San Pedro de Atacama, el Salar de Uyuni y una vuelta por el norte argentino. Autor: Rafael Restaino

I

San Pedro de Atacama, el Salar de Uyuni y una vuelta por el norte argentino

Desde Susques, último poblado argentino que se encuentra en el Paso de Jama, partimos hacia San Pedro de Atacama (Chile), ese pueblo considerado como uno de los más antiguos de América. Un verdadero oasis ubicado en el mayor desierto del mundo. El desierto de Atacama.

Después de atravesar la cordillera (son sólo cinco palabras pero cuanto encierra. Entre otras cosas el hecho de pasar de 4.500 msnm a dos mil en pocos minutos) llegamos a la frontera que se encuentra modernizada y eso significa, nada más ni nada menos, rapidez en los trámites que nos permitió llegar más rápido de lo programado. A tal punto que en ese mismo día pudimos caminar sus calles de tierra y sentir de inmediato los aletazos de la historia que se encuentra desparramada por los cuatro puntos cardinales de este pequeño pueblo. Es que en este lugar el inca trazó rutas milagrosas y construyó acequias que siguen funcionando; aquí anduvieron las expediciones de Valdivia y de Almagro; aquí se instalaron aventureros de toda laya y fue un punto de descanso para las tropas de ganado argentino que pasaban a Chile.

Un lugar-centro

Según parece Atacama significa “cabecera del país” y en realidad lo es de alguna manera, ya que, indudablemente, es un centro que hace a este lugar sumamente especial. De por si el hecho de ser un oasis en pleno desierto ya tiene una carga especial. Pero a vuelo de paso decimos la particularidad de sus calles que son de tierra y que se recorren casi sin darse cuenta uno, por ejemplo, las cuadras que constituyen la calle Caracol (la principal); que es imprescindible sentarse en su plaza rodeada de gigantescos molles, algarrobos, pimientos; y visitar su iglesia que fuera parroquia en 1641; hasta sumergirse a sólo unos cuatro kilómetros en los restos de la llamada Aldea de Tulor que tiene unos 3.000 años de antigüedad, pasando por el Pucará de Quitor que fuera vencido recién en 1540 por el español.

Debemos decir que en este lugar suele existir un calor insoportable que suele rajar a las piedras que caen sobre el valle y de noche domina el frío, inmovilizando en hielo las cascadas y haciendo estallar nuevamente las rocas por la presión de su agua que se congela en sus oquedades. Hay por momento un panorama de infierno y de muerte, pero en la puna, en este desierto magnífico hay vida de toda especie. Ahí donde los vientos aullantes como perros apaleados han depositado un poco de tierra, entre los filos de rocas volcánicas, aparecen las plantas, como símbolo de la invencible voluntad de vivir.

Todo hace que se tenga la idea de que se está en un lugar-centro. Pero eso es sólo una mínima parte de lo que ofrece este pueblo al visitante.

Al otro día de haber llegado, precisamente el 22 de enero de este año 2014, hicimos una excursión en nuestro propio automóvil al llamado Valle de la luna. Este lugar constituye uno de los fenómenos más sorprendente por las características geomorfológicas de las estructuras geológicas erosionadas durante miles de años por efectos climáticos. Es un lugar que semeja la superficie selenita. La alta concentración de sales, arcillas y boro del suelo y la extraordinaria sequedad atmosférica, hacen del Valle de la Luna uno de los lugares más inhóspito del planeta por la ausencia absoluta de vida vegetal y animal. Aquí pasamos un día tratando de recorrer aunque sean parte de esta increíble geografía. Vimos uno de los atardeceres más fantásticos de nuestras vidas y coincidimos en la imposibilidad de poder acaparar por medio de la fotografía o de las palabras la inmensa belleza reinante.

Catedrales de Tara y los geiser del Tatio

Este es un recorrido interesante por todo lo que uno puede observar en cuanto a la flora y a la fauna del lugar. Entre otras cosas saber de los llamados bofedales que son humedades en el desierto producidos por los deshielos que hacen posible la vida. Este extraño circuito se realiza por la ruta 27 y se marcha hacia la frontera Argentina, pero a unos pocos kilómetros se abandona la carretera y se introduce a la inmensidad del desierto por medio de un improvisado camino que conduce al salar de Tara. Después de unos treinta minutos de vaivenes por las irregularidades del camino aparece el majestuoso salar. Es espléndido y puede considerarse una de las maravillas que existe en la naturaleza sobre todo por las diversas aves, los flamencos y los camélidos que se encuentran en el lugar. Es increíble, como la naturaleza se abre paso ante tanta aridez, sobreviviendo en uno de los climas más extremos del mundo.

El 25 de enero después de buscar precios en casi todos los lugares que vendían paquetes turísticos a los Geiser del Tatio, decidimos por uno que nos pareció el más económico. Este auténtico fenómeno de la naturaleza se ubica en la alta cordillera andina. Están a unos cien kilómetros al noroeste de San Pedro y todos aseguran la imposibilidad de poder ir en el propio vehículo. En esta oportunidad hicimos caso sobre todo al ser testigo del estado de algunos automóviles de turistas que regresaban de esa aventura. Por lo tanto en una camioneta bien acondicionada para ese tipo de caminos marchamos aproximadamente las cuatro de la mañana, en plena noche estrellada.

Estos Géyseres se originan por el contacto de aguas subterráneas frías con el magna volcánico. Esto hace que se forme un intenso vapor de agua sometido a alta presión que busca la salida hacia la superficie a través de fisuras producidas en la corteza terrestre. Son impresionante estas fumarolas que se encuentran a unos 4.5000 msnm y generalmente bajo una temperatura que está entre 6 y 10 grados bajo cero en verano.

Es un campo geotérmico que tiene una extensión de tres kilómetros. Lo componen unos 40 géyseres que proyectan esa agua hirviendo sólo al amanecer. Es indescriptible observar como a medida que aparece el sol dejan de actuar.

Con mi compañera nos metimos en uno de los paletones, ya que esa agua desparramada al irse enfriando se convierte en termales y allí mismo coincidimos que esto fue lo más impactante que vimos y que un viaje se hace imperdible sólo por ver esta actuación increíble de la naturaleza.

Es imposible trasmitir un buen relato de un viaje, ya que es imposible relatar en su total magnitud una emoción. En este caso, por ejemplo, dejo sin describir el día que pasamos en la laguna Cejar donde la salinidad hace que uno pueda dormir una siesta sobre el agua o el día que dedicamos para llegar al pie del majestuoso Licancabur que es como un dios o algo parecido, ya que este volcán te sigue desde todos los ángulos ¡Pero mucho más! Ya que un viaje a San Pedro de Atacama es un viaje a las historias sobre grandes caciques, extravagantes aventureros o al conocimiento de esa fatídica guerra del Pacífico que se parece y mucho a nuestra guerra de la Triple Infamia.

El cambio de dinero era tan desfavorable por estos días que hizo que nos fuéramos sin cumplir los diez días que teníamos proyectado en este lugar.

Y aunque los comentarios recibidos sobre la devaluación de nuestra moneda como la carestía del combustible que existía en Bolivia nos hizo dudar en gran parte con respecto a la idea de pasar a ese amado país para marchar hacia ese gigantesco salar de Uyuni, desoímos los buenos consejos y emprendimos decididos el camino de ripio hacia ese lugar emblemático para todo viajero que se precie de tal.

II

Hacia el Salar de Uyuni

A la salida de San Pedro de Atacama, camino hacia la frontera Argentina, aproximadamente a unos veinte kilómetros, se encuentra un desvió que se debe tomar si se quiere ir hacia la afamada Laguna Colorada que se encuentra de paso hacia el famoso Salar de Uyuni. Las dudas de marchar hacía ese lugar estuvieron presentes hasta el mismo momento en que llegamos al lugar en que definitivamente debíamos tomar la decisión: Bolivia o regresar a la Argentina.

Las recomendaciones y consejos bien precisos de viajeros y de numerosas personas coincidían en cuanto no hacerlo por nuestra cuenta, fundamentalmente por dos razones muy valederas: el mal estado del camino y la diferencia notoria del cambio monetario. Este último punto lo habíamos sufrido en esa especie de oasis que es San Pedro al punto de sentirnos estafados.

Segundos antes de llegar al lugar decisivo pensé que de haber hecho caso las veces que me aconsejaron no marchar hacia algún lugar no habría salido de mi casa, hizo que doblara decidido hacia ese camino agreste que entre otras cosas nos invitaba pasar por la base misma del gran Licancabur. Lo hice apoyado de la sonrisa cómplice de mi compañera.

 Lagunas, salares, volcanes, y mucho más

Gran parte del camino nos sentimos vigilados por el volcán Licancabur. Una extraña sensación que nos hizo comprender porque fue considerado un Dios por los antiguos. Kilómetros y Kilómetros lo tuvimos a nuestras espaldas y siempre parecía que nos estuviera mirando. Mucho más rápido de lo previsto llegamos a la frontera boliviana donde sellaron nuestros pasaportes previo pago de una tasa obligatoria. A unos cinco kilómetros ingresamos a una reserva después de abonar el ingreso. Aquí nos detuvimos para esperar el paso de una combi con turistas y poder seguirla. De esa manera evitábamos uno de los principales peligros en este gran desierto: el de perdernos. Esa es una posibilidad muy grande por la ausencia de una buena señalización. De esta manera llegamos a la Laguna Verde, lugar donde se detienen la mayoría de las combis para rodearla. Algo que no hicimos y nos arriesgamos a marchar solos hacia nuestro primer objetivo que era la Laguna Colorada. Al llegar a ésta tuvimos diferentes sensaciones. Una de ellas es la de descubrir la belleza existente en un desierto. Es impresionante lo visto en ese pequeño recorrido por el altiplano boliviano: salares, volcanes, géiseres, termas, formaciones rocosas, como el llamado árbol de piedra, bofedales que se forman por el derretimiento de los hielos, y la vida, es decir, la fauna y la flora que se desarrolla por todos los rincones.

La otra sensación, que se acrecentaba a medida que nos introducíamos en ese formidable desierto, es que realmente debíamos haber ido con un guía, ya que se hacía más que evidente los numerosos riesgos que se presentaban en el irregular camino y, por sobre todo, sentíamos que desperdiciamos muchos de esos notables lugares por desconocimiento.

Llegamos a esa laguna andina y comprendimos de inmediato porque se la había llamado sin mucha imaginación Laguna colorada. Esta laguna estuvo en una propuesta para ser considerada como maravilla del mundo. La misma se encuentra a unos cuatro mil metros a nivel del mar. En este lugar tan especial realizamos nuestra primera parada e intentamos descansar en una especie de parador que no tenía comodidad alguna, pero se encontraba lo suficiente para realizar ese alto necesario.

Este fenómeno geográfico que es la Laguna Colorada tiene islas de bórax y unas algas que le dan ese particular color. Pero lo que más llama la atención son los cientos y cientos de flamencos. Una maravilla que nos hizo pensar en lo acertado que estuvimos al decidir el viaje por este accidentado lugar. Aunque en honor a la verdad teníamos problemas que empalidecían en parte las fuertes sensaciones que nos producían esas bellezas. Entre otras cosas el precio de la nafta (en Bolivia los extranjeros pagan un impuesto que es una remarcación proporcional al litro de nafta) o el foco delantero de nuestro automóvil que fue prácticamente destrozado por una piedra. Aquí nuevamente apareció el fantasma de la duda: seguir o volverse. La audacia, principal motor de estas aventuras, prevaleció; y fijamos mientras tomábamos una caliente sopa de quinua, nuestro próximo objetivo.

El Salar de Uyuni

Lo que suele sobresalir de un viaje es una apretada síntesis. La mayoría de las veces uno dice “cuando estuve en Paris…” y nunca se declara las horas en los aeropuertos, las tensiones cuando no aparecen nuestras pertenencias, el robo a cara descubierta de los taxis, ni las diferentes peripecias que siempre acontecen. Este viaje al Salar de Uyuni está en relación a eso. A tal punto que no quisiera detenerme en lo caro que se puso Bolivia para los argentinos. Siento que empequeñece semejante aventura en detenerme a especificar desde el costo de la nafta con el impuesto al extranjero, hasta lo caro que nos salió los diversos peajes que debimos pagar, algo así como entradas que nos cobraron en cada pueblo que atravesábamos. Pero además fueron numerosas las roturas que sufrió nuestro automóvil. Y relatar, por ejemplo, las horas que perdimos al tomar una senda equivocada merecería una buena pluma que sepa trasmitir esas sensaciones de miedo o la desesperación que se presenta al ver el poco combustible que queda. Hubo un momento en que como los antiguos marineros intenté guiarme por medio de las estrellas que sea dicho de paso parecían estar al alcance de la mano. En esa noche perdido en pleno desierto altiplánico dormité un espacio de tiempo que no puedo asegurar si fue un minuto u horas, pero si puedo decir con seguridad que mágicamente y de manera cronológica vi en sueños toda mi vida.

A pesar de todos esos hechos voy a decir lo que entiendo como una apretada síntesis: vale la pena realizar estas aventuras, salga lo que salga en todo sentido. Sobre todo cuando se tiene la oportunidad de encontrarse con una de las grandes maravillas del planeta como la estar metido dentro de este mar de sal, reducto de épocas inmemoriales en las que las aguas cubrían la tierra. Un lugar que presenta un atractivo inigualable por su belleza paisajista y riqueza geológica. Un lugar único en el planeta que se encuentra a casi a cuatro mil quinientos metros a nivel del mar. Lo recorrimos a lo largo de tres días. Lo hicimos el primero de ellos con un buen guía que nos especificó los millones de toneladas de sal que se extraen por día de sal y litio, principalmente; las clases de flamenco sudamericanos entre los que prevalecen el chileno y los andinos. No habló de las momias que hallaron en muy buen estado y que él mismo había descubierto unas cuantas.

Más allá de todo, vale la pena

Más allá de todas las peripecias que se atraviesan -¿en que viaje que se precie de tal no acontecen?-, vale la pena llegarse a este lugar del planeta. Vale la pena. Este es un lugar que hizo suspirar al astronauta Neil Armstrong en 1969, quien tuvo el privilegio de observar desde las grandes alturas este enorme espejo de plata como él mismo supo definirlo. Cómo no hacerlo si a nosotros nos pasó lo mismo cuando pudimos observarlo en su total magnitud desde la llamada Laguna del Pescado, lugar donde presentimos que además de la inenarrable belleza se encuentra, además, la historia misma de la tierra Y pudimos decir en ese mismo instante que más allá de ese episodio engorroso que nos tocó vivir en ese fantasmal pueblo de Pulacayo, donde se nos quiso robar de una manera artera, valió la pena el esfuerzo para estar bajo ese sol vibrante, ese cielo azul, esa tierra rajada y blancuzca. Valió la pena por esa noche que pasamos en un extravagante hotel construido con paneles de sal y hasta todo su mobiliario construido en sal; y valió la pena por poder recorrer ese cementerio de trenes y de vías muertas, que nos hizo recordar los episodios de la serie televisiva Expedientes X. Un lugar de extraña belleza, de magnetismo y de profunda desolación ¿Cómo no preguntarse de dónde salieron esas máquinas ferroviarias y esos vagones herrumbrados en medio de la nada?; y valió la pena por ese baño en esas aguas especiales que supimos darnos para sacarnos el cansancio y algo más que nos había producido semejante viaje.

Debo decir que valió la pena realizar este tipo de viaje por muchas cosas. Entre otras porque es un viaje modificador. Entiendo por modificador ese instante en que uno ve como en un extraño caleidoscopio su vida entera y siente la necesidad de darle un viraje. Eso es, justamente eso es, lo que nos produce este tipo de aventuras.

III

El maravilloso norte argentino

Después de haber visto esos fenómenos de la naturaleza como lo son los geyseres, las lagunas que se asemejan al Mar Muerto, volcanes dispuestos a erupciones fantásticas, gigantescos salares, formaciones rocosas que superan en un todo al gran Salvador Dalí, regresamos a la Argentina para reforzar la idea de que nuestro país no tiene nada que envidiar con respecto a su maravillosa geografía como por la calidad de su gente. Ingreresamos a fines de febrero por la Quiaca no sin dar antes una vuelta por Villazón (Bolivia) y comprar desde peines hasta pilas y zapatillas a precios inverosímiles. Quizás por mi aspecto sucio y muy barbudo nos demoraron y revisaron de manera prolina nuestro vehículo. Finalmente pasamos casi después de diez horas de demora.

La Quiaca, Yavi, Santa Catalina

En realidad nuestro proyecto de viaje era mucho más ambicioso. Pensábamos continuar bien al norte. Ir a Cochabamba y Sucre, ciudades de Bolivia que no conocemos por encontrarse situadas fuera de la ruta andina y de ahí ir a La Higuera, lugar donde asesinaron al Che Guevara; pero la carestía del combustible como la devaluación que había sufrido nuestra moneda hizo que regresáramos más rápido de lo pensado. Esta es la razón principalísima por la que pudimos encantarnos nuevamente con nuestro norte que si bien lo conocemos, siempre nos presenta novedades y nos revela singularidades.

Nos instalamos en La Quiaca para recorrer los pueblos de Yavi, Yavi Chico y Santa Catalina. Lugares detenidos en el tiempo, lugares que hacen presentir como sería la vida en la época precolombina o en la colonia. En Yavi, por ejemplo, es interesante conocer la historia de las lloronas, de los cantos en latín, las procesiones de las comunidades en Semana Santa, la fiesta del trueque o la del único marquesado que estuvo instalado en la Argentina.

Después de cuatro días instalados en este lugar, decidimos llevar adelante el cumplimiento de una asignatura pendiente: conocer la Laguna de Pozuelos. Esta es una reserva de biosfera considera de gran importancia como lo prueba las 15.000 hectáreas que la comprenden. De La quiaca fuimos hasta Cieneguilla y desde allí hasta Rodeo. Si bien son pocos kilómetros hubo un momento en que nos sentimos perdidos y sentimos que la soledad y el silencio nos invadía. Íbamos lentamente por el mal estado del camino y nos llamaba la atención de que no se viera ninguna persona para preguntarle. En un momento dado comenzamos a entrever la posibilidad de encontrarnos con ese inmenso humedal que por momentos veíamos y que por momento desaparecía. Finalmente pudimos encontrar la entrada y anduvimos hasta donde pudimos con nuestro automóvil hasta que el peligro de quedarnos empantanados hizo que continuáramos nuestra marcha a pie. Apenas llegamos desplegamos nuestras reposeras y nos dispusimos a contemplar el espectáculo que presentan los miles y miles de flamencos, patos, suris, biguá. También observamos vicuñas y conejos. No es una geografía impactante, ni modificadora; pero es necesario conocerla y saber que existen en nuestro país lugares como éste.

Ese mismo día llegamos a Abra Pampa donde descansamos. Esa noche conocía a Joaquín y Laura dos mochileros que al otro día iban a Cochinoca y nos estimularon para que lo lleváramos. Así lo hicimos y fue una suerte haber hecho. Tuvimos oportunidad de conocer un pueblito detenido en el tiempo, casi fantasma. No había nadie cuando llegamos, salvo Doña Eduarda, la encargada de la llave de la iglesia. Esta mujer nos ofreció su casa, su comida y nos entregó sus coplas. Luego nos habló del santero Hermógenes Cayo y nos mostró algunas obras de ese extraordinario artista de la puna. También hablamos mucho de la Batalla de Quera que había acontecido muy cerca de este sitio.

Doña Eduarda nos dio un pequeño ranchito para quedarnos y así lo hicimos para realizar tres días de caminatas, de recorrido por el pueblo y por lugares llenos de soledad y de silencio.

Humahuaca

En un viaje es interesante darse cuenta como diversas partes del cuerpo indican que ha llegado la hora de partir de un determinado lugar. Lo que es increíble que esa sensación la tengamos al mismo tiempo con Marita. Es así como al unísono decidimos que era hora de marchar hacia Humahuaca como ya lo habíamos establecido. Retomamos la Ruta Nº 9 y pasamos por Tres Cruces, Azul Pampa, Hornaditas (un lugar donde supimos estar para realizar la experiencia del llamado turismo comunitario) y Huamahuaca. Lo hicimos un poquito antes de las 12 lo que nos permitió ver una vez más ese espectáculo que se presenta en la plaza ante la salida de San Francisco Solano, una figura articulada y a tamaño real que sale puntualmente a saludar a los presentes en la Plaza Sargento Gómez. El espectáculo en realidad es ver a los turistas sacando fotos y filmando esos movimientos mecánicos. Luego fuimos a lo de Mecha González, la esposa del músico Ricardo Vilca, quien de inmediato nos preparó unas empanadas, tamales y una cazuela de guiso de llama. Realizamos por la tarde una visita a Oscar el violinista que se detuvo en Humahuaca y parece que para siempre y por la nochecita al escritor Raúl Prchal. Al otro día visitamos a la periodista y militantes de los derechos humanos Hayde Troyse en su casita de duendes realizada de adobe y luego de manera inesperada, quizás por la gran cantidad de gente que se encontraba en esos días, decidimos marcharnos para instalarnos en Maimará.

Detenidos en Maimará

El pueblo de Maimará se encuentra en el corazón mismo de la Quebrada y puede decirse sin exageración que está dentro de una postal. Es que tiene esa formación geológica constituida por cerros multicolores que ha hecho que se lo denomine como la “paleta del pintor”; y tiene, entre otras cosas, el cementerio más colorido de la Quebrada.

Maimará tiene, además de esos cerros pintarrajeados, sus vertientes de agua fresca, su historia antigua como la Argentina misma, sus quintas coloridas, su gente. Aquí se encuentra viviendo en una casita de adobe Elizabeth Lanata, esposa del filósofo Rodolfo Kusch; Rosita la vendedora de verduras en el mercado central, el coplero Condori que nos dio unas clases sobre instrumentos musicales andinos y sobre la evolución de la copla; el maestro Juan, quien nos permitió instalarnos en una habitación con una pequeña cocinita donde hicimos hasta un guiso con carne de llama. Todos ellos prueban de manera contundente que a la belleza de la geografía se debe agregar la humana. En un lugar así es difícil no hacer planes para quedarse o al menos volver lo más rápido posible. Lo cierto es que debimos unir nuestras voluntades para hacer los bolsos y emprender el regreso. Fue un esfuerzo que tengo tan presente porque al fin al cabo era el regreso a nuestra llanura a nuestra esencia y así lo dejé plasmado en la última cuarteta de un intenso poema.

 

No quisimos caer en el destino de girar como los insectos

En torno de ese foco luminoso que es la gigantesca piedra

Y preferimos los números que rigen nuestra arquitectura,

Los cantos, las luces y la armonía etérea de nuestra llanura.

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