El autoestopista. Autor: Juan Fernando Merino

Liquidó sus pocos asuntos pendientes, se despidió de sus pocos amigos, y una tibia madrugada de agosto llegó al extremo sur de la ciudad de C y se apostó a un margen de la carretera, el dedo pulgar apuntando al cielo, convertido en autoestopista.

Desde muy joven había soñado con conocer los remotos, gélidos lagos del Sur y las ruinas de los templos en lo alto de la cordillera; más tarde, en los ratos aburridos que le dejaba el trabajo, había imaginado recorridos por senderos del altiplano y por las calles de una capital a orillas de un gran estuario. Por eso eligió el sur. Y eligió el autostop porque ahora que disponía de semanas, o de meses, tal vez años, quería que lo guiaran el camino y el azar…   Había llegado a la conclusión de que las personas que viajan en vehículos propios se empeñan en seguir itinerarios determinados y que quienes recurren a medios de transporte colectivos suelen llegar únicamente a los sitios a los cuales pretendían ir.

El conductor del primer vehículo que se detuvo –propietario de una pequeña finca arrocera– se dirigía hacia el suroriente. Después de cambiar dos veces de carretera, lo dejó en el cruce con su camino privado. Allí el autoestopista tuvo que esperar largamente, hasta que dos hombres en una camioneta que transportaba cantinas de leche se ofrecieron a acercarlo a un pueblo azucarero, directamente hacia el oriente. La siguiente espera fue aún más larga y fatigosa; el sol de mediodía castigaba su piel desacostumbrada a las inclemencias. Cuando empezaba a adormecerse, pasó un campesino y lo invitó a subir a su carretilla; lenta, cadenciosamente, mientras el autospista daba cabezadas de sueño, cubrieron algunos kilómetros. Luego lo recogieron un camionero, dos mujeres mayores que buscaban una hacienda que alguna vez había sido de la familia, un evangelizador, un vendedor de insecticidas, y, después de otra larga espera, cuando ya el dedo pulgar se le engarrotaba, una disímil pareja de un hombre bastante mayor, regordete, cara desapacible y una joven muy bella, alta, delgada, con un traje de marca, pendientes y pulsera de oro. Como corresponde a un autoestopista discreto, se acomodó en el sitio donde menos estorbara y no hizo preguntas.

Ya caía la noche cuando distinguió a lo lejos la silueta, de la catedral de la ciudad de C y al fondo el cerro de las Cruces. La pareja lo dejó junto al último puente de la autopista nororiental, en un barrio que no reconocía, que no recordaba haber visitado. El autoestopista recorrió lleno de extrañeza aquellas calles en penumbra; casi todo le parecía nuevo, singular, sorprendente. Ya entrada la noche consiguió hospedaje; en el mismo sitio le prepararon de comer. A los dos días encontró empleo en una papelería cercana, a la semana un apartamento, al mes y medio conoció a una mujer que la recordaba a otra que le recordó a la primera…

No regresó al barrio donde viviera antes; en el nuevo barrio no vivía mal, los vecinos no eran antipáticos, no tuvo mayores contratiempos. Dos años y medio más tarde liquidó unos cuantos asuntos pendientes, se despidió de sus conocidos y ex –compañeros de trabajo, y una lluviosa tarde de marzo poco después del mediodía, llegó al extremo norte de la ciudad de C y se apostó en un margen de la carrera.

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