Berlín. Autor: Carmen Elena Villacorta Zuluaga

Berlín es fiesta, música en las calles, mucha música, eclecticismo arquitectónico, edificios de todos los estilos, de todas las edades, jóvenes y más jóvenes, personajes simpáticos, atuendos extraños, espacio, mucho espacio, parques y más parques con árboles preciosos de hojas grandes, fábricas, ríos, historia, sangrienta historia de bombardeos, de refugios subterráneos, de campos de exterminio, de una ciudad amurallada durante décadas, hoy en día hay muchos turcos, mujeres con telas cubriendo sus cabelleras y niñas turcas con telas blancas en la cabeza saliendo de las escuelas, restaurantes con comidas de diferentes lugares del mundo, diversidad, vida, dibujos en las paredes, en el suelo pequeños ladrillos dorados con nombres grabados en homenaje a los judíos sacrificados en el holocausto, iglesias protestantes y católicas, pequeñas y grandes, shoppings, mercados de pulgas, mercados de frutas y verduras, cafés, tiendas de segunda mano, farmacias y apotekes, el metro dibujando a su paso una línea amarilla en lontananza, turistas y habitantes de muchas nacionalidades, colores, muchos colores, diversidad, vida, fiesta. Pasear en bici por Berlín es un goce estético y una sorpresa permanente, el paisaje te sorprende a cada palmo, nada se parece a nada, todo es distinto, de repente un puente de ladrillos rojos, de repente la enorme torre de televisión con su pelota plateada, símbolo de la ciudad; de repente un parque en homenaje a los soldados rusos, monumentales esculturas de metal negro mandadas a hacer por Stalin; el imponente Rathaus (edificio de la alcaldía); un parque de diversiones abandonado entre un bosque a la orilla del río; bares y más bares con gente divirtiéndose adentro; una comunidad hippie escondida en un parque; un festival en pro de la legalización de la marihuana, lleno de cada espécimen…

Mis anfitriones en la loca y divertida Berlín fueron Laura y Cristian. Laura, otra reina salvadoreña, hizo su maestría en México y fue allí donde nos acercamos, trabajando juntas como modelos para artistas y disfrutando de la también loca ciudad que es el DF. Ahora Laura hace su doctorado en Berlín. La prostitución de mujeres centroamericanas migrantes en la frontera sur de México es su tema de investigación. Tema fuerte, necesario, confrontador. Comenzamos a conversar sobre él cuando al principio del año coincidimos en San Salvador y le conté sobre mi viaje. Meses después, el miércoles 8 de agosto —día en que mi madre celebraba su cumpleaños— Laura y yo volvíamos a encontrarnos, pero en el aeropuerto de Berlín. Yo había volado desde París con Lufthansa. Barato y con derecho a llevar mi equipaje. Ningún inconveniente. Bajamos en el metro Kottbusser Tor, alias “kotti”, una pequeña plaza del legendario Kreuzberg. Hay allí una protesta porque el precio de los alquileres está subiendo de modo exagerado, lo cual afecta directamente a los turcos y a pobladores que fundaron el barrio, lo hicieron habitable y llevan décadas viviendo allí. Los protestantes demandan, entre otras cosas, una política de precios que ponga freno a los propietarios. Es decir, demandan que el Estado regule la voracidad del mercado. Caminando desde la salida del metro hacia el departamento en Böckhstrasse 3, 1097 (timbre Ambrosius: el apellido de Cristian), nos encontramos primero con una escultura en forma de reloj de arena y dos marineros arriba, dándose la espalda y observando con binoculares a lo lejos —escultura con la que terminé por encariñarme, no precisamente por bonita, sino por esos caprichos del cariño— y después con Cristian arriba de la bici, rumbo a su trabajo en la universidad.

Esa tarde, mientras hacíamos un picnic de comida mediterránea a orillas del río cercano a casa, Laura me explicaba su percepción sobre los alemanes: muchas veces, hasta a los más progresistas termina por salírseles un airecillo de superioridad. Se nota en cosas como no querer que sus hijos vayan a escuelas en donde haya demasiados niños turcos o preferir que sea un alemán y no un latino el que indique una dirección porque de lo contrario “no entienden”. Detalles, pero con el tiempo van sumando. También el frío invierno berlinés le resulta repulsivo y por eso Laura huye de él cada noviembre. Me explicó acerca del éxito económico alemán. No podría reproducirlo al detalle, pero tiene que ver con el modo en que Alemania supo armar sus relaciones comerciales con el resto de los países europeos y con el resto del mundo. Siempre ganan, nunca pierden. Después Cristian, justamente un economista alemán, me explicó más sobre la capacidad productiva de un país que no se endeuda, que no gasta más de lo que tiene. En Alemania no suben los sueldos, pero las prestaciones y el bienestar social jamás se tocan. Según Laura, lo de que son más trabajadores que los demás es sólo un mito, porque al menor pretexto faltan al trabajo. Recordé a María y su tesis sobre el complejo de inferioridad de los españoles respecto de los alemanes. Puede ser que ni una ni otra cosa sean tan ciertas: ni los españoles son tan vagos, ni los alemanes tan trabajadores. Yo lo que percibí a simple vista fue que en toda Europa se la pasan poca madre, como se diría en buen mexicano. Y en Alemania, por supuesto, los estándares no tienen punto de comparación con América Latina. Hasta la gente que gana mal vive bien, en lindos y grandes departamentos con todo. Un ejemplo de ello lo vi días después cuando acompañé a Markus (mi anfitrión en Friburg, con quien volví a coincidir en Berlín) a visitar la que había sido su casa mientras estudió su licenciatura. La chica que ahora vive allí se quejó de lo poco que trabaja y de lo mal que gana. Por ello decidió rentar una habitación a los turistas. Pero el departamento es un lujo.

Otro de mis temas con Laura fue su inmersión en la teoría feminista. Mucha tela que cortar ahí. Hace meses que publica sobre ello en El Faro, un diario digital salvadoreño. Me contó sobre su desacuerdo con lo que yo bauticé el “fanatismo de la maternidad” que parece haber ahora en Berlín. Dijo que allí las mujeres de nuestra generación están empecinadas en hacer de la maternidad el centro de sus vidas y que están incurriendo en prácticas como pedir licencias laborales hasta de 3 años para dedicarse exclusivamente a los bebés, rechazar las guarderías, rechazar los partos sin dolor y exigir que a nadie se le ocurra ponerles la epidural, amamantar a los niños hasta cuando ellos lo decidan (en una reunión vio a un niño de 7 años prendido de la teta) y adoptar pedagogías exóticas que sostienen la autonomía y capacidad de decisión de los niños desde muy pequeños. Lo más desesperante parece ser que esas mujeres no pueden parar de hablar del significado de ser madres. Cuando lo comentamos con Markus, afirmó que no se trata de algo exclusivo de la capital alemana, sino de todo el país. Y cuando le pregunté a Natalia (a quien felizmente vi en Viena y volví a encontrar en Berlín) su opinión al respecto, me dijo que sí, que se trata de gente que anda en la onda “bio”, comiendo saludable, todo verde y orgánico, criando bebés sanos, pero entre más alejados de los turcos mejor. Vivir saludablemente y ser mejores personas, pero solo entre ellos. Vaya cosa.

Ese primer día fui con Laura a un clásico turístico cercano: el East Side Galery, un fragmento que se mantiene en pie del muro de Berlín, aunque los murales que hoy en día se ven no son los originales. Ante el borramiento de semejante parte de la historia de la ciudad, los artistas protestaron, pero no hubo nada que hacer: las obras originales desaparecieron. No así la huella del muro, dibujada con una línea de adoquines por el piso de toda la ciudad, justo donde antes se erigían las paredes. Hasta ese momento mi ignorancia me hacía creer que el famoso muro de Berlín había dividido la ciudad en dos. Tuve que estar allí para comprender que la parte occidental de la ciudad estaba totalmente amurallada, como en pleno Medioevo, y que fue sostenida como bastión capitalista en pleno territorio soviético. Soldados rusos vigilaban férreamente el lado socialista para evitar que la gente saltara al “paraíso”, el cual era abastecido con alimentos y todo lo necesario con aviones provenientes de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, las potencias que ganaron la segunda guerra y se agenciaron cada una un pedazo de Berlín. Para internarme mejor en esta alrevesada historia, seguí, días después, la recomendación de Laura de hacer un tour por el mundo subterráneo de Berlín. Un colectivo de historiadores se encarga de mantener viva la memoria del predominio nazi, de una manera bastante original: mostrando los refugios antiaéreos construidos para la población civil. Se trata del Berliner Unterwelten E. V. Sociedad para la investigación y documentación de estructuras subterráneas. A quienes solicitamos el tour en español nos tocó ese día una guía mexicana, gran historiadora e histriónica mujer, de antinazismo consumado y vasto conocimiento sobre el aparato propagandístico de Hitler y sobre los refugios antiaéreos que el Fürer mandó a construir, mientras preparaba con más antelación de la que los alemanes pudieron siquiera sospechar la guerra que en su delirante cabeza lo llevaría a dominar el mundo. ¿Cómo es que gente tan demente llega a adquirir tanto poder? La mente humana es extraña. No creo haber logrado aclararles mucho este enredijo. Por eso prefiero remitirlos a la siguiente fuente

(tomada de: http://www.guiadeberlin.de/index.php?article_id=10):

La dictadura Nacionalsocialista y la Segunda Guerra Mundial

A finales de la década de los veinte el desempleo masivo, la penuria económica de la población y el enorme peso del Tratado de Versailles convierten al Partido Nacionalista Trabajador Alemán (NSDAP) de Adolph Hitler en una importante fuerza política. El 30 de enero de 1933 Hitler es nombrado canciller por el Reichspresident Paul von Hindenburg. Una vez en el poder, Hitler introduce la ley de autorización, que le permite promulgar las leyes a su favor, legalizando de este modo una ola de terror contra la política comunista y socialdemócrata. Sucumbe la esperanza de una posible democracia y comienza una era de dictadura totalitaria. La persecución política es acompañada de una vesania racista, queriendo purificar la raza “nórdica”. La limpieza fanática acaba con la vida de más de seis millones de personas: judíos, gitanos, minusválidos y supuestos enemigos del gobierno fueron brutalmente perseguidos y asesinados en los campos de concentración. Aún así el auge económico y la inteligente manipulación propagandista hitleriana llevan a muchos seguidores a los brazos del partido. En marzo de 1939 Hitler invade Polonia y desencadena la Segunda Guerra Mundial, la cual dura cinco años y medio. Fallecen 55 millones de personas y gran parte de Europa queda devastada. El 30 de abril de 1945 Hitler se suicida y una semana después se produce la capitulación incondicional poniendo fin al capítulo más siniestro de la historia alemana.

La derrota y división de Alemania / Berlín

Alemania queda completamente destruida por las potencias vencedoras de los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética. La coalición antihitleriana acuerda en la Conferencia de Potsdam (17 de julio – 2 de agosto) la división del país en cuatro sectores.
Los países de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia fusionan sus zonas de influencia en lo que se convierte en la República Federal de Alemania (RFA). Berlín, la capital, queda en zona ocupada por el ejército soviético. Igual que el país, la ciudad es dividida en cuatro sectores para las mismas cuatro potencias vencedoras. La URSS decide crear un Estado comunista que se convierte en la República Democrática Alemana (RDA) y Berlin en la capital del nuevo Estado comunista. La gran migración de alemanes de la RDA a la Alemania Federal, causada por la problemática situación económica y política, promueve la construcción del muro para detener la sangría de la población. El muro se construye en la madrugada del 13 de agosto de 1961 y permanece durante 28 años.

La reunificación de Alemania / Berlín unida vuelve ser capital

La Perestroika, la crisis económica y el ardiente deseo de conseguir reformas, elecciones libres y volver a ser un pueblo unido, deja caer finalmente el muro el 9 de noviembre 1989. La RDA deja de existir el 3 de octubre de 1990 y se restablece la unidad estatal de Alemania. En junio del año siguiente Berlín es elegida “nuevamente” capital de la Alemania unida con un gobierno democrático y social.

 

Comentando sobre todo esto con Gus, él hizo énfasis en otro de los grandes mitos: el de la estabilidad europea. No hay sino que caminar Berlín para darse cuenta de que Alemania ha sido todo menos estable. Punto y aparte, pronto comprendí por qué Laura y Cristian salen poco de Kreuzberg: el barrio lo tiene todo. Con Laura hice compras en una tienda de segunda mano buenísima, fui a un mercado de artesanías y diseño, comí salchichas con papas, falafel (una especie de taco enorme turco, riquísimo) y pollo asado. Una noche nos fuimos de bar con su amiga chilena, a un simpático lugar sobre el río. A la salida, el tipo de la entrada, un alemán gigantesco, empujaba hacia afuera a una chica que prácticamente le llegaba al ombligo. Laura y su amiga regañaron al tipo por maltratar físicamente a una mujer. Al siguiente día pusieron por internet una demanda a la policía. Pensé que se trata del tipo de solidaridades que las mujeres debemos tener entre nosotras. Laura me contó sobre 3 casos de feminicidio ocurridos en Berlín recientemente: 3 alemanes habían asesinado a sus parejas, todas extranjeras. Por eso las mujeres debemos aprender a cuidarnos entre nosotras. La misoginia acecha. Pero lo más lindo que hicimos juntas, además de nuestros inolvidables paseos en bici, fue ir en el bote. Justo el día antes de mi despedida de Berlín y del final de mi viaje, pude compartir con ella y Cristian el primer tramo de su paseo en un botecito precioso que alquilaron. Ellos se quedarían a dormir y se alejarían bastante de la ciudad. Yo estuve algunas horas, pero me encantó ser capitana y navegar. Tuve de nuevo una perspectiva “naval”, pero esta vez conduciendo. Laura tuvo, además de toda su generosidad, el lindo gesto de enviarme después las fotos. Adentro del bote, en una orilla del rio debajo de un puente, nos dimos el abrazo de hasta luego. Por suerte tienen planes de vivir en algún momento en México de nuevo. Pero si no, siempre podremos encontrarnos alguna vez en El Salvador. Al fin que tenemos “el don de la ubicuidad”, como diría Lauri, nuestra bella poeta y amiga en común.

Tal y como es mi vida, en Berlín alterné entre la onda “guanaca” y la onda colombiana. Natalia me llevó de compras a un lugar bueno, bonito y barato en donde me hice de un nuevo par de zapatos y un pantalón. Esa mañana desayunamos juntas arepitas colombianas cocinadas por su mamá y pan alemán, comprado en una panadería “bio” de Kreuzberg. La suerte hizo que la madre de Natalia y Santi viviera a pocas cuadras del edificio de Laura. El departamento: una exquisitez acogedora, con jardín y con cabra del vecino y todo. Natalia: un encanto. Al día siguiente fuimos juntas, con mamá y amiga argentina de la mamá incluidas, a la Casa de las Culturas del Mundo. Se trata de un mágico lugar ubicado adentro del Tiertgarten, el principal parque de la ciudad más verde de Alemania. El edificio, de techo ovalado, como un ala que invita a entrar, fue un regalo de Estados Unidos en ocasión de la Exposición Internacional de Berlín en 1957. Supongo que se trata de la misma institución de exposiciones para la cual se produjo la Torre Eiffel, 60 años antes.

En el escenario, frente a un público que se movía sin parar, los colombianos de La máquina del Caribe. Unos personajes. No los conocía y sonaban bueno. Me conmovían los alemanes de diferentes edades baile que baile. También estaba parte de la fauna latina radicada en Berlín. La cantante principal de la banda era una negra hermosa, la típica colombiana despampanante, en versión negra, negrísima. Recordé que en mi reciente despedida de DF fui con la familia colombiana a un concierto de Monsieur Periné. Otra cantante hermosa, otra banda talentosa. ¡Colombia y su música! Una de las maravillas del mundo, sin lugar a ninguna duda. Todos los presentes bailábamos. Era una fiesta sana, tranquila, linda. Caía la noche, brindábamos con cervecita y picábamos maní, papas, “chucherías”. La segunda parte del concierto fue una sorpresa proveniente del Congo. Una tremenda orquesta congolesa, alguien me explicó que muy famosa por allá. Magnífica. A los alemanes les importó poco que empezara a llover. Sacaron sombrillas y continuaron moviéndose, esa vez con ritmo africano. Muy sabroso. Disfruté el regreso en bici a Kreuzberg en la noche berlinesa, por una ruta desconocida: atravesando Potsdamer Platz. Natalia me contó que cuando visitó por primera vez Berlín, en 1993, toda esa zona era un montón de escombros. Eso es difícil de imaginar ahora, porque lo que se ve es un barrio del siglo XXI, con deslumbrantes edificios de cristales azules y luces que alumbran a kilómetros a la redonda, como las del Sony Center. La noche terminó con más arepitas, un fragmento del video de la ponencia de Natalia en el congreso de Viena y un video de Álvaro Uribe en el que a las tres nos aquejó el dolor patrio, al tiempo que nos daban ganas de ponerle en el acto una camisa de fuerza al ex presidente, dados sus evidentes signos de desequilibrio mental. El tipo ya está de psiquiátrico. Lo increíble es que aún haya colombianos que lo apoyen. Repito: la mente humana es extraña.

Con Markus anduve en bici por una ex estación de trenes que ahora es un parque: el Görlitzer, lugar de reunión de tribus urbanas y venta de drogas, entre otros atractivos. También con él fui por primera vez a la “Isla de los museos”. Gracias a que a él se le ocurrió la idea, mostré en la taquilla mi credencial de estudiante de la UNAM y el pase por 3 días me costó 10 euros. Tenía razón Laura cuando me anunciaba desde San Salvador que Berlín es barato. Por eso y porque era ya la última ciudad de mi tour, aproveché para hacer compras. Después de mostrarme la parte reconstruida de la ciudad que a él más le gusta, y que es de hecho bonita, Markus entró conmigo al Neues Museum, que alberga una impactante cantidad de piezas del Antiguo Egipto. Inolvidable la cobriza elegancia con la que fue esculpida en un busto Nefertiti, reina egipcia que vivió entre los años 1300 y 1700 a. C., desempeñando un importante papel político durante el reinado de Ajenatón, su marido. Me encantó, por contundente, la respuesta de Markus cuando, muy sorprendida, le pregunté qué hacían todas esas maravillas egipcias ahí: “¡pues se las robaron!”, me contestó. Y sí, el saqueo de los arqueólogos alemanes a las culturas del mundo ha sido monumental, como puede evidenciarse también en el Pergamonmuseum. Otro templo en donde reposan los restos de la ciudad romana Pérgamo, la fachada del mercado de Mileto, obras maestras de la arquitectura mesopotámica y mágicos decorados islámicos, entre otras delicias. No diré que no es cómodo acceder por 10 euros a la posibilidad de caminar entre todas esas demostraciones de la capacidad creativa del ser humano en los diferentes continentes y en épocas tan pretéritas, pero no dejó de parecerme mal que estuvieran allí, en lugar de permanecer en sus lugares de origen. Cuando se lo conté a Gus, reafirmó su crítica a la voracidad colonial europea y me contó que allí, en un museo de Berlín, se encuentra también la colección más grande de Quipus: el sistema de contabilidad usado por los sabios del imperio Inca. Reforzando esta idea, Laura me contó sobre unos zoológicos humanos en los que los alemanes del siglo XIX exhibían a los “aborígenes” del nuevo continente.

Por si los encuentros hubieran sido pocos, en la víspera de mi retorno a Frankfurt pude saludar a Inga y conocer a su hermoso bebé. Nos conocimos en el 2008, en el congreso centroamericano de historia que se celebró en San José, Costa Rica. Desde entonces no nos veíamos y las dos disfrutamos de tomar un café y charlar un poco. Lo mejor fue conocer el parque al que me llevó, muy cerca de su casa: el Tempelhof, antiguo aeropuerto en donde los aviones estadounidenses, franceses e ingleses aterrizaban para abastecer la ciudad. Hoy en día es uno de los parques más grandes de Europa y sus pistas y amplios espacios verdes son aprovechados por ciclistas, patinadores, familias, niños. Me contó Inga que existen proyectos para lotificar y edificar allí. Pero los vecinos, lógicamente, se oponen. Los Parques son tan importantes en Berlín, que mucha gente celebra allí sus fiestas de cumpleaños. El pequeño Henry tuvo ganas de volver a casa e Inga y yo nos despedimos en un almacén en el que hice mis últimas compras. Le insistí que prepara algo para el próximo Congreso de Americanistas, porque, si Dios quiere, dentro de 3 años se celebrará en San Salvador.

Cerca de casa de Laura y Cristian estacioné la bici y entré a comer una rica pizza margarita. Y preparando mis cosas, sola en su departamento, recordé la pregunta de Laura: “¿lista para volver a casa?”. ¡Uff! Para nada estaba más lista que para volver a mi nido con Gus. Sin embargo, el inconsciente me traicionó en el último momento y ¡pasé un susto! Las compras y nuevas adquisiciones incluyeron un nuevo bolso grande que quedó repleto. El martes 14 de agosto estuve preparada para salir cerca de las 11am. Mi tren Berlín-Frankfurt salía a la 1pm. Mi avión Frankfurt-Buenos Aires a las 10pm. Cuando me aseguré de tener conmigo mis 3 paquetes (con 3 había andado mi andar) dejé las llaves sobre la mesa del comedor y cerré la puerta. Salí del edificio, contenta porque iba con tiempo. Caminé media cuadra y pasando por el puentecito donde diferentes músicos se paran a alegrar la ya alegre vida de Kreuzberg, me di cuenta de que me faltaba mi bolso pequeño, CON MI PASAPORTE. Es que ya no tenía 3 paquetes, sino 4!!!!!!!! Estuve al borde del infarto, del desmayo, del suicido. Pero logré conservar la calma y pensar. Aunque fuera con cerrajero, tenía que lograr abrir la puerta y sacar el bolso. Al final, los vecinos de Laura y Cristian me ayudaron: había otras llaves. Me volvió el alma al cuerpo y 24 horas después estaba contando el cuento en Buenos Aires, con más amigas. Menos mal que soy una despistada con buena estrella y que las almas de mis dos abuelas, además de transmitirme su incansable sociabilidad, me protegen. Gracias a ellas y a la hospitalidad de tanta gente linda regada por el viejo continente tuve el viaje que tuve y que puedo compartir con Uds. a través de estas letras. La nevera y la despensa de mi casita en Córdoba lucen ahora un poco como Berlín. ¡Saludos calurosos queridos anfitriones y lectores! ¡Buenos viajes y buena mar! carmenelena

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  1. gipabumo

    Lista para volver a casa¿… la pregunta siempre difícil. Bello texto de la chica de los picnis mediterráneos

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