Abuelo Samir y Abuela Tafsut. Autor: Davi Carneiro

EL VIENTO TRANSPORTA por el valle EL OLOR DE LA LLUVIA, adelantándose a la lluvia. Pasa por mí una brisa de la tierra, un aroma húmedo que ha atravesado la montaña para llegar en un olor acre de barro mojado. Viene también una fragancia sutil de jazmines y lirios. Desde la ventana de mi habitación veo un huerto florido, en contraste con el cielo gris y las nubes cargadas.

Tafsut apresura sus pasos hasta el patio; lleva una cesta bajos los brazos y va retirando las ropas del tendero. Samir arrastra sus sandalias de cuero y recoge unas sillas de plástico. Aprovecha, también, para hacer lo pastoreo de las gallinas hasta un área protegida. Dos gatitos negros corren hacia la casa. Se preparan pues la tormenta ya no tardará en llegar.

Samir y Tafsut son los dueños del Hôtel Sherazade, que de hotel tiene solo el nombre. Es una pequeña extensión de la casa propia que forma otras dos habitaciones; lo suficiente para acoger cuatro hospedes y una esporádica renta extra. Mi dormitorio está en la parte de arriba y, aún con las ventanas abiertas, entra poca luz. Sobre la cama que huele a moho, una toalla y adorno de jazmines blancos y amarillos.

Yo había llegado a las diez de la mañana  a Imilchil, un pueblecito en la cordillera de los Atlas. Estoy haciendo un viaje en autostop y llevo aquí una semana. Intento conocer un Marruecos más allá de los tópicos.

En esa época yo vivía en Barcelona. Me resultaba triste comprobar que pocos viajeros con los que hablaba – en Europa en general y en España en particular – distinguieran las particularidades que hacen de Marruecos un país diverso y rico en cultura. La mayoría se quedaba con los estereotipos y en lo más superficial de este singular país árabe. En ese viaje, yo intentaba evitar las ciudades más turísticas, como Marrakech, Rabat y Fez. Ya conocía todo eso, de experiencias anteriores. Ahora prefería ir a los pueblos, recorrer el desierto con los nómades, ser huésped de los campesinos y aproximarme a la vida de las personas del campo. Me apetecía descubrir aquello que, para mí, es lo mas importante cuando se viaja: la gente. Gente de aquí, del lugar.

El Hôtel Sherazade fue lo primero que encontré cuando me adentré en Imilchil. Lo que llamó mi atención de inicio fue el olor  a menta; un señor escuchaba el silbido de una vieja radio a pilas mientras tomaba su té. Después vino una señora que me recibió con palabras incomprensibles, seguidas de una risa franca que comunicaba todo lo que yo no comprendía en árabe. Los dos me cayeron bien. Decidí quedarme.

Era una pareja amable y simpática. La edad estaba escrita en las arrugas y en las curvaturas de sus espaldas. Ella tenia 81 y él, 85. Nos comunicamos en castellano.

“Abuelo” Samir habla bien el idioma, ha nacido en el Tánger, frontera con Ceuta, delante al Estrecho de Gibraltar. Allá, España; de este lado, Marruecos. Y en medio, el encuentro del Atlántico con el Mediterráneo; una abertura de 14 kilómetros que separa los dos continentes. “Me encantaba ir a una colina cerca de mi casa, sentarme allí y beber té de menta. Miraba Europa, al otro lado, entre las gaviotas y las nubes”, recordó.

Él tenía 25 años cuando decidió despedirse del mar y vivir en esta región montañosa. Su motivación era fuerte: fue allí donde conoció a “abuela” Tafsut. Y fue allí, en esa casita, donde criaron a sus cinco hijos. Todos están casados actualmente y cada uno vive en una ciudad distinta de Marruecos. Ninguno en Imilchil.

Imilchil está a una altura de unos 2.200 metros sobre el nivel del mar. Pese a ser la capital administrativa de la región, la ciudad sigue pobre y sin infraestructuras. Cerca de allí, en la misma zona del Assif Melloul (“Río Blanco”), todavía hay muchos pueblos con calles de tierra. Hasta hace pocas décadas, Imilchil no era más que uno de estas pequeñas poblaciones con sus casas de barro.

Llegar hasta allí no fue nada fácil. Fui haciendo autostop con unos chicos que habían partido de Meknes; hemos pasado por carreteras precarias, que zigzagueaban montaña arriba, atravesando cañones y barrancos que no me dejaron pegar el ojo en toda la noche. Hace dos décadas, este camino era aún más difícil: no había ningún acceso asfaltado, y cruzar el Atlas podía demandar hasta dos días de viaje.

Abuelo Samir se quita las sandalias y las guarda detrás de la puerta. Después se quita la camisa, para ponerse una larga bata marroquí. Su rostro es delgado, quemado por el sol. Lleva barba larga, su pello blanco brilla bajo la luz de la única lámpara que iluminaba la habitación. Abuela Tafsut entra desde la cocina.

—    ¿Desea su pipa?

—   Oui, ma cherie. – responde en francés. Ella le alcanza una hermosa pipa de madera, que carga con tabaco extraído de una lata verde y blanca.

Él me sirve un vaso de té de menta. Ella se sienta en un puff redondo de color azul, con la figura de un camello en la parte superior. Empezamos a hablar mientras la lluvia repica sobre el tejado. Se sentían curiosos por la llegada de un huésped brasileño. Durante las siguientes dos horas aquella pareja de ancianos fue mi Atlas y mi Marruecos.

El castellano de Tafsut no era tan seguro como del Samir; salía entrecortado y con errores. Había aprendido algunas nociones de la lengua con su marido, y se esforzaba para formar las frases. Su rostro envejecido aun preserva los trazos exóticos de una preciosa belleza.

Yo había percibido que la abuela no era árabe como el abuelo. Ella me cuenta que es descendiente de los Ait Haddidou, una de las tribus más antiguas del país. Y que Tafsut significa primavera en la lengua berebere.

Los bereberes son el pueblo más antiguo del Marruecos; viven en aquella tierra hace más de dos mil años (los árabes solo llegaran en el siglo VII). Ellos se llaman a sí mismos Imazighen: “hombres libres”; un nombre sugestivo, ya que ninguno invasor – ni los árabes ni los franceses – ha logrado poner bajo su yugo a este pueblo.

Es importante la influencia de los bereberes en el comercio de todo el país. Fueron ellos quienes abrieron las antiguas rutas comerciales entre el África occidental y el África subsahariana. Los comerciantes bereberes eran responsables de la llegada a las ciudades del norte del continente de los productos de más allá del Sahara. Desde allí, eran distribuidos por todo el mundo.

Los padres de la anciana habían sido pastores nómadas de las montaña, hasta que decidieron quedarse en esta zona. No tenían más patrimonios que algunas ovejas y cabras. En el Alto Atlas la vida aún se desliza como en aquella época: aislada de la civilización y anclada en el origen de los tiempos.

Su pueblo, los bereberes, han tenido que librar muchas batallas para trasmitir sus tradiciones de generación en generación. Por eso esta cordillera marroquí, con sus bellas aldeas colgadas de la pendiente, es hoy un reducto de esta cultura, un testigo lejano que conserva y venera sus prácticas ancestrales. La abuela me cuenta que Imilchil aún es la capital de la tribu Haddidou y que ellos preservan, orgullosos, sus costumbres y el idioma proprio: el tamazight.

“Quiero mostrarte algunas fotografías de cuando yo era joven”, dice ella. Su rostro se ilumina mientras me enseña algunos registros ya amarillentos por el tiempo. Cogió una foto realmente antigua y empezó recordar el pasado. Paseamos juntos por la Imilchil de 50 años atrás.

Una de las fotos llama mi atención: una joven pareja vestida con hermosas ropas típicas. Ella era alta y elegante, llevaba un mantón largo sobre la espalda y una capucha decorada con lentejuelas en la cabeza. Tenía círculos pintados en las mejillas y una línea vertical en la barbilla. Sus trazos eran finos, bellos. Pero lo que más destacaba eran sus ojos: expresivos, serenos, profundos, comunicativos. Era un testimonio del día del casamiento. El abuelo Samir, a su lado, delgadísimo, con bata, turbante y expresión de marido orgulloso.

La ciudad donde estamos es conocida internacionalmente por una tradición secular: el Moussem de Imilchil. La palabra “moussem” hace referencia a un peregrinaje colectivo que se practica periódicamente en determinada época del año, alrededor de la tumba de un santo. Se trata de un fenómeno muy arraigado en la sociedad marroquí.

En una zona como ésta, extensa, de difícil acceso, y con un pueblo de costumbres nómadas, una gran celebración con finalidad comercial y social era imprescindible. Era prácticamente la última oportunidad de intercambio antes de enfrentar las bajas temperaturas del inverno en las montañas.

Por esto – con motivo de la recogida de las cosechas, generalmente a finales de septiembre – tribus bereberes de distintas zonas se citan en la ciudad. La fiesta se transforma así en lugar de encuentros, comercio y diversión. Proliferan los bailarines, aguadores, cuenta-cuentos, curanderos, músicos y artesanos. Además de representar una gran oportunidad para hacer buenos negocios, esta es una celebración de la cultura y de la identidad bereber.

La particularidad del Moussem de Imilchil es la celebración del Festival de los Novios, debido a realización de bodas colectivas. Esta ceremonia, a lo largo del tiempo, ha provocado la curiosidad de numerosos investigadores y antropólogos. David Hart fue uno de los especialistas que destacaran el evento, considerando a la tribu de los Ait Haddidou como una de la más interesantes de Marruecos, pues consideraba que esta fiesta no tenía paralelo en todo el país ni en el África del Norte.

“En contra de la creencia general sobre subastas de mujeres al mejor postor, cual si se tratara de esos mercados de esclavas que aparecen en las películas, es sencillamente una cita amorosa o de conveniencia para buscar compañera”, ha escrito Francisco Morilla Aguilar en su libro “Ritos nupciales del pueblo bereber”.

En estos tres días de moussem, Imilchil se convierte en una gran fiesta. Son tres días de música, danza, comida y preciosos trajes típicos sumamente coloridos. También llegan turistas, por supuesto, que vienen de todo Marruecos y de otros países para presenciar la ceremonia. Además, a este evento acuden personalidades del gobierno marroquí y de la Casa Real, así como algunos embajadores extranjeros.

Los candidatos a novios pasean por las calles -delimitadas por las tiendas de campaña- convertidas en comercios y servicios de todo tipo, en busca de un par romántico (entre los bereberes no hay poligamia). Cuando un hombre decide proponer un matrimonio, debe pronunciar la expresión “Tq chemt tasa nou”, que significa algo así como “tu te has metido en mi hígado”. La mujer, si acepta,  responde: “Quia quii tasa nou” – “Tu igual”-. Y, si así lo deciden, se casan durante el Moussen. En el mismo día que Samir y Tafsut se casaron, se unieron también más de cuarenta parejas.

En su interesantísimo artículo académico “Turismo y poder. Las transformaciones de una fiesta popular en Marruecos”, la socióloga española María Jesús Berlanga alerta sobre los cambios que ha sufrido esta tradición a lo largo de los años, “cambios que tienen que ver tanto con las relaciones de poder que en esa región bereber se han sucedido, como con el incremento del flujo turístico que ha llegado hacia la zona”.

“… desde el año 1965 el Ministerio de Turismo trató de convertir la ceremonia de las bodas colectivas y el moussem en una atracción turística, y en los últimos años ha sido el propio Estado el que ha fijado la fecha de este evento. Todos estos cambios han sido presentados por las autoridades bajo el argumento de que resultaban positivos para los intereses turísticos de la región… Y es que, aunque el turismo aporta múltiples beneficios allí donde accede, paralelamente conlleva toda una serie de efectos no siempre deseados por la población local, como por ejemplo el de la aculturación… Además, el turismo supone una división de intereses entre la población. La presencia de turistas en el moussem se convierte en indispensable para los actores de la región que trabajan en el sector turístico, mientras que para otra buena parte de la población el turismo no ha representado más que la transformación de sus tradiciones y una mayor presencia del Estado en la zona. Podría pensarse pues que el turismo se convierte de este modo en otro medio de fraccionamiento y debilitamiento del poder de los Ait Haddidou, así como de transformación de su modo de vida y reducción de su cultura a los aspectos folclóricos”, alerta María Jesús Berlanga.

La tormenta se mantiene fuerte. A través de la ventana, los vestigios del sol huyen por detrás de las nubes. Apenas algunos burritos parecen no sentir la lluvia. Mastican tranquilos la hierba que crece a pocos metros de allí. El viento sacude los árboles, pero dentro de la casa el aire es sofocante. La montaña flota, majestuosa y inmóvil, sobre nosotros. La noche viene trayendo calor. La temperatura de verano en Imilchil suele alcanzar más de 35 grados. Y nada de aire acondicionado.

—   ¿Cuándo llegó la energía eléctrica por aquí? – pregunté.

Abuelo Samir piensa un poco.

—   Solamente en 2008.

Creí que lo había entendido mal.

—  ¿Cuándo?

—   Hace cuatro años. Nosotros teníamos un motor electrógeno defectuoso en la ciudad. Sólo había electricidad durante cuatro horas al día. Por lo menos, ahora, tenemos una TV – dice con entusiasmo. – La compramos hace pocos meses.

El anciano coge el control remoto y señala al viejo televisor que está en la esquina derecha, al lado del sofá. La imagen aparece borrosa, y sólo hay tres canales disponibles; el primero, con una declaración del rey; un programa religioso, en la segunda; y por último, un partido de futbol entre el Raja Casablanca y otro equipo de Marrakech.

Les pregunto sobre lo que podré conocer mañana en la zona. “Debería ir a los lagos. ¡Son preciosos!”, dice Tafsut.

Hay una famosa leyenda sobre estos dos lagos marroquís. El mas grande se llama Isli (“novio” en tamazight) y el menor, Tislit (la “novia”). Cuentan que, hace muchos siglos, una joven pareja estaba muy enamorada pero no podían vivir juntos. El era de los Ait Yazza y ella de los Ait Brahim. Las bodas entre ambas tribus estaban estrictamente prohibidas. Desesperados, los jóvenes decidieron realizar un acto extremo: el suicidio. Se ahogaran cada uno en una de las lagunas.

Después de la tragedia, las familias se arrepintieron y permitieron que, a partir de aquella fecha, todo joven se casara con quien amaba. Me resultó curioso el parecido de esta historia con el drama más famoso de William Shakespeare.

Hubo unos minutos de silencio. El abuelo Samir parecía pensar en algo, después de haber contado esa historia. Después dijo:

“En la época en que nos conocimos, no era común el casamiento entre un musulmán y una berebere. Las Ait Haddidou tienen reputación de ser mujeres muy libres”.

Otra pausa.

“Pero el nuestro fue un amor a primera vista. He cambiado mi vida por ella, y lo haría todo de nuevo”.

Y dio un abrazo a la abuelita.

La lluvia se había intensificado.  Comprendí que si el tiempo continuaba así, no sería posible llegar hasta los lagos. En este instante, me sentí preocupado. Aquella lluvia no tenía pinta de ceder y estaba seguro que eso alteraría mis planes. Pero después me di cuenta de algo más grande, como un insigth, y me relajé. Me quedé satisfecho en aquel momento. Los abuelos se abrazaban y no había prisa. Mi paseo hasta los lagos podría muy bien quedar para después.

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  1. Davi

    Muchas gracias por tu comentario Luisa 🙂 me Legro que te ha gustado mi texto. Hace parte de un libro que estoy escribiendo sobre Marruecos.

    Saludos,

    Davi

  2. LUISA

    mágico y maravilloso como todo lo compartido en Marruecos y sus encantos.
    Magistrales sus vivencias y sus maravillosas y divinas situaciones.
    Es para rendirse a sus encantos.
    Y este relato corto y magnifico para mi gusto.
    El que lo redactó puso sus ágiles dedos en su pluma divina para vivir con el esta situación de encanto a la vez.

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