Agua de un mar lejano. Autor: Juan M. Martín Alcaid

El viaje de la discordia

Desde que terminó su entrevista con el director de marketing, Desiderio, que todos llamaban Didier por haber vivido en Francia muchos años, empezó a respirar con satisfacción. La multinacional francesa para la que trabajaba lo había incluido en un seminario de reciclaje junto a Leocadio, un compañero suyo. Sería en Papeete, la capital de Tahití. Él, que sentía pasión por la pintura impresionista desde que un día vio un cuadro de Paul Gaugin en un Larousse, iba a visitar la “isla Reina” de la Polinesia Francesa y el museo de dicho pintor. Una ilusión que tenía sombras: su mujer. Y es que no se permitía llevar acompañante.

Cuando le comunicó la noticia a Matilde, su esposa, estalló la tormenta.

—¿Cómo? ¿Qué te vas a marchar una semana a la cochinchina? —le gritó ella.

—No es a la cochinchina —contestó él—, es a Papeete.

—Bueno, tapete, o como se diga —replicó la mujer—. Yo, hecha una esclava todo el año, cuidando de la casa, de los niños y de los perros, teniéndole la ropa planchadita al señorito….y ahora, éste quiere tirarse una semana a la bartola en un hotel de postín del pacífico. ¿Y qué le prepare la maleta? ¡Ni hablar, que se la prepare él!

—A ver, cariño, voy con Leo, a trabajar —se defendió el marido.

—Sí, sí —dijo ella con sorna. Ya sé cómo terminan esos “cursillos”. A la menor ocasión, los hombres os liais con la primera que pasa. Si lo sabré yo —apostilló.

—Todos viajaremos sin nuestras respectivas esposas. En Paris nos uniremos a los que vendrán de Portugal, de Eslovaquia, de Rusia y de la propia Francia. Además, tú sabes lo tímido que soy. Y otra cosa, ¿tú no querías comprar una casita en el pueblo de tus padres para pasar el verano? Pues, esta es la ocasión. Si amplío conocimientos, podré conseguir un ascenso y ganar más dinero para ese proyecto —argumentó el hombre.

—Bueno, bueno, ya estamos con el cuento de la lechera.

—Dile a tu madre que se venga contigo esa semana—concluyó él.

 

 

Desiderio, nervioso por la discusión, empezó a preparar la maleta. Le habían aconsejado llevar ropa de algodón ligero y lino por ser temporada seca en Tahití. Al mismo tiempo, era conveniente incluir alguna prenda cálida porque refrescaba por las noches, y un chubasquero para protegerse de una eventual lluvia. La mujer, aunque enfadada, buscaba una excusa para entrar en el dormitorio y, disimuladamente, comprobar la torpeza del marido arreglando el equipaje. Hasta que no aguantó más y le soltó:

—Quita, quita, que eres un trasto. Vas a llegar con toda la ropa hecha un desastre.

Sin embargo, a pesar de la ayuda que le proporcionó, cuando llegó la hora de partir y el esposo quiso darle un beso de despedida, ella se lo rechazó.

 

El vuelo

En el aeropuerto Charles de Gaulle de Paris esperaban los demás seleccionados, algunos ejecutivos y los monitores que iban a impartir las clases. La idea de la multinacional era compaginar trabajo con distensión.

El panzudo Airbus azul y blanco, con una gran flor de tiaré pintada en la cola, estaba preparado en la pista. Antes de subir a bordo, los viajeros tuvieron que hacer cola para registrar las maletas y responder a las preguntas que imponían los Estados Unidos por motivos de seguridad. Y es que estaba prevista una escala técnica en Los Angeles, California.

Nada más subir a bordo, Desiderio reparó en la especial belleza de una de las azafatas. Tenía un increíble parecido con Sydney Fox, la protagonista aventurera de la serie televisiva Cazatesoros, papel encarnado por la actriz Tia Carrere. Al llegar frente a ella, se cruzaron sus miradas y ambos se quedaron en silencio durante unos segundos, tiempo que a él le pareció una eternidad. Fue un auténtico flechazo lo que sintió. Ella reaccionó rápidamente, y, con voz dulce, aterciopelada, dibujando una cautivadora sonrisa en su rostro de rasgos mongoloides, le dio la bienvenida en francés y se presentó como Vaimiti, que significa “Agua de mar”. Lo condujo a su sitio, en la clase Poerava Business, adonde se había acomodado el resto del grupo. Los asientos eran cómodos, con una estructura envolvente parecida a una concha o un caparazón, y permitían una inclinación de ciento sesenta grados. Le entregó un neceser de viaje que incluía, entre otras cosas, un par de calcetines, una máscara de descanso, un cepillo de dientes y otros productos. Mientras tanto, un auxiliar de vuelo había repartido flores blancas de tiaré entre el pasaje.

La tiaré es una gardenia tahitiana de color blanco, emblema de la Porinetia Farani, es decir de la Polinesia Francesa, que las mujeres llevan abierta sobre la oreja. Por el contrario, los hombres portan solamente el capullo de dicha flor. Además de ser un símbolo, la planta es utilizada por sus propiedades curativas para las migrañas y los dolores de oído.

Dieron las pertinentes instrucciones previas al despegue, y el avión, acompañado del rugido de sus motores, rodó por la pista buscando un camino en el cielo que lo llevara a su paradisiaco destino. Quedaban por delante unas veintidós horas de vuelo y dieciocho mil kilómetros por recorrer.

 

Poco después del despegue, las azafatas aparecieron con un bonito vestido de flores, en sustitución del clásico traje de chaqueta azul turquesa que portaban inicialmente.

El vuelo transcurría normalmente. Vaimiti cumplía con su cometido, atendiendo las necesidades de los pasajeros, poniendo un especial interés en las de Desiderio. Era tal la atención dispensada, que su compañero Leocadio, un tanto escamado, le soltó:

—Con razón dicen que más vale caer en gracia que ser gracioso.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Didier, haciéndose el despistado.

—¡Vamos, no te hagas el sueco! ¿Crees que no me he dado cuenta? La miras con ojos de cordero degollado. Y tú también le haces tilín a ella, porque hay que ver cómo te cuida, macho. ¡Pobre Matilde! ¡Si supiera esto!

—Figuraciones tuyas. De acuerdo, la chica es muy atractiva y muy atenta. Pero, de ahí a que esté loquito por sus huesos, hay una diferencia. Es verdad que me cae bien —tenía que haber dicho rematadamente bien—, pero nada más —mintió con descaro.

En contra de lo que le había dicho a Leocadio, Desiderio buscaba cualquier excusa para acercarse a la tahitiana cuando no estaba atareada: que si era malo para la circulación permanecer sentado mucho tiempo, que si debía estirar las piernas, que si iba a beber algo porque estaba deshidratado a causa del aire climatizado, que si tenía que ir al aseo, que si quería aclarar una duda, etc…etc… Cualquier motivo era bueno para acercarse a la seductora azafata. Sus compañeras esbozaban una sonrisa de complicidad y vigilaban discretamente por si aparecía el jefe de cabina.

Una de las veces que estaba cerca de ella, tan próximo que casi se estaban rozando, el avión sufrió un descenso inesperado de altura a causa de unas turbulencias, y la dulce Vaimiti se precipitó sin querer en los brazos de Desiderio. Él la retuvo abrazada algo más de la cuenta, por si volvía a producirse otra sacudida, le explicó. Después de este incidente, Vaimiti se retiró a descansar.

Tras doce horas de vuelo, el avión se posó en Los Angeles. Tuvieron que llevarse todos los efectos de cabina, pero las maletas se quedaron en la bodega. Tocaba pasar por el control de aduana: huella de la mano derecha y de su pulgar, de la mano izquierda, y foto. ¡Como vulgares delincuentes! A continuación había que hacer cola para recuperar la tarjeta de embarque. Y a volar de nuevo.

El paraíso y el diablo agazapado

Al aproximarse el Airbus a su destino, Tahití Nui (Tahití la Grande) junto a Tahití Iti (la Pequeña Tahití), unidas por un istmo, parecían, con sus sesenta kilómetros de largo dominados por el monte Orohena, dos diminutas cáscaras de nuez navegando a remolque por el Pacífico. A unos diecisiete kilómetros al oeste, Moorea, la llamada “isla hermana”, aparentaba ser, con su forma triangular, un ala delta a punto de amerizar.

Cuando llegó el momento de despedirse de Vaimiti, antes de descender de la aeronave, ella le comunicó que se quedaría en tierra una decena de días. La noticia le alegró el corazón a Desiderio.

Los viajeros fueron recibidos a la llegada por un conjunto de música polinésica tocando el ukelele, una especie de guitarra de cuatro cuerdas pinzadas. Al tiempo, unas gentiles nativas les colocaban collares de flores multicolores y les daban la bienvenida.

 

La entrada del hotel llamaba poderosamente la atención debido a la forma picuda hacia arriba del tejado. El vestíbulo, de estilo polinesio, estaba recubierto de pandanus trenzado, un árbol similar al cocotero. Dos vahinés (mujeres de Tahití) de madera decoraban la escalera que llevaba al restaurante, al jardín, y a la piscina. El establecimiento disponía de doce bungalows, con suelo de parqué y tejado cubierto de pandanus, que hundían sus pilotes en el azul turquesa de la laguna. La parte principal del hotel estaba constituida por tres edificios de seis plantas unidos entre sí por unas pasarelas. Las habitaciones con vista a la laguna estaban ubicadas desde la cuarta planta hacia arriba, mientras que en la planta baja se situaban las que daban a un estanque de agua verdosa con nenúfares y carpas.

En el sexto piso existía un taller de pintores y escultores a los que era posible contemplar en plena realización de sus obras. Si un cliente tenía inquietudes artísticas, podía seguir un cursillo de dos horas de duración. El establecimiento ofrecía otros dos talleres: uno de cocina y otro de jardinería; este último, gratuito.

Lo que más atrajo a Desiderio y a Leocadio fue la amplía piscina con fondo de arena blanca traída de otras islas. Estaba rodeada de sombrillas y de tumbonas blancas con colchonetas azules, en un entorno de palmeras, cocoteros y otros árboles autóctonos.

Al día siguiente, parcialmente recuperados del largo viaje, bajaron a tomar el sol después del desayuno. Hacía una temperatura de veintiséis grados.

Estaban echados sobre sendas tumbonas, medio adormilados, cuando los despertó una voz conocida que los saludaba:

Ia orana (buenos días), Didier. Ia orana, Leo.

Se trataba de la hermosa Vaimiti. Venía acompañada de una amiga suya, que presentó como Hereata, nube de amor en polinesio, y que trabajaba de azafata en otra compañía aérea. Aunque también era bella, no se la podía comparar con Vaimiti. La mirada de Desiderio iba de la una a la otra, recreándose. Aparte de los saludos habituales y de los tres besos de rigor que se intercambiaron al estilo francés, Hereata permaneció callada, un tanto cohibida. A su vez, Vaimiti observaba la reacción del español.

La primera vestía un pareo anaranjado y calzaba unos zapatos ligeros que combinaban con la prenda. Ocultaba sus ojos castaños tras unas gafas ahumadas de la casa Dior. Había deshecho la trenza que llevaba durante el vuelo, ahora su melena flotaba sobre sus hombros desnudos. Completaba su imagen una flor de tiaré, flor que simboliza el amor, en la oreja izquierda. Colocada en esa posición, le estaba indicando que su corazón estaba ocupado, que estaba comprometida o casada. Es decir, no estaba disponible. Durante el vuelo, Desiderio había aprendido lo que quería transmitir una tahitiana por medio de la flor. La costumbre le había recordado el lenguaje del abanico, usado tiempos atrás por las mujeres cuando deseaban mandar un mensaje en clave a su amante o pretendiente. De haber llevado la flor sobre la oreja derecha, habría querido decir que su corazón estaba libre, pendiente de ser conquistado, que era soltera. Puestas en ambas orejas hacia atrás, las flores indicaban que la disponibilidad era inmediata. Y mirando hacia adelante, sinónimo de estar casada.

Al no llevar gafas, Hereata podía lucir sus lindos ojos color turquesa y unos rasgos polinesios más suavizados, probablemente por alguna ascendencia europea. Llevaba la flor de tiaré sobre la oreja derecha, indicando de esta forma que permanecía célibe. Su vestido era muy floreado, con un fondo verde claro. Calzaba unos zapatos blancos de medio tacón.

Desiderio, que estaba intrigado por la posición de la flor, le preguntó a Vaimiti:

—¿Tienes el corazón ocupado? Observo que tu flor de tiaré está en una posición distinta a la de tu amiga.

—Claro que sí lo está. Mi corazón está ocupado por ti —afirmó ella con seguridad—. Así nadie me puede molestar.

—Me parece un poco precipitado que digas eso. Apenas si nos conocemos. Yo estoy casado, tengo dos hijos y vivo a miles de kilómetros de aquí —le objetó él.

Sabía que estaba luchando inútilmente contra sus sentimientos, aparentando una serenidad y una frialdad que no poseía.

—Eso no es un problema, el tiempo lo arregla todo. Como decimos aquí: aita pea pea, no tiene importancia —dijo la azafata sin inmutarse, mientras cogía del brazo a su amiga para marcharse.

—Dime, ¿para qué habéis venido al hotel?

—Somos modelos del taller de artistas de la sexta planta en nuestras horas libres. Vamos a posar para unos clientes que desean hacer una copia de un cuadro de Gaugin.

Los celos le pellizcaron el corazón cuando recordó que el “enfant terrible” del impresionismo francés, como muchos otros, solía pintar desnudos. Continuó interrogándola:

—¿Qué cuadro es?

Dos tahitianas (con flores de mango) —contestó ella.

Él sabía que el título original de aquella obra era “Les Seins aux fleurs rouges” (Pechos con flores rojas), que luego se modificó por el otro nombre. Menos mal que no se trataba del lienzo “Et l´or de leur corps” (Y el oro de sus cuerpos) donde aparecían desnudos integrales.

Leocadio parecía hechizado desde que conoció a Hereata. Por su parte, Desiderio no dejaba de pensar en lo que estarían haciendo las dos mujeres en el taller.

—Venga, vamos a subir a la sexta planta a ver que hacen nuestras amigas. Hasta la tarde no empiezan los cursillos.

Allí estaban las dos azafatas, posando. Sonrieron cuando los vieron llegar, vestidos con sus albornoces. Vaimiti, con el busto descubierto, sostenía un cuenco con flores rojas. Hereata, a su lado, tenía en sus manos un ramo de flores de mango. Estaban bellísimas. Los dos compañeros, extasiados, se quedaron con ellas mientras duró la sesión. Nadie puso reparos. Al término, acordaron salir para cenar.

 

Dicen que los hombres y las mujeres tahitianas tienen tres placeres: el Amor, la Música, y la Danza. El primero se estaba gestando. Para cumplir con los otros dos, las azafatas, actuando de cicerones, llevaron a los hombres a un restaurante que servía un buen buffet amenizado con la música de una orquesta tahitiana. Se recogieron pronto para descansar y recuperar fuerzas de cara a las intensas jornadas que quedaban por delante.

Para no desentonar con la vestimenta de los nativos, Leocadio y Desiderio se compraron unas camisas de flores; el primero eligió una azul, el segundo una roja. Las estrenaron la noche que fueron al Paradise Night, un establecimiento con discoteca, restaurante, bar, snack bar y sala de espectáculos en pleno corazón de la ciudad. Ellas habían realzado su belleza con sendas coronas de flores blancas y collares multicolores, que luego les colgaron a los dos compañeros.

El tiempo transcurría velozmente. Mientras ellas posaban en el taller de artistas, ellos seguían los cursillos matutinos. Disponían de la tarde para visitar los rincones de la ciudad: el Museo de las perlas de Robert Van, los jardines de Paofai, el parque de Bougainville, el Museo de Tahití y sus islas; o bien se iban de tiendas. Desiderio le compró a su mujer unos pendientes que representaban una flor de tiaré, de oro, con una perla negra engastada en ella.

La visita al museo de Gaugin fue frustrante. Didier pensaba contemplar obras originales del pintor, pero lo que halló allí fueron copias de los cuadros.

 

A mediados de la semana, tuvieron un día entero de descanso. Hereata sugirió que podían aprovecharlo para efectuar una excursión a la isla de Moorea, nombre que significa “Lagarto amarillo”. Es una ínsula que está rodeada por una barrera de coral con doce pasos. Destacan sus ocho montañas con sus respectivos valles y sus playas de arena blanca.

Tomaron el primer catamarán de alta velocidad que salía por la mañana, y al cabo de unos treinta minutos desembarcaron en el pequeño puerto de Vai´are. Luego, se trasladaron en taxi hasta el hotel, que estaba a veintiséis kilómetros de distancia.

Alquilaron dos habitaciones con ducha solar y una pequeña terraza, y encargaron una comida hecha en el ahí ma´a, un horno polinesio que se cava en la arena. Sobre una base de piedras previamente calentadas, y de brasas, se colocan las carnes, por ejemplo un lechón, pescados, que se cubren con diferentes capas de verduras y de plantas aromáticas. También se ponen bananas, el uru (fruta del árbol del pan), incluso marmitas con guisos. Se recubre con hojas de bananeros y luego con unas telas. Finalmente, se tapa todo con arena.

Mientras preparaban el almuerzo, se pusieron los bañadores, cogieron dos piraguas, ofrecidas gratuitamente por el hotel, y se fueron a navegar por los alrededores. Cuando regresaban, se les adelantó una lancha de la que bajó un turista. Éste se metió en el agua hasta la cintura para llevar la embarcación hasta la orilla. De repente, el hombre soltó un alarido de dolor que impresionó a todos. No llevaba calzado de protección como le habían aconsejado, y había pisado un pez-piedra. Menos mal que no le ocurrió a Desiderio, quien también se había despojado de sus zapatillas de plástico.

Este pez, de unos veinte a cincuenta centímetros de largo, vive en aguas poco profundas y es experto en el arte del camuflaje. Sabe imitar a las algas y a las rocas coralinas, pero también se hunde en la arena para pasar desapercibido. Posee trece espinas dorsales que, cuando se pisa el animal, inoculan un potente veneno en el organismo. El dolor es inmediato e intenso. Se une a un edema constante, seguido de postración o agitación. Sus toxinas provocan hipotensión y trastornos del ritmo cardíaco que pueden conducir a un colapso. ¡Una auténtica joya!

Era ya la hora del almuerzo que les habían preparado. Desiderio descubrió en el bar de la playa un juke-box, un mueble gramófono que funcionaba con monedas, muy popular en épocas pasadas. Seleccionó una canción que le dedicó a Vaimiti: La mer, de Charles Trenet. No debe olvidar el lector que el nombre de la tahitiana significa “agua de mar”. Al atardecer, se fueron al sitio más romántico para disfrutar de un gran atardecer: la Bahía de Cook. Se marcharon temprano al día siguiente para proseguir con el cursillo.

El viernes, acudieron a una cena espectáculo de danza tradicional «Magie Polynésienne». Se acercaba el final de la estancia.

 

Llegó la hora de partir. Les colocaron a los viajeros collares de conchas, ya que no se autorizaban los de flores por cuestiones fitosanitarias. Leocadio y Desiderio, con el corazón partido, se despidieron de las bellas y llorosas tahitianas que los habían acompañado al aeropuerto. Nadie sabía cuándo se volverían a ver.

 

 

Durante el vuelo de regreso, Desiderio bebió y comió más de la cuenta para mitigar sus penas, hecho que lo sumió en una profunda modorra. Al cabo de muchas horas, sintió que lo llamaban.

 

La cruda realidad

 

Sí, lo estaban llamando. Pero no era la azafata de un avión. Se encontraba en su casa, y era Matilde, la “sargento” de su mujer, quien intentaba despertarlo refunfuñando:

—Desi, Desi, Desi. Hay que ver como estás. Desde que te han regalado ese libro sobre las pinturas que cambiaron el mundo y las dos copas de más que te tomas, todos los días te duermes sobre la página de ese pintor francés, el tal Gaugin o como se llame. He dejado puesta la lavadora. Apágala cuando termine, que yo me voy al dentista.

Entonces, todo había sido un maravilloso sueño, pero sólo un producto de su imaginación.

En el preciso instante en que la mujer se disponía a salir, sonó el timbre de la entrada y oyó que la mujer hablaba con alguien. Luego lo llamó:

—Desi, aquí te buscan.

—¿Quién es? —preguntó él.

—No sé, habla en un idioma extranjero. No entiendo lo que me dice.

—Ya voy.

Cuando llegó a la puerta, la persona que aguardaba lo saludo:

Ia orana, Didier.

Él sólo pudo articular su nombre:

—¡Vaimiti!

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