La maleta. Autor: Manuel Cubero Urbano

Alguna vez he tenido la impresión de que los objetos más inanes tienen la capacidad de cobrar vida en el momento más insospechado. Son esos objetos que, un día, llegaron a formar parte de nuestra vida, esos objetos que nos acompañaron en momentos inolvidables y que, abandonados en un oscuro rincón, lo abandonan un día para gritarnos su soledad y nuestros recuerdos.

Posiblemente sea la venganza de aquello que un día fue entrañable y que pasado el tiempo, se ha convertido en un cuerpo muerto, absolutamente inútil, y que, si no lo hemos arrojado a la basura, fue por desidia o porque, dada nuestra indiferencia, pensamos que ni siquiera mereció que le dedicásemos el tiempo mínimo que nos ocuparía arrojarlo al olvido eterno. Un ejemplo palpable de esto lo he vivido esta misma mañana. Mi vieja y carcomida maleta se ha tomado cumplida venganza por mi abandono.

Pasados aquellos momentos, aún no puedo afirmar si ha sido realidad o sólo se trató de un sueño. Un sueño tan vívido que, ajeno a mi voluntad, ha tomado carta de realidad. Aún tiemblan mis huesos sólo de pensar que el hombre, eso que llaman el ser superior de la creación, puede ser manejado como un juguete por una simple, añosa y desvencijada maleta.

Fue esta mañana. Aprovechando un día de descanso bajé al trastero a ordenar algunos cacharros de esos que pueblan, con el polvo del tiempo, los parajes más brumosos del olvido. Ella estaba allí. Decenas, centenas de veces la había acarreado de un sitio a otro. Una vez, me servía de taburete sobre el que sentarme para arreglar cualquier chapuz, otra de escalerilla para alcanzar algo allá, en lo más alto de una estantería. Otras, en fin, fue un simple lugar sobre el que colocar cuatro herramientas oxidadas a manera de banco de taller. Pero nunca, desde hacía más de treinta años, me había detenido a mirarla cara a cara. Esta mañana fue ella la que tomó la iniciativa. ¿Me miró ella? ¿Se cruzaron nuestras miradas? Nunca lo sabré. Por primera vez en muchos años me percaté de que su rostro también estaba ajado por el tiempo: varios arañazos, arrugas de vejez, surcaban su antes tersa superficie.

Abandonada en el más oscuro de los rincones, rodeada de trastos inútiles, estaba mi vieja  maleta. Aquella que guardó entre  sus  rancias  maderas, mis primeros recuerdos de juventud, mis primeros escarceos por la vida. Me senté sobre ella. Quise hablarle en silencio, confiarle mis últimos secretos, ponerla al día de todo lo que me había acaecido mientras su vida transcurrió, anodina, entre las sucias paredes del trastero… Mis dedos recorrieron unos surcos de vida que, en un leve susurro de nubecillas grises, subieron hasta mi garganta. Junto a ellas flotaron, entre ríos de sueños, mil silencios viajeros…

Su  madera, resquebrajada, me habló de los tiempos pasados con ese  tacto que sólo saben utilizar los amigos más queridos. Por  sus grietas se filtraron lentamente los recuerdos, lejanos ya, de una etapa olvidada. Instantáneas de aquel tiempo pasado en que fuimos compañeros inseparables, eran simples imágenes frías, sin sentido, absurdas. En un momento dado, algo cambió en el interior de mi vieja amiga, fue como si hubiesen despertado todos los sonidos de su vida. Así reaparecieron los recuerdos de tercera clase en un tren renqueante, aquel tren que resoplaba, fatigoso, desesperado, hasta vencer la cima casi inalcanzable de la pequeña estación de mi pueblo… El tren, ¿lo recuerdas, amiga?, susurré mientras mis dedos tamborileaban al compás de su esforzada marcha, tacatá, tacatá, tacatá…

Aquella nariz viva y humeante anunció en la distancia su llegada. La llegada del monstruo amigo que mostraba, orgulloso, su centenaria fecha de nacimiento. El tren, lento y pesado, pareció surgir del último rincón de la montaña. Desde la sima del recuerdo la veterana máquina exhalaba  un cierto tufillo a abuelo socarrón. Su evocador silbido anunció, desafiante, la arribada. El corazón de mi vieja maleta palpitaba al compás de su rítmica canción. ¡Qué de  nostalgias  brotaron a borbotones entre sus rancias  maderas!

Humilde, hundida en su asiento, viajaba la mirada esquiva y huidiza  de quien  pagaba  con su miedo el billete  hasta  la próxima estación, el pobre jornalero que, buscando cuatro perras, iba a la vendimia o a la remolacha viajando de matute…

-¿Qué quiere que haga? –preguntará al revisor- Si no tengo dónde caerme muerto. Tengo que llegar… mi familia…

Más allá era  la algarabía del grupo de jóvenes  que buscaban, ansiosos,  con sus rostros pegados al cristal, la última mirada familiar antes de partir a un nuevo  curso escolar.

En aquellos vetustos vagones surgieron  nuevas y fugaces amistades. En sus lentas horas, mecidas por la esforzada máquina, nacieron, también, amistades intensas que irían jalonando una juventud errante. Toda una serie de momentos efímeros que dejaron huellas indelebles, hechas de pequeños surcos  de madurez, que brotaban de una madera curtida en cientos de kilómetros andados y desandados incontables veces.

Y por encima, flotando, sobreviviendo, la añeja máquina de hierro,  negra y alegre, que arrastraba un redescubierto vagón de maderas repintadas. Éste abría, acogedor, su anchuroso espacio pleno de voces confusas y esperanzadas.

Allí estaban. Enlazando los vagones de un hombre que, paso a paso, con un traqueteo cada vez más cansino iba consumiendo, triste, desesperadamente, una vida hecha de jirones que se fueron quedando aquí y allí… La escena, como una película sacada del recuerdo, tiñó de sepia la habitación:

-¡Eh! ¡Abajo todos!

“¿Qué pasa?” “¿Qué pasa?” “¿Qué…?”  Las voces, primero alarmadas,  después cada vez más resignadas, hasta alcanzar un tono de timidez,  recorrieron el tren de uno a otro extremo.   Esta vez fue una tormenta que se llevó por delante unos metros de vía. Suficientes para provocar uno de aquellos momentos en que los viajeros se sentían uno: una mano,  un  apoyo,  una ayuda. Y, ya en un autobús,  tras ajetreada y breve eternidad,  de nuevo adelante, la conversación relajada y un nuevo motivo para sentir la alegría de verse rodeado de amigos creados en la solidaridad de una breve angustia…

Otra vez, entre cestas bajo el duro banco de madera, junto al rebullir de la gallina que hará un buen caldo en casa de la abuela, será el clandestino contrabandista, conocido de todos los viajeros, quien invite a gastar esos durillos tan necesarios para su pobre subsistencia.

-¡Oiga! Mire qué reloj, de Ceuta, baratísimo… Tengo que pagar el viaje, el revisor me ha dejado una estación más, pero…

Y  el  tren que todo lo veía, el tren que todo lo sentía, lanzaba  un  suspiro ronco, salido de sus hermosas  entrañas de hierro. Con él parecía querer comprender a aquel pillastre cuyo único deseo  era alargar su hambre y su miseria unos mendrugos más.

Luego sería la mirada adusta de quien huye de la miseria en busca de ese Eldorado llamado Suiza, Alemania o Dios sabe como… La mirada triste que abandona tierra y familia detrás de un sueño, de una quimera, de una esperanza…

-Y luego, tiraré del hermano… En unos años, tendremos suficiente para comprar unas faneguitas de tierra y volver…

La maleta siguió viajando por los entresijos del recuerdo. Cada rincón, cada arruga, cada expresión, exhalaba un relámpago de existencia que estallaba en ansias de revivir aquel pasado cargado de memorias plenas de riqueza humana.

¡Dios mío! ¡Cuántas estaciones tiene una vida!

Fue entonces cuando la abrí. ¿O fue ella quien abrió sus entrañas? La vieja maleta sonrió con su boca entreabierta. En su vientre un libro de hojas amarillentas me invitó a ojear entre sus manidas páginas, ¿qué sueños discurrirían por ellas? Unos pétalos de amapola con su tono de sangre seca  rescataron mi primer  sueño de amor. Fue algo fugaz, instantáneo, de una brevedad completa: ilusión, inquietud,  plenitud, ruptura… Todo, en el breve espacio  de un pétalo de amapola, todo  en  el brevísimo espacio de una primavera: el espacio que existe entre un abrir y cerrar de maleta… La suerte estaba echada, aquel trasto inútil había devorado mis las entrañas hasta convertirme en un títere hábilmente manejado por sus invisibles cuerdas.

Ajeno a mi voluntad, con un trapo aún más viejo y empolvado que la maleta,  traté de  quitarle algo de suciedad. Después, como un autómata, sin fuerzas para resistir aquel  extraño magnetismo que irradiaba de su interior,  sentí en la  palma  de  la mano el frío contacto  metálico  de su  asa. Una descarga helada erizó mi cabello.

¿Fui yo quien levantó la maleta? ¿Fue ella la que me obligó a seguir  sus  dictámenes? Lo  cierto es que,  con  un impulso diabólico, se abrió de golpe y me envolvió en una nube de polvo y recuerdos que,  pintada en color de otoño,  ejerció hipnótico poder sobre mí.

Con  paso rígido, mecánico, ajeno a las miradas  que acompañaban mi paseo, partí hacia la estación acompañado de la vieja maleta. La sabiduría atesorada entre sus escondrijos debió advertirla del dominio que había adquirido sobre mi persona. Una extraña metamorfosis recorrió toda su superficie. La miré. Aquella ilusoria nube de polvo y recuerdos, convertida en un ágil cachorrillo, brincaba, alegre, junto a mí.

La estación, adivinada en la distancia, avivó en la maleta las ansias del encuentro. Como el olor a perra encelada provoca los más juveniles retozos de un viejo chucho callejero, así la maleta saltó de gozo en mis manos con juvenil inconsciencia. Aquellos metros que nos separaban de la estación, recorridos casi al trote, se hicieron  interminables. Allí estaba de nuevo la estación. Todo parecía igual. Sólo quedaba esperar la llegada del tren…

De  nuevo el encuentro. De nuevo el tufo a carbonilla. El traqueteo  suave  y adormecedor que abriría la espita de los sueños. ¿Qué haremos esta vez? Los viejos amigos… el hablar entrecortado y atropellado, el revivir las aventuras con los reencontrados camaradas,  los proyectos del nuevo curso…

En la estación pedí el billete. Como siempre:

-Uno a Cerrolivos, ¿trae mucho retraso?

Era lo normal, ¿no? Siempre un mínimo  retraso. Suficiente para dar la última oportunidad a los más perezosos, a los que se habían quedado enganchados en una red inesperada surgida de improviso en la última excursión o en el último paseo por la Plaza Mayor.

Todo seguía igual: aquí un soldado que,  cogida la mano de su novia, susurra el último piropo; en una esquina, el señor serio, con su maletín, que habla poseído de la verdad con alguien que queda encargado de solucionar los últimos temas pendientes. Más allá, la madre que da unos  cariñosos toques,  por enésima vez,  al cuello de la  camisa del pequeño mientras éste, entre ilusionado y temeroso,  mira de reojo  hacia  el horizonte por donde, de un  momento  a otro, surgirá,  imponente  y dominador, el enorme gusano dispuesto a engullirlo en  sus entrañas. El  Jefe de Estación, uniforme azul, paso firme y seguro, manifiesta su dominio de la situación. La impaciencia va tomando cuerpo paulatinamente entre nosotros. Ansía mi vieja maleta la aparición en lontananza del añorado amigo…

Me aproximé más a ella. Acaricié levemente el asa. A través de este inapreciable contacto, percibí su propia inquietud en mis manos. Como si una descarga eléctrica hubiese realimentado nuestras gastadas energías, deambulé de un lugar a otro de la estación hasta que un pequeño revuelo de maletas y bolsos, que se iban aproximando al andén, puso en guardia las viejas maderas del  recuerdo. Nuestras miradas otearon, inquietas, el horizonte. ¿Falsa alarma? Si, eso era. El horizonte seguía limpio. Su impoluto azul alentaba con su pureza la nitidez de los recuerdos. Conforme se aproximaba la hora deseada, la alegría interior aumentaba su nivel hasta conquistar el límite crítico del salto jubiloso.

Un pitido extraño y poderoso quebró el hilo de mis evocaciones… Pero no, aquel sonido tan impersonal, tan mecánico, no  podía anunciar la llegada del primitivo y renqueante amigo. El horizonte persistía en su limpidez azul. Por un instante algo destelló en la lejanía, allí donde los raíles se fundían en un mínimo punto negro. Este fue cambiando de color, haciéndose cada  vez  mayor  y  más diáfano hasta convertirse en un insólito objeto de brillante colorido que avanzaba, arrollador y desbordante, cubierto por un singular silbido que aventó desbocadamente  los recuerdos.

Un vacío incontenible brotó de las grietas de mi vieja maleta ante la presencia de aquel intruso gusano. Su figura se nos presentó tan fría e  impersonal como las miradas de alfiler helado que irradiaban de sus ventanillas.

El tren, en su enorme pujanza, devoró toda la vida interior que antaño emanaba de sus vagones. ¿Dónde estaban aquellos cientos de  caras, aquella algarabía, aquel bullicio, aquella enorme vitalidad que se ocultaba bajo la apariencia engañosa y fatigada del anciano tren? Ahora, todo era frío y mecánico. Ya, ni siquiera le quedaba el silbido, casi humano, que evocaba al malvado gigante de los cuentos infantiles…

Agarré el asa de mi maleta, la noté fría, gélida: se había transformado en una roca caprichosa soldada  al  helado corazón de la tierra.  A pesar de mi esfuerzo ella permaneció anclada con la firme tozudez del desencanto. Pasaron unos momentos críticos, después, con una agridulce mezcla de consuelo y tristeza, vimos como el tren reiniciaba su marcha hasta perderse de nuevo en el horizonte. El Jefe de Estación se acercó amablemente:

-Oiga, ese era el tren de Cerrolivos.

-No, ese no era nuestro tren…

La vieja maleta me condujo suavemente al hogar de los recuerdos…

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  1. gloria gayoso

    Hermoso, Manuel!!! Un cuento que se hace ternura entre los ojos. Felicitaciones. Lo compartí.

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