En el corazón de las Tinieblas. Autor: Dr livingstone i suppose

En el corazón de las Tinieblas (República Democrática del Congo)

En el corazón de las Tinieblas –“Veréis tres millones de personas en 30 kilómetros”-

Salimos el sábado a las seis de la madrugada de Barajas, volamos al Congo y el lunes a las 10,00 estarás de nuevo trabajando en Salamanca. ¿Te apuntas?” Coño, cómo para negarse. Sobre todo porque es un vuelo inaugural de una compañía que huele a ruina a corto o medio plazo y los anfitriones corren con los gastos del viaje y el visado, 300 euros para que te abran las puertas de la República, ¿alguien se cree que sea Democrática?, del Congo. “Abróchense los cinturones. Despegamos.”

Volar a veinte mil pies de altura te recuerda tu pequeñez y la hermosura de la tierra que habitamos. Imágenes que rescatan la cita imperecedera de Blade Runner:“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais”. Yo no he visto ni naves en llamas más allá de Orión, ni rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser, pero al morir una tarde sí vi atardecer por encima de los Alpes austriacos y las montañas eran naranjas. Yo lo he visto, y también la inmensidad inabarcable de la nada que son los desiertos norteafricanos camino delcorazón de las Tinieblas, en el centro del África negra donde ya nos espera el Congo.

Vais a ver a tres millones de personas en 30 kilómetros. ¡Las veréis, aunque ahora no me creáis! Desde el aeropuerto de Kinshasa hasta nuestro hotel. ¡Tres millones de personas!”, quien nos habla, escuchándose, es Herminio Gil, mecenas de este vuelo. Un empresario de verbo atropellado cuyo aval fue dirigir Air Madrid y ahora pretende establecer vuelos regulares entre Europa y la capital del Congo y, si hay suerte, entre este país y las principales capitales africanas. No será fácil, imposible de momento según se demostrará en tres años. Las compañías no te alquilan sus aviones si vuelas a África. No se fían de que un avión que aterriza en determinados países, consiga despegar más tarde. La desconfianza por la inestabilidad política obliga a comprar los aviones.

Poco antes de aterrizar, descorchan en pleno vuelo unas botellas de cava. Al parecer celebramos por anticipado el éxito que nunca llegará de la compañíaBravo Airlines. Demasiado pretencioso y hasta insultante, si recordamos que viajamos a un país donde una parte de la población se muere de hambre y la esperanza de vida no llega a los 50 años. Ahora lo critico, pero entonces bebí, como el resto. Y hasta brindé. Los errores del pasado nos enseñan en el presente.

 

En el corazón de las tinieblas: “Iré pronto a comer la pata negra, pero no la mía, ¿eh?”,

En África siempre te esperan a la bajada del avión, aunque es la luz quien te recibe. Llega de golpe, como las emociones, y lo inunda todo. Deslumbra y domestica tus sentidos para enseñarte que no es posible comprender este continente si lo miras con ojos europeos.

Antes de abrir la puerta del avión, es conveniente recordar dónde estamos. La República Democrática del Congo, antiguo Zaire, es un estado casi tan grande como la Unión Europea. Rico en coltán, oro, cobre, reservas no exploradas de petróleo y pobre en casi todo lo demás. Primero expoliado por manos extranjeras, como la vergonzosa colonización belga, y después masacrado por sus propios hijos, algunos consumados criminales como Mobutu Sese Seko; un ladrón enfermizo que llevó a su país a la locura colectiva por culpa de sus expolios reiterados.

El aeropuerto N´Djili esta bañado por el río Congo. Sus aguas se ven desde el avión tan oscuras como un pecado. Es el mayor río de África central y el más largo del continente tras el Nilo. Separa a las dos capitales del mundo más cercanas entre sí. Kinshasa, a nuestro lado, y Brazaville, más allá de donde la vista alcanza.

Tres años después de su segunda y sangrienta guerra civil (1998-2003), nuestro vuelo es un acontecimiento y nos recibe hasta el Vicepresidente del Gobierno. Ramos de flores, música, banderitas, decenas de jóvenes hermosas con ropas multicolores y las acompañantes de los dirigentes locales jugueteando orgullosas con sus móviles de última generación. Muchos organizadores y casi nadie en su sitio. Hay excepciones, claro. Un par de militares, metralleta en mano, se ofrecen para llevar mi maleta. Como ni me preguntan dónde me alojo, no me fío y declino su invitación. Sudando a chorro en pleno marzo, me angustia la idea de quedarme sin muda interior durante dos días.

Estamos tan fuera de sitio, que ahora comprendo a Kapucinsky: “En medio de toda exuberancia selvática, el hombre blanco aparece como un cuerpo extraño, estrafalario e incongruente. Pálido, débil con la camiseta empapada en sudor y el pelo apelmazado, no cesan de atormentarlo la sed, el tedio y la sensación e impotencia”. El maestro de periodistas nos ha clavado.

La terminal del aeropuerto recuerda a las estaciones de autobuses en la España de la transición. Sólo hay dos aviones, el nuestro, y el jet privado del Gobierno, que empujan por la pista como si fuera un coche que no arranca. La recepción incluye una tortura local: El gusto por los discursos que no acaban. Al borde del K.O, nos rescata “monsieur” Yerodia, personaje inclasificable el Vicepresidente. A los españoles nos llama “sus cuñados” y ve en la única compañía aérea que vuela a su país, la oportunidad “para ir pronto a comer la pata negra, pero no la mía, ¿eh?”, en referencia al jamón español. Sus palmeros, los mismos que bajo un sol abrasador empujan a puro huevo por la pista su avión privado, se descojonan por no llorar.

Han tenido que pasar dos horas desde nuestro aterrizaje para llegar hasta las furgonetas con las que los hippies bajaban a Tarifa en los setenta. Tan antiguas que es imposible descifrar su color original. Nos subimos pero no nos moveremos durante otra hora más y arrancaremos escoltados por un coche antidisturbios. En este país se ha matado tanto (alrededor de cuatro millones de muertos en la última Guerra Civil) que la paz es una ilusión fugaz. Mientras esperamos nos visitan niños para los que el hambre es el pan nuestro que nadie les da cada día. En teoría los mayores cuidan de los pequeños, aunque el reparto de los “botines” dista mucho de ser equitativo.

“Vais a ver a tres millones de personas. ¡Las veréis, aunque ahora no me creáis!”, resuenan las palabras escuchadas durante el vuelo. Ahora, mudos y sobrecogidos, miramos por las ventanillas a las riadas de personas que invaden las calles sin asfaltar. Salvo la primera línea más cercana a la irregular carretera, el resto de las construcciones son bloques de adobe sin pintar ni acondicionar. Míseros tabucos y, de cuando en cuando, grandes edificios, muchos en ruinas y sin servicios básicos donde se hacinan centenares de personas. Malvive tanta gente que no creo en un cielo lo suficientemente grande para rescatar a este infierno. Pienso en mis hijos y doy gracias porque nacieran a miles de kilómetros de aquí.

No veo ancianos, pero sí más tiendas de coronas funerarias que panaderías. No es casualidad. El índice de mortalidad es tan elevado que casi la mitad de la población aún no ha cumplido los quince años. ¡Ah, el horror! ¡El horror!”, Conrad no se inventó nada. Hace más de un siglo escribió aquí El Corazón de las tinieblas atento a lo que la realidad le dictaba.

 

En el corazón de las tinieblas: El chulo de las musas de Kinshasa

 

En 1960 la red de carreteras del Congo era de 140.000 kilómetros, veinte años después apenas sumaba 20.000 por la nefasta gestión de mandatarios como el corrupto Mobutu. Durante su mandato, el dólar pasó de tener paridad con el zaire, la moneda nacional, a pagarse a más de 4.000.000 de zaires. El “sálvese quien pueda” estaba tan institucionalizado que sus embajadores en Viena y Tokio no dudaron en vender las sedes diplomáticas. Les movían inquietudes diferentes: El primero pagó la boda de su hijo, una casa en Bélgica y un Mercedes y el segundo, con familia numerosa, necesitaba un microbús para los desplazamientos domésticos.

El hotel Intercontinental es un espejismo de espaldas a la pobreza que le rodea y con un corazón tan insensible como el cemento sobre el que se eleva. Pese a que sus habitaciones son modestas, en su interior se suceden tiendas de lujo y hasta un casino. Fuera un ejército de meretrices pugna desde primera hora por entrar, previo pago al responsable de la recepción.

Para esta noche nuestros anfitriones nos han preparado dos espectáculos: El primero un enfrentamiento público en la rueda de prensa donde los responsables españoles de Bravo Airlines critican a sus socios congoleños que, por incumplir lo pactado, su plantilla sigue trabajando en un garaje. Empezamos a dudar que, dentro de 24 horas, salgamos del país en el mismo avión que nos ha traído.

El segundo show es una representación del folclore local. Un escenario con luces de colores recuerda los espectáculos prefabricados de las cadenas hoteleras y lo aleja del exotismo de las danzas tribales que nos contó Haggard en Las minas del Rey Salomón. Ante la deriva de los acontecimientos, nos organizamos para patrullar por la noche de Kinshasa.

De entrada, tardamos otra hora en evitar repetidos intentos de timo hasta que conseguimos una furgoneta. Más tarde pagamos los inconvenientes de ser un grupo numeroso y con inquietudes enfrentadas. Una parte de la expedición decide comerse un cordero despellejado colgado de una viga en mitad de la calle. La “parrilla” la organizan sobre un bidón dado la vuelta y el mini plato, a quince dólares, tarda en tostarse más de media hora.

Con la paciencia agotada, decido junto a mi amigo y colega Manuel inspeccionar un local cercano. “Vais a ligar como nunca”, nos anima uno de los socios de la compañía aérea. ¡Menudo misterio, cómo para no triunfar! Son todas prostitutas. Kinshasa tiene siete millones de habitantes y aquí están las más guapas. Ante la escasez, todo el mundo comercia. Y cuando no se tiene nada, se comercia con el cuerpo, el propio o el de otras personas. Para este viaje no hacían falta alforjas. Abandonamos el local y nuestros compañeros, tras engullir el cordero sin presentar aún signos de intoxicación, deciden que cambiemos de bar. Ahora nos reparten en coches particulares. “No se preocupen, llevan seguridad”, se ríe con su dentadura mellada el copiloto mientras nos enseña una escopeta de cañones recortados. ¡Cojonudo! Esto va de mal en peor.

Llegamos a un segundo garito, bien montado pero con el mismo putiferio. Voy al servicio y a mi vuelta una belleza local ha introducido sus manos en el paquete de mi amigo. Él, castellano viejo aunque sea joven, no encuentra las palabras adecuadas para que cese la invasión y, según rota sobre sí mismo en un intento de fuga, la chica acompaña el movimiento con la precisión de un reloj suizo.

La escena me arranca una sonrisa que pierdo cuando me arrastra a la pista una diosa de ébano con ojos verdes. Trato de salvar la situación como puedo, pero naufrago. Amasa mi orgullo masculino y terminamos medio cayéndonos por la pista en una escena propia del cine español del destape. Cuando comprueba que no hay presa, no gasta más municiones conmigo y dispara a otro blanquito. Cupido no descansa.

Nos reponemos del susto con una cerveza al “módico” precio de siete dólares. Según pides, te enseñan la lista de precios. Escribe el antropólogo Albert Sánchez Piñol (“Payasos y monstruos”) que para comprender la elevada inflación del Congo basta con el ejemplo de que una maleta cargada de billetes no bastaba para pagar una cena en un buen restaurante. En tiempos de Mobutu se necesitaban dos porque la inflación superó el 10.000 por ciento. Pago mi cerveza y la de Manuel con quince dólares y, en lugar del dólar de vuelta, me dan un fajo de billetes locales que valen entre poco y nada.

Después de 24 horas sin dormir, es momento de recogerse pero nadie quiere llevarnos. Viajamos sin chicas y los conductores pierden su comisión. Cuando por fin convencemos a un voluntario, el resto le amenaza. Llegados a este punto, mi vilipendiada masa escrotal grita: “¡Basta ya, joder!” y se hace el silencio. Bajo la misma luna de Kinshasa donde Mohamed Alí tumbó a George Foreman no conviene sacar pecho, pero estamos hartos de estar hartos. En mitad de la calle, de entre la multitud emerge un congoleño con fular al cuello, americana ceñida y maneras de aristócrata británico. Con treinta grados y una humedad asfixiante debo estar delirando.

Tranquilos amigos. ¿Cuál es el problema? Ustedes han venido a divertirse. ¿No quieren chicas?.

Le aclaramos que queremos cama, pero de otra variedad.

Como por arte de magia, el chulo de las musas de Kinshasa nos abre las puertas de un coche. No valíamos nada, pero no quieren estropear el negocio que les llueve del cielo con la nueva compañía aérea.

“¿Están seguros de que no quieren chicas?”, nos pregunta al despedirnos nuestro último chófer de la noche. No reúno fuerzas para contestar, sólo para darme una ducha fría cuando llego a mi habitación.

En el corazón de las tinieblas: Hergé nunca estuvo en el Congo

A las prisas les niegan el visado en África; no entran. Como enseña Kapucinsky, “en esta parte del mundo, el tiempo no tiene medida alguna”. Para los europeos, tan acostumbrados como estamos a ser siervos del reloj, es un choque y conviene no crisparse porque pierdes el tiempo.

Me despierto y en mitad del pasillo me encuentro a uno de los proxenetas de anoche. ¿Qué coño hace ahora aquí? Se abre la puerta de una habitación y sale una de sus chicas. ¡Vaya, el padre putas está pasando lista!

He pedido una botella de agua hace media hora, pero ni rastro. En el Congo el agua es todavía más cara que la cerveza. Las guerras del futuro serán por el agua. El petróleo y otros recursos naturales impulsan la economía, pero sin agua no hay vida. Las largas esperas nos sirven para planificar con calma nuestra excursión a la reserva nacional donde sobreviven los bonobos, de la familia de los chimpancés.

La naturaleza de África es tan sobrenatural que la mano del hombre sólo puede dañarla. Los árboles aún son los reyes y casi toda acción humana es una mancha grotesca en el paisaje. Hoy es domingo y hay tantas personas en las iglesias que no entran. Mujeres y niños siguen la celebración desde la puerta o asomándose a las ventanas. En unas condiciones de vida tan adversas, creer que un ser superior se preocupa por tu suerte te da la paz que la realidad te niega.

Leyendo “Ébano”, aprendí que nada provoca más desazón en los africanos que ser tratados como instrumentos. “Lo perciben como una humillación, una degradación, una bofetada”. Si nos ven haciendo fotos desde la furgoneta, responden con ira. En una zona especialmente pobre y sin esperar a que nadie utilice la cámara, un joven nos tira piedras. Su reacción provoca que varios antidisturbios se lancen desde el coche y la emprendan a porrazos. El castigo es cruel y desde la furgoneta gritamos, les insultamos… pero ni entre todos los pasajeros reunimos la mitad de masa testicular necesaria para bajar a impedir el linchamiento.

Muy poco se parece este país al que pintó Hergé cuando mandó por aquí a Tintín de trasnochada aventura colonial. El dibujante nunca estuvo en el Congo, al igual que a su personaje, afamado reportero, tampoco se le ha visto jamás escribir ni media crónica. Por eso resiste a la profesión, porque no la practica.

Los bonobos viven felices en un paraíso natural donde se multiplica la vida. Lejos de los disparos de los milicianos que, durante la última guerra civil, diezmaron a esta especie hasta dejarla en peligro de extinción. Los mataban para alimentarse, aunque también porque sus dentaduras son muy apreciadas para la magia negra. Hay mujeres nativas cuyo trabajo es ser las “madres adoptivas” para los chimpancés que se quedaron huérfanos cuando todavía no habían aprendido a vivir.

Me caen bien los bonobos. Usan las relaciones sexuales como saludo y para resolver conflictos. El que no les caigo bien soy yo. Cuando me acerco a uno de los jóvenes, me lanza un gancho que me recoloca la mandíbula. Lo que más me duele es la vergüenza, y salgo de su alcance con el temor de que, siguiendo la costumbre de los bonobos, me ofrezca sus favores sexuales para reconciliarnos.

Como los europeos –me dicta otra vez Kapucinsky- estamos convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre y de que su existencia es objetiva, emprendemos, en el horario previsto, el camino de regreso hacia al aeropuerto.

Antes pasamos por un barrio presuntamente idílico que planificó el antiguo sátrapa. Lo bautizó “Mamá Mobutu”. Imagino que para compensar las innumerables ocasiones que su pueblo maldijo a la madre que lo parió. Mobutu robó tanto que llegó a tener un banco suizo de su propiedad y en su pequeña localidad natal, Gbadolite, al norte, construyó un palacio con aeropuerto internacional donde aterrizaba un Concorde cuya carga llegó a reducirse a una simple caja de 20 kilos de mejillones frescos, una de las debilidades del tirano. Tras devorar a un país entero y robar entre 150 y 400 millones de dólares anuales, según calculó el Banco Mundial, la vida le devolvió “los favores” recibidos con un largo y doloroso cáncer de próstata. Murió en el exilio, derrocado del poder y sin nadie a su lado que le cerrara los ojos.

Los mendigos nos dan la bienvenida al aeropuerto. Entrego una camisa a un hombre tullido y la oculta bajo sus jirones para que no se la requisen los militares. Es muy tarde, pero hay niños pidiendo. Les doy lo que me queda y me devuelven una imagen mucho más valiosa: las sonrisas más esperanzadoras de todo el viaje mientras me dicen adiós con la mano. Sobrevivir aquí es un éxito y todo lo demás es circunstancial.

Donde convivían trescientas tribus, los europeos nos inventamos en el Congo una misma bandera bajo la que amontonarles. De los más de diez mil países, entre pequeños estados, reinos, uniones étnicas y federaciones del continente negro, reducimos el número a cincuenta en un reparto donde ni se escuchó ni se tuvo en cuenta a la población local. Con estos antecedentes, no me extraña que demoren más de una hora el permiso para despegar a nuestro avión. El único en toda la pista.

Los vuelos domestican las distancias. Me duermo en el calor angustioso de Kinshasa y me despierta el frío de una primavera que no llega a Madrid. La nieve corona las cumbres de Guadarrama. Cuando el deshielo la convierta en agua montaña abajo, en el Congo habrán celebrado las primeras elecciones democráticas en 40 años. Un espejismo porque, ante los graves disturbios, la ONU se verá obligada a desplegar a miles de cascos azules para evitar un nuevo río de sangre.

Con el tiempo he olvidado hasta el nombre de los candidatos, pero, cuando cierro los ojos, sigo viendo cómo los niños del aeropuerto no perdían la esperanza de vivir en un país libre y justo como todo ser humano merece.

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  2. LUISA

    es un aperitivo delicioso qué nos va reflejando la naturalidad sobre este país africano qué sin duda es evidente aquí como otros países hermanos personas muriéndose de hambre sin un estatus social y al otro lado del mundo se hace todo al revés en los aspectos presenciales del día a día y sin meditar ni un momento sobre tal problema mundial.´
    Aquí se va reflejando la tragedia de los países pobres.
    Las personas corruptas y la magnitud de tan índole problema.

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