Asesino del amor. Autor: Mary Ely Marrero Pérez

“He aquí un zapato como evidencia.

Una cucaracha a medio vivir es un lenguaje.

Casi una lección de historia, de lingüística…

Todo un poema.”

Fragmento de “Las burlas de la selva”

de Vanessa Droz

I. He aquí un zapato como evidencia.

Sin conocerme, Blattodeame persiguió a pasos torpes y acelerados. Habíamos salido a la vez de la oficina postal a las seis y treinta de la tarde. Me observó insistentemente; sentí el calor de su mirada, alcé el rostro y me conecté con sus ojos. Nunca lo había visto. Dados los primeros tres pasos, sentí los suyos detrás de mí.

“¿Por qué tuve que ponerme los zapatos de aguja hoy?”, pensé, culpándome. Eran mis primeros stiletti Passerella Pagué cinco mil euros por ellos en Italia. Aunque sólo tenía seis mil en mi cuenta bancaria, no pude resistirme de comprar esos zapatos blancos que, seguramente, me harían lucir distinguida. En esa persecución, mi soberbia y vanidad me limitaban el paso.

“Quizás no me persigue. El vino de anoche puede residir aún en mí”. Fue una posibilidad que decidí constatar. Me detuve abruptamente; confirmé que me seguía porque no continuó su paso. Vi hacia atrás, esperando que se sintiera amedrentado por mi valentía, pero los nervios no me permitieron sostenerle la mirada por más de tres segundos.

Me quité los zapatos y, sin tiempo para guardarlos en la cartera, emprendí la corrida con ellos en la mano. Me concentré en varios detalles: “Pisa firme para que no te caigas, acelera para que no te alcance, no pierdas de vista el camino para que no te extravíes y empuña bien los zapatos para que no los pierdas”. Mientras corría, metí la mano derecha en la cartera en busca de las llaves de la casa. Mis dedos se tropezaron con un lápiz labial Rouge de Beauté, la billetera Curro Caro, el espejo, monedas, el encendedor, la caja de cigarrillos Eternal Fresh Mint, el perfume Dolce Vita miniatura… hasta que atraparon las llaves. “Una curva más y estaré en casa”. Miré hacia atrás nuevamente y vi que nos separaban, aproximadamente, cincuenta pasos. En mi distracción, dos segundos fueron suficientes para que mis rodillas golpearan la acera. El stiletto izquierdo cayó demasiado cerca del canal, por lo que el hombre adelantó como treinta pasos, aprovechando mi caída, levantada, búsqueda y segunda emprendida.

Con los zapatos en la mano izquierda, fuertemente apretados (dedos contra palma), y con las llaves en la mano derecha, veía como la cerradura se acercaba. No ansiaba más que penetrar el pestillo, girar la manija, entrar, cerrar la puerta, guardarme en seguridad y ver burlado a ese selvático que me creía su presa.

Fallaron mis cálculos mentales: en pocos respiros, su pecho tocaba mi espalda. Con los brazos alrededor de mis hombros, me oprimió, empujándome los glúteos con su pelvis. Me obligó a recostarme de la puerta; sentía las mejillas, el busto y los muslos apretados. “Abre la puerta y haz silencio”, dijo con voz ronca, en un bajo de truhan cinematográfico. Mi grito lo llevó a cubrirme la boca con una mano que olía demasiado dulce para ser un violador o un asesino.

Temblaba; tardé más de lo habitual en abrir la puerta. Mis gritos se quedaron encerrados en el cóncavo de la mano del hombre que oprimía mi boca. Una vez liberados mis labios, los gritos sencillamente no salían de mi pecho; sentí el diafragma contraído en el silencio. Me miró, y en un impulso enérgico, me lanzó sobre el sofá, se aventó sobre mí, me tiró de los cabellos con la mano izquierda y con la derecha tanteaba con su cremallera. Me lamió el cuello con una ternura que nada tenía que ver con el acto. Desprendió sus dedos de mi cabellera y con el apretón de pulso al que me sometió, me obligó a soltar las llaves. Tuvo que forcejear salvajemente conmigo para que soltara mis stilleti. Una mordida en el antebrazo, fue el fin del empuñado calzado.

Sentía a Blattodea y a toda su rigidez sobre mí. Quizás debí llorar, golpearlo, rogarle por piedad… pero estaba inmutada. Mi memoria hizo una diapositiva de amantes encima de mi cuerpo: todos obesos, sudados y apáticos. Este era el primer hombre que se interesaba por mí y no debía ser recíproca, no podía disfrutarlo, ni valorar su deseo.

Con un movimiento casi coreográfico, tomó mi camisa por los extremos del escote y de un tirón mis senos quedaron expuestos. Su lengua, paradójicamente tierna, se apoderó de ellos, mientras que sus caderas se movían rítmicamente en busca de una penetración falsa, impedida por mi pantalón. Gemí, nos sorprendimos, y se detuvo. Se separó y me mostró un nuevo rostro impactado por el temor. Se acercó nuevamente y se valió de mi cabello para ponerme de pie. Le guié el rostro hacia mis senos desnudos, aún mojados. En una mordida voraz volví a gemir. Paralizado frente a mí, se retiró hacia la puerta, guardó su virilidad tras la cremallera y puso su mano sobre la manija. Otra diapositiva de abandonos capturó mi ego. Disoluta, me valí de mi stiletto derecho para someterlo a la obediencia. Corrí hacia él y le clavé el tacón de aguja.

Estaba desvanecido, desplomado en el suelo, respiraba intermitentemente y me miraba fijo. Cuando vi mi zapato blanco, manchado de sangre, acuchillándole aún el cuello, decidí rescatarlo de ese cuerpo y salvar los cinco mil euros invertidos. Fue cuando el manantial rojo y espeso escapó a chorros aligerados.

II. Una cucaracha a medio vivir es un lenguaje.

Tosía y se llevaba las manos al cuello intentando salvarse. Para mí fue obvio que me pedía perdón por no saber enamorarme y querer tomarme el cuerpo a la fuerza. La sangre no detenía su paso en el suelo; el cuerpo delgado yacía espasmódico y sus ojos comenzaron a moverse, como si la conciencia le retumbara en las pupilas. ¡Fue contagioso! “¿Qué hice?” Me imaginé calcinada en una silla, con el cuello partido en la soga o con veneno en las venas por haber asesinado a un hombre. El calor me invadió las piernas y el frío el pecho.

Pensé buscar ayuda médica, mas mi imaginación se limitó de historias para justificar su estancia muerta. Había leído historias policiacas de Sir Arthur Conan Doyley visto a Sexton Blake en la televisión junto a mi abuelo. Temía que un policía sagaz descubriera en mi rostro una mirada de verdad que dijera “Yo lo había deseado”.

Cesaron los espasmos corporales de mi atacante; supe que había muerto. Acerqué mi mejilla y oreja a su pecho. “Soy una asesina”. Recordé que en la cartera tenía el medicamento ideal para la ansiedad. Fumé sentada en el sofá con la mirada fija en mi víctima. ¡No se movía! Eran las ocho y veinticuatro cuando recordé mis stiletti: uno de ellos estaba ensangrentado. Salté del sofá, tomé los zapatos, fui al armario del cuarto y busqué una camisa de seda blanca. La humedecí con agua tibia y jabón de castilla; con movimientos delicados, libré al derecho del mínimo rastro de sangre. Regresé a mi cuarto y los guardé en su caja acojinada.

Pensé en encerrarme en la habitación, pero también había leído cuentos de terror Edgar Allan Poe y visto sola, en la oscuridad, las piezas de cine de Don Siegel. Tener a mi hombre muerto vigilado, no sólo cumpliría con los preceptos de mi religión, sino que me libraría de ser la protagonista de un relato de ficción.

Volví a la sala, a mi posición de fumadora nerviosa y observadora. Tras el quinto cigarrillo me dije: “¿Quién será ese hombre?” Me arrodillé frente a él y le palpé el pantalón. En el bolsillo trasero llevaba su billetera y en ella, un euro, la envoltura de un chocolate y su cédula de identidad; nada más. En la foto se ve más alegre, bien peinado, afeitado; imaginé que el día en que lo fotografiaron olía más dulce. “¿Blattodea Pervertĕre-Idios? ¡Qué nombre! ¿De dónde es este individuo? Nació el 3 de enero de 1973. Es mayor que yo, pero luce más joven. Residencial Paraíso, Local 45, Zaragoza. Vive lejos. ¿Qué lo trajo hasta aquí? ¡Viene de más lejos aún: nació en Atamania! Blatta Pervertĕre es su padre y Eidés Idios su madre.” ¡Volví al sofá y fumé mucho más!

 

III. Casi una lección de historia, de lingüística…

“Tengo de deshacerme de este cuerpo”. El temor me llevaba a patearlo suavemente, con la esperanza de que, tras once horas, resucitara el yacido. ¡Fue inútil! Finalizado mi suministro de cigarrillos, el calor de las piernas, el frío del pecho y los nervios de los dedos incrementaron.

Le tomé la mano derecha a Blattodea, pálida, delgada, y pude leerla: sus uñas estaban bien recortadas y limpias, las cutículas repujadas y la piel lisa y olorosa a algodón de azúcar. Lo pude percibir a pesar de que la sangre se las invadía. Supe que era meticulosamente limpio. Cerré los ojos e imaginé sus rituales de higiene. Cuando reaccioné, mis manos, guiadas por mi inconsciente súper-ego, le acariciaban el cabello lacio y suave. “¿Qué estoy haciendo? ¡Pobre hombre!” Quería retroceder en el tiempo.

Me dominó un mareo, se me resecaron los labios y no me desprendía del calor, el frío y los nervios. Miraba su cédula de identidad, cuestionándome la persecución del hombre. “Blatta Pervertĕre y Eidés Idios.” Hice memoria de los cursos de psicología que había tomado en la universidad y Sigmund Freud me retumbó en el consciente. Me imaginé al niño Blattodea humillado en una esquina de su habitación, con marcas en las piernas ocasionadas por la hebilla de un cinturón, con rastros de humedad paternal en el cuerpo, necesitando un abrazo maternal imposibilitado. “¿Qué hice? ¡Maté a un pobre niño!”

Fui a la cómoda por una tijera, a la cocina por una palangana con agua tibia, al baño por el jabón de castilla y a mi armario por otra camisa de seda blanca. Estaba decidida a ofrecerle una despedida digna. Cortes por los centros de la camisa, las mangas y las piernas, me ayudaron a desnudarlo. “Su piel es más blanca y suave de lo que pensaba”. Saponifiqué el agua y la camisa de seda me sirvió de esponja para limpiarle el cuerpo. Exploré sus lunares y cicatrices en la extracción de sangre. Mi mente hizo nuevamente un recorrido por su niñez: no me quedaba duda de que había sufrido, de que estuvo tan falto de cariño hasta que me encontró. Le quité los zapatos y descubrí los pies más hermosos y olorosos que he visto. “¡He matado a un hombre con manos y pies acicalados y dulces!”

Voltearlo fue fácil. Blattodea pesaba menos de 64 kilos y medía poco más de metro y medio. Lo limpié completo, incluso aquellas partes que no habían sido alcanzadas por la sangre: pies que me persiguieron en busca de seducción, glúteos violentados por un cruel progenitor, pene que nunca me penetró, pero que habría penetrado a otras u otros afortunados. La sangre continuaba saliendo de a poco, pero el hombre ya estaba limpio. Lo empuñé por los tobillos, como a mis zapatos de aguja, y lo arrastré por el pasillo hasta la terraza. Hubiese querido cargarlo como a un crío pero su escualidez no era suficiente para mi fuerza.

Cavé una fosa en el óvalo de cemento que me servía de jardín interior. Destrocé las flores y saqué la tierra con las manos. Lo tomé como un acto expiación. Tras esfuerzos sudados, logré depositar a Blattodea en el agujero, lo recosté del fondo en posición fetal y lo cubrí con la tierra extraída, incluso con las flores destrozadas. Ya no sabía ni la hora, ni el día que era. No había bebido sorbo ni comido bocado. No me había percatado, pero todo ese tiempo estuve con los senos descubiertos.

 

IV. Todo un poema.

Blattodea se había alojado en mí, como una platónica sugerencia de error. Mi cordura me recordaba los gemidos que ese desconocido (ya tan mío) me provocó. Mi locura me recordaba que mi stiletto derecho era el culpable y que moraba en una caja acojinada. “Si mi hombre no yacía en ataúd, ¿por qué sí mi tacón?” Hice que el asesino del amor se despidiera del armario y de su par. Le cavé un sepulcro al verdugo en el jardín.

Intenté orar por el alma de mi huésped desterrado-enterrado, pero le pronuncié una promesa, muy distante a un duelo.

Tu tierna lengua me perseguía las ansias

y yo corrí de ella, vanidosa en trampa.

Dulce expedido de tus manos

abrirán su camino en óvalo espacio,

                       brotando de las semillas de mi conciencia.

                       Te comeré la pulpa, saborearé tu esencia.

                       Te cosecharé en mi tierra,

te recordaré en mis senos.

Serás abono que alimente.

Serás bosta que me excite.

Tu hortelana de venganza: yo.

Mi stiletto blanco: tú.

            Cumplí mi promesa. Hoy colecté en una canasta mi primera cosecha de moras selváticas. Fui a la oficina postal y les envié a Blatta Pervertĕre y a Eidés Idios parte de ella; se tragarán el pasado. A las seis y treinta de la tarde, emprendí mi camino sin persecución alguna. Sin embargo, mientras caminaba, como por instinto, metí la mano derecha en la cartera en busca de las llaves de la casa. Mis dedos se tropezaron con un lápiz labial, la billetera, el espejo, monedas, el encendedor, la caja de cigarrillos, el perfume miniatura, mi stiletto izquierdo… hasta que atraparon las llaves. “Una curva más y estaré en casa”. No ansiaba más que penetrar el pestillo, girar la manija, entrar, cerrar la puerta, guardarme en seguridad y desnudarme los senos para saborear la dulzura de Blattodea en cada bocado de fruta.

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  1. maryelliedays

    ¡Excelente pieza! Quedó espectacular la manera en la que incorporó el epígrafe en la narración. De cierta forma me recordó al relato del ahogado más hermoso del mundo de García Márquez, pero en este caso fue más real que mágico y eso lo hizo más mágico todavía… Simplemente, ¡me encantó!

  2. Marlyn Centeno

    Lograste sacar una escena muy vista, como lo es escena de la mujer y el violador, del lugar predecible de una manera magistral, audaz por las opciones que elegiste, altamente imaginativa y realmente entretenida para el lector. Gracias.

  3. Lourdes

    Me gustó mucho!!! La mujer enloqueció y el violador nunca imaginó su fatal destino. Excelente!!!

  4. Frances Marie Rivera

    impactada con la chica wow! me transmitio toda su tension! su version de la historia de blatodea es genial. se ve la locura de esta mujer y a la vez su inteligencia y conocimientos sobre psicologia

  5. Elaine

    El truhán no parecía tan truhán y la mujer era una víctima plástica y astuta. Olvidé mencionar que este relato merece una segunda parte.

  6. Josue

    Hasta aprendí quién era Sir Arthur Conan Doyley. Ojalá pudiese aprender a escribir así. Buen trabajo.

  7. Elaine

    Los violadores o violadoras nunca me han causado lástima pero mira que éste… sí. Que oliera a dulce fue lo peor. Aunque el final no me quedó tan claro, las tres partes anteriores sí que me encantaron porque a partir de algunos versos se creó un verdadero acontecimiento de subjetividad por parte de la autora, en respuesta a la otra. ¡Quiero más como este relato!

  8. Erika Severino

    ¡Excelente cuento! Completamente fascinada con la psicología del personaje de la mujer

  9. Ashley Forde

    Tremendo cuento. Nada mejor que un relato sobre una mujer asesina para romper con los prejuicios y estereotipos sobre la figura de la mujer.

  10. Dulia De Jesus

    Hey!!! Un gusto leerte. Es muy facil seguirte.Ilbanas muy bien la historia ,los personajes,la ecsena TODO!! Pude seguir la istoria y la mujer perfectamente, me sentia igual.La verdad que muy bueno.Dan ganas de seguir leyendo.

  11. Andie Brunette

    Encuentro interesante la manera en como ella se va enamorando luego de haber matado al hombre. Eso dice que ella sufre de no haberlo conocido y tenerlo.

  12. Magda

    Estupendo!
    Cada detalle, podía sentir que lo estaba viviendo. Un poco de morbo, suspenso y nunca deja de cautivar al lector.

  13. ARACELIS

    La mujer le crea un pasado ideal al hombre para justificar que sea un violador y sentir lástima por él. Esos son los productos del miedo y el arrepentimiento. !Excelente cuento!

  14. STEPHANNIE

    WOW! CON ESTE CUENTO ME PASO QUE RECORRÍ ESAS CALLES Y LA CASA A LOS RITMOS DE LA PROTAGONISTA. ES LO QUE DEBE HACER UN BUEN CUENTO! INVOLUCRARTE! EXCELENTÍSIMO!

  15. Elisa Vázquez

    válgame! la atracada resultó ser la más psicópata que el violador! tremendo! rompe con el cliché! excelente!

  16. Teresa Camacho Velázquez

    Me adentre con ella en sus miedos. Es lo que un cuento debe hacer: ¡llevar al lector a sentir!

  17. Lolita Bernardo Oquendo

    La oración final hace rotunda e indudable la locura de la mujer! Este cuento es muy visual. Contenta de haberlo leído. Me ha gustado demasiado.

  18. Julia

    una venganza contra los padres que le inventó. me parece interesantísimo el perfil psicológico que la mujer le inventó al violador

  19. Miguel Betancourt

    Pude seguir a la mujer en todo lo que sintió y vivió. Me transmitió todo su nerviosismo, locura y satisfacción.

  20. GILBERTO RAMIA

    ES UN VIAJE HACIA LA OTRA VIDA PARA EL HOMBRE Y ES UN VIAJE PSICOLÓGICO DE LA VOZ NARRATIVA. ME ENCANTA LA PROFUNDIDAD PSÍQUICA DEL TEXTO POR LA EVOLUCIÓN DE LA MUJER.

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