y qué diablos haces aquí?

—Me ha cogido el marinero que silba.

—¿Cogido? —repitió haciendo una mueca divertida.

Nos miramos en silencio. Él hizo otra mueca, esta vez de desagrado, y yo me mordí el labio superior hasta hacerme sangrar.

—Bien. Voy a encender el candil, ya debemos estar cerca de África.

—¿África? ¿cómo?… —pregunté asustada.

—Sí, África. Allí embarcaremos a jornaleros que harán labores de hombres de la mar y los llevaremos al Nuevo Mundo para que labren nuevas tierras.

—¡Yo no puedo ir allí! Mi madre no sabe nada y quiero regresar con ella.

—Ya… —masculló enrollando su barba en el dedo— ¿Qué edad tienes?

—Quince años.

Me observó de nuevo, esta vez muy serio, ya no bailaban sus ojos.

—Bien. Desde ahora mismo tendrás once, ¿me oyes? ¡Once años! —me gritó—. Mira a ver cómo puedes disimular tus pechos apretándotelos con esta camisa. Cuando vuelva quiero ver a una niña pequeña. Aséate, lávate y haz lo que creas conveniente. Yo hablaré con Víctor y veremos qué decide —sentenció tajante cerrando la puerta y dejándome sola.

A la luz del candil pude contemplar mejor el camarote. Había una palangana con agua, un espejo, unos peines, una navaja, una pieza de jabón, un jergón en el suelo, un par de barriles, y rollos de mapas de navegación apoyados en las paredes. Cogí la camisa que me había prestado, la metí por debajo de mi blusa e hice un nudo con las mangas muy ajustado que casi no me dejaba respirar. Me miré en el espejo y alisé el pelo con un peine al que le faltaban la mitad de las púas. Recogí el pelo en dos trenzas y anudé sus extremos con un cordón de zapatos que encontré atado a un mapa. Al estirar el pelo sentí dolor de cabeza. Frente al espejo, recordé a María, la hija del panadero que acababa de cumplir once años. Ella tenía muchas pecas en la cara y un rostro muy aniñado. Decidí maquillar mi rostro con un aire más inocente. Detrás de los barriles, encontré un escritorio pequeño con un taburete muy bajo, y sobre él, unos dibujos preciosos y coloridos en un mapa firmado por un tal Juan de la Cosa. En uno de los cajones, encontré un trozo de carbón y me pinte tres lunares pequeños a juego con mi pelo negro. Si tenía cuidado de no tocarme, permanecerían ahí buena parte del día, y acto seguido me guardé el carbón para repasarlas cuando fuera necesario.

Me senté en uno de los barriles y esperé a que algo ocurriera. Tenía mucha hambre y mi estómago sufría espasmos nerviosos recordándomelo. Necesitaba que regresara el hombre barbudo con alguna buena noticia que aminorara mi ansiedad. Pensé en mi madre, que andaría loca de pena buscándome por todos los pueblos, y en la señora Jacinta, que siempre me había tenido mucho aprecio por lo bien que le lavaba la ropa y atendía a sus hijos pequeños.

La puerta del camarote, se abrió de un golpe seco que hizo saltar el picaporte por los aires. Entró el hombre de la playa y me dijo que le siguiera hasta la cubierta del barco para verme a la luz del día. Le seguí con paso muy rápido sin rechistar. Desde la cubierta se veía un pedazo de tierra a pocas millas. El hombre barbudo sonrió al observar mi nuevo aspecto, y el marinero que silbaba me miró con desgana y me dijo:

—No soy un marinero que silba como tú crees. Soy el capitán del Galeón Nuevas Tierras. Aquello es África, y luego viajaremos rumbo al Nuevo Mundo. ¿Quién eres tú?

—Soy Rosalía Muñoz de Alfambique, tengo once años y quiero volver con mi madre.

—¿Once años? …

—Ya te lo dije, Víctor, que habías confundido oveja con ternera, y que esta no te serviría de nada.

—¿Y qué hago ahora contigo? ¿Eh? —me espetó escupiendo al suelo.

—Mira Víctor, lo mejor será dejar a la niña en un algún barco que se vuelva a España y que alguien de confianza la devuelva con los suyos.

El capitán me miró desafiante e hizo ademán de acercar su mano a mi cara. Me eché hacia atrás bruscamente pensando que si tocaba las pecas dejarían un rastro de carbón en mi piel y él se enfadaría por el engaño, y antes de que me rozara agarré su mano, me puse de rodillas y gimoteé cuanto pude con cuidado de que ni una sola lágrima emborronara mis lunares.

—¡Levántate! —Me gritó al cabo de unos segundos—. Dale algo de comer y devuélvele la sonrisa a la cara, que no aguanto ver llorar a los críos —dijo empujándome hacia el barbudo, quien muy solícito me agarró de la mano y me arrastró a la cocina del barco.

Allí descubrí a un grumete que limpiaba pescado. Aparentaba unos diecisiete años y me quedé a su lado el tiempo de las maniobras de atraque del barco. El grumete hablaba poco y trabajaba mucho. Observé con atención cómo pelaba unas manzanas extrayendo toda la monda de un tirón. Después hacía una espiral en el aire haciéndolas girar con el cuchillo y las encestaba en una banasta situada al fondo.

El hombre barbudo me dijo que me haría pasar por su hija para que unos mercaderes amigos suyos me acogieran en su barco de regreso a España. Bajamos al puerto y los dos mercaderes con los que nos encontramos en un puesto de alfombras, me parecieron seres espectrales extraídos de un libro de oraciones para los muertos. Sus turbantes sin colores, con sus rostros pálidos, amarillentos, cenicientos hasta donde sus túnicas dejaban ver. Me observaron fijamente, uno de ellos me agarró un pellizco en el moflete y el otro me agarró con fuerza un brazo como si yo fuera una mercancía en venta. Le tiré de la blusa al hombre barbudo y le pregunté si aquellas personas eran de su confianza. “Como si fuéramos hermanos”, me contestó. El trámite no duró más de un cuarto de hora: el pago de unas monedas, un abrazo fingido para mi supuesto padre, otro suyo de compromiso y un beso en mi cara a la vez que me susurraba que estuviera tranquila.

Los dos mercaderes me agarraron de la mano, uno a cada lado, como franqueando un bien preciado del que fueran dueños y señores, y me condujeron muy rápido sorteando un mercadillo de frutas y verduras hasta llegar frente a unas lonjas que parecían abandonadas. Allí viví una sensación de abandono total. Pensé en huir y perderme entre los puestos de pescado que veía al fondo pero no me atreví. A juzgar por sus miradas parecían buscar a alguien, farfullaron entre ellos palabras desconocidas hasta que golpearon la puerta de la lonja contigua y salió un hombre delgado con manos de garfio y bigote afilado. El más gordo se acercó a él y le habló al oído. Aquello me pareció muy extraño y me revolví en la mano del que me sujetaba, que me miró despectivamente y con la mano que le quedaba libre me dio un bofetón a la vez que gritó que no me moviera. El de las manos de garfio se acercó, se quitó el sombrero y haciendo una genuflexión balbuceó un “señorrita” al que luego acompañó con una sonora carcajada. De repente apareció por detrás de las lonjas el hombre barbudo, y sin darle tregua al hombre-garfio le espetó un golpe en la mandíbula que lo dejó tumbado en el suelo, entre dolorido y humillado. Después insultó a los mercaderes, cogió al más delgado por los pies y lo sacudió en el aire boca abajo hasta que cayeron las monedas que le había entregado. Fue la primera vez que me sentí protegida y decidí agarrarme a su brazo con firmeza.

—Se han convertido en gañanes de mal agüero —me dijo entre dientes mientras nos alejábamos del lugar.

Regresamos al barco y el barbudo me dijo su nombre: Fred. No era de origen español sino navegante holandés que se había aliado con un capitán portugués, Víctor, para un negocio al que llamaban de mercancías humanas. Me contó que haría ese viaje con ellos bajo su estricta tutela si quería seguir con vida. Se empeñó en lavar la imagen del capitán, dijo que no era mal hombre, pero que sus circunstancias de vida le habían convertido en alguien que despreciaba a menudo la vida humana a cambio de unos cuantos doblones de oro. Aquello no me tranquilizó pero pensé que no tendría más remedio que seguir los consejos de Fred si algún día quería volver a ver a mi madre.

El barco zarpó al día siguiente cargado con un grumete que pelaba manzanas, un capitán que me miraba con recelo, mi protector, y cuarenta hombres envalentonados por la necesidad y la miseria de sus vidas que habían entregado todos sus ahorros para llegar al Nuevo Mundo.

 

****

 

Cuando permaneces tres meses oculta en un camarote sin ver la luz del día, sientes que puedes perder la razón, que tu piel se cuartea como si se estuviera pudriendo y que no merece la pena vivir. De esta forma me sentí durante el tiempo que duró mi viaje de ida. El capitán decidió que no podría salir del camarote de Fred en ningún momento. Fred me explicó que no confiaban en la honradez de los futuros labradores que nos acompañaban, que de marineros tenían poco, y que aquel encierro era por protegerme. Pero con el paso de los días, el tedio y el aburrimiento comenzaron a adueñarse de mi espíritu.

Al inicio del viaje se sucedieron dos escalas que Fred me tradujo en unas pocas palabras sin contestar a mis preguntas curiosas. No tuve otro remedio que imaginar las islas Canarias y las Islas Azores, laureadas por un sol de poniente, con hermosas playas de fina arena, árboles inmensos que miraban al cielo y habitantes generosos de carácter hospitalario. Le pedí a Fred que me ayudara a bajar del barco, le prometí que me escondería todo el tiempo, pero en lugar de complacerme, atrancó la puerta del camarote con una gruesa viga para evitar que me escapara mientras el barco permanecía atracado.

Después de aquel incidente que me causó una decepción doliente, intenté sobreponerme curioseando entre los mapas y las cartas de navegación que encontré en el camarote. Pasaba el tiempo memorizando lugares y formas. De las cartas de navegación la que más me gustaba era la de ese señor que firmaba “de la Cosa”. A la izquierda del pergamino se dibujaba un vergel en tonos verdes oscuros muy alejado de España; a la derecha del país, escudos y hombres a caballo, y al sur, monumentos y reyes coronados en tierras africanas. Los nombres de los puertos y de las poblaciones circundaban las costas en alineaciones paralelas escritas con una caligrafía cuidadosa y muy delicada. De lejos, si me separaba un poco del escritorio, España me parecía el rostro de una mujer de perfil, Italia una zapato de tacón, e Inglaterra un bufón junto a una niña pequeña. Al mirar las ilustraciones que lo adornaban inventaba historias para aquellos personajes dibujados en tierras desconocidas. A veces, después de un día agotador, en el que los temporales y las velas, según Fred, habían sido enemigos a combatir, él se sentía con ganas de escucharme y yo le contaba mis cuentos hasta que él se dormía sobre su jergón harapiento roncando como si fuera muy feliz de tenerme a su lado. Yo me quedaba despierta, porque no distinguía entre el día y la noche, porque dormía y comía en un desorden caótico al que nadie ponía freno.

Uno de aquellos días, cuando más angustiada me sentía, recibí la visita del grumete que pelaba manzanas. Abrió la puerta despacio y me pidió permiso para entrar. Me trajo una amarilla con monda, algo golpeada y con un rabito que arrancó antes de ofrecérmela.

—Me ha enviado Fred. Me ha contado que estás aquí desde que partimos de África.

Tomé la manzana y le di unos mordiscos con mucha ansiedad.

—Pero tú… ¿no eras más pequeña?

Me miré el cuerpo como si fuera un extraño al que tenía que presentar a un desconocido. La camisa de Fred sólo la llevaba abotonada hasta el ombligo dejando entrever mis pechos. El pantalón azul tampoco era el mío y me quedaba tan ancho que mis piernas se perdían en las patas como si fuera una cigüeña con bombachos. El pelo me llegaba hasta la cintura y tenía las palmas de las manos negras porque había estado pintando en el suelo con una tiza de carbón.

—¿No vas a decirme nada?—insistió.

Le miré en silencio y aunque estaba contenta por aquella visita inesperada que había roto la monotonía de mis horas de vigilia, su imagen en la cocina del barco pelando manzanas, se me representó tan borrosa y lejana como la de mi madre cuando hacía un postre de manzana el día de nochebuena.

—Chica, no llores, que aquí estarás a salvo y estoy seguro de que el capitán quiere regresar a España.

El grumete se acercó y me agarró por el hombro como si intentara consolar mi llanto, y yo me atreví a preguntarle:

—¿No podría pelar fruta y limpiar pescado a tu lado?

—No lo sé. Tienen miedo a que esos brutos te vean.

—¿Y si me corto el pelo, me prestas tus ropas, y me hago pasar por un hombre?

—Mira niña, eso ya está muy visto y enseguida te descubrirían ¿crees que son idiotas? Tienes las manos de una mujer, el suave vello de una niña, las pestañas tan rizadas como no las puede tener ningún hombre y… lo siento, pero tienes cosas que no tienen los hombres —dijo dirigiendo una mirada de soslayo a mi pecho casi descubierto.

—Necesito salir de aquí. ¿No puedes ayudarme?

—No. Fred me ha dicho que venga sólo a traerte la manzana, nada más.

—¿Cómo te llamas?

—Juan.

—De la Cosa.

—¿Cómo?

—Nada. Yo soy Rosalía—y le tendí la mano como me había enseñado mi madre que se hacía con las personas a las que quieres mostrar respeto. Él apretó mis nudillos y esbozó una sonrisa tímida entre sus dientes diezmados por alguna enfermedad.

Aquel día hablamos muy poco pero las visitas de Juan se sucedieron hasta convertirse en habituales. Yo le contaba mis cuentos, de princesas y reyes destronados, de batallas por el honor en pueblos y lugares del mundo cuyos nombres había aprendido de carrerilla, y Juan me contaba lo que sucedía en el barco a partir del mediodía.

Un día se presentó a una hora poco frecuente. Desconozco si había salido la luna o si se verían las estrellas que solía identificar desde la buhardilla con mi madre. Juan me dijo que la tripulación estaba muy contenta porque mañana llegaríamos al destino. Yo sonreí porque por fin sabía cuánto tiempo me costaría regresar a mi hogar: exactamente lo mismo que había vivido hasta llegar a ese Mundo que llamaban Nuevo y que todos se vanagloriaban haber alcanzado.

—¿Cuánto tiempo estaréis en tierra?

—No lo sé. Dice Víctor que debemos andar con cuidado porque a veces no somos bien recibidos.

—¿Tú bajarás?

—Sí y siento mucho que tú no puedas hacerlo. Me encantaría darte la mano y tumbarme en la arena de una playa a tu lado, mirar las estrellas, o el sol, o las nubes, o lo que quiera que haya en este mundo nuevo.

Y casi sin terminar la frase se acercó para besarme en los labios y dejarme el aliento del suave frescor de una manzana recién pelada.

****

Aquella conversación fue la última que mantuve con Juan y aquel beso fue el más dulce de todos cuantos me he sentido protagonista.

El barco atracó en una ensenada de arenas irisadas que Fred me describió como si fuera mágica y yo permanecí en el camarote con un aprovisionamiento de fruta y pescado frito para pasar las horas en completa soledad. Poco a poco me fui comiendo todas las reservas de comida y muy pronto el agua que me habían dejado empezó a escasear. La puerta permanecía cerrada con la viga y no fui consciente del tiempo que estuve encerrada desde que se marcharon.

 

****

 

Mi siguiente recuerdo es un hombre desconocido que me levantaba los párpados y movía los labios gesticulando palabras mudas. A su alrededor otros hombres me miraron con curiosidad mientras guardaban hermético silencio. Cuando recobré las fuerzas ya estaba embarcada de regreso a España.

En el barco Nueva Esperanza me trataron como si fuera la hija del capitán. Dormí en un camarote anexo al suyo y todos los hombres me rindieron respeto. Me dejaban salir a cubierta, tocar los cañones de la batería alta, bajar a la despensa y pernoctar en la cocina si así lo deseaba. Allí lloré por Fred y por Juan cuando conocí su desgraciado final. La tripulación me escuchaba cuando les recitaba de memoria cada uno de los nombres que había aprendido en la carta de navegación de Juan de la Cosa. Me presuponían una educación muy selecta y de vez en cuando me invitaban a dibujar los contornos de las tierras y de los países que suponían que yo había visitado.

En ningún momento me molesté en desmentir ni una solo de los cuentos que Juan les había confesado sobre mi persona antes de morir. Si yo era sobrina del Rey de Portugal y debían protegerme, que así se hiciera. Nadie lo dudó y de algo sirvieron todos los cuentos que inventé en la travesía más larga de mi vida.

Tres meses después el barco llegó al puerto de Sevilla entre el júbilo de una tripulación cansada y una señal de victoria en mi rostro. Con el lío de las mercancías y el ir y venir de los atareados marineros, supe aprovechar el momento perfecto para huir del barco. Llevaba los bolsillos llenos de monedas que había hurtado al capitán sin que él lo advirtiera. Con dinero no fue muy difícil encontrar a una mujer de buen corazón que se apiadara de mi situación. Le pagué unas monedas que consideré justas y su hijo me llevó a caballo hacia el reencuentro que había soñado todas las noches.

Mi madre lloró tantísimo al verme que creí que se deshidrataría y enfermaría gravemente. Los primeros días sólo llorábamos de alegría y nos abrazábamos. Comíamos y nos abrazábamos. Dormíamos abrazadas y las labores del campo quedaron desatendidas durante tres días. Después de comer venía la señora Jacinta con sus hijos y de nuevo llorábamos. Cuando la vida te devuelve a alguien que amas, no hay palabras para agradecerlo.

Después llegó el momento de contar la historia. La misma. Una y otra vez. Como si repitiéndola se mitigara el dolor que habíamos sufrido. Pasada una semana, mi madre me dijo que desgraciadamente vivíamos en un mundo dominado por la violencia de los hombres. Recordé a los mercaderes y al otro con manos de garfio. Luego a Fred, que tanto me ayudó, y a Juan, con su olor a manzanas.

Mi madre insistió sobre el Nuevo Mundo como si yo conociera algo de aquel lugar, hasta que un día, después de repetirle que nunca bajé consciente del galeón Nuevas Tierras, ella se quedó pensativa, miró a lo lejos por la ventana de la buhardilla y me dijo:

“Volverá. Pronto volverá”,

y después se giró para bajar las escaleras de la buhardilla

silbando una melodía conocida que me estremeció por dentro.

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  1. LUISA

    Hola para mi este relato tiene una prosa generosa se identifica muy bien lo qué nos quiere decir.
    Es entretenido y sustancial.
    Y la calidez de su entorno qué nos acompaña es ágil.

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