Reducido a metáfora. Autor: Mary Ely Marrero-Pérez

 

Mis imposibilidades me restan de hervirme en un orgasmo.

¡Qué me coman los gusanos tras la muerte del yo hombre

y no las hormigas por luchar contra mujer!

¡Soy imperfectamente hombre: Adán que lee su miseria!

¡Soy la Eva que en el suelo me deja yacer a la nada reducido

en un placer extremo por exigencia de mujer!

 

-Versos 95 al 100 del poema Desnudez de Amelio Pes

 

El hombre se había valido de sus poetas favoritos para entender que la soledad había sido su gran compañera. Inquieto y sorprendido, Amelio contaba las caras desconocidas que hacían fila con En soledades en mano con el fin de obtener de él una dedicatoria y un autógrafo. Aunque se trataba de la quinta publicación y del vigésimo cuarto conteo de caras, el poeta tenía que armarse de sosiego para que los nervios no le explotaran por los dedos.

La presentación del libro En soledades del poeta Amelio Pes, coincidió con la llegada a su vida de una máxima admiradora: Mulier Kolpos. La vio desde el podio pues ella le había sonreído en cuatro ocasiones parada entre el público. La combinación de esas sonrisas con un vestido rojo que dejaba desnuda la totalidad de las pantorrillas y la mitad de los muslos, y todo muy bien vestido desde el torso hasta el cuello, mantuvo a Amelio en la exploración de quienes se enfilaban hacia la mesa de las dedicatorias, en espera de ella. Todos esperaban su turno pacientemente mientras comentaban sobre uno que otro poema, el prólogo y los libros anteriores. El murmurar se vio interrumpido en la cabeza del poeta por un taconeo. Él la vio caminar en cámara lenta; ella deslizó sus piernas en su propia fila, paralela a la formada, hasta llegar a la mesa.

–Debe hacer turno, dama –le indicó el tercer hombre de la fila.

Amelio no tuvo que interferir, pues ella volteó y calló a todos con su sonrisa. Los nervios le explotaban por los dedos al poeta, sin remedio.

–He leído todos sus libros –dijo Mulier mientras depositaba los codos sobre la mesa y la barbilla sobre las manos.

Amelio Pes, tan versado en libros, estaba enmudecido ante las caderas alzadas y las piernas cruzadas de la mujer.

–¡Dedíquemelo! –susurró.

Cuando el poeta al fin pudo despegar la mirada de ella, miró el libro. Todos los enfilados abrían el poemario en la primera página para que él les firmara el ejemplar, por lo que Amelio pensó que el apunte de la mujer hacia la página veinticuatro se trataba de un error. Tomó el libro y posó el bolígrafo en la página inicial.

–¡No! ¡Aquí! –lo corrigió.

El hombre vio las manos de la mujer en busca la página veinticuatro.

–Es mi poema favorito. –sonrió nuevamente.

–¿Desnudez? –atontado, hizo la pregunta aunque no quedaba duda.

–Sí, es mi favorito. Espero que también lo sea para ti –le guió la mano al poeta para que iniciara a escribir en esa página–. Para Mulier Kolpos, admiradora mía… que así inicie por favor. Dispón tú del resto –lo volvió a tutear.

–¡Lindo nombre! –dijo él, intimidado.

–¿Y yo? –sonrió más.

Amelio ignoró la pregunta y escribió: Para Mulier Kolpos, admiradora mía, de Amelio Pes, poeta tuyo.

–He escrito algo para ti. Quizás te sirva de inspiración –tomó el libro, le entregó el papel, le dejó una huella roja de labios en la mejilla y se retiró por la fila paralela a la de los que esperaban embelesados. Amelio guardó el papel en el bolsillo de su camisa y le firmó el libro al resto.

De camino a su apartamento, sentado en un taxi en medio de la congestión vehicular característica de un viernes en la ciudad, Amelio sacó el papel perfumado y leyó: Amelio Pes, puede que parezca una locura, pero tus versos me han enamorado. Quiero que me veas como Adán a Eva en tu poema Desnudez. Tengo que citar los parlamentos de eva en tu poema: <<Espero que, como yo lo necesito, tú quieras>>. tuya; mulier kolpos. “No se trata de querer, sino de poder, Mulier.”, pensó el hombre. Fue interrumpido por el taxista, quien lo despertó del trance al decir:

–Diecinueve cincuenta.

En su apartamento ya, tirado de espaldas en el sofá de cuero, leyó la carta una vez más. Dirigía intermitentemente su vista a la dirección y al teléfono al dorso de la página. Se puso de pie y tiró el papel al suelo con la ira que pensaba superada. Caminó taciturno hacia su cuarto, se desnudó dispuesto a una ducha, y el espejo, traicionero fiel, se le cruzó al paso. Al mirarse, siempre retrospeccionaba: “¡Eres una niña!”. Recordaba el grito burlón de un niño y del resto que le hacía coro. A los cinco años, en el baño de la escuela, Amelio Pes supo que era distinto. Los niños que gritaban a su alrededor, le mostraban los penes. Él nunca había visto uno; la falta de figuras masculinas en su vida lo había limitado de saberse antes. Sólo el minúsculo meato decoraba su pelvis, casi como un poro más.

No había ni pene ni testículos en su cuerpo, por lo que escribió un poema a los quince años titulado Seudo-masculino. Nadie supo nunca que era autobiográfico; los críticos lo galardonaron como una eminencia poética juvenil por el tratamiento innovador del tema de la equidad de géneros. Fue malinterpretado, pero se abrió camino en el mundo de las letras. Aún con cuarenta y dos años, se dedicaba su poema.

Amelio Pes nunca había amado a alguien. Pensaba que su cuerpo lo limitaba de actos eróticos y autoeróticos. Los ejemplos de lo que era el sexo los había obtenido de la pornografía (poco útiles en su caso). Nunca había besado; huía de los contactos y nunca se había sentido atraído como esa noche. “¡Mulier Kolpos se burlará de mí!”, pensó en ella. La seguridad con que esa mujer se dirigió a él lo atormentaba.

Una vez en la ducha, expió su pena en llantos y maldijo su anatomía. Ante un impulso dominante, mojado, aún con espuma en la espalda y sin haberse aseado el rostro, salió del baño, se dirigió a la sala, recogió el papel del suelo, tomó el teléfono, marcó el número al dorso y después de tres timbres:

–¡Hola! –respondió ella.

El silencio invadió al hombre.

–¡Hola! –repitió ella, coqueta esta vez.

La lengua de Amelio no obedecía a su cerebro.

–¿Amelio? ¿Eres tú? –más coqueta aún.

–Sí –respondió él al fin y el monosílabo le ardió en las cuerdas.

–¿A qué hora vienes? Digo, porque supongo que sí vienes. Quiero que me leas tus poemas –la mujer sonreía sin que Amelio pudiese verla esta vez.

–A las 11:30, si no te parece muy tarde –dijo tras vislumbrar que quizás había incomprendido las intenciones de esa mujer.

Recordó que en su poema, Adán le leía la naturaleza a Eva y viceversa. Pensó que, si Mulier no era una buena lectora, era posible que hubiese malinterpretado el poema Desnudez, y sintió gran alivio. “¡Sólo me quiere como poeta!”, pensó repetidas veces de camino a la casa de su admiradora, como si intentara convencerse de algo. Cuando el taxista se detuvo, le temblaron los dedos nuevamente.

Oprimió el botón del timbre y ensayaba cómo diría que era él a la puerta, pero ella abrió sin preguntar. Lo abrazó y volvió a dejarle una huella roja en la mejilla. “Aún así vestida”, pensó el poeta, sabiendo que ante tal espectáculo de belleza se le dificultaría la lectura.

–¿Quieres algo de beber? –preguntó ella mientras servía el hielo en dos vasos de cristal.         –Lo que quieras –respondió él, por cortesía, esperando que no fuese ron.

–¡Whisky! –le dijo entregándoselo.

Tras el primer sorbo hubo silencio, por lo que el poeta pensó que sería una buena pregunta:

–¿Por cuál poema iniciaremos?

Él se incomodó ante la risa de la mujer y se supo sonrojado.

–Ya te aclaré que he leído todos tus libros. Cuando dije que quiero que me leas, empleé el mismo sentido que Adán y Eva en tu poema –dijo mientras se desabrochaba los tirantes de sus zapatos rojos y los hacía a un lado.

El frío invadió a Amelio y le hizo resistencia a un mareo.

–Me voy –puso el vaso en la mesa y caminó hacia la puerta.

–¡No! ¡Es una broma! ¡No seas tonto! Ven; yo leeré primero –reía mientras lo detenía.   Amelio se sentó en una butaca y ella se acostó en el sofá. Entre sorbos y más sorbos, poemas leídos por ella, suspiros, risas y más whisky servido, llegó el momento de leer Desnudez.

–¡Te toca! –dijo Mulier, valiéndose de toda su sensualidad.

Él tomo el libro; veía las letras flotando en el papel. El poema consiste de cien versos y ante cada uno, la mujer avanzaba sus caricias por cada pulgada de su propio cuerpo. Leído el verso cuarenta y nueve, vio como Mulier Kolpos se había despojado de su traje rojo, que se exploraba con los dedos y que se los empapaba de saliva, sudor y flujos. Ebrio de temblores, el poeta seguía leyendo, tratando de enfocar la mirada en las letras impresas, pero desconcertado ante una mujer tan hermosa.

–Adán dijo un bésame al viento… –leía el hombre el verso cincuenta y nueve cuando ella obedeció como si fuera Eva.

Detuvo la lectura por un minuto de lenguas enredadas hasta que ella se separó y lo despojó de la camisa. Cuando el hombre sintió las manos de la seductora encaminarse al cinturón, la separó, la guió hacia el sofá y continuó la lectura. Él sabía esos versos de memoria, por lo que soltó el libro y continuó recitando, le besó el cuello y los contornos de una oreja, le acarició los senos y el clítoris. Mientras, ella jadeaba y pretendía que él no le interrumpiera la búsqueda del pene, pero la interrumpía. Amelio Pes tomó con sus manos las de ella. Le depositó la derecha en el monte de venus y la izquierda sobre el pezón derecho; acto seguido, le besó la lengua. Se separó y siguió recitando Desnudez.

Dicho el verso ochenta y cuatro, mientras ella se introducía un anular en el ano y el otro en la vagina, el poeta sintió que de sus poros se escurría un líquido viscoso y blanquecino. Todos sus poros explotaron al unísono y Mulier se lamía los dedos previamente penetrados. El mismo líquido comenzó a gotearle desde las fosas nasales, los oídos y lagrimales. En lugar de heces, Amelio sintió que ese plasma salía de sí como una diarrea gustosa. Abrió la boca para jadear, y al lamerse los labios supo que salivaba de ese líquido. Espasmódico ante el placer, con los ojos fijos en la ensimismada mujer, Amelio Pes sintió que el meato se le expandía en una expulsión colosal del líquido y de las sensaciones que su cuerpo manifestaba por primera vez.

Cayó al suelo el hombre, disminuido; todo su cuerpo se había convertido en un pene. Desaparecidos estaban los huesos, la boca, el cerebro… el poeta quedó reducido a un semi-erecto músculo mojado que la mujer tomó entre sus manos. Lo acarició, lo beso con labios, lengua y dientes, y lo mojó más al untarlo de sudor, flujos y saliva.

El músculo en que el hombre se había convertido, explotó en placer y llanto, y quedó reducido nuevamente. Desapareció el músculo y la piel… Amelio se convirtió semen, sólo eso; ella lo degustaba y lo esparcía por sus senos, vientre y orificios.

Mulier Kolpos se durmió extasiada y exhausta, abrazada al libro de poemas. El poeta quedó reducido al recuerdo, cuando las hormigas se devoraron las pocas gotas que de Amelio Pes habían caído al suelo.

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  1. Pingback: Fallo IX Concurso de Relatos de Viaje Moleskin 2014 | Concurso de Relatos de Viaje
  2. maryelliedays

    ¡Excelente relato de principio a fin! Fantásticas descripciones, vi todas las escenas en alta definición. Me parece una pieza muy original, hermosamente redactada. ¡Me encantó!

  3. Angie

    El vocabulario seleccionado y la manera profunda y peculiar en las descripciones lo hacen excelente.

  4. Liz

    Excelente manera de estructurar el cuento. Ne senti seducida al principio y luego cautivarme con tanta tensión, senti que me relajo y me descargo el final. Lograste que como lectora sintiera el personaje. Bravo!

  5. Josue

    Pensé que Amelio Pes era un poeta de verdad pero al finalizar el cuento cuestioné lo anterior. Muy original el relato, éxito.

  6. Elaine

    Al final fue cuando pude comprender el inicio. Si se llevase al cine, por más horas de escenas que tuviese, bastaría una de ellas solamente para resumirlo todo: Mulier Kolpos leyendo a solas. Si la imaginación es de verdad una herramienta de elaboración de la realidad, este relato me parece tremendísimo de principio a fin. ¡Gracias Mary Ely por hacerlo posible!

  7. Pedro Luis

    Este es sin duda un cuento muy original. Jamás pensé que el título se haría realidad. Encantado con este relato!!!

  8. Ileys Santiago

    Eric quedó fascinado. Admito que lo tuve que leer dos veces y discutirlo con Eric, jajaaja. Es la primera vez que leo un cuento donde emplean el realismo mágico y me parece genial lo que has logrado con este trabajo. ! Adelante!

  9. Andie Brunette

    Es un cuento con personajes interesantes y misteriosos. Me fascina en como los personajes expresan sus sentimientos y como ellos actúan ante la situación.

  10. ARACELIS

    Mulier sabía lo que quería. Ella quería al poeta y su poesía. La transformación de Amelio no solo es anatómica y mágica. Es el sueño de Mulier.

  11. Veronica Zeno

    Me encantó este cuento. Lo encuentro refrescante y el título definitivamente es muy acertado.

  12. STEPHANNIE

    IMAGINÉ ESOS DOS CUERPOS TAN CLARAMENTE. ME AGRADAN LAS DESCRIPCIONES Y EL CONCEPTO DE REALISMO MÁGICO. BELLA REDACCIÓN.

  13. Elisa Vázquez

    me gusta por la manera en que lo irreal es tanto la metáfora como lo ocurrido realmente sin que sea inverosímil. Tremendo cuento!

  14. Teresa Camacho Velázquez

    Este es un cuento en el que la poesía no interrumpe nada sino que añade maravillas

  15. CARLOS MIGUEL

    He leído de una sentada varios de los cuentos publicados para el certamen y admito mi admiración por la autora a la que espero conocer muy pronto. Los zombis de Krokodil, Reducido a metáfora, De a tres y Asesino del amor Con todo respeto es LITERATURA QUE ENAMORA!!!

  16. Louis Forde

    Interesante que Amelio haya quedado hecho poesía siendo poeta y al haber vivido para ello desde joven.

  17. MARCOS EDUARDO PEDREIRA

    Fascinado con la metáfora expuesta y con la realidad detrás de la metáfora.

  18. Freddie B. Pacheco

    Maravilloso cuento. Excelente redacción. Interesantísimo final. Título perfecto.

  19. GILBERTO RAMIA

    Es un cuento mágico en que el viaje no es literal sino simbólico. Me encanta la transformación poética del personaje.

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